Este jardín de penumbras, Capítulo #2


El tiempo pareció congelarse por unos minutos
(¿o fueron solo unos segundos?),
con el olor acre de la pólvora llenando cada partícula del lugar.
Alberto permaneció debajo de la cama callado, sin respirar, esperando a que Hernán efectuara algún movimiento, el primero de ellos. Estaba seguro que este último aguardaba a una acción errática de su parte para saber su ubicación o tener plena consciencia que el amante de su esposa se encontraba ahí dentro, con él. Era tan denso el silencio, que el joven temía incluso de su propia respiración, mientras los latidos desbocados de su corazón hacían vibrar la madera bajo su pecho; Alberto tuvo miedo de que Hernán fuera tan perceptivo, como para captarlos y dar con su escondite sin problemas.
Entonces se oyó un paso dudoso, el de una suela dura contra el piso, proseguido de otro más convencido. Alberto vio que los pies de Hernán volvían a aparecer en su limitado campo de visión, y que estos empezaban a dar vueltas en círculo, como si su dueño no supiera bien qué hacer. El hombre se detuvo por unos tres o cinco segundos y continuó hacia el lado contrario del que se hallaba Alberto, dirigiéndose a lo que este último recordaba como la cocina.
La mente del joven no dejaba de repetir “Tatiana está muerta, Tatiana está muerta, Tatiana está muerta” como un umbrío mantra lleno de pésimos presagios. Sabía que si el hombre había sido capaz de matar a su propia esposa a sangre fría, lo que podía tocarle a él seguramente sería mucho peor.
“¡Por qué tuve que meterme en esto!”, se dijo Alberto, apretando los dientes. “¡Por qué tuve que hacerle caso a esta maldita mujer!”.
“Recuerda que está muerta”, le dijo otra voz interior, muy parecida a la de su hermano menor cuando trataba de mostrarse ejemplar frente a él.
Alberto se mantuvo tenso un rato, intentando no provocar ruido alguno bajo la cama, mientras se hacía cada vez más consciente de que acababa de oír a Tatiana ser asfixiada por su esposo y luego muerta de un disparo que nadie más había escuchado. Siendo la única casa en muchos metros kilómetros a la redonda, ¿quién podía dar aviso a los Carabineros del tiro efectuado? Já: ¡nadie, absolutamente nadie! Y aunque Alberto se imaginó fugazmente a un hombre pasando afuera de la casa justo cuando Hernán accionó su arma, sabía que aquello era prácticamente improbable. Le bastaba con recordar el trayecto desolador en taxi hasta aquel lugar para saber que algo de esa índole jamás pudo haber sucedido.
Sus esperanzas, vistas de otro modo, eran totalmente infundadas. Y eso lo sabía a la perfección.



Hernán no tardó mucho en volver al vestíbulo, y aunque Alberto no pudo corroborar qué era lo que traía a ciencia cierta desde la cocina, supo que se trataba de algo para borrar todas las evidencias de su crimen posibles.
            A juzgar por su manera de caminar, el hombre actuaba con una tranquilidad gélida, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Mientras Alberto se revolvía lo más silencioso posible bajo la cama, sintiendo cómo su postura se volvía cada vez más incómoda, éste escuchó la descarga propulsada de lo que podía ser un aerosol o un quitamanchas con atomizador.
Entonces estaba en lo cierto: Hernán intentaba borrar las huellas que pudieran incriminarlo en un futuro próximo, cuando de seguro sus familiares y cercanos comenzaran a preguntar por el paradero y estado de su esposa.
“Pero todos creerán que estuvo en Europa”, pensó Alberto. “Nadie sospechará de él en un principio”.
