Este jardín de penumbras, Capítulo #7

El cielo estaba despejado, con un montón de estrellas salpicándolo. Como la ciudad y el pueblo más cercano se encontraban a un buen puñado de kilómetros de distancia, la contaminación lumínica que producían no afectaba en gran medida la zona donde se hallaba. En otra ocasión hubiera pensado que este detalle hacía del lugar un paisaje mucho más bonito, ameno e incluso romántico, pero ahora que se encontraba ahí, en medio de un camino completamente a oscuras, con los pantalones mojados y una camisa como por todo vestuario, muerto de frío, le hacía sentir profundamente solo y desesperanzado. De seguro no encontraría a nadie quien pudiera ayudarle en kilómetros, y él se moría de sed y hambre.
Alberto, luego de sentir los primeros aguijonazos del apetito y la resequedad en su boca y esófago, cayó en la cuenta de que no había comido ni tomado nada desde esa mañana, hacía ya muchísimas horas.
            El joven hizo el gesto de sacar su celular del bolsillo para comprobar la hora, pero tal como sucedió en su primer intento, se encontró con la desagradable sorpresa de que la batería del aparato se había acabado por completo mientras reproducía su innecesaria y ruidosa presentación; siempre le sucedía cuando lo apagaba y lo volvía a encender: el aparato gastaba más energía al encenderse y apagarse que con cualquier otra acción de su repertorio.
            “Nunca funciona cuando más lo necesito”, rumió Alberto, quien a su vez se había imaginado llamando a Mario, su amigo, para decirle que lo fuera a buscar allá donde estaba aunque le costara un mes entero de sueldo –que él luego repondría, naturalmente.
            Sin embargo ahí estaba: solo, olvidado y desamparado. Su única posibilidad de poder contar todo lo ocurrido y hallarse nuevamente a salvo, era continuar caminando hasta encontrar una casa (con gente habitándola) o que algún conductor lo encontrara en el camino y le brindara su ayuda o lo llevara hasta el pueblo más cercano o a la ciudad misma. De otra manera, jamás lo lograría. Eso lo tenía más que claro.
            Un graznido quebró el mantra omnipresente de los grillos; en algún lugar ladró un perro; en otro lugar mucho más lejano le replicó otro. Pero una noción de humanos, cualquier atisbo de vida presente en la noche, era imposible de hallar. Hernán se había hecho con una casa de veras muy alejada de todo, completamente aislada de la civilización y la gente. El dinero todo lo podía, pensó Alberto, mientras arrastraba los pies por la tierra totalmente cansado y abatido. Si él tuviera un capital parecido al de Hernán, de seguro habría hecho lo mismo: porque no había como una casa alejada de todo, donde podías estar tranquilamente con tu pareja –o amante– haciendo el amor, gritando, sin vecinos majaderos ni ruidosos. Alberto pensó, no sin sentir un sabor amargo, que nada se comparaba con la soledad bien acompañada.
            Si Hernán no hubiera irrumpido de la manera en que lo había hecho esa mañana, probablemente Tatiana y él se encontrarían en ese momento compartiendo la misma cama, desnudos, comiendo quesos, pastas y frutas y tomando cerveza, vino y espumante mientras veían alguna porquería acostados, esperando a que el apetito sexual de ambos volviera a ponerlos deseosos de más acción. Si Hernán no hubiera aparecido de la nada –o “si Hernán no hubiera descubierto los pasos en los que andaba su esposa”, mejor dicho–, ahora estarían relajados y abrigados, no muerta –Tatiana– ni al borde de la inanición –él–. Alberto tenía planeado quedarse al menos unos dos días en aquella casa, viviendo las comodidades fruto del esfuerzo de Hernán como la rata bípeda que era.
Pero todo les había salido como la mierda: del fin de semana paradisiaco solo quedaba un recuerdo vago, una idea completamente derruida, un sueño hecho pedazos. Alberto no podía creer que todo hubiese ocurrido en menos de un día; esa mañana, incluso, se le antojaba lejana, de otra vida, una totalmente ajena.
Alberto manoseó la posibilidad de detenerse por un rato y descansar a un costado del camino en una de las tantas piedras que se veían recortadas contra la noche. A la mierda las arañas y otros bichos que pudieran merodearlo: después de haber presenciado cómo un hijo de puta loco mataba a su esposa de un disparo, la picadura de un insecto o un arácnido carecía brutalmente de importancia.
Pero si se detenía, pensó el joven, si se detenía, probablemente no conseguiría tener las fuerzas suficientes para levantarse nuevamente. Con lo acalambrados que tenía sus músculos, aquello no parecía una reacción muy alejada.
Alberto no podía evitar imaginarse sosteniendo un vaso de cristal con agua helada en su interior, luego llevándosela a la boca y después ingiriéndola, dejándola por un rato adentro de su cavidad bucal para que la frescura quedara ahí dentro y el frío no le terminara por dañar la garganta, tal y como la Maca, su ex, le había enseñado. No sabía por qué, pero el agua helada no le quitaba la sed como se suponía debía hacerlo. El joven tomó nota mental de buscar alguna explicación por Internet cuando pudiera hacerlo; aunque con toda seguridad se olvidaría de ello apenas transcurrieran unos cuantos minutos de complicada caminata.
Alberto se conformaba con un vaso de agua, uno solo, algo que le quitara la sed inmediata y le permitiera seguir adelante con algo de esperanza a cuestas, nada más. Pero ahí, a menos que se encontrara con una fuente de agua natural en medio de la oscuridad, no existía posibilidad alguna de saciar sus deseos como quisiera.
Un perro, al parecer el mismo de hace unos momentos (a juzgar por su ladrido agudo), volvió a aullar en un punto del sector, y Alberto tuvo la terrible idea de un animal apareciéndosele en el camino, totalmente hambriento –mucho más que él, por supuesto–, tal vez el mismo perro que ladraba en lontananza, dispuesto a atacarle para conseguir algo de comida. Alberto, tal y como se encontraba, no podría hacer mucho para defenderse, cosa que le trajo a la cabeza el recuerdo de un hombre que cortaba el pasto de los jardines en la localidad donde nació, conocido por encontrarse borracho la mayor parte del día. La gente le tenía una estima sosegada, digamos más pena que estima, por lo que siempre contrataban sus servicios que cada vez dejaban más que desear. Hasta que un día, una mañana, lo encontraron muerto en un erial donde los niños jugaban a la pelota por las tardes: le faltaba más de la mitad de la cara y gran parte de sus piernas y brazos. Cuando lo hallaron, los perros aún seguían dándose un festín con la poca carne que contaba su cuerpo, los mismos que le habían atacado durante la noche y que componiendo un grupo tan grande como el suyo, siempre tuvieron todas las de ganar.
Podría ganarle a un perro, meditó Alberto, imaginándose una situación hipotética en la que era atacado por un perro flacucho pero decidido y él se armaba de una piedra para reventarle la cara cuando éste iniciara su ofensiva; pero si le atacaban en grupo, podía olvidarse de llegar a su casa.
“Al menos el hombre del pasto estaba borracho cuando lo mordieron hasta la muerte”, le dijo una voz a Alberto, llevándolo a imaginar lo horrendo que sería estar consciente de todas las dentelladas brindadas por una docena de diferentes hocicos en distintas partes de su cuerpo.
Salvarse de un hombre y su pistola para morir devorado por un montón de perros hambrientos, eso sí que sería gracioso. Salir de un problema para terminar en otro mucho más grande y complicado tal vez fue su destino desde un comienzo: presenciar un asesinato, quedarse dormido y abandonado en una casa, debajo de una cama, para huir de ella en medio de la noche y ser comida de un puñado de perros cuando se disponía a salvar su pellejo y contarle a todo el mundo lo que le había hecho el hijo de puta de Hernán a Tatiana.
“Un muy buen argumento para una serie de humor negro”, pensó Alberto, sonriendo muy a su pesar.
