Cuento #101: Los movimientos

Sintió el contacto de las finas hebras que caían del techo incluso antes de abrir los ojos. Entraba luz desde algún punto, luz solar, no artificial, pero no podría saber desde dónde; molestaba en los globos oculares, era de lo único que tenía certeza; trató de cubrirse los ojos con una de sus manos, mas ésta no le respondió.
            Al principio era todo brillo, pero la claridad se fue dando como cuando se barre la niebla, o se alumbra un cuarto oscuro con una linterna. Aunque por Dios, ojalá nunca hubiera abierto sus ojos.
            Primero tuvo conciencia que se hallaba en una habitación que no conocía, en una cama que no conocía, y que todo ahí estaba desordenado y sucio. Luego, que la estancia estaba plagada de arañas de todos los tamaños posibles, colgando del techo, moviéndose por las paredes, recorriendo su cuerpo.
            En un comienzo creyó que seguía siendo parte del sueño que tenía antes de abrir los ojos, en el que le gritaban, en el que le hacían daño, pero el pringoso tacto de las hebras que lo rodeaban y el suave cosquilleo de las muchas patas arácnidas que se posaban sobre su cuerpo desnudo hicieron que una alarma en su cabeza se disparara con absoluta desesperación: aquello no era un sueño ni una pesadilla; aquello era la realidad.
            Sus músculos volvieron a la vida con la celeridad propia de quien está muerto de terror y realiza un acto de genuina defensa; sin embargo sus extremidades no lograban responder; las sentía, claro, pero estaban firmemente amarradas a la cama, con correas, dejando roja aquellas zonas donde le apretaban.
            Entonces gritó. Gritó como nunca había hecho en su vida.
Su mente se hallaba fuera de control; la vista se volvió borrosa, mas aún podía ver cómo la habitación parecía estar viva, cómo las paredes parecían estar vivas, con millones de ojos observándolo gritar totalmente fuera de sí.
Agitó su cuerpo intentando quitarse las arañas que tenía encima; sólo unas pocas, las más pequeñas, huyeron despavoridas; las más grandes se quedaron ahí, como preguntándose qué mierda ocurría.
Sus gritos comenzaron a sonar roncos; su garganta empezó a resentirse. Ya no le quedaba voz para seguir chillando como un loco. Su mente repetía una y otra vez la misma negación: ¡NO, NO, NO, NO, NO! Nada de eso debía estar ocurriendo, nada de eso podía ser real, pero las arañas se balanceaban sobre su rostro, sobre su pecho, recorrían sus piernas, y todo aquello era muy real.
Así llegó un momento en que no dio más y no halló otra posibilidad de escapatoria que calmarse y analizar la situación para poder huir de ahí; en un principio le pareció imposible: las arañas caminando por su piel, las arañas colgando del techo, arrastrándose por todos lados le estaban haciendo perder la cabeza; pero pudo lograrlo…, al menos en cierto grado.
Entonces consideró la situación: estaba amarrado a una cama (o mejor dicho a una camilla), formando una equis, en un cuarto desconocido y lleno de arácnidos; entraba luz por una ventana ubicada en la pared detrás de su cabeza, aunque no lograba verla dada su incómoda ubicación; había un destartalado ropero y un mueble con cajones apegados a la pared a su izquierda y una puerta ubicada del lado contrario de la ventana, recibiendo toda la luz del sol como una muestra clara de cuál debía ser su siguiente movimiento. Por desgracia, toda la claridad ahí presente le hizo dar cuenta que toda la estancia se hallaba repleta de telas de arañas, brillosas, finas y pegajosas, y que en algunos puntos, éstas parecían más densas y llenas de puntos negros y titilantes. Intentó mirar al suelo, volteando su cabeza, pero el ángulo en el que se encontraba se lo impedía olímpicamente.
No dejó de sentir las patas de las arañas recorrer sus manos, sus piernas, su estómago, su pecho, su cuello y su cara en ningún momento; quería darles un manotazo, aplastarlas, quemarlas, pero estaba totalmente imposibilitado. Cuando un par de arañas se acercaron a su boca, sopló hacia ellas inclinando un poco la cabeza, consiguiendo que se alejaran un tanto. Recordó entonces que un estudio declaraba que mientras dormían, las personas tragaban al menos una araña en la vida sin apenas notarlo. Quizá cuántas había tragado ya hasta ese momento, mientras se hallaba inconsciente. Lo pensó y le entraron ganas de reírse, pero la garganta le escocía y hubiera dado lo que fuera por un trago de agua.
Miró hacia sus manos, descubriendo unas cuantas arañas recorrer sus falanges, dejando rastros de seda a su paso; las correas que lo apresaban, reparó, tenían hebillas y ofrecían un aspecto gastado, como si ya hubieran apresado a un montón de gente antes que él; sus orificios, por otro lado, se veían gastadísimos, cosa que le infundió un poco de esperanza: al menos existía una oportunidad para salir de ahí y vengarse de los hijos de puta que le habían dejado a merced de todas esas arañas de mierda. Pero debía ser paciente, muy paciente.
