Largo camino a la ruina #9: Pensamientos profundos

Como perdí el piedra, papel o tijeras con el Mauro, me tocó ir a la panadería a comprar un poco de jamón y pan para las onces. Y como estaba tan, pero tan volao’, me fue imposible no pensar en alguna estupidez –un chiste bastante bueno de los Dinamita Show en una presentación en el Festival de Viña del Mar– y empezar a matarme de la risa mientras echaba unas cuantas marraquetas en la bolsa de papel. Pero como no había nadie haciendo una broma o algo gracioso, la gente no tardó en comenzar a mirarme como si estuviera enfermo, o como si fuera otro joven estúpido que estuviera riéndose de ellos.
            De hecho, una de las mujeres que también seleccionaba el pan para sus onces cerca de mí, me miró torciendo el gesto y, haciendo un ademán de asco, murmuró de una forma tan audible, que hasta en el estado en el que me encontraba, pude entenderle el mensaje.
            −La risa abunda en la cara de los tontos –me dijo.
            No me di cuenta que estaba citando una de las variantes de un archiconocido refrán hasta que más tarde, cuando le contaba lo sucedido al Juan y al Mauro, éste último me lo hizo saber molestándome por haberlo dicho mal.
            Al principio no supe qué decirle a la mujer; me pilló desprevenido, naturalmente, pero tras tres segundos en que mis neuronas volvieron a activarse, pensé en lo amargado que sonaba su comentario.
            −Ay, qué amargada –le dije, sin sonar burlón ni nada.
            Por un momento creí que me iba a enterrar las pinzas que sostenía en la garganta, mas prosiguió con lo suyo muerta de rabia. La quedé mirando por unos segundos antes de seguir echando pan en mi bolsa, pagar la cuenta con un billete que me había encontrado en la calle esa misma mañana, y salir del ambiente cálido y agobiante que reinaba ahí en la panadería, pensando en las palabras que me había dedicado aquella mujer resentida: su vida, pensé, debía ser una mierda, tan rebosante de momentos horribles, que cualquier señal de felicidad, de disfrute en alguien cerca, le producía (o generaba en ella) una emoción violenta que sólo buscaba erradicar cualquier atisbo de fuerza contraria a la suya. Quizá fuera que sus hijos estaban creciendo y se acercara esa etapa en que tuviera que pagar dos mensualidades universitarias con el sueldo de su esposo –un poco mejor que el establecido por el mínimo− y su casi nulo aporte monetario; o tal vez fuera que ese dolor anidado en su cadera no dejaba de crecer en intensidad y preocuparla cada día más y más; o probablemente estaba llegando ese instante de su vida en que ya no sentía más atracción por el hombre que dormía del otro lado de su cama, y estuviera preocupada por el destino que correrían todas sus posesiones al momento de separarse. Se me ocurrió una hermana enferma, un papá hospitalizado, un hijo recientemente paralítico, y así un sinfín de cosas, pero no podía quedarme imaginando una persona que, sin ningún factor externo y pernicioso que le afectara, fuera tan amargada como la mujer que me había, prácticamente, insultado. Porque claro, conozco a un montón de gente amargada, por supuesto, pero nunca a tal extremo de intentar arruinarle la felicidad a una persona desconocida en un lugar tan, digamos, sosegado como una panadería antes de la hora pico.

            Ahora no sé si le hubiera dado tanta importancia al asunto si me hubiera encontrado sobrio en aquel instante. Probablemente le hubiera mirado el culo para comprobar si tenía algo bueno que fuera, y hubiera seguido con lo mío, pensando en las actrices porno que me gustaban y en cual vería en acción cuando llegara de vuelta a casa. Pero así de profundas son las cosas cuando uno anda drogado. Así, así de profundas.

Largo camino a la ruina #8: Llamadas telefónicas

Al revisar mis bolsillos para pagar el pasaje de la micro, me di cuenta que me sobraban un par de monedas de cien pesos. Como no hablaba con mi mamá desde hacía días, decidí gastarlas en el teléfono público que tenía al lado.
            Marqué de memoria el número de mi lejana casa y esperé un poco. Al cabo de un rato me respondió una voz femenina y agitada.
            −Hola, mamá –saludé, sonriendo un poco. Me la podía imaginar sosteniendo el teléfono contra uno de sus hombros para ordenar, con toda seguridad, algún porta retratos corrido o las figurillas orientales de porcelana que tenía sobre la mesilla. Ella y sus pequeñas obsesiones.