Entonces fue que escuchó algo moverse unos cuantos metros más adelante en el camino, el sonido de unos pasos y un par de guijarros golpeando el suelo en pleno silencio. Podría haber sido su imaginación, una falla en la recepción de estímulos producto de su deshidratación, hambre y el desesperante frío que le estaba matando lentamente, pero sus ojos, acostumbrados a la ausencia de luz en el paisaje, se percataron de la figura cuadrúpeda de un animal detenido frente a él. Alberto no creía que se tratara del mismo perro que había ladrado hacía un rato (menos aún el que le había respondido), pero bien podía ser otro completamente distinto a ellos. “Uno más agresivo y hambriento”, se dijo el joven, relamiéndose los labios resecos por el miedo.
Alberto buscó una piedra de tamaño considerable cerca suyo sin quitarle la mirada de encima al animal; el perro –o lo que fuera– parecía esperar una acción de su parte, cualquiera, para reaccionar. Si él atacaba, Alberto se defendería; de otro modo, la escaramuza que se podía desarrollar entre ambos podía ser fácilmente evitada.
La mano derecha del joven se cerró en una piedra un tanto más grande que ella, suficiente para alejar al maldito animal en caso de que le atacara. Con ella en ristre, pudo sentirse un poco más sereno y seguro. Ya no tenía tanto miedo a la sombra que se proyectaba contra él. Sólo debía esperar su reacción y ver qué pasaba.
La sombra olisqueó el aire, y Alberto no tuvo duda de que se trataba de un perro. El animal parecía inseguro, como si no terminara por convencerse si lo que tenía al frente podía servirle como ayuda para garantizar comida, como comida en sí, o si continuar con su camino sin interrumpir nada que terminara por poner en peligro su vida. El joven lo miraba extasiado, preparado para cualquier cosa.
El perro dio un paso inseguro hacia él, y al no obtener una respuesta de su parte, avanzó otro tanto, ansioso.
Alberto, por su parte, apretó la piedra en su mano con más fuerza. Se sentía completamente capaz de matar al perro a golpes en caso de ser necesario. Total, pensó, no hay nadie en kilómetros a la redonda capaz de enjuiciarme por ello.
El joven contuvo la respiración por un breve instante mientras el animal no dejaba de acercársele; no lograba verlo a cabalidad, pero lo sentía cada vez más cerca y resuelto. Alberto no pudo evitar recordar al hombre que cortaba el pasto de los jardines de las casas allá donde había nacido; los vecinos que lo habían encontrado dijeron que habían partes de su rostro en las que incluso se veía el cráneo pelado, como en los dibujos animados.
¿Me encontrarán así mañana cuando vuelva a transitar la gente por este camino?, se imaginó el joven, ideando la mejor manera de propinar un golpe con la piedra que encerraba en su mano.
Sin embargo, cuando faltaban no más de unos seis metros para que el animal llegara hasta su lado, éste, de repente, miró en todas direcciones, desesperado, y huyó por el mismo lugar por donde había aparecido, engullido por la negrura que lo reinaba todo.
Alberto, por su parte, quedó paralizado sin entender muy bien qué ocurría. Después de unos segundos, se dijo que qué importaba: al menos el perro no le había atacado, y en aquello se constituía su pequeña victoria.
El joven estaba en eso de arrojar lejos la piedra que tenía en su mano cuando sintió la presencia de un ronroneo acercarse en dirección suya. Al principio desconoció el ruido que se aproximaba, pero no le bastó mucho tiempo para saber que era imposible equivocarse con algo que venía escuchando desde su departamento en la ciudad desde hacía tantos años. A diferencia de un relámpago y su trueno, en esta ocasión Alberto escuchó primero el sonido y después vio la luz venir hacia él.
Era, cómo no, un vehículo, el primero que veía y sentía desde hacía horas.



El joven se detuvo a un lado del camino y comenzó a agitar sus brazos en dirección al vehículo que se aproximaba. Venía del lado contrario, como si regresara de la ciudad, pero Alberto sabía que si lo dejaba pasar, otra oportunidad como esa probablemente no llegaría hasta bien entrada la madrugada, o tal vez hasta el día siguiente; y para el día siguiente, aún podían ocurrir muchas y desagradables cosas: como morir devorado por perros hambrientos, por ejemplo, o perderse en la inconsciencia y ser encontrado congelado entre medio de las piedras cuando el sol lo permitiera. Frente a tales panoramas, Alberto creyó que preguntar y solicitar un poco de ayuda era mucho mejor que no hacer nada por salvar su vida.
            El vehículo era una camioneta, a juzgar por sus luces y su tamaño. Por un momento Alberto temió que el conductor no se percatara de su presencia en el camino y acabara por atropellarlo como a un conejo hipnotizado por los focos, pero al advertir que éste comenzó a aminorar la velocidad a medida que disminuía la distancia entre ellos, supo que sus movimientos desesperados habían dado frutos.
            Alberto no podía contener su felicidad: fuese cual fuese la respuesta del conductor, había dado un gran paso al llamar su atención y detenerlo en medio de la nada; lo demás se trataría de un asunto de buena o mala, muy mala suerte, nada más.
            El chofer manejó su camioneta con cuidado hasta dejar la ventanilla de su puesto a la altura del rostro de Alberto. Era un hombre de unos bien cuidados cuarenta años, el pelo corto al estilo militar y una nariz similar a la de los emperadores romanos. Tenía un aire tranquilo, como si en ese viaje de retorno a casa (¿podía asegurar Alberto que ese hombre vivía por las cercanías y retornaba a casa desde su trabajo en la ciudad?) se hallara la quintaesencia de la tranquilidad y la armonía. A Alberto le dio muy buena espina.
            −Hola –le saludó éste, tímido y acucioso a la vez.
            −Hola, chico –le dijo el hombre, enseñándole una sonrisa alentadora−. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
            Un torrente de ideas, pensamientos y palabras inundaron la cabeza de Alberto en cuestión de segundos, pero por su propio bien, debía serenarse; no fuera que el hombre pensara que se hallaba frente a un maldito demente capaz de matarlo ahí mismo y robarle su camioneta, como en esos casos que aparecían con cada vez más frecuencia en las noticias.
            −Quería saber… −dijo Alberto, con la voz completamente pastosa. Se aclaró la voz antes de continuar−. Quería saber si me puede ayudar. Necesito de su ayuda. Es urgente.
            −¿Urgente? –El conductor lo quedó mirando extrañado−. ¿Te asaltaron? ¿Te han hecho daño?
            Alberto se dedicó una rápida inspección para recordar que sus pantalones estaban meados (aunque un tanto más secos) y que contaba con una única camisa para abrigarse en una noche que pedía a gritos al menos una chaqueta más para combatir sus bajas temperaturas.
             El joven no sabía por dónde empezar: habían sucedido tantas cosas ese día, que no tenía idea sobre qué contarle primero; porque de una u otra manera, debía tener cuidado con lo que decía: Alberto tenía muy claro que a la gente no le gustaba prestar ayuda cuando existía la posibilidad de involucrarse en casos peligrosos o relacionados con la ley.
            Sin embargo, el chofer pareció intuir su disyuntiva.
            −¿Quieres que te lleve a la ciudad, cierto?
            Alberto, sin poder creer su buena suerte, asintió.
            −Ven, súbete –le dijo el hombre, indicándole con un ademán el lado del copiloto.
            −Pero estoy… sucio –le dijo el aludido, muerto de vergüenza. No sabía cómo decirle (o hacer alusión) a que se había meado encima hacía unas cuantas horas atrás, mientras dormía en el suelo bajo una cama.
            −Eso no importa, puede arreglarse –sentenció el conductor−. Mejor sube, que hace frío.
            Sin decir una palabra más, Alberto vadeó la camioneta por delante de sus focos y abrió la puerta del lado del copiloto, sintiendo una vaharada de aire calefaccionado contra su cuerpo. El ambiente adentro le sentó como una delicia.
            El conductor no pudo evitar disimular una leve mueca de asco al sentir el penetrante olor a amoniaco que acompañaba a Alberto, mas hizo como si no hubiera sentido nada y echó a andar su camioneta con la vista pegada al frente.
            Por un instante en que se sobresaltó un montón, Alberto tuvo la rápida idea de que el hombre lo llevaría de nuevo a la casa de Hernán, pero al cabo de un rato se dio cuenta que éste no hacía otra cosa más que buscar un espacio considerable en el camino para maniobrar el vehículo y cambiar de dirección hacia la ciudad. Luego de eso, pudo volver a respirar con más tranquilidad.