Hernán descargaba una y otra vez lo que Alberto suponía era un quitamanchas en distintos puntos cercanos al asiento donde había muerto
(asesinado)
a su esposa. Alberto hizo una imagen mental en la que un tipo robusto, con papada, vestido con traje y una barba finamente rasurada, rociaba un poco de producto en los rastros de sangre antes de usar uno de esos trapos esponjosos para difuminarlos y posteriormente hacerlos desaparecer; en su mente, Hernán era el típico cincuentón exitoso, entrado en carne e hijo de puta que creía que todo tiene una solución en base al dinero. De ahí su violenta reacción frente al descuido de Tatiana. Y es que en sus cortos veintisiete años de vida, de los cuales tres trabajó atendiendo a clientes, Alberto había conocido a un montón de tipos como Hernán (o como en realidad imaginaba a Hernán), todos prepotencia y egolatría: eran un clásico indudable dentro de la fauna social del mundo.
            Y así estuvo Hernán, limpiando por (lo que Alberto estimó) unos quince o veinte minutos sin parar. Acto seguido, y luego de estirar su cuerpo –Alberto oyó su espalda crujir sonoramente−, el hombre se dirigió nuevamente a la cocina para volver con una bolsa de basura negra entre sus pies, arrastrándola; ahí echó los papeles (o los trapos esponjosos) sucios que había utilizado para limpiar la escena del crimen.
            Alberto pensó que el hombre, acto seguido, iba a incorporarse para desprenderse de la bolsa en sus manos, pero al parecer su empresa no había terminado todavía. Al principio Alberto no supo qué podía seguir haciendo ahí, si ya había limpiado todo; no obstante, recordó con un nudo en la garganta que aún quedaba el cadáver de Tatiana, y que deshacerse de él no iba a ser cosa fácil.
            “Quizá piense en arrojarlo a algún acantilado”, se dijo Alberto. “O esconderlo por ahí, en algún hoyo”.
            Y bueno, si la cosa sucedía de esa manera, mejor para él: por fin tendría una oportunidad para escapar de aquel lugar, esconderse en su casa y denunciar el asesinato de Tatiana desde la seguridad de su línea telefónica…
Alberto, alarmado, tragó saliva reparando en un detalle muy particular. “¡El celular!”, pensó de inmediato. “¡El celular de Tatiana tiene mi llamada!”. Si Hernán encontraba el aparato de Tatiana y le devolvía la llamada (con toda probabilidad la última recibida o efectuada era la suya), estaba acabado: su celular sonaría, Hernán se daría cuenta de su presencia y no tardaría en dar con su reducido escondite.
Hernán volvió a echar algo en el interior de la bolsa, produciendo crujidos suaves y plásticos, pero esta vez Alberto no consiguió dilucidar de qué se trataba. Si no era otro trapo esponjoso o más papeles ensangrentados olvidados en la primera inspección, ¿qué podía ser? Por cómo se encontraban flectadas sus piernas, daba la impresión que Hernán estuviera a cuatro patas buscando algo en el suelo, pero como no se movía de su lugar, Alberto, gracias a un chispazo, creyó que éste estaba desvistiendo a su esposa. ¡Claro, aquello tenía sentido: quitarle la ropa a Tatiana para luego quemarla y restar más evidencias sobre el destino que había sufrido!
Alberto, entonces, la imaginó desnuda en el piso, boca arriba, con sus pechos de pezones claros y pequeños (muy diferentes de como los había imaginado antes de verlos) cayendo a los costados por culpa de la gravedad, pero siempre firmes y turgentes. Su cuerpo intentó reaccionar ante esta imagen, tal como lo hizo durante el instante previo a la llegada de su esposo, mas la idea, su nombre y el recuerdo de Tatiana no hicieron otra cosa más que devolverle a la realidad y anunciarle que estaba teniendo una erección influida por una persona que se encontraba muerta a unos cuantos metros suyo. Entonces le asaltaron las ganas de vomitar, de salir de ahí y que fuera lo que Dios quisiera: si se enfrentaba con Hernán y este lo mataba también a él, bueno, no habría otra cosa que hacer; al menos se habría liberado de la angustia y la culpa que le oprimía el pecho.
“No seas idiota, Alberto”, le dijo la voz de su hermano menor. “Si sales ahora, estás acabado”.