            −¡Felipe! –Su voz pareció encenderse−. ¡Cómo estai’! No sé de ti desde la semana pasada. ¿Sigues viviendo donde tu amigo?
            −Sí, sigo ahí. Todo bien. ¿Cómo van por allá?
            −Mejor: tu abuela está más animada ahora; de hecho, me demoré en contestarte porque le estaba preparando las onces.
            −Mándale mis saludos –dije con un ligero nudo en la garganta−. Dile que la echo de menos –agregué.
            −¡Se va a alegrar cuando sepa que llamaste!
            −Algo bueno que tengan mis llamadas.
            −¿Necesitas dinero, comida?
            −No, nada; en realidad llamaba porque me sobraron unas monedas y…, bueno, eso.
            −¿Has ido a clases? ¿No te ha costado despertar por las mañanas?
            −No, para na’ –le mentí, sintiéndome un poco mal al respecto−. Me ha ido bien.
            −¡Así me gusta!
            El teléfono público me avisó, con su clásico chillido metálico, que el tiempo de la llamada estaba a punto de culminar. Tomé la siguiente moneda para echarla adentro y continuar conversando con mi mamá. Pero me daba nervios seguir hablando con ella, no sabía por qué: no sabía si era por el miedo y el desagrado de tener que contestar algo que ella quería oír, por el hecho de tener que mentirle al respecto después de cada una de sus preguntas, o si era porque sentía que ya se nos habían agotado los temas de conversación más importantes.
            En la pantalla del aparato apareció un contador de segundos, indicando la cantidad exacta que me quedaban desde ese momento.
            −¡Mamá, mamá! –dije con falso tono de alarma−. ¡Las monedas se me acabaron, y viene la micro que me sirve! –Lo último era una mentira para tener que cortarle de inmediato y evitar así que me llamara de nuevo al celular−. Dale mis saludos a todos por allá. Dile a la abuela que la echo de menos.
            −Nosotros igual te echamos de menos. Ojalá pudieras venir por un fin de semana.
            −Ojalá pudiera –Pero recordé la gran cantidad de fiestas universitarias que se venían dentro de las próximas fechas y supe que eso no sucedería.
            −Espero llamarte luego. Te quiero.
            −Yo igual te quiero, mamá –le dije, mas la llamada se cortó justo antes que mi mensaje le llegara.

            Me quedé con la moneda sobrante en la mano hasta que me di cuenta que la apretaba sin estar consciente de ello. Terminé por echarla en el mismo bolsillo del que la había sacado. Después de quince minutos, pasó la micro que me servía.

Largo camino a la ruina #7: Después de tanto tiempo

El Diego sacó una moneda de su bolsillo y comenzó a golpear la reja con ella, importándole una mierda que los demás vecinos se encontraran durmiendo a esas altas horas de la noche; aunque pensándolo bien, con todo el caos que provenía de la casa al frente nuestro, poco importaban unos cuantos soniditos metálicos y un par de gritos para llamar la atención de las personas ahí dentro, cuando el reggeatón y el bullicio –risas, vasos romperse, insultos– lo sodomizaban todo. Era una suerte que no hubieran llegado los pacos todavía; quizá estuvieran en camino…, o tal vez (y lo más seguro) es que estuvieran durmiendo dentro de sus vehículos en un apartado donde nadie pudiera verlos ni reconocerlos.
–¿Estai seguro que es acá? –dijo el Mauro. El Diego, el Juan y yo lo quedamos mirando como si su pregunta fuera la más estúpida del mundo.
La puerta principal de la casa se abrió y salió por ella una joven de unos veinte años como mucho, de lentes de montura gruesa y oscura, pelo negro y un cuerpo que me hizo temblar de la emoción. Nos sonrió.
–Ustedes deben ser los amigos del Elías –dijo ella. Se notaba bajo los efectos de unas cuantas piscolas en la sangre.
–Algo así –dije, siendo el único de los presentes que realmente era amigo del Elías.
–Bueno, pues pasen.
–La reja está cerrada con llave –anunció el Diego.
–Oh, qué tonta de mí –La joven se acercó a nosotros mientras sacaba un llavero del bolsillo de su chaqueta. Nos abrió la reja y nos saludó a todos con un beso en la mejilla–. Perdónenme, pero no estoy con los pies en la tierra –añadió con una sonrisita.
