Este jardín de penumbras, Capítulo #5

Las ganas de orinar se estaban tornando demenciales, y él no quería salir de ahí. Además de sentirse caldeado y soñoliento, tenía miedo de lo que pudiera encontrarse del otro lado de la puerta. Tenía miedo, claro, pero últimamente tenía miedo de muchas cosas; mearse encima era el menor de sus temores, definitivamente.
            La casa parecía sumida en un silencio sepulcral, denso, como si éste llenara todos los intersticios posibles, como si se tratara del aire mismo y sus moléculas omnipresentes; no se escuchaba ahí otra cosa más que sus propios latidos expectantes contra su pecho, esperando alguna señal de vida que le indicara que ahí no había peligro, que en el pasillo contiguo no había nadie y que podía ir al baño a vaciar su dolorida vejiga sin temer a que algo o alguien le saltara encima. Últimamente se sentía un poco fuera de sí cada vez que se encontraba solo en la oscuridad, rodeado por ella, como si ésta fuera capaz de recorrer la superficie de su piel con la facilidad y el tacto propio de unos dedos largos, escalofriantes y certeros, como arañas gigantes caminándole por encima.
            Allá afuera no se escuchaba ni mamá, ni papá, ni su hermano. Todos parecían estar durmiendo profundamente como nunca, sin roncar ni moverse de la manera inquieta de siempre por sus camas, haciéndolas crujir a cada movimiento.
            “Estás solo”, se dijo Alberto, como si acabara de dar una sentencia que esperaba recibir desde hacía tiempo. “Estás solo con la oscuridad, no hay nadie más”.
            Porque ahí estaba solo, era un hecho. Era de noche y en la casa no había nadie.
            “Aunque cuando traspases el umbral de esa puerta…”, pensó trémulo, y supo que entonces sería cierto; luego vendría el llanto lejano de la llorona, pobre mujer arrebatada de sus hijos y marido, dispuesta a vengar a los suyos. “Cuando salgas por ahí, ella te tomará del cuello y…”.
            Y bueno, él tendría que morir, naturalmente.
            Alberto tragó saliva
            (sintiendo la boca reseca, pringosa)
            y pensó que el asunto derivaba básicamente en quedarse ahí, siendo consciente de lo idiota que se había tornado con los años, mearse encima y tener que cambiar las sábanas y frazadas antes que los demás se dieran cuenta de su vergonzoso acto al día siguiente, o, claramente, hacerle frente a algo que simplemente residía en su cabeza, un algo cuya mejor y más letal arma era su propio miedo.
            “Ahí afuera no hay nadie, ahí afuera no hay nadie”, repitió mentalmente Alberto mientras intentaba serenarse. “La llorona no existe, débil de mierda. La llorona no existe ni nunca existió”.
            Todos sabían que la llorona era parte de un imaginario colectivo propagado por los adultos para inculcar miedo en las cabezas de los niños de su generación, cuando los niños aún podían sentir un miedo infame por todo lo que no conseguían explicar con sus inexperimentadas mentes. Pero él tenía miedo, a pesar de todo, y no podía evitarlo. No podía, no podía, no podía.
            Hasta que escuchó a alguien removerse en algún lugar del living.
El sonido podría haber provenido de cualquier otro sitio de aquella amplia casa, mas Alberto sabía que se trataba de alguien en el vestíbulo
(como si estuviera acomodándose en su sitio),
específicamente en uno de los sillones; no podía decir por qué, pero tenía plena consciencia de ello.
“Es mi papá”, se dijo Alberto, un poco más tranquilo. “Mi papá debe haberse quedado dormido mientras miraba la tele”. Ya había ocurrido en otras ocasiones que su papá se quedaba dormido en una posición un tanto incómoda mientras veía las noticias, y era tan difícil despertarlo o cambiarlo de lugar, que su mamá siempre optaba por dejarlo ahí, con una manta encima, hasta que despertara por la noche y se fuera a la cama de una vez por todas bajo su propia cuenta.
No obstante no había ronquidos; cosa rara, pensó Alberto.
Entonces el joven se levantó de su cama, sacando una pierna tras otra debajo de sus frazadas, y avanzó en dirección a la puerta del pasillo. La habitación se hallaba sumida en una penumbra fina, casi fantasmagórica, por lo que Alberto podía ver con una claridad poco usual para esas raras ocasiones en que decidía enfrentarse a la oscuridad reinante del otro lado del umbral. Por lo mismo no demoró en alcanzar el pomo de la puerta, abrirla y hallarse en ese largo camino hacia la salvación.
Sin embargo, motivado completamente por el instinto, Alberto miró hacia su derecha, y lo que vio le hizo encoger el corazón de puro terror. Ahí en el living, en el sillón favorito de su papá, se hallaba sentado un hombre. Mas ese hombre no era su papá, definitivamente: Alberto lo sabía por su postura, la espalda erguida, la cabeza expectante, por la pierna que tenía encima de la otra en una actitud que jamás se había hecho patente en su progenitor. Su papá podía ser un hijo de perra la mayoría de las veces, pero en pocas ocasiones lo había visto así, sentado como si esperara despedir al primer empleado que tuviera al frente por el mero acto de sentir placer. Además estaba el hecho de su constitución: el papá de Alberto era de contextura delgada pero musculosa; en cambio esta figura era más ancha, un tanto más gruesa, como la de alguien que no realiza mucho ejercicio debido a todo su trabajo de oficina.
El hombre del sillón parecía estarlo mirando fijamente, aun cuando el uno para el otro no era más que una sombra recortada contra la frágil penumbra de la estancia.
La figura oscura carraspeó, inclinando un poco más la cabeza, como si esperara atenta cualquier reacción de su parte. Daba la impresión de que estuviera intentando llamarle, de hacer que llegara hasta su lado. Pero Alberto sabía que hacerle caso sería fatal. Aquello sería completamente su perdición.
Alberto, sintiendo cómo una mano invisible y fría apretujaba su corazón de una manera alarmante, avanzó rápidamente hacia el lado contrario sin dejar de tantear la oscuridad que de pronto se había vuelto muy espesa, como granulada. No lo entendía, no tenía lógica, pero había sucedido.
Por lo mismo no importó que diera un paso acelerado tras otro en pos de su salvación: de todas maneras no logró dar con la esperada entrada del baño por mucho esfuerzo que realizara. El espacio restante, lo que debería ser apenas unos cuantos metros, se hacía eterno, cada vez más negro: era como entrar en una cueva, o en la guarida de alguien. Alberto de verdad no conseguía comprenderlo.
Hasta que la oyó llorar.
Primero fue un estrepitoso gemido que dejó helado a Alberto, inmóvil en medio de la negrura reinante. El sonido le trajo recuerdos, la vaga sensación de haberlo oído alguna vez, quizá, de algún familiar de los tiempos lejanos
(mi prima Sandra, o la Amanda, su hermana)
en un momento pretérito y aciago. Como en un funeral, por ejemplo.
Lo peor vino después.
Sin poder moverse
(sus músculos no le respondían)
(parecían estar paralizados),
Alberto sintió cómo los gemidos pasaron a ser un llanto sosegado, y el llanto a un sollozo capaz de congelar los huesos y los nervios de quien era lo suficientemente desafortunado para llegar a percibirlo. Porque la presencia de alguien, algo, estaba alejándose, y eso sólo podía significar la presencia de…
Alberto, quien no había sido lo necesariamente perspicaz para darse cuenta que al lado suyo había una ventana alta pero estrecha, tuvo miedo de mirar afuera y ver a una mujer alargada, con un deteriorado vestido blanco encima, de piel enfermiza, los ojos cocidos con hilo negro y la boca torcida en un ángulo impropio para alguien que estuviera vivo. Tuvo miedo de quedarse mirando la calle afuera y verla parada junto al poste de luz frente a la casa y no poder hacer nada para alejarla.
Alberto posó sus dedos junto al marco de la ventana y acercó su cara al cristal, como poseído. El joven tuvo la sensación de que la calle afuera estaba muerta de alguna manera, y no vacía por ser noche cerrada en plena madrugada. Sin embargo el llanto quedo persistía, y Alberto sentía que debía comprobar si sus miedos eran fundados o no; no quería saber que se hallaba totalmente aterrado por culpa de una idea tan infantil y fútil en su cabeza.
