Para Carlos Cerda.
Lo prometido es deuda.
Cansado, casi abatido, Omar
regresaba a su casa a eso de las dos de la madrugada. Caminaba pensando en lo
hijos de perra que podían llegar a ser sus jefes, haciéndolo trabajar hasta tan
tarde por un miserable bono de mierda, como si sus horas de vida valieran en
verdad tan poco. “Hijos de perra, hijos de perra, hijos de perra” repetía a
cada paso que daba, mirando al suelo con el ceño fruncido, escupiendo cada
ciertos tantos; lo único bueno que le quedaba era poder llegar a casa lo más
pronto posible y encontrar a su esposa aún despierta, toda caliente, y poder
follar tranquilo con ella hasta quedarse dormido y despertar totalmente
renovado al otro día, listo para seguir con la rutina de mierda de guardia de
supermercado, como siempre.
Iba en eso, pensando en todo lo que le haría a su esposa
antes de dormir, cuando un tipo encapuchado le saltó encima, pillándolo
totalmente por sorpresa; intentó gritar fuerte, pero su atacante fue mucho más
rápido al tapar su boca con una mano sudada y hedionda. Omar trató de desprender
su cuerpo de su captor, mas le fue imposible; movió sus hombros, los brazos,
pero estaba completamente jodido.
Entonces el atacante, utilizando todas sus fuerzas,
arrastró a Omar calle abajo hasta llegar a un pasillo oscuro y desolado,
donde las pisadas producían fuertes ecos contra las paredes y la basura parecía
haberse acumulado por al menos unas tres semanas.
−¡Suéltame, maricón, suéltame! –intentaba gritarle Omar
al tipo, pero de su boca, por desgracia, no alcanzó a salir más que un tenue e
inaudible graznido. Su captor, por el contrario, aumentó aún más la fuerza con
la que lo mantenía apresado y con una mano ágil y furiosa, le desabrochó la
correa y sus pantalones para luego bajarle los calzoncillos de un solo
manotazo; Omar intentó gritar con todas sus fuerzas, consciente de lo que
deseaba hacer el tipo detrás suyo, pero su mano sudada y hedionda era superior
incluso a sus propios esfuerzos. Pensó en su esposa, acostada sobre la cama,
con ese piyama de verano que tan bien le quedaba, haciendo notar sus gruesos
pezones a través de su fina tela; pensó en eso, en lo mucho que deseaba estar
ahí con ella, cuando un dolor punzante en el ano le hizo volver en sí y ser
consciente de la situación de mierda que estaba viviendo. Apretó los dientes,
el rostro entero, e intentó olvidarse de todo lo que sentía por el tiempo que
duró la violación; de sus ojos salieron gruesas lágrimas, mezcla de humillación
y dolor, mientras que desde su culo se extendía una fina línea de sangre,
manchando silenciosamente todo a su paso.
El tipo estuvo así unos dos minutos, jadeando con
violencia, descompasadamente, hasta que sacó su pene de Omar y lo empujó hacia
adelante, derribándolo de manera limpia contra el suelo. Omar no quiso
levantarse de inmediato; de hecho, ni siquiera quería verle la cara al hijo de
puta que acababa de vejarlo…
Mierda, la sensación era horrible.
Con los ojos llenos de lágrimas, Omar se levantó luego de
un rato, consciente de que su captor ya había partido hacia su guarida, quizá
para esperar a otro como él, perdido en sus propios pensamientos… Le dolía el
culo, un montón, así como todos sus músculos luego de la fuerte tensión vivida.
Se apoyó en la pared más cercana, se puso los pantalones (notando que sus
calzoncillos estaban manchados con sangre) y trató de seguir su curso como si
nada hubiera ocurrido. Pensó en caminar todo el trayecto que restaba hasta su
casa, pero al darse cuenta de lo mucho que le costaba y dolía, se detuvo en una
esquina para esperar al primer taxi que pasara por ahí. Lleno de miedo, estuvo así
por unos diez minutos, hasta que apareció el bendito vehículo que necesitaba:
le hizo señas y éste se detuvo a su lado; se subió, le dio la dirección al
chofer y partieron rumbo a casa por el camino más largo hasta ella; Omar no quiso
hacer ningún comentario al respecto.
Cuando llegaron a su destino, Omar tuvo que pagarle al
taxista la misma cantidad de dinero ganada como bono por las “horas extras”
(que en realidad habían sido impuestas por sus jefes) y se bajó sintiéndose la
persona más desdichada del mundo; pudo haber insultado al hombre, haberle dicho
que se metiera su plata por la raja antes de cerrar la puerta del vehículo,
pero prefirió quedarse callado y dejar que las cosas siguieran su rumbo; total,
¿qué podía hacer él contra eso, después de todo?
Sacó sus llaves, abrió la reja y la puerta principal de
su casa, y se dirigió inmediatamente al baño, donde se sacó los pantalones y
calzoncillos para echar estos últimos a una bolsa de plástico que guardó en la
mochila que llevaba al trabajo. Se miró al espejo y lloró otro poco en silencio,
sin poder creer todo lo que le había pasado.
Mierda, la
sensación era imperturbablemente horrible.
El hombre se
calmó un poco respirando como le había enseñado su madre cuando niño, y bebió
agua y se lavó los dientes antes de ir a su cuarto, donde encontró todo oscuro
y a su esposa durmiendo profundamente entre las sábanas, tal como temía; su
deseo de follarla antes de dormir se habían ido a la mierda. Entonces se puso
el piyama, se metió a la cama (pidiéndole al cielo que su culo no continuara
sangrando por la noche y terminara por mancharlo todo) y se quedó ahí un buen
rato, pensando en que al otro día tenía que volver al supermercado donde
trabajaba como guardia, posiblemente hasta altas horas de la madrugada, para poder
recibir su sueldo de mierda a fin de mes, pagar las cuentas que se iban
acumulando a una velocidad vertiginosa en el cajón de su velador, y hacer feliz
a su esposa, haciéndole creer que todo estaba bien, que el mundo estaba mejor
que nunca, que todo iba a salir bien al
final del día…