–No pasa nada –le dije como por decir algo. Noté que mis amigos se fueron de picado al interior de la casa.
Y ahí comprobé que era cierto lo que nos había prometido el Elías: la casa estaba atestada de mujeres.
–Con-che-su-ma-dre –farfulló el Juan, impresionado.
–Ya, culiao’, esta es la nuestra –dijo el Diego, frotándose las manos–. Por descarte, deberían ser mínimo dos para cada uno.
–Si Dios te escucha –le dijo el Mauro.
–¿Qué güeá dijiste?
–Olvídalo.
El reggeatón era ensordecedor, era verdad, pero tras ver a ese montón de chicas moviéndose al ritmo de sus frenéticas melodías, todos mis prejuicios se fueron a la mierda. ¡A quién mierda le importaba que la música ésta fuera basura pura, si las mujeres se volvían locas con ella!
El Diego sacó uno de los piscos que habíamos comprado, se sirvió una buena dosis en uno de los vasos plásticos y le roció un poco de bebida y unos cuantos hielos medio derretidos. Acto seguido bebió dos sorbos hasta dejar el vaso a la mitad y partió en dirección de las mujeres con actitud ganadora. Saludó a una con un beso en la mejilla y comenzó a bailar con ella sin mayores preámbulos.
–Güena, güeón.
Miré a un lado para encontrarme con el Elías extendiéndome la mano. Tenía los ojos rojísimos.
–Güena, culiao’ –lo saludé.
–¿Te gusta la fiesta?
–Pensé que eso de que estaba llena de minas era otra de tus triquiñuelas para que no te dejáramos solo en esos carretes de mierda que te saca’i de repente.
–Erí’ mal habla’o, culia’o –me dijo el Elías, dándome un manotazo amistoso.
Contando al Elías y su primo, éramos seis hombres en total, menos del doble de mujeres que habían ahí. Si todo salía bien, puede que el Diego estuviera en lo cierto: quizá fuera nuestra oportunidad de terminar con dos mujeres cada uno en vez de una sola. Me dio un extraño retorcijón en el estómago.
–¿Querís volarte? –me preguntó el Elías al oído–. Mi primo trajo mucha marihuana.
Le pegué un codazo al Juan (el que a su vez le pegó un codazo al Mauro) y nos fuimos al patio de la casa siguiendo al Elías.
Ahí afuera estaba su primo, un joven muy parecido a él pero de estatura mucho más considerable y contextura más fornida. Nos saludó con una mano, mientras que con la otra sostenía un papelillo lleno de marihuana molida.
–Se llama Pedro –nos dijo el Elías, antes de presentarnos por nuestros nombres–. ¿Qué onda el Diego? ¿Se quedó adentro?
–Sí. Se puso a bailar con una mina –le dijo el Mauro.
–Ah, cagó con el pito entonces.
Era obvio: no íbamos a arruinarle su oportunidad de ligue por unas cuantas quemadas de marihuana.
El primo del Elías nos extendió el pito recién manufacturado y yo lo tomé antes de que uno de los demás fuera más avispado. Lo encendí, y luego de unas caladas se lo pasé al Elías, que estaba a mi derecha.
–¿Están fumándose algo sin la dueña de casa?
Todos miramos sobresaltados hacia la puerta que llevaba al patio: ahí estaba la joven de lentes que nos había abierto la reja, sonriéndonos.
–Oh, sorry, Vale –dijo el Elías, tosiendo un montón. Le extendió el pito encendido con cuidado de no quemarla–. Toma, dale duro.
–¿Puede fumar mi amiga también, cierto? –quiso saber la Vale; y por un momento pensé que estaba equivocada, porque ahí no había ninguna otra amiga suya. Sin embargo, como si la dueña de casa hubiera pronunciado las palabras mágicas, detrás suyo apareció otra joven, ésta de aspecto tímido, pelo oscuro y melenudo y rostro de facciones redondas y alegres. Nos saludó con un ademán que me recordó inmediatamente a un roedor y yo sentí que algo se derrumbaba dentro de mí.
–Pues obvio –dije, cuando la marihuana que estábamos fumando ni siquiera era mía. Pero como todos los demás estaban de acuerdo en que las chicas se drogaran con nosotros, nadie opuso resistencia.
La dueña de casa, después de su turno, nos preguntó cuál era nuestro parentesco. Ahí le dije que con el Elías era compañero de curso, y los demás amigos míos.