Entonces la cortina a su izquierda se estremeció, como si alguien la hubiera soplado desde el otro lado, y sin mayores preámbulos vio aparecer ante sí la mano pálida de la mujer que tanto temía, como si siempre se hubiera hallado escondida del otro lado del velo negro.
−¡Me mataste! –susurró la mujer−. ¡Tú me mataste!
Tatiana lucía un espantoso cráter en su cabeza, un cruel espectáculo de carne, tejidos y huesos despedazados. Le faltaba un ojo, y su sonrisa era una mueca asquerosa de dientes podridos y horadados. Llevaba encima un ligero vestido gris ceniciento que a Alberto se le hizo muy familiar. La luz mortecina de la luna que entraba por la ventana a su lado no hacía más que realzar sus detalles horrorosos y lo que quedaba de sus facciones.
−¡Tú me mataste! –volvió a murmurar Tatiana, lo cual era sumamente extraño, pensó Alberto en un instante fugacísimo, un chispazo, porque ella se hallaba al frente suyo sin ninguna clase de barrera, pero su voz parecía provenir de mucho más lejos, quizá de la calle, afuera, por ejemplo.
Alberto, aterrado, quería decirle que estaba equivocada, que él nunca había sido el culpable de tamaña desgracia, que si no le soltaba, se iba a mear encima, pero sus extremidades no respondían, parecían no estar unidas a él.
Aunque a decir verdad, nada en él parecía estar respondiendo. Alberto sentía cómo su cuerpo parecía relajarse poco a poco hasta dar paso a una especie de progresiva desconexión muscular. Empezó por los brazos, siguió en los hombros, y llegó hasta su bajo vientre.
−¡Tú me mataste, tú me mataste! –seguía repitiendo Tatiana, con su cara destrozada y su tacto corrupto. Alberto sólo quería decirle que se detuviera, por favor, que si no lo soltaba se iba a mear encima.
Pero ella acercó su cara a la de Alberto, los trozos de carne colgando, el hueco del ojo observándole como si ahí continuara el globo ocular, lo que quedaba de sus dientes a centímetros de su piel como si quisiera darle el último beso que no alcanzó a darle en vida. Alberto no podía soportarlo: ¡se iba a volver loco, Tatiana lo iba a volver loco!; ¡Tatiana había vuelto para volverle loco antes de llevárselo consigo!
−¡Esto es tu culpa, Alberto, es tu culpa!
Aunque pareciera imposible, la voz de la mujer empezó a apagarse aún más de lo que lo ya lo hacía, como si ambos estuvieran alejándose del lugar de donde provenía. Alberto supo entonces que era hombre muerto, que su fin había llegado
(¡no, no, no, no, no!).
Alberto quiso liberarse, hacerle frente a la mujer que tenía adelante, mas no pudo por mucho que lo intentó.
Así fue que cerró sus ojos, apretándolos fuerte, y empezó a rezar como lo hacía cuando niño y sentía miedo. Rezó con fuerza, como si de ello dependiera su vida
(porfavorporfavorporfavor).
Alberto dio un fuerte salto cuando las manos de la mujer apretaron con fuerza su cuello y sintió que algo se rompía entre ellas, dejándolo todo en silencio y paralizado por un breve instante.
Luego, naturalmente, se hizo la oscuridad.



Al principio creyó que era la transpiración, que se hallaba totalmente cubierto de sudor. Después se percató que no conseguía ver nada, que todo se hallaba inquietantemente muy oscuro. Y segundos más tarde advirtió un molesto y penetrante olor golpeándole las fosas nasales. Entonces supo que esto, lo que sentía ahora, era lo real, y lo que acababa de vivir no había sido más que un sueño.
            El pánico lo dominó, y lo hizo presa suya.
            Alberto, sin darse cuenta, como un imbécil, se había quedado profundamente dormido.



La casa se hallaba sumida en la oscuridad, cosa que le trajo vivos recuerdos de la pesadilla que acababa de vivir.
            Debían ser más de las ocho de la noche, a juzgar por la total ausencia de luz ingresando por la ventana del living. Si fueran las seis, o las siete, con toda seguridad habría algo de luminosidad en la estancia, pero no había nada. Era como tener los ojos cerrados, apretados con fuerza.
            Alberto intentó mover su brazo derecho en un acto instintivo, mas le fue completamente imposible. En vez de eso le asaltó un agudo dolor en el músculo, un dolor horrible, lacerante, una tensión como si de verdad tuviera un fierro atravesándolo de un punto a otro. Alberto intentó acomodarse para permitir que la extremidad pudiera relajarse, pero entonces los demás músculos también empezaron a rugir por un poco de piedad, como si les estuvieran atravesando con fuerza, crujiendo como si estuvieran resquebrajándose por dentro.
Los calambres habían gobernado su cuerpo entero: había sido una victoria unánime.
Alberto comprendió amargamente que después de todo no se había movido de su lugar bajo la cama.
            El sufrimiento fue tanto, llegó a un punto tan álgido, y de una manera tan inesperada, que el joven no pudo evitar reprimir una sacudida −chocando sus extremidades contra el suelo bajo él− en un intento desesperado por tratar de despojarse de todas las dolencias que le aquejaban al unísono y gruñir y por consiguiente gritar de dolor, como si ya no pudiera dominar su propio cuerpo.
            Si alguien estaba dentro de la casa, con él, sin lugar a dudas le había escuchado y se había percatado de su presencia inadvertida hasta ese momento.
            Alberto, aterrado, esperó a que los pasos llegaran hasta el cuarto de invitados donde se escondía. Si Hernán llegaba ahí, haciendo realidad sus temores, no había vuelta atrás. Alberto estaba indefenso, y Hernán, que había matado a su propia esposa, no iba a poner reparos en hacer lo mismo con él.



El joven se quedó quieto, expectante.
            Una madera pareció rechinar en algún punto de la casa. Los grillos habían comenzado con su melancólico coro allá afuera. Daba la impresión de que alguien contenía la respiración en el living, del otro lado del umbral.
            Silencio.
            Alberto no sabía qué hacer, no tenía idea de cuál debía ser el siguiente paso. “Paciencia”, pensó el joven, como si por el solo hecho de saborear aquella palabra, ésta le confiriera alguna especie de sortilegio en caso de que todo se fuera a la mierda.
            Pero luego de unos muchos segundos de espera, Alberto cayó en la cuenta de que probablemente ahí no hubiera nadie, después de todo: el único que mantenía el aliento era él, y nadie más que él, ahí, debajo de la cama, totalmente asustado. Alberto no pudo evitar pensar en la posibilidad del suicidio de Hernán, en la imagen que aún retenía en su cabeza de éste sentado en la taza del baño de su cuarto, con un hilillo de saliva seca cayéndole por una de sus comisuras y un frasco vacío de pastillas colgando de una de sus manos, casi rosando el suelo.
Si era así, toda la espera, todo el sacrificio habría sido completamente inútil…
(Te measte mientras dormías)
(Me meé mientras dormía)
Aun con el corazón apretado y descontrolado, Alberto fue consciente de que la pesadilla de la cual acababa de despertar había sido más que un sueño, un cúmulo de ideas y temores que le habían acosado de manera inconsciente mientras esperaba a que Hernán diera su próximo paso, y que terminaron por gatillar ciertas reacciones en su cuerpo que no demoraron en descontrolarse y dejarlo todo humillado y apestoso, con el olor penetrante de su propia orina cubriéndolo todo, atacando una y otra vez sus fosas nasales, recalcando su ineficacia e imbecilidad.
Quizá Hernán se había marchado de su casa apenas desapareció de su alcance visual.
Tal vez Hernán se había suicidado intoxicándose con un montón de pastillas.
Existía la posibilidad de que Hernán hubiera huido con el cuerpo de su difunta esposa para enterrarlo mientras él dormía.
Pero lo cierto era que Alberto se había meado encima, como cuando era un niño estúpido, lleno de miedo, y se sentía totalmente denigrado por haberlo hecho, por no haber podido evitarlo, por haber dejado que sucediera.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Alberto comenzó a llorar en silencio.



La idea de alguien sentado en el vestíbulo de la casa, esperando el momento oportuno para entrar en escena, le carcomía la cabeza. Con toda seguridad no se trataba de otra cosa más que de las reminiscencias de la pesadilla que había tenido, pero el joven creía que algo de verdad debía haber encerrado en todo eso. Hernán podía estar del otro lado, haciendo uso de una imperturbabilidad mucho mayor que la suya, y él no se iba a dar ni cuenta del instante en el que éste le saltara encima para acabar con su vida de una buena vez por todas.