            −¿Cómo te llamas? –le preguntó el conductor, sin quitar la mirada del camino.
            −Alberto –respondió el aludido. Por un momento, Alberto supuso que preguntarle su nombre de vuelta sería un descaro después de haber recibido un aventón de su parte; pero la responsabilidad de continuar con el diálogo le hizo proseguir−. ¿Cómo se llama usted?
            −Alberto –dijo el hombre, luego de unos segundos−. Somos tocayos –añadió con una sonrisa.
            −El mejor nombre de todos –dijo el joven a modo de broma, y los dos rieron desternillados. Alberto no podía obviar el hecho de que no había reído en ningún momento durante ese día.
            −¿Qué te trajo por estos lares, chico? –quiso saber el conductor, utilizando ese acento propio de los que tienen una buena situación económica.
            Alberto se mordió un labio sin saber qué decir, pero cuando tomó una decisión al respecto, ya se encontraba soltando la verdad más sobrecogedora de todas.
            −Vi un asesinato –dijo éste, y sintió cómo un silencio se extendía por todo el interior del vehículo−. Vi cómo un hombre mataba a su esposa.
            El conductor no supo qué decirle en primera instancia.
            −¿Un asesinato? ¿Cómo?
            −Verá –comenzó Alberto−, una amiga me invitó a su casa sin saber que su marido llegaría en cualquier momento.
            El Alberto conductor le miró de soslayo, atento.
            Y como éste no dijo nada, el Alberto joven supo que debía seguir con su historia.
            −Y bueno, el hombre llegó y acusó a su esposa de infiel, de que él había preparado todo eso para pillarla en pleno acto.
            −¿Y tú dónde estabas?
            −Me escondí –dijo el joven, azorado−. No pude hacer otra cosa –se apresuró a agregar, como si no quisiera que pensaran lo peor de él.
            −No te preocupes. Uno hace lo que debe hacer para sobrevivir y contar lo ocurrido a los demás; de otra forma la muerte de esa mujer no valdría nada, ¿no?
            Alberto afirmó sintiendo una ola de agradecimiento hacia ese hombre.
            −¡Exacto!
            −Y ese hombre, ¿no sabes dónde fue?
            −No lo sé… Me quedé dormido en el lugar donde… estaba escondido.
            −¿Y no roncaste o algo por el estilo? –inquirió el hombre, mostrando cada vez más interés en la conversación−. Podría haberte descubierto por tus ronquidos, ¿no?
            −No… no lo sé. No lo había pensado de esa manera.
            El Alberto conductor, sin quitar la vista de las sombras esparcidas por la potente luz de su camioneta adelante, sonrió enigmáticamente.
            −Pues es toda una suerte que estés vivo, ¿no?
            −Sí, lo mismo pienso –dijo el aludido como por decir algo. Ahora sentía el cuerpo agotadísimo, con los músculos relajados pero gomosos, como si no tuviera nada adentro de ellos. La cabeza empezó a adormecérsele, como cuando estudiaba hasta tarde por la madrugada y ya no podía leer una palabra más de las fatídicas guías que le entregaban sus profesores. Los ojos, por su lado, eran verdaderos pozos con vidrio molido en su interior. “Si me hubiera detenido a descansar en el camino, de seguro me quedo dormido”, se dijo Alberto, contento de haber tomado la decisión de seguir avanzando y no descansar a un lado del camino.
            El Alberto conductor dio un suave respingo, como si recordara algo de repente, y metió su mano derecha en uno de los recovecos debajo de la radio del vehículo. De ahí sacó un paquete de cigarros, el cual abrió con un movimiento de la mano y se la extendió hacia el Alberto copiloto.
            −¿Quieres uno, chico? –le ofreció el primero.
            Alberto se encontraba en pleno proceso de dejar el vicio de los cigarros tanto por motivos de salud como económicos, pero ahora que le invadía esa sensación de estar viviendo una nueva oportunidad para poder hacer bien las cosas, un poco de humo en sus pulmones se le antojaba una de las insignificancias más grandes de la vida.
            Alberto le agradeció el ofrecimiento al chofer y extendió sus dedos para sacar un cigarro del paquete. Sus falanges, por desgracia, se hallaban tan temblorosas por el frío que aún no abandonaba su cuerpo, que no pudo impedir volcar unos cuantos de ellos sobre la caja de cambios y el suelo del lado del conductor.
            −¡Oh, no, lo siento, por favor, no fue mi intención, yo…!
            −Tranquilízate –le dijo el hombre, encendiendo la luz del interior de la camioneta sin quitar la vista del frente−. ¿Los ves ahora?
            −Sí, acá los veo –replicó el aludido, agachándose para lograr alcanzar los dos cigarros que habían caído del lado del hombre. “¡Cómo puedes ser tan tonto!”, se dijo el joven, totalmente avergonzado: le daban una ayuda que cualquier otra persona se lo hubiera negado y él venía y despreciaba los cigarros que, por agregado, le ofrecían. Alberto estaba en eso, extendiendo sus dedos para evitar que su cabeza quedara en una posición incómoda (e indecorosa para el conductor), cuando le asaltó una sensación de lo más extraña: la visión de los pies del hombre moverse entre los pedales que movían el vehículo, calzados con unos zapatos de cuero negro de aspecto muy caros, produjeron en él una vaga impresión de familiaridad. No sabía a qué podía referirse la emoción que le asaltó de repente, pero ahí estaba: adherida a él, como si quisiera advertirle de algo. Con toda seguridad podría haber visto unos zapatos parecidos en los pies de su papá la última vez que estuvo con él en casa, o a alguna persona bien vestida transitando por la misma calle que él –abrochándose las agujetas sobre una de las jardineras que habían a un lado de ésta, por ejemplo−, mas sentía que en aquel detalle había algo muy urgente.
            −¿Los puedes ver? –quiso saber el Alberto conductor−; porque si no puedes, no importa, hay más en la cajetilla.
            Fue entonces que el Alberto joven lo entendió: era su voz; y sus zapatos…
            Alberto levantó la mirada lentamente, con los engranes de su cerebro procesando la información de una manera trastornada, hasta encontrarse de frente con los ojos destellantes del conductor. No se parecía en nada a la imagen que tenía en su cabeza, pero ahí estaba, manejando el vehículo que lo llevaba de vuelta a la ciudad.
            El hombre tras el volante pareció comprenderlo de inmediato.
            −Hernán –alcanzó a decir Alberto antes que el conductor le diera un fuerte puñetazo a la altura del pómulo. Fue una suerte que por ir manejando, el golpe recibido no diera de lleno en su blanco, porque la mano parecía hecha de metal puro.
            Alberto se puso alerta y se defendió del siguiente ataque, cubriéndose con su brazo. Por un fugaz instante, pudo ver la cara del chofer roja de ira, la cara de un hombre que ha descubierto que su esposa está a punto de serle infiel con un imbécil de mucha menor edad que ella.
            El joven se arrellanó en la esquina de su asiento para liberar sus piernas cansadas y doloridas y así usarlas para atacar y defenderse. De esta manera, totalmente desesperado y con el corazón desbocado, empezó a darle golpes en la cara y en las manos a Hernán, buscando dañar antes de ser dañado. Alberto tenía plena consciencia de que el hombre que tenía al frente era el mismísimo infierno.
            Hernán daba unos golpes fuertes, y a pesar de estar concentrado también en no salirse del camino y terminar chocando la camioneta contra una piedra, cada vez fallaba menos, adormeciendo aún más los entumecidos músculos del joven.
            Alberto estaba fuera de sí: si Hernán lo alcanzaba, estaba frito, iba a sufrir mucho.
De solo pensar fugazmente en lo que podría haber hecho Hernán con él, si él no hubiera descubierto su identidad justo a tiempo, Alberto sintió un repentino estremecimiento.
Y luego de ese estremecimiento, vino todo lo peor.



Alberto primero lo vio en los ojos de Hernán, que se abrieron un montón al dirigirlos en dirección al camino; después lo sintió en el cuerpo, cuando el vehículo se salió de control y todo el mundo empezó a dar vueltas y más vueltas. Por último, luego de verse golpeando su cuerpo una y otra vez contra el techo y el suelo de la camioneta, supo que todo estaba acabado y que ya no había más vuelta que darle.



