Poema #34: El miedo a vivir

Vamos quedándonos
solos, vacíos,
sin nadie que pueda llenar
estas fisuras nuestras,
intentando dar con soluciones
y curas en las demás personas
que nos rodean.
¿En qué momento olvidamos

a lidiar con el miedo a vivir?

Cuento #92: Paula tiene más suerte

−A veces me impresiona que la Paula consiga más hombres que nosotras –dijo Bernarda−. No sé cómo lo hace. Si es tan fea.
            Valeria comenzó a reír sin soltar del brazo a Ernesto, su pololo.
            −Debe tener una estrella de la suerte la güeona.
Ernesto se sintió un tanto avergonzado por el tipo de conversación que estaban llevando a cabo su novia y su amiga: le parecía aborrecible y desleal que estuvieran despotricando contra quien les acompaño durante toda la noche, Paula, la misma a la que acababan de despedir en el paradero junto a un tipo que conoció un par de horas atrás.
−¡Y siempre, pero siempre se pesca güeones ma’ o menos!
            Tras decir esto, Bernarda bebió de la botella de vodka que guardaba en la cartera y se la entregó a la pareja que le seguía, haciendo un ademán errático. Ernesto, que era por lejos el más sobrio de los tres, aceptó un poco de buen gusto.
            La madrugada se mostraba serena y parca, con un número escaso de transeúntes y automóviles circulando por las calles. Ernesto se percató que un vehículo, con toda seguridad perdido, viró a la izquierda en la siguiente esquina para retornar a la misma calle que lo había llevado ahí. Turistas, turistas, pensó el joven haciéndose la vaga idea de unos foráneos viajando por el culo del mundo.
            −Todavía me acuerdo cuando se pescó a ese par de gemelos má’ ricos que la chucha –La expresión del rostro de Bernarda demostraba una envidia enorme–. Se los debe haber hecho chupete.
            Valeria quiso decir algo, pero en último momento prefirió callarse.
            “Seguro tú también quisieras haber sido ella, ¿no?”, pensó su pololo, sintiendo una punzada de celos. Deseó que faltara poco ya para llegar a la casa de Bernarda.
            Un vehículo aceleró tras ellos, como reaccionando al probable toque verde del semáforo en la esquina, y avanzó rápido por la calle. Ernesto alcanzó a ver un auto burdeo pasar por su izquierda antes de reaccionar y darse cuenta que éste se estacionaba con violencia a unos metros de ellos, bloqueándoles el paso.
            De su interior se apearon dos hombres con máscaras de payasos; un tercero, el conductor también enmascarado, permaneció frente al volante contemplando la escena que comenzaba a desarrollarse.
            –¡Entréguennos la plata, conchetumare! –gritó uno tras su máscara pálida, agrietada y con un manchón rojo por boca. Tanto él como su amigo manipulaban dos barras de metal con una seguridad espantosa.
            Bernarda, quien encabezaba la fila, chilló antes de intentar refugiarse tras Ernesto. El brazo del otro payaso, no obstante, fue mucho más veloz que ella, impidiéndole cualquier posibilidad de escape.
            –¡Pásennos la plata, si no quieren que les saquemo’ la conchetumare!
            Bernarda no paraba de berrear como si la estuvieran matando; Valeria, por su lado, se apretó fuerte contra su novio, muerta de miedo. Entonces el payaso libre encaminó con firmeza en dirección a su cartera para intentar arrebatársela; Ernesto supo en aquél momento que no tenía otra alternativa más que enfrentarlo y defender a su polola aunque fuera lo último que hiciera.
            Ernesto cubrió primero a Valeria, interponiendo su cuerpo; acto seguido, desvió la mano de su atacante con un ligero manotazo, provocando que éste le diera de inmediato con su fierro en la espalda.
            Ernesto cayó al suelo sintiendo un fuerte relámpago de dolor recorrer su cuerpo. Hizo el intento de levantarse, pero otro golpe le sacudió por sorpresa; y luego otro, y otro, dejando al joven hecho polvo, con la sensación de haber sido atropellado y encontrarse en cualquier otro lugar menos en aquella calle con dos hombres con máscaras de payasos atacándoles.
            Bernarda no paraba de clamar por ayuda, mientras Valeria miraba hacia todos lados buscando a alguien quien pudiera socorrerlos. Por desgracia, la calle seguía tan vacía como antes.
            –¡Güeón, te lo pitiaste! –dijo el payaso que tenía apresada a Bernarda–. ¡Vámono’, güeón!
            El otro payaso quedó mirando a la pareja como si no supiera qué hacer; con esa máscara horrible encima, era prácticamente imposible dilucidar si sentía arrepentimiento u otra clase de emoción por lo que acababa de provocar. Después de lo que pareció un tiempo largo y angustiante, el payaso tomó la decisión de dar media vuelta y correr hacia el auto burdeo que les esperaba; el otro payaso le imitó al instante, empujando a Bernarda contra el suelo.
            El vehículo retrocedió hacia la pista con un latigazo preciso, casi estudiado, y se perdió calle arriba antes que cualquiera de las dos jóvenes alcanzara a fijarse en su matrícula.
            Valeria se agachó al lado de Ernesto para examinarlo con manos temblorosas. Comprobó con alegría que éste aún tenía pulso y que los moretones en su espalda y costados no parecían tan graves después de todo. Así, sin moverse del lado de su novio, extrajo el celular de su cartera y marcó el número de las urgencias. Bernarda, que acababa de incorporarse costosamente del suelo, miró hacia la pareja con el corazón desbocado y los ojos anegados por las lágrimas. Tenía deseos de gritar, de golpear, de echarse al piso y llorar desconsoladamente hasta que llegaran los Carabineros y pudieran volver a sentirse a salvo. Entonces, sin saber muy bien por qué, recordó que tenía una botella de vodka guardada en su cartera.
Sus ojos se desorbitaron al reconocer un pintoresco objeto en su interior, de color pálido y agrietado con manchas rojas a modo de crueles sonrisas. La tomó con la mano, palideciendo como ella, y la reconoció de inmediato: era una máscara de payaso, la misma que tenía el tipo que la había apresado minutos atrás. Intentó hallar una explicación lógica para lo que presenciaba; intentó hacérselo saber a Valeria, su amiga, pero al verla desde el ángulo en el que estaba, ella de pie y su amiga agachada junto a su novio, intentando llamar a los Carabineros por celular, se percató que en su cartera, entre la cajetilla de cigarros y un montón de papeles que parecían boletas de compras, descansaba un objeto muy parecido al que acababa de encontrar en la suya. Salvo que el de Valeria, naturalmente, tenía el mismo aspecto del payaso que había golpeado a Ernesto.
            –¿Qué pasa, Bernarda? –le preguntó Valeria sin quitarse el celular del oído–. ¿Por qué tienes esa cara?