            El joven no pudo evitar recordar esas tantas ocasiones en que por tratar de parecer gracioso y demostrar cierta superioridad, le jugaba triquiñuelas a su hermano menor. Lo esperaba en las sombras, cuando era de noche, y le saltaba encima desde los recovecos donde se escondía, asustándolo horriblemente. No importaba que sus papás le regañaran al respecto, dándole fuertes apretones en los brazos o golpes en la cabeza con la palma abierta: Alberto disfrutaba viendo cómo su hermano daba inmensos saltos de sorpresa cada vez que lo pillaba por la espalda y le gritaba en el oído. No lo sabía a ciencia cierta, pero Alberto tenía la noción de que haciendo esto, su propio miedo parecía perder tamaño y fuerza. Tampoco podía ser posible que el hermano grande fuera más débil que su hermano menor en estos aspectos, ¿no? Tal vez, pensó Alberto, era una forma de rebatir lo irrebatible: que Gabriel era muy superior a él desde muchas y diferentes aristas. Quizá fuera envidia y él no lo supiera hasta ahora que se lo había cuestionado escondido bajo una cama.
            Aún podía ver la cara borrosa de su hermano con los ojos desorbitados y luego anegados en lágrimas, su mamá corriendo hacia ellos, prendiendo los interruptores de las luces a su paso preocupada por el grito de éste, tomando a Gabriel por el brazo para llevárselo de su alcance, su papá dándole un fuerte golpe en la cabeza como reprimenda, él llorando en silencio y solo en medio del pasillo de la casa a oscuras.
            ¿Qué habrá pensando Gabriel durante sus últimos minutos (tal vez segundos) de vida? ¿Lo habrá recordado a él, su hermano mayor, mientras se desangraba del corte en su garganta? ¿Habrá pensado en él y todas esas veces en que lo asustó de muerte cuando la casa estaba sumida en la negrura de la noche? ¿Habrá imaginado que el habitante de la oscuridad que tanto temía por fin le había dado alcance? Alberto no lo sabía. Jamás podría saberlo. Pero le daba una sensación atroz tener conciencia de que él había sido culpable de tanto mal en su vida. Le parecía algo aborrecible, totalmente vergonzoso.
            ¿Pensaría algo así Alberto de no estar muerto Gabriel? Probablemente no, pero eso era lo importante del asunto: uno no piensa en rectificar las cosas hasta que ya es demasiado tarde; uno no piensa en las consecuencias de los actos propios hasta que una persona se aleja, muere o, digamos, se encuentra escondida de las garras de un hombre loco bajo la cama de su casa.
            Alberto se enjugó sus lágrimas con el dorso de una acalambrada mano derecha; al menos el dolor le hacía lidiar con el presente horrible que vivía, le traía de vuelta a la realidad.
            Había una frase –incluso una canción de Iron Maiden– que decía que sólo los buenos morían jóvenes. Su hermano era bueno y murió joven. Pero él, Alberto, distaba mucho de ser bueno como Gabriel. “La hierba mala nunca muere”, rezaba otro dicho popular frecuente entre las personas.
            Con eso en mente, Alberto tomó una decisión.

Este jardín de penumbras, Capítulo #4

El día parecía suceder tan lento afuera como adentro de la casa. El haz de luz que entraba por la ventana del living había avanzado hasta desaparecer, provocando que las motas de polvo danzarinas volvieran a su discreta vida anónima frente a sus ojos. Afuera se escuchaban los cantos de los pájaros y el viento acarreándolos desde un punto a otro, pero no existía ningún atisbo de una persona capaz de ayudarle o sacarle de ahí. Alberto imaginaba a un hombre transitando por entre las piedras, alejado del camino principal, tarareando una canción, silbando, contento de estar vivo y en compañía de la naturaleza. El joven sabía que hacerse ese tipo de ilusiones no le serviría de nada al final de cuentas, sin embargo se permitió continuar aun cuando no hiciera más que enturbiar (más de lo que estaba ya) el turbio contexto en el que se hallaba: por lo mismo se imaginó al hombre con unos cuarenta años encima, la piel curtida por el trabajo duro al aire libre, vistiendo una camisa leñadora con los botones abiertos hasta la altura del pecho, dejando escapar unos cuantos pelos ensortijados y sudados, botas de cuero, un pantalón desgastado por el tiempo y un sombrero de paja encumbrando su cabeza, protegiéndole de los fatídicos rayos del sol sobre su cara. Alberto lo supuso así, muy parecido a su tío Federico, hermano de su madre, arduo trabajador de la tierra allá en la lejana localidad donde había nacido.
            Alberto, con el torso desnudo y cada vez más frío por culpa del contacto directo con el suelo, no pudo evitar sonreír ante la imagen mental de su tío caminando justamente afuera de la casa donde se hallaba, con una azada en su mano y cantando una de las canciones rancheras que tanto le gustaban. La razón por la que andaba cerca de esa casa no existía, naturalmente, pero a él le hubiera gustado que constara de una. ¿Cuál podría ser?, pensó el joven; no lo sabía. “Por ahora dejémoslo así”, se dijo Alberto, relamiendo la idea de su tío tocando el timbre de la reja afuera, Hernán acudiendo al llamado de éste y él teniendo una oportunidad para salir de ahí y esconderse en otro lugar, donde sus extremidades tuvieran una mejor capacidad de movimiento y los calambres pudieran considerarse por fin cosa del pasado.
            −Sabe qué, señor –le diría su tío a Hernán, con su acento campestre siempre marcado−, ando buscando a mi sobrino; se llama Alberto y me dijo que estaría por acá.
            −Acá no hay ningún Alberto –sería la respuesta de su interlocutor, con su cara de perro de empresario aburrido de la vida−. Por favor, aléjese de mi propiedad, o tendré que llamar a los Carabineros.
            Pero su tío ya se habría dado cuenta de todo lo que se escondía tras la mirada de Hernán. Sabría entonces que sí, que su sobrino estaba ahí dentro, escondido, y que Hernán jamás lo dejaría salir con vida de su casa.
Su tío no diría nada, obviamente, pero con un rápido y certero movimiento le clavaría su azada en la cabeza al otro tipo, aun cuando los separara una reja tan grande como la que había allá afuera; como persona de campo, sus habilidades motoras y condición física eran mucho más buenas que los reflejos de un hombre de ciudad acostumbrado a que se lo hicieran todo, organizara sus cosas en una computadora y toda su actividad diaria se basara en estar detrás de un escritorio clamando órdenes y siendo el hijo de puta más hijo de puta de todos.
Primero se escucharía el crujido del cráneo fracturarse, luego el del cuerpo caer exánime al pedregoso suelo de tierra. Una vez hecho eso, su tío se escupiría ambas manos antes de frotarlas una contra la otra y encaramarse en la reja para saltar al otro lado con un movimiento casi felino. Alberto lo había visto hacerlo un montón de veces, y sabía que en eso no residía ningún problema para él.
Acto seguido ingresaría a la casa, llamando el nombre de su sobrino en cuestión, lo encontraría agazapado en su nuevo escondite, y lo animaría a salir de ahí. “Te he liberado, hijo”, le diría con su voz jovial de siempre, como si jamás hubiera matado a un hombre a sangre fría para llegar hasta ahí. Alberto sonreiría, le abrazaría, y se iría de ahí con él como si tuviera petardos en el culo.
Alberto pudo verlo ahí, en el living, de pie, con su camisa leñadora, sus pantalones desgastados, sus botas de cuero y su sombrero; lo podía ver ahí como un espejismo, una imagen irreal pero en la realidad misma, dispuesto a prestarle auxilio. Incluso lo vio sonreír de la misma manera que lo hacía cuando compartían en almuerzos familiares, se achispaba y le decía lo mucho que los quería a él y a su hermano Gabriel.
“Mi reino por ver a mi tío acá, conmigo”, pensó Alberto, resoplando con lágrimas escociéndole los ojos. “Lo daría todo porque viniera y me sacara de acá y matara a ese hijo de puta del esposo de Tatiana con lo que fuera”. Su tío lo salvaría si tuviera la oportunidad, de eso no cabía duda; mas se hallaba a cientos de kilómetros de distancia, de seguro trabajando sus tierras o haciendo algo parecido, disfrutando las bondades de la naturaleza, canturreando como había imaginado, en primera instancia, al hombre transitando afuera de la casa donde estaba encerrado.