Todo fue oscuro por un puñado o más de minutos; pero para Alberto ese periodo de tiempo bien podría haber sido una eternidad o un miserable segundo. Presintió el peligro antes de abrir los ojos, incluso antes de estar consciente. Era como si algo intentara devolverlo a su cabeza, jalando una cuerda invisible conectada a él.
            Todo continuaba oscuro, pero ahora había una luz anaranjada parpadeando en algún lugar afuera de su vista, iluminando lo que parecía mucho vidrio y plástico y fierros esparcidos entre las piedras y los arbustos.
La cabeza le dolía horriblemente, al igual que el resto del cuerpo. Alberto, por más que lo intentaba, no conseguía moverse. Algo raro le estaba pasando: no podía enfocar bien las cosas, así como tampoco podía mover sus extremidades. Quizá había pasado mucho rato en la misma e incómoda posición. Alberto tenía la impresión de haber pasado por algo muy parecido durante las últimas horas. ¿O había sido todo un sueño?
Alberto vio algo moverse por el rabillo del ojo; se había alzado, una sombra incorporándose en la noche. En un comienzo se vio erguida, como una estatua, pero al cabo de unos pasos en su dirección, ésta se desplomó levantando un montón de polvo. En algún lugar, la luz parpadeante seguía haciendo acto de presencia, como si solicitara ayuda con suma urgencia.
El joven tosió algo de aspecto líquido y viscoso, mas no conseguía ver de qué se trataba. Estaba todo tan oscuro…
Las piernas ya no le dolían: se sentían lejanas, de otro mundo, y lo que era peor, no hacían caso de sus órdenes. Lo mismo sucedía con sus brazos: eran unos inútiles.
Alberto intentó gritar, pedir ayuda, llamar la atención de alguien, cualquier persona, pero de su boca solo salió un gorjeo ininteligible, acompañado de un líquido de la misma consistencia que la vez anterior. El joven no conseguía comprender qué ocurría.
Su visión se iba haciendo cada vez más borrosa: las luces perdían su fuerza, sus tonos, y todo lo que le rodeaba comenzaba a adquirir ese efecto difuminado que dominaba la mayoría de las imágenes de sus sueños y pesadillas.
Entonces lo vio de nuevo: la sombra por el rabillo del ojo. Aunque esta vez no se alzó en ningún momento.
            Pero se arrastraba hacia él, como si estar a su lado, ponerle las manos encima, fuera su último designio en su vida.

Este jardín de penumbras, Capítulo #6

Afuera de la casa había una reja enorme que contaba con un sistema de cierre electrónico. Alberto no lo recordaba bien, pero ésta medía más de dos metros, y por lo que respondía su propia imagen mental de ésta, probablemente contara con púas filosas en su extremo alto. Quizá no fuera tan difícil saltarla, pero siempre existía el temor de quedarse enganchado en ellas y terminar desangrado como un animal.
            El joven, sin embargo, estaba decidido: saldría de esa casa aunque le costara la vida.
            Tal vez fuera probable que Hernán ya no estuviera ahí, compartiendo ambos el mismo techo. Alberto tenía la idea –peligrosa, por cierto– de que no había nadie más que él adentro de esa casa: no se escuchaban ruidos (más que el tic tac tic tac del reloj en algún lugar de la casa), no se oían pasos, no se sentía vida. ¿Qué otra cosa podía estar ocurriendo?
            Y bueno, si Hernán de verdad estaba ahí, agazapado, esperándolo, ya vería cómo solucionarlo y deshacerse de él. Quizá el balance de las cosas por fin estuviera cambiando a su favor…
            Alberto tomó aire –sintiendo relámpagos de dolor por todos los músculos de su cuerpo– y utilizó sus antebrazos para despegar su cuerpo del suelo de madera meado. Sus pantalones hicieron un sonido de chapoteo al desprenderse de éste que le pareció extrañamente cómico. Iba para la tercera década y seguía meándose mientras dormía. ¡Qué dirían sus amigos si lo supieran!
            El joven creyó que no lograría mantenerse por mucho tiempo en la postura que estaba sin conseguir caer dolorosamente contra el piso. Sentía los músculos como de cera, desinflados, intolerablemente débiles.
Alberto apretó los dientes de tanto esforzarse.
Era una sensación horrible, el tener los brazos en ese estado. Estaban ahí, pero no respondían, no podían ejecutar lo que se les ordenaba.
Alberto pensó en sucumbir y esperar un rato, pero una pasión obstinada como nunca antes había sentido le hizo –a pesar de todo– levantar su mano izquierda y llevarla un palmo más allá de distancia, permitiendo así que la otra pudiera operar de la misma manera. Alberto avanzó un palmo, dos, tres, cuatro palmos arrastrando su cuerpo, sintiendo la poza de orina moverse bajo él…
Llegó un punto en que creyó que caería estrepitosamente contra el suelo y no podría levantarse de ahí en lo que le restaba de vida, o bien hasta que le cortaran los brazos. Pero luego de sentir un brío que parecía el de otra persona encarnado en él, consiguió salir al espacio que había entre la cama y el mueble de la izquierda que ahora no eran más que siluetas oscuras en la habitación. Acto seguido hincó sus rodillas en el piso –sintiendo sus piernas volver a la vida atacándole con violentas punzadas y crujidos– y se incorporó trabajosamente, apoyándose en un brazo, después en el otro, primero un pie, luego el otro; esa acción, que rutinariamente se le hacía tan común, tan fácil (a menos que estuviera con resaca o resfriado, claro), ahora se le antojaba la más compleja y dolorosa del mundo. Era como estar en un cuerpo ajeno, recibiendo una tortura.
Al principio Alberto pensó que su humanidad se inclinaría irremediablemente hacia atrás y acabaría por estrellarse contra lo que fuera que tuviera a sus espaldas, no obstante logró estabilizar su cabeza y piernas justo a tiempo. Frente a sus ojos bailaban las mismas estrellas brillantes que le asaltaban cada vez que se le subía la presión o se levantaba muy rápido de la cama. Los oídos le zumbaban; el cuerpo, sus músculos, valían una porquería. De hecho, era tanto así, que le atacaba la sensación de que sus piernas no podrían sostenerlo por más tiempo: Alberto sentía que éstas se quebrarían bajo su propio peso de un momento a otro, dejándole a merced de quien lo sorprendiera ahí, vencido y humillado.
El joven se apoyó en el mueble a su izquierda (moviendo unos cuantos objetos que no alcanzó a vislumbrar de su lugar) y esperó a que su cuerpo se acostumbrara a su nuevo estado.
La sangre volvía a fluir por sus venas sin mayores problemas, provocando que sus extremidades regresaran a la vida, lo que también provocó que éstas se llenaran de pequeños y tensos focos de dolor. Tampoco durará por siempre, pensó Alberto, respirando y exhalando aire a un compás sosegado. Estaba claro: sólo debía ser paciente. Nada podía durar por siempre.
Si hubiera alguien en casa, con toda seguridad ya se habría percatado de su presencia luego de tanto ajetreo en el cuarto para visitas –si es que las hubo algún día–. Por lo mismo Alberto juzgó que no importaba tanto si metía algo de ruido o no, trastrabillando o moviendo de casualidad ciertas cosas de su lugar: estaba solo, en esa casa no había nadie más que él.
El primer paso fue brutalmente lacerante: Alberto sintió que cada vez que apoyaba el pie en el piso, éste parecía deshacerse, perder toda la fuerza que podía mantenerlo incorporado y en movimiento. De no tener el mueble del cual poder aferrarse a su lado, sin duda habría caído de alguna manera u otra como venía temiendo desde que había salido de la cama. No obstante, por fortuna, los hogares siempre contaban con cosas útiles como el mobiliario: te entraban ganas de desmayarte o caer de bruces al suelo y bueno, ahí estaban los muebles, dándote una gran oportunidad para no morder el polvo y perder algo más que unos cuantos dientes en el proceso.