Soplando a las arañas que se acercaban a su rostro y teniendo mucho cuidado de no hacerlas enojar, empezó a mover su muñeca derecha de tal manera que la punta de la hebilla jugueteara con el orificio que la apresaba, buscando que así la primera se desprendiera de la segunda y liberara su extremidad. Pero parecía imposible; era imposible: por algo se implementaban artilugios así: para que los cautivos no pudieran huir y vengarse de quienes les habían dejado ahí.
No obstante siguió intentando, mientras el silencio parecía engullir la habitación entera. ¿Dónde se encontraba? No tenía ni la menor idea, pero pronto lo sabría, aunque fuera lo último que hiciera.
Como se dio cuenta que los movimientos hacia los costados de sus manos no servían para liberarlo, probó con nuevos ademanes circulares, en dirección de las manecillas del reloj. Si lo hacía de forma rápida, la punta de la hebilla jamás se despegaba del orificio que lo retenía, pero si lo hacía de manera lenta…
Las arañas seguían cayendo y colgando del techo por todos lados, como deportistas practicando rapel; algunas eran grandes y negras como el carbón, posiblemente venenosas, no lo sabía con certeza; por lo mismo debía ser premuroso sin dejar de lado la delicadeza.
Meneo de mano, meneo de mano, meneo de mano; el orificio de la correa estaba desgastado, y la punta de la hebilla se encontraba cada vez más cerca de desprenderse de él. Sólo un poco más, un poco más…
            Entonces vio cuatro arañas descendiendo hacia su cara; intentó soplarlas, intimidarlas, pero ya se habían curado de espanto: estaban decididas a posarse sobre él y hacer quién sabía qué cosa.
            Meneo suave, meneo suave, meneo suave.
            Las arañas se acercaban, moviendo sus patas con frenesí.
            El sudor le caía por los costados, acarreando miedo puro; tal vez fuera eso lo que atraía a las muy hijas de puta.
            Por un momento no consiguió entenderlo: fue a mover su mano de la misma manera que llevaba haciéndolo hasta ese instante, pero el círculo trazado se hizo más amplio, desconcertándolo. Cuando observó su mano, sin embargo, estuvo a punto de gritar de felicidad (si hubiera podido). ¡Su mano derecha se encontraba libre!
            Hizo un inmediato ademán para espantar a las arañas que se le acercaban, desparramando unas cuantas de tamaño pequeñísimo que recorrían su brazo; dos de las cuatro arañas que colgaban sobre su cabeza se alejaron, volviendo por donde habían venido; pero las otras dos continuaban con su descenso totalmente decididas. Era el sudor, pensó, con toda seguridad debe ser mi sudor.
            Así fue que esperó, apretando los dientes, apretando los músculos, preparando la mano derecha para cuando los malditos arácnidos tocaran su piel y pudieran ser aplastados.
            Las paredes parecían moverse; los rincones parecían moverse; todo se movía ahí dentro. Las arañas se mecieron un poco ante sus exhalaciones, pero apenas posaron las patas sobre su piel (dejando un rastro viscoso, asqueroso), las golpeó con su palma abierta, triturándolas contra él; el crujido resonó espantoso en su cabeza, provocándole serias ganas de vomitar y un nerviosismo inusitado; fue así que continuó golpeando el mismo lugar una y otra vez, una y otra vez, sin importarle el dolor sordo que le producía, no fuera que las arañas siguieran con vida y le picaran (¿o mordieran?).
            Luego de un rato se miró la mano hallando trozos de araña en ella (patas aún en movimiento, la mitad de un cuerpo, líquido que venía a ser la sangre de estas horribles criaturas), y pensó en el aspecto que debía ofrecer su cara con el resto de los arácnidos aplastados contra ella; un acceso de asco le provocó arcadas que logró retener por poco.
            Utilizó la mano libre para desprenderse de un montón de arañas sobre su pecho (sintiendo unas cuantas finas e invisibles hebras cortarse entre sus dedos) y se arrojó de lleno a liberar su mano izquierda; el tiempo valía oro, se decía, el tiempo era vida; el tiempo era su vida.
Concluir con su acción le llevó un buen rato, pues no era cosa fácil volver a utilizar sus miembros adormecidos por las correas que lo apresaban. Sin embargo una vez fuera su mano izquierda, liberarse de las correas de los pies fue pan comido; lo único incómodo era presenciar sus pies envueltos en telarañas, con cientos de pequeñas arañas acumuladas a unos cuantos centímetros de ellas; no pudo evitar recordar un video de Internet en que aparecían un montón de arañas devorando a un pájaro atrapado en una de sus redes tan nefastas, mientras éste aún se debatía entre la vida y la muerte, como si se resignara a su funesto e imperturbable destino.
Pero fue como si las imágenes dentro de su cabeza acabaran por hacerse reales y las terminara por presenciar con sus propios ojos, provocándole una repugnancia atroz; una vez hubo desatado su cuerpo de la camilla y se sentó en su borde para contemplar mejor la escena, se percató que en medio de la sala, ahí, en el suelo, había un cuerpo boca abajo envuelto bajo una capa de gruesa telaraña, gris, sucia; adentro el cuerpo parecía borbotear, como si hirviera agua en su interior; pero sabía que no era agua hirviendo, lógicamente, sino que cientos de arañas dándose un festín con su carne muerta…