El silencio dentro del hogar era abrumador, pegajoso, angustiante. Acostumbrado al ruido constante de la ciudad y su rutina, Alberto se sentía un tanto incómodo cada vez que se veía envuelto en la realidad en sordina de las localidades externas a ella: le hacía cuestionarse cosas que antes no se cuestionaba, le hacía extrañar cosas que no extrañaba en presencia de los estímulos frenéticos de la vida apretujada y viciosa de las calles de concreto, le hacía padecer de una sensación de soledad que antes jamás hubiera imaginado; le entraban ganas de estar con alguien, con quien fuera, con tal de no sentirse solo. Alberto no podría decir con exactitud cuándo comenzó aquella mierda en su interior, sentirse tan frágil por momentos, sin embargo tenía una noción de ello: la muerte de su hermano Gabriel, sin duda alguna, había fragmentado una parte suya en su interior; eso, y el haber dejado de asistir tan seguido a su casa donde había nacido, donde lo común era el silencio y la reflexión y no el constante chillido de bocinas, choques automovilísticos y gritos de personas pidiendo ayuda por las calles en plena madrugada.
La gente cambiaba, pero él se sentía mal con ello. “La culpa la tiene la ciudad”, se dijo con amargura. “La culpa la tiene la ciudad y sus centros de entretenimiento como ese puto Tomorrow’s de mierda”.
Alberto imaginó el local como un real templo de la discordia, la infidelidad y el malvivir bohemio, como si fuese el escenario de un enemigo poderoso en un juego de peleas virtuales.
Tomorrow’s, Tomorrow’s, Tomorrow’s. ¿Por qué siempre los dueños de los locales chilenos tenían la mala costumbre de ponerle un apóstrofe a los nombres de sus tiendas, restoranes, centros de entretención, bazares, etcétera, etcétera? De seguro los gringos se cagan de la risa al ver que aplicamos sus reglas gramaticales como el pico, pensó Alberto, recordando que más de una vez habló de aquello con Mario mientras estaban hasta el culo por la marihuana.
“Los chilenos somos unos estúpidos de mierda”, comentó su amigo en esa oportunidad, sonriendo como lo haría un oriental divertido por el tema de conversación en cuestión. “Lo copiamos todo, y como la mierda”.
El pub bien podría haberse llamado Mañana, o algo por el estilo, especuló Alberto; pero claro, no era un nombre tan ganchero como el de Tomorrow’s apóstrofe y todo incluido– para el público al cual estaba destinado: gente arribista, de un estrato social mucho más alto que el suyo, que gozaba de ciertas garantías para el diario vivir que la mayoría de sus amigos de la infancia ahora carecían por puro mérito de oportunidades y el haber nacido en un lugar abandonado de ellas. Esa clase de locales estaban hechos para gente como Tatiana: con mucha plata, un montón de tiempo libre y ganas de vivir lo que no habían podido vivir durante sus preciosos años mozos por culpa de un temprano matrimonio con una persona de mierda; en otras palabras, esos locales estaban hechos para gente peligrosa: porque estaba claro que la combinación de todas esas cualidades derivaban en situaciones como la que estaba viviendo: peligrosas, vitales, de vida y muerte.
Alberto hubiera dado cualquier cosa por haber hecho caso de su instinto y decirle a su amigo Mario que si el pub donde estaban bebiendo estaba a punto de cerrar sus puertas debido a la finalización de la jornada, era mejor considerar la advertencia y volver a la tranquilidad de sus hogares que continuar por ahí, en las calles, buscando un lugar donde seguir destruyéndose por dentro. De haberlo hecho, jamás hubiera conocido a Tatiana. De haberlo hecho, jamás la hubieran asesinado. De haberlo hecho, jamás se hubiera encontrado escondido debajo de una cama con el torso desnudo, aterrado como un animal apresado, y con unas crecientes y tortuosas ganas de orinar.
“Lo hecho, hecho está”, le dijo su hermano Gabriel junto al oído; o eso creyó Alberto: quizá fuera él mismo aconsejándose con palabras de aliento para darse valor y buscar una manera de salir de ahí, sin dejarse abandonar por los malos augurios y la horrible perspectiva de los hechos futuros. ¡Ya no lo sabía realmente!: el silencio y la soledad quizá estaban obrando en su mente, provocando que se imaginara en compañía de personas muertas con tal de no dejarle solo ahí, debajo de esa cama.
¿Y si llega a aparecer Tatiana muerta, con la cabeza reventada por el disparo desde la cocina?, pensó Alberto de pronto, sintiendo un súbito escalofrío que no supo si fue por culpa del frío que se le impregnaba desde el suelo de madera, o por culpa de la inmediata imagen mental que concurrió a su mente: Tatiana destrozada, la belleza arrancada de su ser, acercándose a él parsimoniosamente para llevarlo al infierno junto a ella. Porque Alberto se lo merecía, ¿no?; porque él había sido el principal culpable de su muerte, ¿verdad?
De repente Alberto se sintió acompañado, y tuvo un sorpresivo temor a que alguien tomara sus piernas y comenzara a susurrarle cosas al oído, cosas relacionadas con la muerte, cosas relacionadas con la venganza y la infernal vida después del último aliento.
“Más allá de la muerte hay sólo fuego y más fuego”, dijo Tatiana, con la voz corrupta y gutural. “No habrá más que fuego y más fuego para nosotros, los pecadores”.
Alberto cerró los ojos con fuerza, muerto de miedo, pero la oscuridad no hizo más que acentuar los elementos y las sensaciones experimentadas hasta ese entonces: él bajándose del taxi afuera de la casa, Tatiana recibiéndole, sus hormonas revolucionadas al primer contacto con ella, el ruido de la reja eléctrica abriéndose afuera, él escondiéndose debajo de la cama del cuarto para invitados, las excusas de Tatiana y los argumentos de su esposo, luego el disparo, el disparo, el disparo. Y cómo no, el ruido del cuerpo de Tatiana caer exánime contra el suelo
(como un saco de papas, recordó Alberto).
            ¿Cuánto llevaba de haber comenzado aquél día?; Alberto ni siquiera sabía qué hora era. Los minutos, los segundos, las horas avanzaban mucho más rápido hoy en día que durante la época de su niñez, cuando las tardes le parecían una eternidad y las noches cosa de un abrir y cerrar de ojos. Era un asunto científico, según había leído por ahí, en Internet: la gran cantidad de guerras libradas entre los países, los terremotos y la original naturaleza de la erosión y esas cosas, habían desencadenado un progresivo cambio de eje y movimiento de la Tierra, acortando los días en unas cuantas horas significativas; de ahí que las jornadas se hicieran más largas y la constante falta de horas libres se hiciera cada vez más notorio y fatigante. De cierta manera entonces, señoras y señores, se levantaba en un lado del cuadrilátero la −primitiva y casi inequívoca− percepción de los hechos, mientras que por el otro extremo lo hacía lo –irrevocable y endiablado− establecido por el sistema: el tiempo: los minutos, las horas, los segundos: el tiempo.
            Alberto no sentía
(ni escuchaba)
otra cosa más que los latidos de su propio corazón contra el suelo. Le recordaba la sensación que tenía cuando probaban el bombo de la batería antes que comenzara un concierto de los grandes, al aire libre. Lo sentía en el pecho, en el piso, en el fondo suyo.
Entonces volvió a oír los piquetes del reloj, que en realidad eran los segundos desgranándose en algún lugar de la estancia. No veía el reloj desde donde estaba, así como tampoco podía asegurar su ubicación a partir del ruido
(los piquetes, los segundos)
que llegaban hasta sus oídos. Pero lo agradeció. El volver a ser a consciente del sonido del aparato en cuestión lo trajo de vuelta a la realidad, a lo importante, a lo trascendental.
Ahí claramente no estaba Tatiana ni su hermano. Los dos estaban muertos, uno con una ventaja brutal por sobre el otro, obviamente, pero ambos en el mismo estado funesto al fin y al cabo.
Alberto aventuró que eran eso de las dos y media de la tarde, las tres como mucho.