El segundo paso contó con un efecto muy similar –y penetrante– que su predecesor. Sin embargo, la gravedad de los que le siguieron fue disminuyendo considerablemente a medida que el joven se acercaba al umbral que conectaba con el vestíbulo.
Alberto se detuvo por un momento, como si olvidara algo de suma importancia ahí dentro. Entonces recordó que en su antiguo puesto –qué extraño sonaba eso– estaba su celular y la única prenda de vestir con la que podía enfrentarse a la noche allá afuera. Agacharse para recuperarlos fue otro suplicio que tuvo que aguantar haciendo rechinar los dientes. Por un instante creyó que sus piernas acabarían por quebrarse en dos en cualquier instante, así sin más.
Debajo de la cama todo era más oscuro que el mundo que lo rodeaba. Alberto extendió su mano (sintiéndola hecha de chicle) hasta la zona más pegada a la pared, tanteando con todo el cuidado que le permitía su brazo ya no tan acalambrado, mas no lograba dar con nada. Las dimensiones y los espacios parecían haber sufrido ciertos cambios una vez hubo salido del reducido escondrijo en el que se ocultaba. Por lo mismo decidió inclinar aún más la cabeza y echar un vistazo ahí debajo por si conseguía dar con lo que buscaba. Pero ahí estaba Tatiana con su cabeza reventada por el disparo, en la misma posición en la que él había presenciado su horrible muerte esa mañana, mirándolo fijante, con los ojos –lo que quedaba de ellos–encendidos por el rencor y el miedo. Tenía una mano estirada hacia la suya, como si intentara alcanzarlo y hacerle pagar sus desdichas.
–Alberto…
La sangre del joven se heló en cosa de segundos. ¡No podía ser posible: Tatiana estaba muerta! ¡Aquello no podía ser verdad!
–Alberto… –volvió a susurrar la mujer entre las sombras, con una voz fría como el hielo. Alberto pensó que aquello no estaba sucediendo, no podía estar sucediendo.
Tatiana se veía como en su pesadilla: con un cráter inmenso en la cabeza, un ojo completamente perdido y la boca esbozando una expresión totalmente desacorde con su estado. Su piel pálida se veía corrupta, amoratada, como si ya hubiesen pasado unos cuantos días desde su deceso.
(esto no es verdad, esto no es verdad, esto no es verdad)
Esto, simplemente, no podía ser verdad.
Alberto cerró los ojos, apretándolos con fuerza, pidiéndole a Dios que por favor detuviera esa locura, y más por azar que por cualquier sentido precognitivo, dio con algo suave y apelotonado a su izquierda, junto con un aparato pequeño y familiar, a unos escasos centímetros del alcance de la muerta.
Por un momento fugaz, Alberto pensó que la mano de Tatiana terminaría por cerrarse en la suya –escuchó incluso el gorjeo lleno de emoción de la mujer al capturarlo, riendo, salpicando sangre al hacerlo–, pero su ademán fue mucho más rápido que el de ella. Acto seguido, salió de su posible alcance arrastrándose contra la pared contraria a la cama lo más rápido que le permitieron sus atrofiados músculos. Su pulso se hallaba totalmente descontrolado. En cualquier instante Tatiana se asomaría por debajo de la cama y seguiría su camino hacia él
(Alberto)
(Alberto)
(Alberto).
El joven tuvo la consideración de deshacer el nudo en el que se había convertido su única prenda de vestir y ponérsela ahí mismo, preparándose para la noche y la temperatura del exterior, pero ante la tentativa de ver a un muerto salir de las sombras, extendiendo las manos hacia él, chorreando sangre de la profunda herida en su cabeza, prefirió levantarse y salir de ahí como cuando era niño y no podía aguantar la oscuridad que lo envolvía todo cuando el sol desaparecía tras los cerros y el mundo.
Alberto intentó incorporarse apoyando sus manos en la pared tras él con todas sus fuerzas, atacado por serios calambres en sus pantorrillas. Era como aprender a levantarse una vez más en la vida, o algo por el estilo. De seguro la gente rehabilitada tenía una sensación parecida a la que tenía él en ese momento cuando conseguían vencer las adversidades de su destino. Tal vez estoy volviendo a vivir, especuló Alberto, mucho más optimista que hacía unas horas atrás.  
Hasta que vio las manos blancas de Tatiana aparecer del espacio bajo la cama, arrastrándose en un silencio absolutamente sobrenatural por el piso. Alberto sostuvo la idea que aquello no podía ser otra cosa más que una escena producida por su mente alterada por tantos acontecimientos vividos ese día, pero frente a toda posibilidad, prefirió no ponerse en riesgo y comprobar que, después de todo, cosas así –ver a un muerto salir debajo de una cama, burbujeando su nombre sin descanso– podían sucederle a cualquier persona.
No obstante en el vestíbulo también había alguien. Era una sombra recortada contra la penumbra, sentada en el asiento contiguo a la ventana que le había brindado la luz para ver una porción de lo ocurrido durante la mañana. Parecía cómodo, expectante, como si por fin toda su paciencia cosechara los frutos que había deseado.
La cabeza de Alberto disparó de inmediato el nombre de Hernán, no podía tratarse de otra persona. El perfil de la sombra constituía completamente la misma imagen mental que éste tenía del esposo de Tatiana: ancho de hombros y cuerpo, y con una postura erguida, propia de quien acostumbra a dar órdenes siempre acatadas.
Alberto se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Hernán lo miraba fijo, sin inmutarse, como si rumiara las posibilidades más dolorosas para acabarlo.
El joven pensó en decir algo, disculparse, tratar de arreglar las cosas mediante las palabras, pero de un modo u otro, estaba completamente jodido. No había nada qué hacer en su caso.
Alberto se relamió los labios, tratando de dar con una solución a su problema con el corazón en un puño.
No obstante su mente, una clase de instinto, le susurró que pusiera más atención a los detalles que se presentaban ante sus ojos. La sombra, en primer lugar, no parecía estar viva; no respiraba: su pecho no se alzaba ni bajaba según el ritmo de su respiración. “Porque no vive”. En segundo lugar tampoco se movía, ni siquiera un poco. Absolutamente nada.
“¡No es Hernán!”.
Claro que no era Hernán: sólo se trataba de uno de los asientos del living que, visto desde cierto punto, en medio de un mar de penumbras, tenía el aspecto de sostener a alguien encima. Mas Alberto no pudo evitar recordar la pesadilla que tuvo bajo la cama y relacionarla con este detalle. Bien podía ser que su propio destino estuviera advirtiéndole de algo, recordándole que su victoria no estaba asegurada después de todo y que debía tener mucho cuidado con lo que hacía…
“Como si no lo supiera”.
Entonces la escuchó de nuevo:
–Alberto. Ven, Alberto…
El aludido miró por sobre su hombro sólo para darse cuenta que Tatiana ya llevaba más de medio cuerpo afuera de la cama. Lo miraba por su único ojo, con un brillo espantoso y ávido recubriéndoselo. A la luz tenue que entraba por la ventana, la mujer se veía mucho más real de lo que Alberto hubiera querido.
¿Y si ella de verdad estaba ahí, arrastrándose por el suelo como un alma en pena? Quizá fuera su rabia por haber muerto de aquella manera tan horrible la que le trajera otra vez al mundo de los vivos; tal vez sus deseos de venganza y muerte fueran mucho más grandes que las leyes que manejaban los aspectos acostumbrados de la vida. Quién podía saberlo, en realidad. Alberto sólo tenía plena conciencia de que si todo seguía así, acabaría por volverse completamente loco mucho más temprano que tarde.
El joven dio un paso atrás; luego otro, más decidido; para cuando fue a dar el tercero, giró sobre sus talones y avanzó por las sombras tanteando la estantería llena de libros a su izquierda, hasta que dio con el pasillo que llevaba a la misma puerta por la que había entrado esa mañana. Por un momento temió que ésta se hallara cerrada con llave, imposibilitándole de su primera chance de escape; no obstante –sin saber si por descuido o debido a una nueva jugada de su buena suerte– ésta se abrió sin ninguna clase de problema.