Echó la cabeza a un lado y vomitó lo que parecía ser agua, sin ningún atisbo de nada sólido; no recordaba cuándo había sido la última vez que había probado bocado, pero de la misma manera se podría haber preguntado desde hacía cuánto llevaba inconsciente y amarrado a esa cama.
Se limpió la boca, los ojos llorosos, y se dio cuenta que la ventana a su izquierda estaba llena de arañas devorando insectos incautos. Observó el suelo, sucio, lleno de rastros arácnidos y más arañas y contó mentalmente los metros que lo separaban de la única salida de la habitación; no debían ser más de seis u ocho pasos. No era nada. Podría correr, abalanzarse contra ella e intentar abrirla antes que los arácnidos tomaran cartas en el asunto…
Pero su vista siempre volvía al cuerpo al medio de la sala, al cuerpo y el montón de arañas que debían estarlo devorando por dentro, hipnotizante, provocándole más arcadas que le sacudían el cuerpo entero. Entonces reparó en algo brillante entre esa maraña de seda sucia de polvo; estaba en su mano, sí, en su mano derecha, la que parecía estar apuntando hacia la puerta, el único rayo de luz en ese maldito cuarto. Era un anillo; no podía decirlo a ciencia cierta, pues la tela que lo cubría junto con todo su cuerpo hacía que la figura debajo fuera borrosa, pero sí, parecía un anillo. Y por la forma que tenía, ese anillo sólo podía pertenecerle al…
Senador Javieres.
Coincidía su tamaño, su figura tras la seda, y aunque estuviera titilando como si hirviera en agua (o mejor dicho en arañas), sabía que era él.
Entonces comprendió por qué estaba ahí.
Con desesperación, sintiendo que todo su cuerpo quería gritar (necesitaba gritar), se abalanzó contra la puerta de madera a su derecha, la única salida de esa habitación. No le importó el roce de las criaturas colgantes contra gran parte de su cuerpo ni el hecho de haber pisado un montón de ellas con la planta de su pie desnudo, sintiendo los horribles crujidos reverberar en su interior: quería salir cuanto antes de ese lugar; ¡quería salir ya!
            No obstante, y para su horrible sorpresa, la puerta no tenía pomo: se lo habían arrancado de cuajo, al parecer con una herramienta bastante poderosa.
            Las arañas ahora le corrían por la cara, por los hombros, se le subían por las piernas, y ahí no había forma de escapar. Empezó a golpear la puerta con sus puños, como lo hiciera el protagonista de la archiconocida serie de dibujos animados de Hanna-Barbera en los créditos, pero nadie respondió a sus llamados; la voz le salía apenas: tenía las cuerdas vocales destrozadas. Se percató que estaba aplastando a un montón de arañas cada vez que golpeaba la puerta con sus manos; todos sus pensamientos se resumían en querer salir de ahí, escapar y olvidarse de los arácnidos para siempre, ojalá nunca más volver a ver una en su vida; podría ser posible si lograba salir de ahí: el dinero siempre podía hacerlo de una u otra manera.
            Sin embargo, en este caso, la puerta de madera maciza no cedió un ápice; tampoco lo haría en un futuro inmediato, aunque sus cuentas en el extranjero contaran con cifras de dinero superiores a los nueve dígitos y de su palabra dependieran un montón de vidas. No, esa salida estaba vetada. Porque aún queda otra, reflexionó con amargura.
            Se sacudió las arañas que le caían por el pelo y los hombros, sintiendo picaduras (¿o mordeduras?; no podía recordarlo) por todos lados: en los brazos, en la nuca, en las piernas…
            Giró sobre sus talones, trastrabilló con la mano del Senador Javieres (provocando una apertura en su piel que dejó escapar un puñado de diminutas y veloces arañas entre sus pies) y avanzó hacia la ventana; la luz del sol entraba ahora oblicua en la habitación, haciéndole comprender que ni siquiera era mediodía; ¡no podía creer que ni siquiera fuera mediodía! Quitó las arañas y sus telas que dominaban el largo y ancho de la ventana a manotazos y le quitó su seguro ubicado al medio de ésta, consistente en un simple y clásico pomo; ya sabía que no tendría ningún problema para abrirla, porque del otro lado…
            Porque del otro lado no había nada: sólo un enorme vacío con un fondo pavimentado abajo; podría decirse que se hallaba en el piso número catorce de un edificio cualquiera, en medio de la ciudad, y eso habría sido poco: se encontraba a (lo que parecía) cientos de metros de altura, rodeado de otros edificios del mismo tamaño. Probablemente alguien estuviera viéndole desde otra ventana, desde otro edificio, pero sabía que no era así: la gente que frecuentaba esos lugares jamás miraban hacia otros edificios; era parte de la egolatría humana, por la mierda, el talón de Aquiles de los seres humanos.
            De todas maneras era bueno volver a sentir el aire fresco en el cuerpo.
            De todas maneras era bueno volver a ser libre.