Cosa que era muy cierta.
Tras pensarlo mejor, Alberto llegó a la conclusión que con su cuerpo agarrotado como estaba jamás lograría hacerle frente a Hernán, un hombre decidido, frío y con un arma capaz de volarle los sesos en las manos. Sí, lo mejor era esperar.
Hernán consiguió terminar su tarea en lo que Alberto consideró los ciento doce piquetes del segundero”: en algún lugar de la casa, tal vez en el cuarto contiguo, quizá en el vestíbulo, un reloj marcaba la hora mientras el esposo de Tatiana desvestía el cadáver, salpicando, probablemente, mucha más sangre por el piso.
El joven imaginó a Tatiana incorporada a medio cuerpo, con Hernán sosteniéndola con su brazo izquierdo, luciendo un impacto de bala en plena cabeza, una herida mortal abierta como un cráter carmesí que no dejaba de chorrear sangre en un hilillo, como si se tratara de una macabra pileta asincrónica; Alberto la vio y las ganas de vomitar volvieron a la carga.
“¡No pierdas el control ahora!”, se exhortó apretando los ojos con fuerza. Por lo mismo continuó prestándole atención a los movimientos del segundero en algún lugar de la casa, como si se tratara de un mandato extraterrenal: más valía tener la mente ocupada en una simpleza como un reloj desgranando segundos, que en la escena que se estaba llevando a cabo en el vestíbulo de la casa; si vomitaba, era hombre muerto. Y no quería ser hombre muerto, por supuesto que no.
Cuatro piquetes…
(Alberto no sabía cómo se llamaba el movimiento que ejecutaba un segundero al marcar un segundo)
Ocho piquetes…
(Al octavo, el nombre de los tictacs le dio lo mismo)
Doce piquetes…
(Muy bien, todo volviendo a la frágil normalidad)
El hombre le hizo un nudo a la bolsa oscura y se levantó para dirigirse por tercera
(¿o era la cuarta?)
vez a la cocina; Alberto no lo sabía, pero podía imaginar fácilmente a Hernán saliendo al patio por una puerta lateral rumbo a un tacho de basura grande, donde con una mano abría su tapa y con la otra arrojaba parte de la evidencia considerable para inculparlo. Estaba seguro que eso sucedería, cuando una idea cambió súbitamente el sentido de su pensamiento: los asesinos nunca se deshacían de la ropa echándola a la basura, sino que la quemaban, la volvían ceniza.
“¡Tal vez se demore!”, le dijo su propia voz, apremiante. “¡Es ahora o nunca!”.
Alberto movió sus brazos, siempre a la altura de la cara, ansioso de aprovechar la chance que se le presentaba en ese momento. Desafortunadamente sus músculos se quejaron ante la tentativa y el joven sintió que no podía moverlos, que le pesaban un montón. Intentó darse un impulso con ellos, salir de ahí de cabeza, pero un hormigueo irremediable había transformado sus articulaciones en verdaderas bandas de chicle.
−Mierda.
Los brazos no le respondían, así de simple, no le respondían cuando más necesitaba de ellos. Chasqueando la lengua, Alberto decidió avanzar de todos modos reptando como una serpiente; para ello no necesitaba principalmente de sus extremidades.
Alcanzó a avanzar unos cuantos centímetros bajo la cama cuando unas pisadas provenientes de la cocina le alertaron del inminente peligro. Asustado, el joven retrocedió sobre su cuerpo y esperó con la desesperante sensación de que le corrían un montón de hormigas por el brazo. Molesto y adolorido, Alberto no pudo hacer otra cosa que apretar los dientes y esperar a que el calambre desapareciera.
Hernán se agachó de nuevo en el mismo punto, esta vez con las manos vacías; Alberto, que solo veía su calzado y la parte baja de sus pantalones, moría de ganas por saber qué nuevo asunto se traía entre manos el hombre, pero su cuello le dolía tanto por el esfuerzo de mantenerla inclinada para presenciar lo que ocurría en la otra sala, que prefirió reposarla sobre el frío y polvoriento piso de madera, permitiendo que sus músculos se relajaran como no lo habían hecho desde que ingresó a esa casa.