Así, Alberto salió a la fría noche que le esperaba afuera, sintiendo cómo sus músculos volvían a contraerse por el fuerte cambio de temperatura. Por lo mismo, sin poder reprimir que sus dientes terminaran castañeando horriblemente, Alberto sacudió su camisa para que se alisara con el viento y se la puso encima, maldiciendo la estupidez que esa misma mañana le hizo olvidar su preciada chaqueta en el taxi que le trajo hasta ahí. El joven debía aceptar que su temperatura corporal subió al menos en cierto grado gracias a la ayuda de su camisa –porque de todas maneras peor era no tener nada encima–, sin embargo no podía decir lo mismo de sus pantalones y zapatillas meadas y húmedas, concentrando un frío de mierda en sus piernas y pies. Alberto consideró la idea de quitárselos y andar el camino de vuelta a casa sin ellos, o al menos hasta que se secaran un poco. Pero en realidad no sabía qué era peor: si caminar desnudo de la cintura para abajo, o mojado tal y como se hallaba en ese momento.
Bueno, se dijo, ya vería cómo solucionaba ese asunto. Ahora tenía cosas más importantes e inmediatas en mente que solucionar.
El joven observó que la muralla que separaba la casa del camino de tierra del otro lado medía eso de un metro de altura, con una reja cubriendo otro metro y tanto más. Debido a la escases de luz, Alberto no podía distinguir si ésta contaba o no con picos en su extremo superior capaces de atravesar sus bolas y dejarlo ahí, totalmente ensangrentado y atrapado.
Pero qué mierda, le dijo una voz llena de valor y disposición, ya estaba afuera de la casa, estaba vivo y no tenía otra escapatoria. Era eso, o quedarse ahí, agazapado esperando hasta el día siguiente.
Hasta que llegara Hernán.
O hasta que lo tomara Tatiana.
Por lo mismo, Alberto se acercó al sector de la muralla colindante a la reja electrónica y se encaramó en ella, volviendo a sentir un dolor sordo en sus piernas. Por unos breves segundos, mientras sus manos se cerraban en los fríos y oxidados fierros de la reja para darse impulso, Alberto pensó en la posibilidad de entrar en la casa y pulsar el interruptor electrónico que había en la cocina para hacer las cosas mucho más fáciles. Mas la sola idea de sentir la presencia de Tatiana arrastrándose por el piso
(tomándole del tobillo, gorjeando su nombre)
le hizo seguir con su objetivo adelante. Muerto de frío y con los músculos cada vez más agarrotados por su demoledor efecto, el joven ubicó su pie derecho entre dos barras de fierro de tal manera que se ejerciera una presión entre ambos, permitiendo así la posibilidad de impulsarse y poder hacer lo mismo con la izquierda.
En un principio Alberto creyó que terminaría por torcerse uno de sus pies debido a una mala postura o fuerza mal ejecutada contra los fierros, pero una vez hubo ubicado su pie izquierdo donde deseaba, consiguiendo así un nuevo punto de apoyo para levantar la otra extremidad hasta el tope de la reja (coronada con picos filudos y ansiosos, por supuesto), pudo encontrar un espacio libre para poder sentarse y planificar cómo sería su descenso al otro lado.
Ya estaba en la cima: llevaba el cincuenta por ciento de su trabajo finalizado; pero sabía que si caía mal o perdía el equilibrio mientras bajaba hacia el camino de tierra, podía resultar seriamente lesionado al estrellarse contra él. Romperse un brazo, una pierna, o dislocarse un hombro en la caída, podía significar un gran factor para arruinarle su vuelta a casa. Por lo mismo respiró hondo (sintiendo el aire helado dañarle su piel nimiamente protegida contra él) y se aferró al fierro de la reja en el que estaba sentado procurando no cortarse con sus picos. De esta forma concentró toda su fuerza en sus manos y alzó su pierna izquierda todo lo que pudo, trazando un arco sobre uno de los picos a su lado. Así, sin mayores problemas, y una vez estuvo seguro de que no se haría mierda contra el suelo por culpa de su torpeza, Alberto logró poner sus dos pies contra la muralla que sostenía los fierros en los que se apoyaba. La siguiente acción –dar un pequeño salto hacia atrás, seguro de que las distancias claramente no le provocarían daño alguno– se le antojó fácil y llena de buenos augurios.
Alberto, que por un instante se vio muerto por la misma arma que mató a Tatiana esa mañana, no pudo evitar sentir una oleada de regocijo al verse del lado opuesto de la reja que tenía ahora frente a sus ojos.
Simplemente no podía creerlo: ¡estaba afuera de la casa de Hernán, por fin!
            ¡Alberto lo había logrado!

Este jardín de penumbras, Capítulo #5

Las ganas de orinar se estaban tornando demenciales, y él no quería salir de ahí. Además de sentirse caldeado y soñoliento, tenía miedo de lo que pudiera encontrarse del otro lado de la puerta. Tenía miedo, claro, pero últimamente tenía miedo de muchas cosas; mearse encima era el menor de sus temores, definitivamente.
            La casa parecía sumida en un silencio sepulcral, denso, como si éste llenara todos los intersticios posibles, como si se tratara del aire mismo y sus moléculas omnipresentes; no se escuchaba ahí otra cosa más que sus propios latidos expectantes contra su pecho, esperando alguna señal de vida que le indicara que ahí no había peligro, que en el pasillo contiguo no había nadie y que podía ir al baño a vaciar su dolorida vejiga sin temer a que algo o alguien le saltara encima. Últimamente se sentía un poco fuera de sí cada vez que se encontraba solo en la oscuridad, rodeado por ella, como si ésta fuera capaz de recorrer la superficie de su piel con la facilidad y el tacto propio de unos dedos largos, escalofriantes y certeros, como arañas gigantes caminándole por encima.
            Allá afuera no se escuchaba ni mamá, ni papá, ni su hermano. Todos parecían estar durmiendo profundamente como nunca, sin roncar ni moverse de la manera inquieta de siempre por sus camas, haciéndolas crujir a cada movimiento.
            “Estás solo”, se dijo Alberto, como si acabara de dar una sentencia que esperaba recibir desde hacía tiempo. “Estás solo con la oscuridad, no hay nadie más”.
            Porque ahí estaba solo, era un hecho. Era de noche y en la casa no había nadie.
            “Aunque cuando traspases el umbral de esa puerta…”, pensó trémulo, y supo que entonces sería cierto; luego vendría el llanto lejano de la llorona, pobre mujer arrebatada de sus hijos y marido, dispuesta a vengar a los suyos. “Cuando salgas por ahí, ella te tomará del cuello y…”.
            Y bueno, él tendría que morir, naturalmente.
            Alberto tragó saliva
            (sintiendo la boca reseca, pringosa)
            y pensó que el asunto derivaba básicamente en quedarse ahí, siendo consciente de lo idiota que se había tornado con los años, mearse encima y tener que cambiar las sábanas y frazadas antes que los demás se dieran cuenta de su vergonzoso acto al día siguiente, o, claramente, hacerle frente a algo que simplemente residía en su cabeza, un algo cuya mejor y más letal arma era su propio miedo.
            “Ahí afuera no hay nadie, ahí afuera no hay nadie”, repitió mentalmente Alberto mientras intentaba serenarse. “La llorona no existe, débil de mierda. La llorona no existe ni nunca existió”.
            Todos sabían que la llorona era parte de un imaginario colectivo propagado por los adultos para inculcar miedo en las cabezas de los niños de su generación, cuando los niños aún podían sentir un miedo infame por todo lo que no conseguían explicar con sus inexperimentadas mentes. Pero él tenía miedo, a pesar de todo, y no podía evitarlo. No podía, no podía, no podía.
            Hasta que escuchó a alguien removerse en algún lugar del living.
El sonido podría haber provenido de cualquier otro sitio de aquella amplia casa, mas Alberto sabía que se trataba de alguien en el vestíbulo
(como si estuviera acomodándose en su sitio),
específicamente en uno de los sillones; no podía decir por qué, pero tenía plena consciencia de ello.