Reseña #7: Relatos de lo inesperado

Título: Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected)
Idioma original: inglés
Autor: Roald Dahl
Año de publicación: 1979


Hay autores cuyo trabajo se concentra primordialmente en segmentos particulares, hilando su obra según los patrones que rijan a estos últimos. Tenemos a nuestro Hernán Rivera Letelier, con sus incansables historias ambientadas en la pampa, a John Grisham con sus novelas de juicios y abogacía, a Patricia Highsmith con sus relatos crueles y criminales, y así un largo etcétera, etcétera. Por lo mismo cuando nombramos a Roald Dahl, se nos ocurren un montón de títulos que inmediatamente lo clasifican como un escritor de historias para niños; ¿no conocen ninguno de sus títulos?; pues bien, aquí les va una ayuda: ¿les suena Charlie y la Fábrica de chocolates?; ¿les dice algo el nombre de Matilda?; ¿han visto alguna vez la película animada de El Súperzorro, dirigida por Wes Anderson? Ahora que tienes una noción de su trabajo, de seguro enlazas su obra con niños y jóvenes.
            Sin embargo Roald Dahl no sólo se dedicaba a este tipo de relatos; de hecho el gran porcentaje de su oficio lo compone la escritura de un montón de cuentos en el que el humor negro y el misterio son los agentes más importantes para ellos, con finales escalofriantes y totalmente imprevistos; y bueno, con esto no digo que su obra dedicada al público infantil esté exento de ellos (me refiero al humor negro y el misterio), no. Es más, toda la obra de Dahl parece exponer de alguna manera su forma de pensar y ver las cosas, aun estando destinada a lectores que no comprenderían estos mensajes entre líneas hasta una lectura más tardía o mejor explicada, mucho más consciente.
            Ambientados en las primeras décadas del siglo pasado, las dieciséis historias que componen este Relatos de lo inesperado cuentan con personajes y estereotipos muy marcados de la época: esposos déspotas, mujeres sumisas que logran hallar venganza de alguna manera, apostadores empedernidos e hijos de puta que tienen lo que merecen; y con esto no estoy diciendo que las historias tengan finales totalmente predecibles: de hecho sucede todo lo contrario: Roald Dahl parece ser un experto en la aplicación de los famosos giros de la trama, generando situaciones en que todo cambia para acabar de una manera completamente diferente de la prevista, sorprendiéndote y sacándote más de una risa nerviosa.