–O sea que ustedes se están conociendo recién ahora, ¿no? –preguntó.
–Claro.
–Unidos por la marihuana y el carrete –anunció ella, como recitando una frase–. Si quieren, adentro del refrigerador hay cervezas. Pueden tomarlas todas si quieren. A las demás no le gustan mucho las cervezas y están ya todas vueltas locas con los tequilazos y las piscolas. Así que ya saben.
–Gracias –le agradeció el Juan, pasándole el pito al Mauro.
–¿Por qué mejor no entramos? –dijo la dueña de casa una vez terminamos el pito–. A ver si movemos un poco el esqueleto.
Yo que conocía bien a los demás, sabía que odiaban la música que sonaba ahí dentro más que cualquier otro estilo musical; pero qué mierda: entre terminar esa noche besando a una mujer y abrir las probabilidades de llevarla a la cama, o terminar pajeándote mientras te lamentabas como un pobre diablo por no haber actuado a tiempo, había una gran, gran diferencia.
Y así, sin quitarle la vista de encima a la amiga de la dueña de casa que había fumado con nosotros, entré con los demás al living donde se desarrollaba gran parte de la fiesta. El Diego ahora no solo bailaba con una de las chicas, sino que lo hacía con dos a la vez. Me parecía interesante presenciar cómo las piscolas provocaban cambios tan significativos en las personas que conocía.
Por lo mismo tomé mi vaso y me serví el primer combinado de la noche. Mis amigos a mi lado se veían dudosos; pero tras unos cuantos sorbos de pisco, se quitaron sus chaquetas y se lanzaron a la pista de baile. Por un momento pensé que los rechazarían de inmediato, pero para mi sorpresa las chicas los recibieron entre risas y se pusieron a bailar entre ellos como si se hubieran conocido de toda la vida. No pude evitar sentirme un tanto pasmado.
Hasta que escuché a alguien hablarme al oído; lo supe porque sentí un soplo de aire rozarme una oreja que me provocó un ligero temblor.
–¿Perdón? –dije al darme vuelta.
–¡Te acabo de decir que se nota que no te gusta esta música! –me dijo la amiga de la dueña de casa que había fumado con nosotros.
Por un instante pensé que diciéndole que odiaba el reggeatón perdería mi chance para ligar con ella. Pero si me estaba diciendo eso, y no estaba bailando con las demás en medio del living, sólo podía significar una cosa, la mejor de todas.
–¡Igual que a ti, ¿no?! –le respondí a gritos, haciéndome escuchar por sobre la música infernal.
Ella me sonrió como por toda respuesta.
–¡¿Se nota mucho?!
–¡No estás bailando!
La chica se rió.
–¡Soy tan obvia!
La marihuana me había puesto lento y somnoliento. Agité mi vaso y me eché un buen trago de combinado al esófago. Aquello me hizo sentir más animado y vivaz, lúcido; sabía que tenía que actuar con rapidez si no quería terminar pajeándome esa noche como el tipo más miserable del mundo, solo en mi pieza.
–¡Supongo que no vas a bailar, ¿no?! –me preguntó ella.
–¡Prefiero estar sentado en otro lado!
La chica me dijo algo que no le entendí.
–¡¿Qué cosa?! –le dije.
–¡Sígueme!
Entonces volvimos a salir al patio, donde no había nadie y las luces estaban apagadas. No pude evitar sonreír ante la nueva panorámica de acciones que me permitía el terreno.
–Mira, ahí hay unos bancos –dijo ella, apuntando a un extremo del lugar.
–Perfecto.
Nos sentamos y nos presentamos con un suave apretón de manos. Su nombre era Verónica.
–Como el Resident Evil: Código Veronica –comenté absurdamente y sin saber por qué. Pensé que ya tenía un punto menos: a las jóvenes que van a ese tipo de fiestas no le gustan los tipos que se la pasan jugando videojuegos cada vez que pueden. No obstante, ella rió y me dio un golpe en el hombro.
–Sólo una persona me ha llamado así en la vida –declaró ella–. Ahora eres el segundo.
Le sonreí como por toda respuesta, pensando que ella tampoco había sido la primera persona a la que le llamaba de esa manera tan estúpida. Aunque, elementalmente, si quería algo con ella, no iba a tratarla como otra más entre mis malas bromas, menos aún hacérselo saber de inmediato. Por lo mismo no quise saber más al respecto y le pregunté que qué le gustaba hacer.