“Es mi papá”, se dijo Alberto, un poco más tranquilo. “Mi papá debe haberse quedado dormido mientras miraba la tele”. Ya había ocurrido en otras ocasiones que su papá se quedaba dormido en una posición un tanto incómoda mientras veía las noticias, y era tan difícil despertarlo o cambiarlo de lugar, que su mamá siempre optaba por dejarlo ahí, con una manta encima, hasta que despertara por la noche y se fuera a la cama de una vez por todas bajo su propia cuenta.
No obstante no había ronquidos; cosa rara, pensó Alberto.
Entonces el joven se levantó de su cama, sacando una pierna tras otra debajo de sus frazadas, y avanzó en dirección a la puerta del pasillo. La habitación se hallaba sumida en una penumbra fina, casi fantasmagórica, por lo que Alberto podía ver con una claridad poco usual para esas raras ocasiones en que decidía enfrentarse a la oscuridad reinante del otro lado del umbral. Por lo mismo no demoró en alcanzar el pomo de la puerta, abrirla y hallarse en ese largo camino hacia la salvación.
Sin embargo, motivado completamente por el instinto, Alberto miró hacia su derecha, y lo que vio le hizo encoger el corazón de puro terror. Ahí en el living, en el sillón favorito de su papá, se hallaba sentado un hombre. Mas ese hombre no era su papá, definitivamente: Alberto lo sabía por su postura, la espalda erguida, la cabeza expectante, por la pierna que tenía encima de la otra en una actitud que jamás se había hecho patente en su progenitor. Su papá podía ser un hijo de perra la mayoría de las veces, pero en pocas ocasiones lo había visto así, sentado como si esperara despedir al primer empleado que tuviera al frente por el mero acto de sentir placer. Además estaba el hecho de su constitución: el papá de Alberto era de contextura delgada pero musculosa; en cambio esta figura era más ancha, un tanto más gruesa, como la de alguien que no realiza mucho ejercicio debido a todo su trabajo de oficina.
El hombre del sillón parecía estarlo mirando fijamente, aun cuando el uno para el otro no era más que una sombra recortada contra la frágil penumbra de la estancia.
La figura oscura carraspeó, inclinando un poco más la cabeza, como si esperara atenta cualquier reacción de su parte. Daba la impresión de que estuviera intentando llamarle, de hacer que llegara hasta su lado. Pero Alberto sabía que hacerle caso sería fatal. Aquello sería completamente su perdición.
Alberto, sintiendo cómo una mano invisible y fría apretujaba su corazón de una manera alarmante, avanzó rápidamente hacia el lado contrario sin dejar de tantear la oscuridad que de pronto se había vuelto muy espesa, como granulada. No lo entendía, no tenía lógica, pero había sucedido.
Por lo mismo no importó que diera un paso acelerado tras otro en pos de su salvación: de todas maneras no logró dar con la esperada entrada del baño por mucho esfuerzo que realizara. El espacio restante, lo que debería ser apenas unos cuantos metros, se hacía eterno, cada vez más negro: era como entrar en una cueva, o en la guarida de alguien. Alberto de verdad no conseguía comprenderlo.
Hasta que la oyó llorar.
Primero fue un estrepitoso gemido que dejó helado a Alberto, inmóvil en medio de la negrura reinante. El sonido le trajo recuerdos, la vaga sensación de haberlo oído alguna vez, quizá, de algún familiar de los tiempos lejanos
(mi prima Sandra, o la Amanda, su hermana)
en un momento pretérito y aciago. Como en un funeral, por ejemplo.
Lo peor vino después.
Sin poder moverse
(sus músculos no le respondían)
(parecían estar paralizados),
Alberto sintió cómo los gemidos pasaron a ser un llanto sosegado, y el llanto a un sollozo capaz de congelar los huesos y los nervios de quien era lo suficientemente desafortunado para llegar a percibirlo. Porque la presencia de alguien, algo, estaba alejándose, y eso sólo podía significar la presencia de…
Alberto, quien no había sido lo necesariamente perspicaz para darse cuenta que al lado suyo había una ventana alta pero estrecha, tuvo miedo de mirar afuera y ver a una mujer alargada, con un deteriorado vestido blanco encima, de piel enfermiza, los ojos cocidos con hilo negro y la boca torcida en un ángulo impropio para alguien que estuviera vivo. Tuvo miedo de quedarse mirando la calle afuera y verla parada junto al poste de luz frente a la casa y no poder hacer nada para alejarla.
Alberto posó sus dedos junto al marco de la ventana y acercó su cara al cristal, como poseído. El joven tuvo la sensación de que la calle afuera estaba muerta de alguna manera, y no vacía por ser noche cerrada en plena madrugada. Sin embargo el llanto quedo persistía, y Alberto sentía que debía comprobar si sus miedos eran fundados o no; no quería saber que se hallaba totalmente aterrado por culpa de una idea tan infantil y fútil en su cabeza.
Entonces la cortina a su izquierda se estremeció, como si alguien la hubiera soplado desde el otro lado, y sin mayores preámbulos vio aparecer ante sí la mano pálida de la mujer que tanto temía, como si siempre se hubiera hallado escondida del otro lado del velo negro.
−¡Me mataste! –susurró la mujer−. ¡Tú me mataste!
Tatiana lucía un espantoso cráter en su cabeza, un cruel espectáculo de carne, tejidos y huesos despedazados. Le faltaba un ojo, y su sonrisa era una mueca asquerosa de dientes podridos y horadados. Llevaba encima un ligero vestido gris ceniciento que a Alberto se le hizo muy familiar. La luz mortecina de la luna que entraba por la ventana a su lado no hacía más que realzar sus detalles horrorosos y lo que quedaba de sus facciones.
−¡Tú me mataste! –volvió a murmurar Tatiana, lo cual era sumamente extraño, pensó Alberto en un instante fugacísimo, un chispazo, porque ella se hallaba al frente suyo sin ninguna clase de barrera, pero su voz parecía provenir de mucho más lejos, quizá de la calle, afuera, por ejemplo.
Alberto, aterrado, quería decirle que estaba equivocada, que él nunca había sido el culpable de tamaña desgracia, que si no le soltaba, se iba a mear encima, pero sus extremidades no respondían, parecían no estar unidas a él.
Aunque a decir verdad, nada en él parecía estar respondiendo. Alberto sentía cómo su cuerpo parecía relajarse poco a poco hasta dar paso a una especie de progresiva desconexión muscular. Empezó por los brazos, siguió en los hombros, y llegó hasta su bajo vientre.
−¡Tú me mataste, tú me mataste! –seguía repitiendo Tatiana, con su cara destrozada y su tacto corrupto. Alberto sólo quería decirle que se detuviera, por favor, que si no lo soltaba se iba a mear encima.
Pero ella acercó su cara a la de Alberto, los trozos de carne colgando, el hueco del ojo observándole como si ahí continuara el globo ocular, lo que quedaba de sus dientes a centímetros de su piel como si quisiera darle el último beso que no alcanzó a darle en vida. Alberto no podía soportarlo: ¡se iba a volver loco, Tatiana lo iba a volver loco!; ¡Tatiana había vuelto para volverle loco antes de llevárselo consigo!
−¡Esto es tu culpa, Alberto, es tu culpa!
Aunque pareciera imposible, la voz de la mujer empezó a apagarse aún más de lo que lo ya lo hacía, como si ambos estuvieran alejándose del lugar de donde provenía. Alberto supo entonces que era hombre muerto, que su fin había llegado
(¡no, no, no, no, no!).
Alberto quiso liberarse, hacerle frente a la mujer que tenía adelante, mas no pudo por mucho que lo intentó.
Así fue que cerró sus ojos, apretándolos fuerte, y empezó a rezar como lo hacía cuando niño y sentía miedo. Rezó con fuerza, como si de ello dependiera su vida
(porfavorporfavorporfavor).
Alberto dio un fuerte salto cuando las manos de la mujer apretaron con fuerza su cuello y sintió que algo se rompía entre ellas, dejándolo todo en silencio y paralizado por un breve instante.
Luego, naturalmente, se hizo la oscuridad.



Al principio creyó que era la transpiración, que se hallaba totalmente cubierto de sudor. Después se percató que no conseguía ver nada, que todo se hallaba inquietantemente muy oscuro. Y segundos más tarde advirtió un molesto y penetrante olor golpeándole las fosas nasales. Entonces supo que esto, lo que sentía ahora, era lo real, y lo que acababa de vivir no había sido más que un sueño.