Había pasado mucho tiempo desde que se apeara del vehículo de ese maldito hijo de perra que le había cobrado un ojo de la cara −¡y su preciada chaqueta de mezclilla olvidada en el asiento trasero!− por llevarlo hasta la casa de retiro donde se encontraba, había hecho ingreso en ella, le había recibido Tatiana, y bla, bla, blá. De hecho, se le antojaba una cosa de años, asunto de una vida pasada. Es más, esa misma mañana se había bañado largamente luego de haberse echado una paja recordando uno de los mejores polvos que tuvo con su última polola, en el living de su casa, ella arriba y él abajo, y ahora se encontraba debajo de una cama, esperando alguna señal (cualquiera) del esposo asesino de una mujer que conoció en un pub muchos siglos atrás.
Alberto tocó su camisa de manera casi instintiva, a su derecha, la misma que pudo haberlo delatado apenas Hernán entró en su casa; si sólo pudiese ponérsela y sentir su agradable tacto contra su piel, quizá las cosas fueran distintas. Tal vez su mente terminara por despejarse un tanto, después de todo.
Alberto resopló, con el cuerpo entumecido, el cuello doliéndole como si sufriera de una torticolis horrenda. La posición en la que se encontraba lo estaba matando. Sus brazos, sus piernas, sus pies, su pecho, todo, parecían tan muertos como Gabriel y Tatiana. ¿Y si por no conseguir moverlos por mucho tiempo, estas extremidades de verdad dejaran de tener vida o necesitaran de una terapia mayor para poder volver a ser útiles como antes? Alberto tenía un amigo que por dormir borracho sobre su brazo derecho, prácticamente inconsciente, éste se paralizó y necesitó de al menos tres meses de terapia para poder volver a ejecutar una acción con él de manera decente.
¿Y si le llegaba a suceder eso?, temió Alberto.
De seguro jamás lograría salir de ahí; al menos no con vida, eso estaba claro.
El joven intentó mover sus manos y brazos, lográndolo a duras penas. El reducido espacio entre las tablas del catre encima suyo y el suelo, le impedía un movimiento más amplio para liberar sus articulaciones (aunque fuera un ápice) sin contar que debía tener sumo cuidado con no golpear ninguna parte de su cuerpo contra las maderas y el suelo, provocando así un ruido capaz de delatar su presencia en la estancia.
Su situación era una completa mierda, sumándole a eso unas crecientes y contradictorias ganas de orinar y beber agua para hidratar su boca totalmente reseca. Alberto sentía su bajo vientre hinchado, lleno de meados. Fue consciente entonces que no había ingerido ni expelido líquido alguno desde que había salido de su casa esa mañana.
¿Tatiana le había ofrecido algo para beber cuando ingresó a su hogar de retiro?; Alberto no lo recordaba con exactitud, pero a pesar de sentir los reclamos de su organismo por haber hecho caso omiso de su probable ofrecimiento muchas horas antes, supo que después de todo aquello, eso había sido lo mejor: porque ¿qué explicación podían tener dos vasos recién usados en el living de la casa cuando ahí sólo debía haber sola persona, cuyo nombre era Tatiana? Como las cosas habían sucedido tan deprisa, eso hubiera puesto a Hernán en alerta y Alberto en jaque mate, sin lugar dudas; hubiera sido como dejar puesto un cartel anunciando su presencia, con letras mayúsculas y subrayadas.
Pero orinar era definitivamente otra cosa: cuando llegó a esa casa no sentía ni pizca de necesitar una visita al baño, y eso era lógico: uno no podía echar una meada sin la necesidad natural de hacerlo; era como sentarse en el baño para echar una cagada sin tener una pizca de ganas de excretar. Naturalmente jamás saldría mierda por tu culo si no tenías mierda adentro que echar por él. Y bueno, eso era lo mismo que sucedía en este caso, salvo que ahora tenía unas ganas enormes de mear y evidentemente no se encontraba habilitado para hacerlo.
Alberto sabía que podía aguantar un tiempo más así, claro, pero también tenía la certeza de que hacerlo por un periodo prolongado no haría más que empeorar su situación. Su papá siempre le decía cuando niño que resistir las ganas de mear podía provocar que sus riñones terminaran estallando y que toda la orina llenaría su cuerpo por dentro, infectando sus demás órganos, envenenándolo hasta llevarlo a una muerte lenta y dolorosa. Existía la probabilidad de que su padre estuviera equivocado, obvio, sin embargo Alberto sabía que algo de ese calibre podía suceder si no se andaba con cuidado y echaba una meada como Dios mandaba. La vejiga estaba diseñada para aguantar cierta cantidad de desechos, no más: ningún órgano del cuerpo, por lo que él sabía, podía resistir más de lo que estaba destinada a hacerlo.
“Debo dejar de pensar en eso, debo dejar de pensar en eso”.
El joven no pudo evitar recordar esas noches cuando tenía seis años y sentía esas ganas horribles
(como si estuvieran desgarrándote por dentro, ahí, por el abdomen)
justo antes de quedarse dormido.
Qué cosa más abominable estar a punto de conciliar el sueño y sentir esa punzada de mierda en el bajo vientre que te despierta, devuelve a la vida gran parte de tus sentidos, y te gruñe: “oye, debes ir al baño si no quieres mear la cama de nuevo, idiota”. Porque ya lo has hecho otras veces, por lo que ya sabes que mear la cama es horrible; porque sabes que mearse encima y despertar mojado, fétido y lleno de vergüenza, es una mierda. Tan mierda como ese temor inculcado a la oscuridad, a lo desconocido y todo lo que tus ojos no consiguen ver, el mismo que fue forjado por tu padre durante toda tu infancia hasta tus primeros años de adolescencia. Con toda seguridad tu papá lo decía para que no te metieras en problemas ni en situaciones peligrosas que pusieran en riesgo tu vida y esa clase de cosas estúpidas que hacen los padres pensando en que están haciendo lo correcto; no obstante, siempre ves patente en sus ojos cierta rabia mezclada con burla y diversión que te hacen pensar que éste parece disfrutar con el miedo que expresa tu mirada al enterarse de lo que podría suceder si no le haces caso. Cosa rara, por supuesto, piensa Alberto, porque Alberto nunca le hizo nada malo, que él supiese.
“Salvo arruinarle su vida”, le dijo su hermano, con ese tono que empleaba cada vez que le intentaba explicar algo que para él era muy fácil. “Imagínate”, prosiguió, y Alberto se imaginó a Gabriel −niño− enumerando los hechos descontando sus dedos levantados: “le arruinaste su sueño de seguir en la universidad; le quitaste la oportunidad de seguir saliendo con otras compañeras que no fuera tu mamá; y lo peor de todo, le mandaste a la mierda sus deseos de quedarse en la ciudad y no vivir en la maldita casa de campo”. Su papá siempre decía (cuando estaba borracho y solo con sus amigos) que todos ellos podrían haber estado viviendo en la ciudad si no hubiera sido por la mala fortuna que le había tocado. Alberto, que escuchó esto a hurtadillas un par de veces, supo que se refería a él. Porque fue por su culpa que él tuvo que abandonar sus estudios y hacerse cargo del negocio familiar de su mamá, increpado prácticamente a muerte por su futuro suegro como garantía tras haber arruinado los planes para con su única hija.
Alberto siempre tuvo la certeza de que el favorito de su padre era Gabriel, y no por una cosa de gustos, sino porque simple y llanamente vino después, cuando las cosas ya estaban arruinadas y la suerte totalmente echada.
Por eso su papá le hinchaba las bolas cada santa vez que se emborrachaba con eso de que cuándo iba a terminar con su carrera, de que cuándo iba a por fin irse por su cuenta o ayudar en las finanzas de la casa.
Por eso su papá nunca dejó de echarle una porción de culpa por todo lo ocurrido en relación a la muerte de su hermano: porque de haber vivido en la ciudad, y no en ese antro lleno de pasteros y drogadictos, con toda seguridad otra realidad se habría desencadenado…
Alberto apretó sus puños, furioso y triste, apretando los dientes. ¡Qué ganas de sacarle la mierda a ese viejo conchesumadre! ¡Qué ganas de que su hermano estuviera vivo, y su papá muerto! Si una especie de dios (o Dios mismo si es que existía, lo que fuera) le diese la oportunidad de salvar a uno de ellos –muriendo el otro de forma inmediata−, elegiría a su hermano sin dudarlo un solo instante; no le importaba el asunto de que gracias a su padre su concepción había sido posible y toda esa palabrería impregnada de egolatría y porquería pura, para nada: la vida de su hermano valía para él mucho más que la de su papá, y eso a Alberto no le daba ni una pizca de remordimiento.