–Me vas a encontrar una ñoña –respondió ella, haciendo un ademán azorado–, pero lo que más me gusta hacer es ver series en mi computador.
–¿Y eso qué tiene de malo?
–A veces la gente piensa que eso es perder el tiempo.
–A la mierda lo que piense la gente, ¿no? –le dije.
–Sí, en realidad debería importarme una mierda.
Entonces fue el turno de ella para preguntarme por mis gustos. Como no podía decirle que me gustaba pasármela fumando hierba, tomando y jugando videojuegos con mis amigos, le dije que me gustaba la música y la colección de discos y libros. A ella le pareció fantástico, lo cual era otra muy buena señal.
Pude notar que se le formaba una margarita en la mejilla izquierda cuando hablaba y que tenía el gesto distraído de quitarse el pelo que le caía encima de la cara cada vez que lo necesitaba. Pudo ser que no estaba a solas con una mujer desde hacía mucho tiempo o que el ambiente ahí se había vuelto más frío, pero sentía que mi cuerpo temblaba por dentro. Tenía ganas de detener la conversación y decirle que me moría de frío, que me gustaba la forma de su cara y que tenía unos ojos muy bonitos; en vez de eso levanté mi vaso y me eché un buen trago, recobrando algo de calor y valía.
–¿Cómo conoces a la Vale? –me preguntó la Verónica, y yo pensé que a quién rayos se refería, hasta que me acordé que era el Elías quien nos había invitado, no la dueña de casa.
–Creo que es prima del Elías, un compañero de carrera mío. En realidad no lo sé, pero creo haberlo escuchado decir eso.
Por un momento temí que la conversación se fuera por otros derroteros y termináramos hablando sobre nuestras carreras universitarias y tal, sin embargo y gracias a todos los dioses, nos evitamos un tema tan trillado y vomitivo como ése. Digo, ¿cómo no poder ser tan original para evitarlo?
–¿Estás pololeando? –me preguntó ella, pillándome desprevenido.
–Por fortuna, no. ¿Tú?
–Tampoco.
Mastiqué mejor su respuesta y me percaté que cuando alguien te pregunta si tienes pareja o algo así, sólo puede significar un reducido número de cosas. Le miré los labios a la chica al frente mío, para ver si aquello le daba una señal de lo que tenía pensado hacer con ella, y le sostuve la mirada. Me hubiera gustado saber qué pasaba por su cabeza.
Nos servimos más piscola para capear el frío y continuamos hablando sobre cosas banales, como si los dos rehuyéramos de la responsabilidad que significa dar el primer paso, el más importante de todos. Debía aceptar que me daba miedo que me rechazara cuando fuera a plantarle el beso, que me golpeara o comenzara a gritar que estaba intentando abusar de ella y tal. No sabía qué hacer.
Entonces aparecieron de nuevo el Juan y los demás, esta vez acompañados por las chicas con las que supuse habían estado bailando ahí dentro. Al principio no se dieron cuenta de nuestra presencia porque estábamos sentados en un rincón oscuro, pero nuestras voces los alertaron de nuestra presencia.
–¿Ustedes no tienen frío acaso? –nos preguntó la dueña de casa, modulando como la mierda.
–Se nos quitará con eso que traen ahí –dijo la Verónica, acercándose a ellos.
El que el Elías y los demás quisieran fumar sólo podía significar que ya había pasado un buen rato desde el primero que habíamos consumido. No me di cuenta que el tiempo había transcurrido tan rápido hasta que me levanté y sentí el efecto de las piscolas en la cabeza.
Las nuevas amigas que habían hecho el Juan y el Mauro se notaban ansiosas, refregándose las manos y moviendo sus pies al ritmo de la música que nos llegaba desde la puerta que permanecía abierta. Tenían pinta de no ser las asiduas fumadoras de hierba con las que casi siempre compartíamos. Presentí que al menos una de ellas arruinaría la fiesta sufriendo una grotesca pálida por culpa de la mezcla del tequila y la susodicha hierba. Era un clásico.
El primo del Elías enroló cuatro pitos con los que elevamos una gran humareda que nos dejó a todos con la mente en cualquier sitio menos ahí, rodeados de mujeres.
–Pa’l pico –dijo una de ellas, con los ojos rasgados como los de un oriental.