La luz solar que entraba al vestíbulo por la ventana ubicada en dirección oblicua a Alberto arrancaba débiles reflejos en el suelo cercano a su cabeza, haciendo visible unas cuantas motas de polvo de tamaño considerable que le provocaron mucho asco, sobre todo al verlas estremecerse a cada inhalación y exhalación suya.
Por lo que pudo deducir de la corta conversación entre Hernán y Tatiana, Alberto sabía que con toda seguridad ese cuarto no había recibido un aseo desde hacía mucho; Hernán lo había dicho como argumento para rebatirle la supuesta inocencia a su mujer, aseverando que no visitaban su casa de campo –por así decir– porque a ella ya no le gustaba.
            Alberto, que seguía con la mirada clavada en el avance y retirada del polvo a cada respiración suya, pensó en la estrategia que Tatiana ocupó para poder estar a solas con él ese día sin levantar ningún tipo de sospechas.
La imaginó en su propiedad de la ciudad, a la hora de las onces, comentándole despreocupadamente a Hernán que quizá fuera bueno pasar unos cuantos días lejos del trajín de la rutina, tal vez ese mismo fin de semana, antes que se fuera de viaje de negocios por Europa. Se la imaginó diciéndolo luego de darle una mascada a su tostada y limpiarse las migas con una servilleta. También se imaginó a Hernán levantando la mirada hacia ella, ceñudo, masticando sus huevos revueltos y pensativo, preparando una corta pausa antes de responderle que estaba bien, que aprobaba su idea; acto seguido, y ante la afirmación de su esposo, Tatiana sonrió de manera escueta y la comida continuó con el desánimo propio de las relaciones amorosas desgastadas por los años.
Pero aquello no tenía mucho sentido: ¿cómo iba a permitir Hernán que todo se diera tan fácil para Tatiana y su amante?; él mismo había asegurado la existencia de otro Alberto en su vida –cosa que le provocó un fuerte escalofrío al Alberto bajo la cama–, su propio primo  que había osado a romper la línea de la fidelidad familiar con su esposa. Por lo mismo debía estar alerta ante cualquier atisbo de nueva intromisión en su matrimonio, algún cambio en la rutina de Tatiana que le sugiriera que alguien la pretendía (o que ella estaba pretendiendo a alguien) como ya había sucedido anteriormente.
A menos, claro, que todo fuera una trampa, una triquiñuela jugada por alguien cansado de que le vieran la cara de estúpido. De hecho, ahora que lo pensaba, todos los detalles parecían apuntar hacia ese mismo e inadvertido punto.
Un gruñido y un crujido le advirtieron a Alberto que Hernán se estaba incorporando una vez más del otro lado del umbral, aunque esta vez de manera mucho más trabajosa que las anteriores. Alberto no tardó en entender la razón de su esfuerzo al ver cómo caían dos brazos tras la espalda del hombre, como si una persona con las extremidades más largas que pudiera existir en el mundo le hubiera brindado un caluroso y afectuoso abrazo. “Se echó a Tatiana al hombro”, pensó el joven, atento. Tras los tacones de Hernán cayeron dos, tres gotas de sangre produciendo un peculiar sonido de salpicadura; al parecer, Hernán tendría que volver a limpiar el suelo de nuevas evidencias incriminatorias. Alberto esperó una cuarta, quinta, hasta una décima gota, pero parecía que alguien había cerrado el grifo de la herida donde le había llegado el disparo. Tal vez fuera que Hernán le hubiera puesto algo en la zona donde había impactado la bala, un vendaje o algo con qué evitar que ésta volviera a manchar la escena del crimen. Quizá aquellas tres gotas de sangre no fueran más que unas hijas de puta rebeldes, una última forma de fastidiar a su esposo por parte de Tatiana antes de que su cuerpo fuera quemado o abandonado por las cercanías de la casa en la que se encontraban.