Y bueno, el mérito está en que si pensamos que estos textos se escribieron hace más de sesenta años, donde la mayoría de los escritores sólo relataba historias por relatar, sin mayores desconciertos, nos hallamos ante un autor que estuvo más adelantado a su época que muchos otros de su tiempo. Porque sí, las historias, a pesar de pertenecer a otro marco temporal, se oyen frescas (porque la narrativa tiene música), cuentan con la cadencia de las narraciones modernas y tienen el poder de mantenerte pegados a ellas aunque el mundo se esté acabando afuera. Por algo se llama Relatos de lo inesperado, ¿no?

Largo camino a la ruina #31: El hombre y su motosierra

He estado pensando todo el día sobre una cosa que me dejó bastante inquieto.
            Resulta que el Ignacio, un amigo un par de años mayor que yo, está en plena práctica de Enfermería realizando turnos completos en el pabellón de Urgencias del hospital de la ciudad. Siempre lo veo cansado, ojeroso y estudiando del montón de libros y cuadernos que anda trayendo consigo en su mochila. Por eso esta mañana, cuando fui a buscar unos libros (de Charles Bukowski) a la biblioteca, me lo encontré sentado a una mesa alejada de los demás, escuchando música con sus audífonos. Le dediqué una morisqueta con mis manos y me senté a su lado. Le pregunté si le molestaba.
            No, güeón, quédate nomá’ –Se pasó una mano por la cara con expresión cansina−. Estoy pa’ la cagá’.
            −¿Estuvo muy cuático el turno de ayer?
            −Estuvo como siempre –replicó el Ignacio−. Más gente que la mierda, cuál de todos más pa’l pico.
            Yo entendía cómo debía sentirse el pobre del Ignacio, todas las noches escuchando gritos, problemas, viendo gente perecer y bordear el filo de la muerte sin muchas esperanzas.
            El Ignacio hizo una pausa antes de poner un lápiz en el libro que leía previo a mi llegada, a modo de marca páginas, y proseguir:
            −Ayer pasó algo que me dejó marcando ocupa’o.
            −¿Qué te pasó?
            −Bueno, no tiene na’ que ver conmigo, pero me dejó loco, pensando mucho.
            −Cuéntame.
            −Como a eso de las nueve de la noche, llegó un hombre en una camilla, ensangrenta’o entero. Al principio vi sólo la sangre, pero después, cuando tuve que acercarme para atenderlo, me di cuenta que le faltaba la pierna derecha. Y lo que es peor, el hombre estaba consciente de todo lo que le ocurría. Imagínate mirar hacia tus pies y ver que te falta una pierna casi entera. ¡Una locura de mierda!
            Y lo creía: de puro pensar en el hecho de perder una pierna, empecé a sentir un extraño cosquilleo en las mías, como si padeciera de ese terrible mal que muchos llaman “extremidades fantasmas”, cuando un brazo, una pierna o un dedo acaba separado de tu cuerpo, pero sigues sintiendo que te pica, te molesta, y no puedes hacer nada para evitarlo porque, justamente, esa parte de tu cuerpo ya no está contigo.
            −Pero tení’ que estar acostumbrado a eso, po’ –le dije, tratando de recobrar la compostura. La visión del hombre en Urgencias me había producido una suerte de mareo, y no quería que el Ignacio se diera cuenta de eso−. Se supone que esto es lo que harás por el resto de tus días, ¿no?
            −No fue eso lo que me dejó pa’ la cagá’ realmente –enfatizó mi amigo−, si no lo que pasó después. Va más allá de la sangre y el asco tras ver cuerpo cercenados.
            Le hice un ademán con la cara para que siguiera.
            −El hombre tenía cincuenta y cinco años –continuó mi amigo−, y resulta que se cortó la pierna con una motosierra, haciendo un trabajo en su casa. Creo que estaba acostumbrado a hacer cosas así, pero esta vez algo se salió de control y ¡CHÁS!, cagó la pierna.
            −¡Qué horrible!