–Están buenísimos –dijo otra, sonriendo como en sueños–. ¿Quién se los sacó?
–Yo –dijo el primo del Elías, y yo supe de inmediato que acababa de asegurar su ligue de la noche.
–Muy ricos tus pitos –dijo la chica, coqueta, antes de que una de sus amigas empezara a decir que un primo suyo tenía tres plantas de marihuana en su casa y esas cosas. Las demás también dieron su apreciación al respecto y así estuvimos por unos cuantos muchos minutos.
Sentía la cabeza embotada, los músculos relajadísimos y unas ganas terribles de echarme en una cama y dormir hasta el día siguiente. Pero no podía hacerlo: tenía una misión pendiente, y no quería terminar esa noche sin haber besado a alguien. Agité un poco mi vaso y me tomé su contenido de un solo trago. El Mauro, al verme hacer esto, tomó el pisco y me sirvió otra ración como el buen amigo que es.
Luego de un rato, el grupo volvió a entrar en la casa (“abríguense, hace mucho frío”, nos dijo la Vale antes de retirarse) y ahí me encontré de nuevo a solas con la Vero, sentados en ese rincón del patio. La noté más alegre, hasta quizá más decidida, no lo sabría decir con las palabras correctas; lo único que esperaba era que ella fuera quien diera el primer paso; seguía pensando en lo humillante que sería que me dijera que cómo era posible que me pasara tantos rollos con ella, si estaba claro que ella no tenía ninguna intención para conmigo. Traté de recordar las oportunidades anteriores en que había besado por primera vez a una chica, pero me percaté que siempre fueron ellas las que daban el primer paso (cosa que sigo sin saber por qué hasta ahora) y no yo.
“No debe ser tan difícil”, me dije mientras ella no paraba de hablar y yo no dejaba de mirar sus labios, como diciéndole: “anda, vamos, menos cháchara y más acción”; pero no entendía nada, o mis señas eran una mierda. Respiré lentamente para difuminar un poco mi ansiedad y me acerqué un poco más a ella, alegando no escucharla tan bien como deseaba. Podía sentir el olor del champú con el que había lavado su pelo mezclada con la fragancia dulzona de su colonia.
“¿Y si me encuentra feo?”, pensé, cayendo en la cuenta que esa también podría ser razón para que no me respondiera el beso. “De seguro debe pensar que soy feo”, me dije, volviendo a mantener una distancia amistosa con ella, por si las moscas.
Fue en eso que los dos dimos un respingo al escuchar lo que parecía un montón de vidrio impactar contra el suelo.
–¿Qué pasó? –dijo la Vero, con una expresión alarmada en el rostro.
–No cacho.
Nos levantamos para entrar en la casa y ver qué rayos ocurría. Alguien le bajó el volumen a la música y yo pensé que habían llegado los pacos a arruinar la fiesta. Sin embargo no se veía ninguna luz de baliza provenir de afuera, lo que sólo podía significar…
–¡Paola! –exclamó la Vero al ver a su amiga en el suelo, con la mesa volcada a su lado–. ¡Qué le pasó!
–La pálida –dijo la dueña de casa, ayudando a su amiga a levantarse–. Parece que se le fue la mano –comentó a la vez que sonreía.
–Pobrecita.
El Diego y el Elías ayudaron a llevar a la chica hasta uno de los cuartos colindantes, donde la acostaron y abrigaron.
–Mañana va a tener una caña de aquellas –dijo el Juan, y yo asentí. No quería ni pensar en las aberraciones que saldrían al día siguiente de ese culo tan rico que tenía.
La fiesta, a pesar de mis funestos pronósticos, continúo con la misma fuerza que antes del desmayo. Me pareció genial que ésta no concluyera por el simple hecho que una de las chicas hubiera perdido el conocimiento sobre una mesa, quebrando todos los vasos de vidrios ubicados en su superficie; estas mujeres eran todas unas modernas.
Pero el problema seguía en su lugar: la noche se estaba yendo y aún no había concretado nada con la Vero. No quería que me saliera con eso de que tenía que irse antes de tal hora para no enojar a su padre, porque eso sería como haber perdido toda la noche en una empresa infructífera.
Por suerte la chica siguió mostrándose atenta para conmigo, cosa buena. Seguimos conversando sobre cosas que ya no recuerdo, esta vez en el interior de la casa, sentados en un sofá. No escuchaba muy bien lo que decía, pero mis afirmaciones con la cabeza al menos la mantenían tranquila. Me sentía borrachísimo; y por lo que veía, ella se sentía parecido.