De cualquier manera, Hernán llevó el cuerpo en dirección a la cocina, y Alberto supo que era ese momento o nunca.
Con un esfuerzo que le pareció sobrenatural, el joven se arrastró por el suelo dándose impulso con sus manos, sintiendo verdaderos relámpagos de dolor a cada intento. En un principio pensó que la manera más fácil de salir de ahí era avanzar hacia adelante, hacia el vestíbulo y la luz del sol que caía oblicua sobre el piso, pero si Hernán volvía por donde había desaparecido de forma imprevista, era hombre muerto. Por lo mismo se detuvo un segundo antes de inclinarse a su izquierda e intentar arrastrar toda su humanidad en aquella dirección; si Hernán llegaba a entrar al vestíbulo por sorpresa, desde el punto en que se hallaría (tomando como referencia las nuevas manchas de sangre que debía eliminar) no existían tantas probabilidades de verlo; el que el cuarto se encontrara en penumbras le daba una ventaja sobre su enemigo.
Alberto sintió que le faltaban fuerzas para salir debajo de la cama; no dejó de apretar los dientes en una mueca de dolor intenso hasta que se encontró en el exiguo espacio entre la cama a su diestra y un mueble para guardar ropa a su siniestra. Con el brazo derecho prácticamente paralizado, el joven rebuscó en el bolsillo de su pantalón el aparato que podía hacer que lo descubrieran en cualquier momento. En un principio fue tanta la imposibilidad de poder articular sus dedos y manos, que Alberto creyó que jamás lograría encajarla en ese reducido espacio que constituía el bolsillo de su pantalón; mas con un dolor enorme, Alberto ingresó su mano de una manera que le resultó bastante violenta pero necesaria, encontrándose con que ahí no había nada.
“No puede ser”, se alertó Alberto, tratando de recordar inmediatamente si había sacado su celular en algún momento durante su corta conversación con Tatiana para dejarlo olvidado sobre la superficie de algún mueble del vestíbulo. No, aquello no podía ser: Hernán se habría dado cuenta.
¿Y si es una trampa?, le susurró una voz atrapada en su mente.
Podía ser una trampa, por supuesto: podía ser que fuera la primera cosa que vio Hernán al entrar a la casa, el detalle suficiente para saber que sus dudas y resquemores no estaban infundados del todo, y que ahora sólo estuviera jugando al gato y al ratón con él. “Sabe que estoy acá, escondido, pero quiere jugar conmigo. Quiere hacerme pagar antes de matarme”.
Alberto estaba pensando en qué había hecho con la chaqueta que traía consigo desde su casa, cuando sus dedos torpes lograron dar con el celular que creía a vista y paciencia del esposo de Tatiana; al no darse cuenta que un pliegue separaba en dos su bolsillo por culpa de la posición en la que se hallaba, Alberto había esperado lo peor.
            Pero encontrarlo fue lo más fácil: sacarlo de ahí resultó una tortura. Si alguien le hubiera dicho a Alberto que media hora
(¿o había transcurrido ya más de una hora?)
de estar recostado boca abajo en la misma posición dolería un montón, probablemente habría dicho que eso era lo que diría un marica si fuera su caso, que en realidad sucedía todo lo contrario: que estar en esas condiciones llevaría inevitablemente a los músculos a un relajo casi como si estuvieran descansando sobre una cama. No obstante, era lógico que estaba muy lejos de estar en lo correcto: el suelo duro contra su pecho descubierto, su cabeza ladeada en un ángulo que laceraba el cuello, sus brazos sin espacio para poder estirarlos y dejar que la sangre fluyera como debía, su pene y testículos contra el piso, aplastados por el peso de su propio cuerpo… Todo eso era suficiente para agarrotarte los músculos y dejarte las extremidades prácticamente inservibles. Alberto sentía sus dedos tan tiesos como aquella vez en que había ido de vacaciones a la nieve con su familia, hacía muchas vidas atrás, cuando su hermano menor aún vivía, y los había metido en un pequeño charco de agua medio congelado. Éste le había llamado tanto la atención, que no dudó en meter sus falanges para jugar en ella; no obstante le fueron necesario unos diez segundos para descubrir que después de sumergirlos no podía doblarlos ni sentirlos como antes; de hecho se habían puesto morados, muertos, y él había pensado que se los tendrían que cortar porque ya no había nada más que hacer por ellos…
Fue una suerte que el celular se hallara en modo silencioso; Alberto no recordaba si éste emitía algún pitido al desbloquearlo o no, pero prefirió no averiguarlo en ese momento.