“Ay, Gabriel”, pensó Alberto, removiéndose incómodo por la sensación de que se iba a mear de forma inminente.
“Mejor deja de pensar en esa basura y relájate”. Aquello sonaba como el Gabriel de la Media, el que ya tomaba cerveza y vino con sus amigos del colegio y fumaba cigarros y porros de vez en cuando, con ese dejo indiferente pero sabiondo que tenía al  hablar por esos años. “Deja de pensar en mí y concéntrate en no mearte encima. Hazlo como cuando no podías ir al baño por la noche”.
Gabriel fue grande antes de poder llegar a serlo, se dijo Alberto. Nunca dejaba de dar consejos como ésos.
Alberto bajo la cama, con el cuerpo entumecido y doliente, recordó que cuando al Alberto niño le entraban ganas de mear en medio de la noche no habiendo nadie más despierto en la casa que él −tanto los ronquidos de su papá como los de su mamá lo dejaban bien en claro−, cerraba los ojos y comenzaba a contar lentamente en orden creciente hasta donde pudiera su consciencia, sólo rigiéndose bajo el concepto de avanzar un segundo tras cada exhalación lenta y profunda que realizara; años después sabría que eso que hizo tantas veces por instinto –y por supervivencia, por decir de alguna manera−, estaba considerado uno de los baluartes de la relajación y la meditación. Sonaba un poco contemporáneo lo que hacía para olvidarse de las ganas desesperantes de mear en plena noche durante esos años, pero para el Alberto niño y el Alberto bajo la cama se les antojaba absolutamente sombrío y torturante.
“Hay alguien esperándote en la oscuridad”.
Las  manos lo iban a tomar cuando tuviera que pasar por el largo pasillo hasta el baño, la luz apagada y el interruptor del otro extremo, cuando ya no valía de nada iluminar y barrer las sombras. Alberto siempre imaginaba ahí a la llorona, la que se decía estaba más cerca de ti cuando más lejos se escuchaba, y viceversa. La imaginaba alargada, pálida, con los ojos cocidos con grueso hilo negro y la boca torcida en un rictus que no podía ser otro que el de un muerto. Varias veces fue capturado por ella cuando se dirigía al baño en sueños, imbuido por la gran necesidad postergada en la vigilia: ella lo tomaba por los hombros, aparecida de la nada, y lloraba quedamente en su oído, como si lo hiciera muchas habitaciones más lejos y él tuviera apretada su almohada contra su cabeza, dejando todo el mundo sumido en sordina. Alberto no sabía por qué, pero eso era lo que más terror le provocaba: el hecho de que oír llantos suaves, casi silenciosos en cualquier lugar, significara que la llorona estaba cerca.
            Pero eso era el pasado y Alberto debía vivir el presente y salir de debajo de esa cama, de esa casa, de ese zona de mierda desértica alejada de la mano de Dios, ¡y vivir y hacer todas esas cosas que no había hecho hasta ese entonces y que deseaba y que quedaban pendientes! Por lo mismo debía relajarse, no ponerse ansioso: debía respirar, mantener la calma y esperar algún movimiento por parte de Hernán, que de seguro debía estar agazapado en el cuarto contiguo, esperando algún error suyo que lo delatara y le hiciera saber que toda esa locura sí tenía un sentido. Alberto no creía que Hernán se hubiera suicidado
            (aunque existía la posibilidad),
            así como tampoco pensaba que se hubiera largado por la ventana de su habitación
            (Alberto tenía la idea mental de que el cuarto de al lado contaba con una ventana por la que podía caber una persona)
            para rodear la casa y esperarlo en la salida dado el caso de que él se envalentonara y pensara que Hernán había escapado del escenario del crimen.
            “También puede que esté cavando un hoyo para el cadáver de Tatiana”, caviló el joven vagamente. Mas no había oído ruido de excavación en todo ese rato desde que Hernán había desaparecido de su restringidísimo campo de visión; tampoco había escuchado el funcionamiento de la reja eléctrica que le había salvado por los pelos esa mañana, anunciando la llegada del esposo de Tatiana.
            El número de posibilidades se cercaba en gran medida gracias a esos pequeños pero útiles datos, mientras que la conclusión más racional por parte de Alberto parecía ser esperar y ser el jugador paciente del juego.
            Si él tenía que mear, Hernán, como cualquier otro ser humano, también tendría que hacerlo en algún momento. Y para eso debía caminar, dar pisadas, hacer sonar sus tacones contra el suelo, echar el chorro de meado contra la taza, meter un montón de ruido, accionar la cisterna y meter mucho más ruido aún, y luego, si sus costumbres lo dictaban –Alberto podía apostar sus pies que aquello sucedería–, lavar sus manos con el agua del grifo de la pileta, declarando abiertamente que su presencia dentro de la casa era más real que cualquier otra cosa.
            Por eso debía esperar ahí, sin meter ruido, fingiendo no existir y nunca haber existido. Aunque el cuerpo le doliera una brutalidad y empezara a sentir mucho frío.
            Aunque pareciera que con eso no lograría nada.

Este jardín de penumbras, Capítulo #3


Hernán debía de estar igual de asustado que él: acababa de cometer un asesinato, y como cualquier humano luego de perpetrar un asesinato, debía de estar arrepintiéndose por haber apretado el gatillo, pensando en toda la avalancha de consecuencias que traía una acción tan terrible como esa.
            “A menos, claro, que fuera un loco de mierda”. Los locos de mierda no sentían arrepentimiento, era cosa de pensar superficialmente en todas las cosas que mostraban por la tele y las redes sociales para hacerse una idea. A Alberto se le vino a la cabeza irremediablemente el caso de la famosa María del Pilar –lo recordaba por la banda punk de unos amigos que habían acuñado el nombre de pila de la mujer–, alias La Quintrala, quien había mandado a matar a su pareja, a su ex esposo y al novio de su sobrina sin tener un mínimo de conmiseración por ellos. “Pero este tipo acaba de matar a su esposa él mismo”, recapacitó Alberto. “No utilizó un intermediario como ella”; eso, en palabras básicas, era mucho peor.
            Daba la impresión de que Hernán estaba recostado sobre su cama a juzgar por los crujidos que emitía ésta de tanto en tanto, como si su propietario no pudiera encontrar una posición en la cual hallarse por completo cómodo. “Como si alguien pudiera estar cómodo después de matar a su esposa”.
Alberto pensó en la posibilidad de que en ese mismo momento Hernán estuviera hablando con algún amigo suyo para que le ayudara a salir del entuerto en el que se había metido.
“No, estoy equivocado: entre menos personas sepan, más seguro para él”.
El joven se lo imaginó sin sus zapatos (a pesar de no haber escuchado un ruido similar al de alguien quitarse los zapatos), acostado y con su celular en la mano, moviendo sus pulgares de forma incansable, mirando la pantalla con los ojos entrecerrados, con su papada abultándosele en el cuello y respirando con la dificultad propia de quien sufre un serio sobrepeso.
(¡Espera!)
            Una idea terrible cruzó por la cabeza de Alberto.
            ¿Y si el celular que manipulaba Hernán en ese instante no era el suyo, sino el de…?
            –Mierda…
            Alberto no supo si insultó en voz alta o no: lo único que tenía en mente era el celular que sostenía en su mano y el hecho de que debía estar apagado para cuando Hernán revisara las llamadas de Tatiana y decidiera cerciorarse de ciertos detallitos.
            Temeroso de que Hernán lo pillara por sorpresa con los brazos fuera de la cobertura de la cama, el joven tuvo que alzar un poco su cabeza –sintiendo nuevamente una punzada horrible en su cuello– y moverla hacia su derecha; era su diestra la que sostenía el aparato incriminador en cuestión. Alberto ni siquiera pensó en el mensaje que no le había alcanzado a enviar a su amigo Mario, así como tampoco pensó en que de esa manera también se iba a la mierda una gran oportunidad para salvar su pellejo del asesino del cuarto contiguo: lo único que tenía en mente el joven era que el celular se encontrara apagado lo más pronto posible.
            En última instancia Alberto tuvo el miedo atroz de oír la horrible fanfarria con la que contaban todos los aparatos de la compañía telefónica con la cual había hecho contrato, mas fue un pequeño alivio ver como la pantalla del celular se iba a negro sin emitir ningún ruido de mierda.
            Aún quedaba comprobar si Hernán lo había oído o no.