            −Horrible, horrible. La sierra le cortó todo, hueso incluido. Su hija mayor (la única persona que se hallaba en su casa en el momento del accidente) trajo la pierna cortada en una bolsa de basura con hielo, pero ya no había na’ qué hacer.
            No quise saber qué mierda habían hecho con esa pierna ahora que no servía para nada. Me imaginé un depósito enorme de pies y brazos cercenados y me entraron unas ganas espantosas de vomitar.
            −Cuando quedamos solos en la sala –siguió el Ignacio−, yo tomando datos y el hombre ahí, sobre la camilla, vi que éste se levantó un poco para mirar lo que le quedaba de pierna. En sus ojos vi la desesperanza mezclada con la resignación, y eso fue lo peor. Luego me miró y me preguntó si había alguna posibilidad de que todo mejorara, o si en verdad ya estaba todo fregado. No supe qué responder; tragué saliva y como no pude mentirle, le dije que no quedaban muchas posibilidades para que su pierna volviera a su cuerpo.
            »El hombre se recostó en la camilla con una tranquilidad horrible; sus ojos se veían brillosos, pero no parecían estar a punto de quebrar en llanto. De hecho –enfatizó mi amigo−, eso es lo que más me horroriza hasta ahora: su tranquilidad, el aceptar que todo estaba acabado. Y así, sin mirarme, como anunciándolo al voleo, me dice: “por la mierda, ¿qué voy a hacer ahora?”. Estaba a punto de hablarle de las recuperaciones y ese montón de mierda que alguien debe decirle a un paciente en el estado en el que se encontraba, como un maldito cretino que lo repite todo, cuando el hombre siguió hablando. Todavía me acuerdo de lo que dijo: “¿cómo voy a trabajar sin pierna?; ¡y justo ahora que tenía que pagar tantas cuentas!”.
            −Por la mierda…
            −Qué cosa más horrible; y me refiero a todo lo que conlleva este accidente. En primer lugar, era un hombre de cincuenta y cinco años, que se supone debería ya estar descansando sus largos años de trabajo y servicios para esta sociedad culiá’, no trabajando con una motosierra para ganarse unos cuantos pesos y así seguir sobreviviendo a toda esta mierda de sistema. Y en segundo lugar, está el hecho de que nadie va pagar por él sus cuentas, ni ofrecerle un tratamiento para que pueda seguir haciendo su vida como cualquier persona normal (aunque no sabría decir ahora qué mierda es ser alguien normal). ¿Te das cuenta que las cosas no marchan bien en esta mierda de país?
            No me fue difícil verme en el puesto del pobre hombre sin pierna, con una familia que mantener, cuentas que pagar, una vida que solventar, y con la carente posibilidad de recuperación y hallar un trabajo capaz de darle lo que necesitaba; pero tenía cincuenta y cinco años, y todos sabemos que en este país nadie le ofrece trabajo a alguien que tenga cincuenta y cinco años y más encima le falte una pierna. Así eran las cosas, y el pobre hombre las tenía difícil. No pude evitar sentir mucha pena al respecto.
            −Y así hay gente culiá’ que dice que en este país las cosas están bien –dijo el Ignacio−. ¡Já, qué ironía!
            −¿Por qué mejor no vamos a comer alguna güeá?; el casino se va a llenar más rato; mejor vamos ahora.
            Lo único que deseaba era salir de la biblioteca y tomar un poco de aire. Todo eso de la motosierra, la pierna cercenada y los problemas monetarios de esta sociedad tan deteriorada me habían mareado; necesitaba un poco de aire fresco cuanto antes para poder sacarme todas aquellas cosas de la cabeza.

            Pero aquí me tienen, a muchas horas de esa conversación y el almuerzo que siguió después, pensando, aún pensando, en el pobre hombre de la pierna y su motosierra.

Microcuento #43: Optimista promedio

A veces me siento tan feliz, que tengo la certeza que terminará por ocurrirme una de dos:
            −o me atropellarán apenas salga de casa,
            −o me llegará una paloma mensajera comunicándome que me quedan 12 horas de vida.



#reflexión de un optimista promedio.