–¿Por qué no nos vamos?
–¡¿Qué cosa?! –le pregunté.
–¡Que por qué no nos vamos! –me repitió ella–. ¡Me está dando sueño!
–¡Bueno, vámonos a la mierda!
Le dijimos al Mauro, que andaba por ahí cerca, que le dijera a los demás que nos habíamos ido. La Vale, al parecer, estaba cuidando de su amiga caída en su cuarto.
–Dale duro –me dijo al oído.
Como la reja estaba cerrada con llave y no queríamos volver a la fiesta y tener que buscar a la dueña de casa, no tuvimos de otra que saltarla y matarnos de la risa cuando ella se quedó pillada en el arco de la entrada. Me gustaba que tuviera un sentido del humor tan amplio.
La casa de la Vale estaba a una media hora de las nuestras a pie.
–No sabía que vivías tan cerca de mí –dijo ella cuando le mencioné donde se ubicaba la casa del Juan. Dimos los detalles de nuestras direcciones y concluimos que entre nuestras casas había una diferencia de ocho calles–. ¡Somos vecinos!
Yo no sabía cómo abordarla: si tomarla de la mano, hacer que se detuviera y plantarle el beso en la boca y esperar su reacción, fuera buena o mala, o esperar a que ella hiciera lo suyo…, si es que tenía en mente hacer algo como lo que yo quería que sucediera. Sólo quería que no avanzara tan rápido, que los tramos no se fueran como el agua y que por favor se detuviera y me dijera algo así como: “oye, tienes una cosa en el ojo; déjame quitártela”. Pero era la realidad, y cada vez faltaba menos para llegar a su casa.
Al final acordé conmigo mismo el pararme frente a ella cuando llegáramos a su casa y estuviera a punto de perder mi última oportunidad de besarla; porque también estaba la posibilidad de que esa magia que parecía movernos esa noche se acabara al día siguiente y ya todo quedara en el pasado, un recuerdo borroso o descartable en nuestras mentes. A veces sucedía.
No obstante todos mis planes se fueron al carajo cuando ella me tomó la mano e hizo lo que yo, maricón re culia’o, no me atreví a hacer en todo el trayecto: se plantó al frente mío, cerró los ojos –gesto dulce– y estiró sus labios en dirección a los míos. Ni tonto ni perezoso la tomé de la cintura, y presionándola contra mí, le respondí sintiendo una euforia que no vivía desde hacía mucho.
La Vero no se opuso a que tocara la piel de su cintura con mis manos frías. Sentí su piel suave y tersa erizarse bajo mis yemas, y yo no podía creer que hubiera olvidado una sensación tan buena como aquella.
Estuvimos ahí, parados en una esquina cercana a su casa, alrededor de unos veinte minutos sin despegarnos en ningún momento; y no es que yo sea un detallista y cuente cuanto duran mis besos, pero la Vero recibió una llamada y yo aproveché de ver la hora en la pantalla de mi celular.
–Era la Vale –me dijo la Vero–. Quería saber si estaba bien.
–Debió pensar que era un violador.
–¡Idiota! –dijo ella, riendo–. Mejor movámonos, que mis papás me van a retar.
Anduvimos unas cuantas calles más hasta que ella hizo que dobláramos hacia la derecha en el pasaje que venía a continuación.
–¿Vives aquí? –le pregunté.
–Sí, unas cuantas casas más allá.
–¡Qué buena! Justamente vive una amiga en este mismo pasaje.
–¿Cómo se llama?
–Victoria.
–¿Victoria cuánto?
–Zúñiga.
La Vero se detuvo de sopetón.
–¿Cómo la conoces? –quiso saber. Su rostro estaba pálido e inquietante.
–Pues, porque somos de la misma localidad.
–No me digas que…
Miré por sobre su hombro y me percaté que había pasado por alto un detalle.
–¿Qué edad…?
–Soy su hermana –dijo ella, y yo sentí que el mundo me daba una patada en la boca del estómago.
–¡Erís la hermana de la Vicky! –No lo podía creer: yo había visto crecer a esta niña y no se parecía en nada a como la recordaba–. ¡Erís su hermana chica!
 –¡Y tú erís su amigo! ¡El Felipe!
–¡No te reconocí, lo juro, maldición, por la mierda…!
