primero se me perdieron las
llaves de la casa, luego las de mi auto, después fue el control remoto de la
tele, el chispero para encender la cocina, los fósforos para el calefón,
etcétera, etcétera, hasta que me di cuenta que las cosas iban desapareciendo a
medida que las necesitaba; por ejemplo: cuando tenía que terminar uno de mis
informes para la universidad, me era imposible encender mi computador por no dar
con su cable de energía (o la batería para poder encenderlo sin él), lo cual
era una verdadera mierda. al principio pensé que se trataba de mi hermana chica
y su sórdido sentido del humor; pero luego supe que a ella también le ocurría
lo mismo, así como a mis papás por igual y a la gente que de repente visitaba
la casa; todos pensábamos que se trataba de verdaderas (y jodidas) malas
coincidencias, o una casi imposible (¿pero explicable?) pérdida de memoria a
corto plazo colectivo, como si eso nos bastara por toda respuesta para los extraños
sucesos que ocurrían. de hecho, pensamos de esa manera por unos cuatro, cinco
años, aproximadamente, hasta que la tía Jenni llegó contando un día que los responsables
de tales aberraciones (así lo dijo) eran realmente los enanos que teníamos
adornando el patio; ¿los enanos?, preguntó mi madre, con la mano en la boca,
¿los enanos que nos regaló la tía Yasna?; sí, dijo la tía Jenni, ellos son los
responsables, y procedió a explicarnos cómo podíamos detenerlos: resulta que
los muy malditos, además de ser ladrones y tener un sentido del humor del orto,
también amaban la cerveza y eso, como a todas las personas que conocía,
significaba su gran punto débil; estos enanos de mierda aman la cerveza, nos
explicó la tía Jenni, pero si toman cerveza, sus reflejos se vuelven pésimos; prueben
dejando un poco en una tapa de plástico por la noche y verán cómo al otro día
amanecen totalmente secos. ¡vaya, quién lo creería: ni siquiera nosotros nos
dimos cuenta cuando por la noche ya estábamos intentando comprobar si era
verdad lo que nos había dicho la tía Jenni, repartiendo pocillos llenos de
cerveza por todo el patio, como si fuera un campo minado! cuando terminamos,
nos sacudimos las ropas, tomamos chocolate caliente en la cocina, y vimos
películas cómicas hasta el amanecer (pellizcándonos o golpeándonos cuando lo
ameritaba) sólo para comprobar que ninguno de nosotros había alterado los
pocillos y que efectivamente eran los enanos los culpables de toda nuestra
miseria. entonces nos levantamos, fuimos al patio y vimos que ahí no quedaba
cerveza por ningún lado y que estos, los malditos enanos hijo de puta, incluso
habían cambiado de posición entre ellos, importándoles una mierda que los
descubriéramos o no. fue en ese momento que mi padre se enfureció y, blandiendo
un puño, gritó: ¡putos enanos de mierda, putos todos, si quieren quedarse con
la cerveza, deberán dejarnos en paz, malditos, ya lo saben! luego vino un
fuerte silencio; todos estábamos expectantes, esperando que en cualquier
momento decidieran moverse y empezar a hablar con nosotros; sin embargo solo
uno de ellos lo hizo, y de una manera tan ínfima, que tuvimos que pensar mucho
para poder concluir que intentaba señalarnos algo, tal vez un punto específico
en el patio o una forma por la cual poder comunicarnos; por consiguiente,
nuestras miradas trazaron una línea recta desde donde apuntaba con sus ojos y
dimos con que se refería a una tabla suelta (de la cual nunca antes nos
habíamos percatado) que conformaba una de las paredes del cobertizo. mi papá
fue el que la sacó de su lugar y encontró dentro del agujero escondido un
pequeño botón magenta con aspecto inofensivo; sin pensarlo mucho lo apretó con
descuido y ¡PAF! todos los colores de nuestro mundo se dieron vuelta: es decir,
lo blanco se volvió negro y lo negro se volvió blanco, como en el negativo de
un rollo fotográfico; con mi familia entera quedamos paralizados, completamente
asustados por la situación, sin saber qué demonios ocurría a ciencia cierta. fue
entonces que miramos hacia las figuras de los enanos y nos dimos cuenta que en
el mundo de oscuridad (el mismo nuestro, sólo que cambiado) en el que nos
encontrábamos, sus formas habían adquirido vida (como nosotros) y que de sus ojos
brillaba una extraña y mortecina luz roja, como las de los demonios en los
dibujos animados; no tardamos en percatarnos que se preparaban para saltar
sobre nosotros y atacar en equipo; escuchamos que uno de ellos (no sabría decir
cuál) empezó a contar en voz alta y
entrecortada (se notaba borracho) para actuar al unísono, sujetos a un plan a
todas luces fraguado mucho antes de nuestra llegada. ¡uno, dos…!, y mi papá,
movido por un impulso más que cualquier otra cosa, volvió a accionar el botón
magenta de la pared, retornando todo a la normalidad, donde los enanos no eran
más que ornamento y el cielo blanco era sólo el cielo blanco. resoplamos
fuerte, pensando de la que nos habíamos salvado, y decidimos destrozar todas
las figuras de los enanos del patio (que justamente, ante nuestro terror, se
encontraban mirándonos directamente, preparados para lanzarse hacia nosotros):
¡con qué gusto hicimos mierda a esos malditos hijos de perra usando nuestras
manos para arrojarlos al piso, con los martillos guardados en el cobertizo, con
todo lo que encontramos cerca y pudiera servirnos: sus trozos volaban, se
hacían pedazos, quedaban reducidos prácticamente a polvo!; ¿y no saben lo que
encontramos dentro de sus cuerpos?; ¡sí, todas nuestras pertenencias perdidas:
todas las copias de mis llaves de la casa (y las de mi hermana y la de mis
padres), las de mi auto, un par de cables de energía de mi computador, un
montón de cajas de fósforos, una cantidad enorme de encendedores, un consolador
negro de cuarenta centímetros, un cinturón con hebilla y pene plástico en uno
de sus extremos y muchas revistas porno para mujer enrolladas como espadas!
entonces nos miramos con duda y nadie quiso seguir reclamando lo que era suyo. dijimos:
ya está bien, los vencimos, eso es todo; mi mamá bostezó, un poco ruborizada:
creo que debemos dormir, dijo levantando sus brazos, no hemos dormido en toda
la noche. sí, dijimos todos, también bostezando. sí, creo que es hora de
dormir. y le hicimos caso, dejando repartidas todas nuestras cosas entre los
restos de los enanos ladrones.