            El pánico lo dominó, y lo hizo presa suya.
            Alberto, sin darse cuenta, como un imbécil, se había quedado profundamente dormido.



La casa se hallaba sumida en la oscuridad, cosa que le trajo vivos recuerdos de la pesadilla que acababa de vivir.
            Debían ser más de las ocho de la noche, a juzgar por la total ausencia de luz ingresando por la ventana del living. Si fueran las seis, o las siete, con toda seguridad habría algo de luminosidad en la estancia, pero no había nada. Era como tener los ojos cerrados, apretados con fuerza.
            Alberto intentó mover su brazo derecho en un acto instintivo, mas le fue completamente imposible. En vez de eso le asaltó un agudo dolor en el músculo, un dolor horrible, lacerante, una tensión como si de verdad tuviera un fierro atravesándolo de un punto a otro. Alberto intentó acomodarse para permitir que la extremidad pudiera relajarse, pero entonces los demás músculos también empezaron a rugir por un poco de piedad, como si les estuvieran atravesando con fuerza, crujiendo como si estuvieran resquebrajándose por dentro.
Los calambres habían gobernado su cuerpo entero: había sido una victoria unánime.
Alberto comprendió amargamente que después de todo no se había movido de su lugar bajo la cama.
            El sufrimiento fue tanto, llegó a un punto tan álgido, y de una manera tan inesperada, que el joven no pudo evitar reprimir una sacudida −chocando sus extremidades contra el suelo bajo él− en un intento desesperado por tratar de despojarse de todas las dolencias que le aquejaban al unísono y gruñir y por consiguiente gritar de dolor, como si ya no pudiera dominar su propio cuerpo.
            Si alguien estaba dentro de la casa, con él, sin lugar a dudas le había escuchado y se había percatado de su presencia inadvertida hasta ese momento.
            Alberto, aterrado, esperó a que los pasos llegaran hasta el cuarto de invitados donde se escondía. Si Hernán llegaba ahí, haciendo realidad sus temores, no había vuelta atrás. Alberto estaba indefenso, y Hernán, que había matado a su propia esposa, no iba a poner reparos en hacer lo mismo con él.



El joven se quedó quieto, expectante.
            Una madera pareció rechinar en algún punto de la casa. Los grillos habían comenzado con su melancólico coro allá afuera. Daba la impresión de que alguien contenía la respiración en el living, del otro lado del umbral.
            Silencio.
            Alberto no sabía qué hacer, no tenía idea de cuál debía ser el siguiente paso. “Paciencia”, pensó el joven, como si por el solo hecho de saborear aquella palabra, ésta le confiriera alguna especie de sortilegio en caso de que todo se fuera a la mierda.
            Pero luego de unos muchos segundos de espera, Alberto cayó en la cuenta de que probablemente ahí no hubiera nadie, después de todo: el único que mantenía el aliento era él, y nadie más que él, ahí, debajo de la cama, totalmente asustado. Alberto no pudo evitar pensar en la posibilidad del suicidio de Hernán, en la imagen que aún retenía en su cabeza de éste sentado en la taza del baño de su cuarto, con un hilillo de saliva seca cayéndole por una de sus comisuras y un frasco vacío de pastillas colgando de una de sus manos, casi rosando el suelo.
Si era así, toda la espera, todo el sacrificio habría sido completamente inútil…
(Te measte mientras dormías)
(Me meé mientras dormía)
Aun con el corazón apretado y descontrolado, Alberto fue consciente de que la pesadilla de la cual acababa de despertar había sido más que un sueño, un cúmulo de ideas y temores que le habían acosado de manera inconsciente mientras esperaba a que Hernán diera su próximo paso, y que terminaron por gatillar ciertas reacciones en su cuerpo que no demoraron en descontrolarse y dejarlo todo humillado y apestoso, con el olor penetrante de su propia orina cubriéndolo todo, atacando una y otra vez sus fosas nasales, recalcando su ineficacia e imbecilidad.
Quizá Hernán se había marchado de su casa apenas desapareció de su alcance visual.
Tal vez Hernán se había suicidado intoxicándose con un montón de pastillas.
Existía la posibilidad de que Hernán hubiera huido con el cuerpo de su difunta esposa para enterrarlo mientras él dormía.
Pero lo cierto era que Alberto se había meado encima, como cuando era un niño estúpido, lleno de miedo, y se sentía totalmente denigrado por haberlo hecho, por no haber podido evitarlo, por haber dejado que sucediera.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Alberto comenzó a llorar en silencio.



La idea de alguien sentado en el vestíbulo de la casa, esperando el momento oportuno para entrar en escena, le carcomía la cabeza. Con toda seguridad no se trataba de otra cosa más que de las reminiscencias de la pesadilla que había tenido, pero el joven creía que algo de verdad debía haber encerrado en todo eso. Hernán podía estar del otro lado, haciendo uso de una imperturbabilidad mucho mayor que la suya, y él no se iba a dar ni cuenta del instante en el que éste le saltara encima para acabar con su vida de una buena vez por todas.
            El joven no pudo evitar recordar esas tantas ocasiones en que por tratar de parecer gracioso y demostrar cierta superioridad, le jugaba triquiñuelas a su hermano menor. Lo esperaba en las sombras, cuando era de noche, y le saltaba encima desde los recovecos donde se escondía, asustándolo horriblemente. No importaba que sus papás le regañaran al respecto, dándole fuertes apretones en los brazos o golpes en la cabeza con la palma abierta: Alberto disfrutaba viendo cómo su hermano daba inmensos saltos de sorpresa cada vez que lo pillaba por la espalda y le gritaba en el oído. No lo sabía a ciencia cierta, pero Alberto tenía la noción de que haciendo esto, su propio miedo parecía perder tamaño y fuerza. Tampoco podía ser posible que el hermano grande fuera más débil que su hermano menor en estos aspectos, ¿no? Tal vez, pensó Alberto, era una forma de rebatir lo irrebatible: que Gabriel era muy superior a él desde muchas y diferentes aristas. Quizá fuera envidia y él no lo supiera hasta ahora que se lo había cuestionado escondido bajo una cama.
            Aún podía ver la cara borrosa de su hermano con los ojos desorbitados y luego anegados en lágrimas, su mamá corriendo hacia ellos, prendiendo los interruptores de las luces a su paso preocupada por el grito de éste, tomando a Gabriel por el brazo para llevárselo de su alcance, su papá dándole un fuerte golpe en la cabeza como reprimenda, él llorando en silencio y solo en medio del pasillo de la casa a oscuras.
            ¿Qué habrá pensando Gabriel durante sus últimos minutos (tal vez segundos) de vida? ¿Lo habrá recordado a él, su hermano mayor, mientras se desangraba del corte en su garganta? ¿Habrá pensado en él y todas esas veces en que lo asustó de muerte cuando la casa estaba sumida en la negrura de la noche? ¿Habrá imaginado que el habitante de la oscuridad que tanto temía por fin le había dado alcance? Alberto no lo sabía. Jamás podría saberlo. Pero le daba una sensación atroz tener conciencia de que él había sido culpable de tanto mal en su vida. Le parecía algo aborrecible, totalmente vergonzoso.
            ¿Pensaría algo así Alberto de no estar muerto Gabriel? Probablemente no, pero eso era lo importante del asunto: uno no piensa en rectificar las cosas hasta que ya es demasiado tarde; uno no piensa en las consecuencias de los actos propios hasta que una persona se aleja, muere o, digamos, se encuentra escondida de las garras de un hombre loco bajo la cama de su casa.
            Alberto se enjugó sus lágrimas con el dorso de una acalambrada mano derecha; al menos el dolor le hacía lidiar con el presente horrible que vivía, le traía de vuelta a la realidad.
            Había una frase –incluso una canción de Iron Maiden– que decía que sólo los buenos morían jóvenes. Su hermano era bueno y murió joven. Pero él, Alberto, distaba mucho de ser bueno como Gabriel. “La hierba mala nunca muere”, rezaba otro dicho popular frecuente entre las personas.
            Con eso en mente, Alberto tomó una decisión.