–¡Pero es que antes usabas el pelo más corto, no tenías barba, no usabas lentes…!
–¿Cuántos años tienes? –Era lo que más me preocupaba. No quería que los demás pensaran que me gustaban las menores de edad.
–Dieciocho.
–Uff, menos mal.
La Vero se quedó parada un rato, mirándome sin decir nada.
–No puedo creerlo –dijo ella por fin–. Todo este rato eras tú.
–Dímelo a mí. Si la Vicky se entera, me va a pasar por la espada, te lo juro.
–No tiene por qué saberlo –dijo ella, con aire resignado–. ¿Sabes?, cuando era chica y la Victoria te invitaba a la casa a tomar té, siempre te miraba mucho. Podría decirse que me gustabas, pero era un amor platónico, nunca pensé que llegaría el día en que se concretaría uno de mis más profundos sueños –La Vero volvió a reír, nerviosa, y yo volví a fijarme en la margarita que se le formaba en la mejilla izquierda.
–Es muy dulce lo que me dices.
–Era chica –dijo ella–. Cuando eres chica, todo lo que sale de ti es dulzura.
Pensé en decirle que aún seguía siendo chica para mí, pero a veces los comentarios relacionados a la edad de una mujer pueden llegar a iniciar una guerra nuclear si no se tiene cuidado.

Sin embargo, no sé en qué momento volvimos a avanzar el uno hacia el otro y nos terminamos encontrando en un beso de nuevos sabores, más suave y mejor pensado. Al principio pensé que me iba a sentir terrible –estaba besando a la hermana chica de mi amiga de la infancia–, pero al recordar que ella tenía en mente hacer lo que hacía en ese momento desde que iba a tomar onces a su casa, cuando era muy chica, me dije que estaba bien, que todos merecemos una noche como ésa. Y yo no tenía una así desde hacía meses.  

Largo camino a la ruina #6: Sólo pasa en las teleseries

Estaba tratando de concentrarme en la biblioteca de la universidad cuando apareció un viejo amigo del colegio donde cursé mis primeros estudios, allá lejos de la ciudad. Tenía una cara de mierda, mezcla de lo que parecía un mal rato y la resaca. Nos saludamos dándonos un apretón de manos.
            −De hace rato que no te veía –le dije, sonriéndole.
            −Las pruebas culiás me tienen pa’l hoyo –replicó éste, dejando caer su mochila en la mesa que estaba ocupando−. Má’ encima mi hermana hizo algo que me tiene pa’ la cagá’.
            −¿Le pasó algo malo?
            −No, güeón, pero… −Sebastián, mi amigo, miró a los costados para comprobar que nadie nos prestaba atención−. Puta, sé que no debería contarte esta güeá, pero… mi hermana se operó, güeón.
            −¿Se operó? –Debo haber puesto cara de alarmado−. ¿Se puso pene?
            −¡No, güeón, eso no! Pero sí, se hizo un cambio en el cuerpo.
            Mi amigo dejó la frase como si esperara que yo adivinara de qué iba el asunto.
            −¿Se puso tetas? –dije.
            −Sí, güeón, se puso tetas.
            −Ya, ¿y eso qué tiene de malo?
            −¡Puta, no sé –exclamó el Sebastián−, que es rara la güeá! –Alguien chistó desde una mesa ubicada a unos cuantos metros de nosotros, pidiendo silencio−. O sea está bien –agregó, bajando el volumen de su voz−; que se ponga tetas y todo eso es asunto de ella. Pero yo pensaba que esas cosas no pasaban en la vida real; yo pensaba que esas güeás sólo pasaban en las teleseries.
            −Pues estás mal. La gente hoy en día se pone tetas y es lo más normal del mundo.
            −¡Pero es mi hermana!
            −Tu hermana ya es una mujer grande, puede hacer la mierda que se le antoje.
            −Creo que no me entendís…
            −Claro que no te entiendo: no tengo una hermana con qué imaginarme una operación de esa calaña. Pero de haberla tenido, demás que le doy mis felicitaciones y la apoyo con su decisión.
            −Sí, cómo no –dijo el Sebastián, irónico−. ¿Oye?
            −¿Qué?
            −¿Por qué te estai’ mirando así las manos?
            −Porque estoy pensando en que para seguir metiéndome con tu hermana, voy a tener que agrandarlas.

            −Conchesumadre…