             

Historia #230: ¿Se considera perteneciente a algún pueblo indígena u originario?

−¿Se considera perteneciente a algún pueblo indígena u originario?
            −Sí.
            −¿A cuál?
            −Al de los tchangos, o’bvio.
            (El censista, mordiéndose la lengua:)

            −Ah, okey. 

Historia #229: Reemplazo

No llegué a mi casa hasta el día siguiente: como en la noche anterior corrió la Ley Seca por el Censo de este año, con unos amigos no dudamos en aprovechar el feriado y comprar un montón de alcohol antes que cerraran todas las botillerías; así fue que se nos pasó la mano y nos vimos imposibilitados de volver a nuestros hogares por el estado paupérrimo en el que nos encontrábamos. Al final tiramos unos colchones en el suelo y dormimos sin saber del mundo hasta el otro día, cuando abrimos los ojos y recordamos que les dimos duro a nuestros organismos. Preparamos un desayuno frugal, como siempre, y volví a mi casa bajo un sol endemoniado, sintiéndome fatal.
            Me llevé una gran sorpresa al encontrarme con la pegatina del nuevo Censo estampada afuera de ésta, como si la familia adentro ya hubiera participado del proceso. “Imposible”, me dije, “vivo solo, no debería haber nadie adentro”.
            Pensé en que a veces los censistas no están tan comprometidos para con su trabajo, y en casos como éste, probablemente fuera más fácil para ellos falsificar mi información antes que carecer completamente de ella.
            Me quedé mirando la pegatina con aire estúpido, totalmente abatido por la resaca, y se me pasó por la cabeza arrancarlo de ahí para dejarles en claro a esos malditos del Censo que no estaba para sus trotes, menos cuando sus labores correspondían en ayuda al Gobierno y este maldito país de mierda.
            Iba a hacerlo, decidido, cuando vi aparecer a un censista por el otro de la calle, con su bolso azul y su caminar cansado. “Hey”, le dije, “¿tú eres el censista encargado de esta calle, cierto?”.
Su respuesta fue afirmativa. “Sí, ya pasé por esta calle”, me explicó. “Ahora voy a reunirme con mi grupo para ver si hay más casas por censar”.
“¿Sabes?, tengo un problema”, le dije. “¿Me podrías decir quién te respondió las preguntas del Censo en esta casa?”.
“¿Por qué lo dices?”, me preguntó el censista.
“Pues porque es mi casa y vivo solo”, le respondí. “Y si tiene este sello pegado, significa que alguien debió de contestarte las preguntas, ¿no?”.
            El censista me quedó mirando raro, como si creyera que estaba bromeando. Y bueno, con el hedor a alcohol que expelía desde mis entrañas, cualquiera pensaría que le estaba tomando el pelo. “Si mal no recuerdo”, dijo él, “me recibió una mujer de unos cincuenta años, pelo castaño rojizo y lentes. Tenía los ojos muy azules. ¿Era tu mamá, no?”.
“Sí, era mi mamá, lo siento”, le dije al tipo, haciendo un ademán con la cabeza. “Se me olvidó que hoy día estaría mi mamá en casa”.
            El censista me volvió a mirar extraño, con gesto casi preocupado, y se alejó después de despedirse escuetamente. Y yo quedé ahí afuera, sin saber si entrar o no a casa. Un miedo atroz recorría mi espalda, concentrándose primordialmente en mi nuca; la piel se me erizó y por un breve instante el mundo dio vueltas a mi alrededor. No podía ser: la mujer de unos cincuenta años, pelo castaño rojizo, lentes y ojos azules que atendía a todas esas cualidades era mi mamá, sin lugar a dudas; pero ella…, ella había muerto hacía un par de años por culpa de una enfermedad grave y devastadora.
Ella había muerto y ahora había vuelto.

Y estaba adentro de mi casa, esperándome.