Historia #211: El último instante

Aún puedo recordar su olor, el fuerte tacto de sus brazos en mi cintura, su mirada siempre segura clavada en mis ojos; lo recuerdo todo, y sigo sin entender cómo detalles así pueden continuar aún en mi pecho, como un malestar que ha hecho ya su nido y que jamás podré arrancar de mí. 

A veces, por las noches, escuchó su voz llamándome hasta despertarme; entonces me doy cuenta que en realidad los años ya han hecho su irreversible trabajo: el tiempo oxida nuestros recuerdos, confunde nuestros pasados y presentes, y contra ello ya no podemos hacer realmente nada; somos humanos, después de todo, y es por eso que nos equivocamos, tomamos caminos errados y perdemos a quienes en realidad no deseamos perder. Somos estúpidos y fríos, y nadie nos lo dice hasta que es demasiado tarde, cuando solo podemos recordar un olor, el fuerte tacto de los brazos de alguien, o una segura mirada clavada en uno, tratando de llenar los viejos espacios vacíos que no nos dejarán tranquilos hasta el último instante de nuestras vidas.

Historia #210: Subterfugio y encuentro



Su cuerpo es el crudo invierno que trajeron consigo los europeos, el aroma de las flores peligrosas, el frío que sólo los arduos resisten. Su cuerpo, gran escalinata al cielo, furia y violencia, la pasión en la sangre, su cuerpo, maldición madre de todas las demás maldiciones.
            Infinidad eterna, rito y ritual, su cuerpo desolación y esperanza, crudo invierno que trajeron consigo los europeos, sol níveo que los sedientos sueñan, el frío que sólo los arduos resisten.
            Su cuerpo subterfugio y encuentro, peligroso invierno de peligrosas flores, maldición madre de todas las demás maldiciones, el crudo invierno que trajeron consigo los europeos.

Historia #209: Hogar



Apreté mi oído contra tu pecho y escuché cómo algo dentro reclamaba por un hogar, un lugar donde vivir y ser amado. Escuché los arroyos de sangre fluir parsimoniosos en el centro de tu vitalidad, en el centro de tu universo, en el abismo de tus resuellos. Apreté mi oído fuerte y llamé de vuelta, deseando por fin abandonar esta sensación de soledad que me está matando por dentro, volver de una vez por todas verano estos fríos días. Así fue que escuché tus lentos arrullos, la dulce canción de cuna que provenía de tus entrañas, y pude descansar por fin entre tus brazos como un niño pequeño y cansado.
            Entonces te llamé mi hogar. 

Microcuento #36: No escuchar ni pico



No escuchar ni pico lo que dice la otra persona; asentir de todas maneras con un “güena, dale”.