            “¡¿Cómo puedo ser tan estúpido?!”.
            Alberto esperó expectante, conteniendo la respiración. Podía escuchar sus propios latidos como si alguien estuviera dándole al bombo de una batería ahí mismo, junto a él. ¿Y si Hernán escuchaba los latidos de su corazón y lo descubría?; ¿podía suceder algo así? Alberto no quiso ni pensar en eso.
Los músculos del joven estaban más tensos que nunca; sus oídos, agudos, intentaban captar cualquier sonido que le confirmara que Hernán le había escuchado maldecir.
“Quizá fue sólo tu imaginación”.
“O tal vez no”, le susurró otra voz. “Tal vez sí maldijiste en voz alta”.
Pero Hernán nunca se movió de su posición. Luego de tres minutos con el alma colgando de un hilo, Alberto pudo volver a serenarse lo más que pudo: ahí dentro no había más sonido que el del viento soplar afuera, el del canto de unos cuantos pájaros y el sonido de las olas romperse a la distancia acarreados por él.
“A lo mejor está dormido”, pensó Alberto, sintiendo una punzada de optimismo. Podía ser cierto que el choque de adrenalina y todo el trajín que le siguió al asesinato de su propia esposa lo hubieran dejado exhausto. Sin embargo, luego de manosear la idea de volver a salir de la cama para huir de ahí mientras el hombre estuviera dormido (o golpearlo, maniatarlo, hacerle pagar por el crimen que acababa de cometer), creyó oportuno no hacer absolutamente nada hasta que unos cuantos ronquidos confirmaran el verdadero estado en el que se encontraba. Porque Hernán bien podía estar fingiendo, eso lo sabía a la perfección.
El joven también pensó en utilizar su celular para mandar el mensaje pidiendo ayuda que no había alcanzado a enviar minutos atrás; pero ¿y si el aparato metía ese famoso y odiado ruidito al encenderse?; Alberto no recordaba si su celular entonaba esa maldita melodía de mierda habiéndolo apagado en modo silencioso la última vez ejecutada esta acción. El joven apretó los dientes, sintiéndose muy idiota. Por lo mismo, antes de arruinarlo todo y darse por muerto antes de tiempo, prefirió no correr ninguna clase de riesgos y dejarlo todo como estaba.
“No hasta que esté con todas las de ganar”, se dijo, tratando de infundirse algo de energía y paciencia.
            Pero a decir verdad, Alberto sabía que tenía todas las de perder.



Alberto dio un ligero respingo al ocurrírsele una idea muy retorcida y cruel pero totalmente buena y útil para su situación: ¿y si Hernán había decidido quitarse la vida en el cuarto contiguo? Tenía sentido, sopesó el muchacho: desde hacía un buen rato no se escuchaba ningún signo vital de su parte –una tos, un suspiro, el sonido de su respiración–, así como tampoco la pronunciación de alguna palabra suya o algún balbuceo que le confirmaba que trataba de comunicarse con otra persona externa a la casa donde se hallaba; es más: ni la cama ni la madera bajo sus pies habían indicado su presencia luego de que Alberto lo perdiera de vista. “Puede que se haya encerrado en su baño, tomado unas cuantas pastillas guardadas en el mueble sobre el lavamanos, y hasta la vista, baby”. Era una realidad muy plausible: mucha gente se quitaba la vida después de haber perdido los estribos y quitarle la suya a otra persona, sobre todo cuando se trataba de una tan querida o al menos importante para la vida y el contexto que los regía.
            Alberto se imaginó el rostro de Hernán amoratado y congestionado, más hinchado de lo que había supuesto anteriormente; se imaginó a Hernán sentado sobre su retrete con la tapa abajo, con la cabeza echada atrás y un hilillo grueso de saliva corriendo cuesta abajo por una de sus comisuras, sus ojos bizcos, casi blancos, y una mano de piel pálida, muerta, con un frasco plástico vacío –minutos atrás lleno de pastillas esperando un buen uso– deslizándose irremediablemente en dirección al suelo.
            “Si está muerto… Si está muerto…”. Si Hernán estaba muerto, lógicamente podría irse de ahí como si lo llevara el diablo; podría denunciar todo lo que había sucedido y buscar una forma para que la muerte de Tatiana no fuera del todo inútil.  
No obstante, luego de pensar en el caso hipotético de llegar hasta el retén de Carabineros más cercano a aquel lugar-alejado-de-la-mano-de-Dios y contarles toda la verdad, rumió en lo incómodo que sería decirle a todo quien le escuchara que él había sido el amante de Tatiana, por ende, también, el principal causante de tamaña desgracia. “El culpable de dos muertes. El culpable de arruinar un matrimonio. El culpable de un asesinato a sangre fría y un suicidio”. ¿La justicia lo culparía a él por todo lo acontecido? Alberto pensó que como estaba la cosa en el país, probablemente así fuera.
            El joven caviló en el hecho de salir de ahí y no decirle nunca nada a nadie. Tal vez no fuera difícil hacer borrón y cuenta nueva y dejar todo como estaba; podía fingir que Hernán y Tatiana habían tenido una fuerte disputa por quien-sabía-qué-mierda, que el primero había perdido la chaveta y no había dudado en darle un buen disparo en la cabeza a su esposa cuando la discusión se había salido de control. Eran una pareja mayor, probablemente con muchos años de problemas y conflictos encima, sin una pizca ya de amor ni cariño por el otro, abatidos por la rutina, abrumados por las deudas, el mundo y sus días cada vez más premurosos y cortos; además estaba la casa y el lugar donde se habían perpetrado sus muertes: parecía, a todas luces, el escenario propicio para una situación así. La gente probablemente se tragara una historia como esa con más facilidad de la que imaginaba, ¿no?
            Sin embargo, estaba el asunto de los peritos forenses y todo lo que pudieran hallar ahí dentro capaz de involucrarlo a él como presunto perpetuador de los hechos; porque de seguro había dejado un montón de huellas digitales repartidas por ahí, en la entrada de la casa, en el vestíbulo, en el timbre que había accionado al bajarse del taxi.
Alberto intentó recordar concienzudamente todas las superficies por las que había deslizado su mano, pero aquello le daba una respuesta demasiado amplia. Además estaba el asunto de los pelos; bastaba que un perito forense encontrara una sola hebra de cabello suyo en el suelo, para que Alberto empezara a despedirse de su amada libertad.
El joven tragó saliva al imaginarse rodeado de un montón de presos de aspecto temible, solos en las duchas, desnudos, con unas ansias tremendas de penetrar cualquier cosa, lo que fuera…
            No: definitivamente, la solución estaba en no evadir el problema.
            Alberto se removió, fatigado, sintiendo nuevamente cómo sus músculos se agarrotaban debido a la dificultosa posición en la que se encontraban sus miembros. El joven no se creía capaz de soportar ahí debajo por mucho más tiempo.
“¿Pero qué otra cosa puedo hacer?”, pensó algo desesperado.
“Esperar”, le respondió otra voz.
Era la segunda vez en lo que llevaba del día que Alberto escuchaba a su hermano aconsejarle que tuviera paciencia. Continuaba hablando en el mismo tono juicioso que en la primera ocasión, pero en el fondo era lo mismo. Se estuviera volviendo loco o no por culpa de la situación que vivía, Alberto creyó que lo mejor sería hacerle caso a su hermano menor al menos una vez en la vida.



Los acontecimientos fueron confusos en un principio, mas luego de calmar los ánimos y la temperatura de la sangre de los involucrados, las cosas se pudieron apreciar de una forma mucho más detallista y clara.
Gabriel, el hermano menor de Alberto, tenía un montón de amigos que mantenía desde sus años de colegio. Solían andar en bicicleta junto a ellos por los alrededores de su barrio, iban a las mismas fiestas, compartían jornadas de videojuegos por las tardes y, cómo no, se emborrachaban cada vez más duro por las noches a medida que avanzaba el tiempo y crecían tanto física como mentalmente. La localidad donde habían nacido era austera, pero con un montón de lugares para poder compartir con los buenos amigos.
Eran los meses de verano, y los recién salidos del colegio estaban descubriendo que se podía llevar una refrescante pero nociva dieta de cerveza helada al aire libre por mucho tiempo gracias a la bendita mayoría de edad recién cumplida. Se reunían afuera de las botillerías, juntaban unas cuantas monedas entre todos y partían siempre en una dirección distinta de la anterior. A veces iban a la ribera del río; otras al bosque al norte de la localidad; de vez en cuando a la vieja línea ferroviaria que desde hacía años ningún tren ocupaba; pero el lugar más frecuentado por ellos eran los cimientos quemados de la antigua casa de los Rojas. Al principio nadie quería acercarse mucho a ella, puesto que uno de los hijos de sus dueños había muerto quemado en el momento del siniestro. No obstante fue avanzando el tiempo, los jóvenes más osados no dudaron en utilizar aquel sitio tan rehuido por los demás para dedicarlo a la recreación y los hechos que contrariaran la ley. Aun con los años, muchos pobladores seguían insistiendo que dentro de la casa continuaba merodeando el espíritu del hijo quemado de los Rojas, pero a decir verdad, ahí no se escuchaba otra cosa más que risas, eructos, guitarras entonando canciones y los gemidos y gritos de los que follaban por las noches. Así fue como con el paso de los años aquel sitio se convirtió en el más popular de entre todos los demás.
Su mamá siempre decía que durante ese verano hacía un calor insoportable; “el más caluroso de todos”, puntualizaba, como si con eso quitara la culpa que cualquier persona podía dejar caer sobre el recuerdo de su hijo menor. Alberto lo recordaba caluroso, sí, pero él se encontraba en el extremo más frío del país junto a la Maca, su ex, y no había logrado padecer los efectos de sus altas temperaturas hasta que tuvo que volver a casa luego de recibir la noticia.
Sucedió un día cualquiera, uno más entre los extensos días estivales de la temporada. Gabriel y sus amigos habían comprado unas cuantas botellas de cerveza, la echaron en sus mochilas, y se dirigieron a la vieja casa de los Rojas, donde justamente habían más grupos de jóvenes haciendo de las suyas tal como lo harían ellos. Todo iba bien, según dijeron los testigos horas después: ahí no había nada más que buena onda reinando el ambiente. Sin embargo, la llegada de otro grupo de adolescentes de mucha más edad hizo que las cosas tomaran un cariz muy distinto del que tenían. Al parecer iban jalados hasta la mierda: los amigos de Gabriel no dejaban de señalar que tenían los ojos inyectados, las mandíbulas apretadísimas y una forma de actuar bastante sospechosa y violenta. Llegaron pidiendo cigarros, primero a gritos y riéndose de manera estruendosa, luego a punta de las armas cortantes que llevaban consigo.
Al principio nadie los tomó en serio; borrachos y todo, los más jóvenes creían que los recién llegados no querían hacer otra cosa más que jugarles una broma o algo así uno de los amigos de Gabriel aceptó, mucho después, lo ingenuos que habían sido al pensar eso de ellos–, mas luego de ver cómo sacaban los cuchillos de sus pantalones supieron que las cosas marchaban y marcharían muy mal desde ese momento.
Entonces fue que el joven de más edad entre los que pasaban la tarde en la casa quemada se levantó y les dijo, valiente y achispado, que se largaran de ahí, que fueran a molestar a otros con sus cigarros de mierda y los dejaran tranquilos. Naturalmente decirles todo eso fue un error, puesto que sus palabras no hicieron más enfurecerlos y tomarse el asunto aun con más violencia que antes.
A una orden del mayor de los del grupo de jalados, estos se abalanzaron contra los que se hallaban ahí antes de su llegada dispuestos a hacerles mucho, mucho daño. Los más sobrios alcanzaron a incorporarse y salir de la casa por las grietas con las que contaban muchas de sus paredes, huyendo del alcance de sus manos; los demás, por desgracia, no tuvieron tanta suerte. Luego del recuento de lesionados, incluso unas cuantas jóvenes ahí presente exhibieron magulladuras y golpes por parte de ellos. “Parecían bestias”, dijo una de las atacadas, que había logrado escapar por el marco destartalado de una ventana. Si no tuvieron consideración por ellas, era lógico que no la tendrían por nadie más. Y desafortunadamente, Gabriel nunca tuvo consciencia de eso: en un comienzo pensó que hablando con sus atacantes lograría detenerlos y llegar, digamos, a una especie de acuerdo con ellos. Sin embargo, cuando intentó hacerlo, fue callado inmediatamente con un corte en la garganta. Según dijo su atacante, el joven había intentado agredirlo, mas durante el juicio que le siguió a los acontecimientos, todos los testigos coincidieron en que estaba mintiendo rotundamente.
Eran los días de un verano caluroso y los jóvenes no querían hacer otra cosa más que divertirse. Y todo terminó en un homicidio y unos cuantos heridos con cortes superficiales y cardenales en su cuerpo. Incluso mujeres. ¿En qué clase de lugar se había convertido el mundo en el que vivían?
“En uno donde la gente mata por un cigarro y una persona debe esconderse bajo una cama para no ser asesinado como su amante”, pensó Alberto.
Alberto supo de la muerte de su hermano ese mismo día, justamente cuando había arribado a Puerto Montt con la Maca después de una larga jornada de autoestop. Al principio pensó que era una broma, que su mamá le estaba diciendo todo eso para luego anunciarle, riendo, que era mentira, que no se preocupara, que las cosas también andaban bien por ahí. Pero estaba muy, muy equivocado.
El asesino de su hermano fue penado a tres años en la cárcel, de los cuales sólo dos pasó adentro; Alberto sintió una rabia inmensa al saber que, por motivos de buena conducta, habían decidido darle la libertad un año antes de cumplir con su condena. Tres años, mucho menos dos, no servían para escarmentar a un hijo de perra como el que le había cortado la garganta a su hermano. Pero bueno, Chile era un país donde los buenos solían perder y los malos ganar.
Alberto emitió un leve suspiro (removiendo las pelusas frente a su rostro) y recordó a su hermano, siempre tan bueno y colaborador, con sus extrañas ideas y recomendaciones. Habían pasado años desde su muerte, y Alberto debía aceptar que el tiempo y la rutina habían acabado paulatinamente con los deseos de tenerlo al lado y la excesiva reiteración de sus pensamientos relacionados a él. Era como cuando te olvidabas de tu primera polola luego de años con otra o más novias, y Alberto no dejaba de sentir una punzada de culpa cada vez que se volvía consciente de ello.    
¿Qué le diría su hermano Gabriel si se enterara de la situación que estaba viviendo? Alberto creyó que probablemente se reiría y después le diría que anduviera con más cuidado, que ser el patas negras en una relación de tantos años no era un título digno para una persona como él. Ésa era la forma en que reaccionaría Gabriel. Alberto recordaba muy bien una noche en que había llegado a su casa con otra joven que no era su polola de aquel entonces: la había conocido en la fiesta de un amigo, habían conversado mientras no dejaban de tomar ron con Coca Cola, y Alberto no dudó en llevarla a su casa para terminar lo que no podía hacer frente a los ojos de los demás. Se sorprendió un montón al encontrarse con Gabriel todavía despierto, viendo una película en el living; Alberto lo saludó y siguió con lo suyo, encerrándose en su cuarto. Sin embargo, al día siguiente, cuando la joven se hubo marchado mientras sus papás se encontraban encerrados en su habitación, Gabriel se le acercó con aire acusón y le dijo que lo que acababa de hacer no era justo para su novia.
–Qué vas a saber tú, pendejo de mierda –le había dicho Alberto como toda respuesta, antes de darle un empujón que significaba que no se metiera más en sus asuntos. Pero Gabriel era obstinado y nunca dejaba sus esfuerzos a medias.
–¿Te gustaría que te hicieran lo mismo? –le preguntó su hermano menor de vuelta, mirándolo de esa forma desafiante que tan bien se le daba; Alberto sabía que era una pregunta retórica, y que con esas palabras le había ganado limpiamente.
Alberto suponía que aquel consejo también era aplicable al inconveniente que estaba viviendo; porque ¿le hubiera gustado a él que un hombre más joven se inmiscuyera en su relación de años para terminar follándose a su esposa, más encima dentro de su propia casa de abandono y relajo? No, era obvio que no desearía eso.
¿Cómo había sido tan tonto para no ver el entuerto frente a sus ojos antes de enfrentarse a él?
“Eso pasa cuando piensas con el pico y no con la mente que Dios te dio”, recapacitó Alberto, sintiéndose más tonto que nunca.
Porque sí, debía ser sincero: en este asunto toda la culpa la tenía él, y nadie más que él.