“¿Y si pido ayuda?”, pensó de repente. Podía llamar a su mejor amigo y decirle dónde estaba, decirle cómo llegar para que lo sacara de ahí con la ayuda de más personas. Pero llamar significaba tener que alzar la voz, y en aquel silencio, cualquier ruido que emitiera podía hacer que lo descubrieran y lo mataran como a Tatiana. “¡Un mensaje! ¡Enviaré un mensaje!”.
Alberto sentía como si un montón de hormigas le recorrieran por dentro ahí donde los músculos estaban relajándose. Luego le prestó atención al nivel de cobertura con el que contaba su aparato, esperando lo peor. Sin embargo, quizá la balanza estuviera inclinándose a su favor ahora puesto que las rayas de cobertura eran dos de cinco, suficientes para hacer que alguien recibiera su petición de auxilio. Alberto suspiró aliviado y se dirigió al menú de mensajería con sus esperanzas totalmente renovadas.
“Ya verás, Hernán, hijo de puta”, se dijo mientras escribía el número de celular de Mario, su mejor amigo. Como era tan asiduo a llamarlo para juntarse a beber o salir de juerga por ahí cuando era entrada la noche, se sabía su número de memoria.
Alberto comenzó a redactar el mensaje para él con dedos cada vez más presurosos.

                Mario ncsit d t ayuda. Stoi dnd la tatiana.

                Mario sabría de quién se trataba: estaban juntos cuando Alberto había conocido a Tatiana en el Tomorrow’s. De hecho, él también había logrado engatusar a una mujer mucho más grande que ellos esa misma noche. Al día siguiente lo habían comentado muertos de la risa, contentos de haber sido expulsados de los demás pubs para terminar descubriendo aquel baluarte de mujeres casadas, infieles, adineradas y en un estado mucho mejor que las veinteañeras que solían pasarlos por alto.
            Pero Alberto no sabía cómo continuar con el mensaje. Razonó sobre cómo explicar la situación en la que se encontraba de la manera más escueta posible; mas era tanta información la que debía entregar para que llegaran hasta él, que supo que tendría que demorarse en elaborarlo.
           
Mario ncsit d t ayuda. Stoi dnd la tatiana. S sposo la mato y stoi scndido n su csa. Ayudm. Toma 1 txi y dile k t dje n

Pero Alberto no recordaba la dirección que le había dicho Tatiana. Desesperado, con el corazón nuevamente urgido, intentó hacer memoria. “¡Vamos, mierda, dónde estoy metido!”. Desafortunadamente, y por más que lo intentó, fue en vano. “Tatiana me dio la dirección justo antes de decirle al taxista donde iba”. El joven pensó entonces que lo mejor sería mandarle un mensaje con su posición actual, cuando volvieron a escucharse los pasos provenir de la cocina.
“¡Nononononono!”.
El celular estuvo a punto de caerse de sus manos del puro nerviosismo. Alberto, sabedor de que ahí corría grave peligro, volvió a hacer un esfuerzo descomunal para volver a su escondite bajo la cama, tratando de no hacer ruido alguno. Las puntas de sus zapatillas provocaban un leve sonido al arrastrarse junto a su cuerpo contra el suelo, por lo que el joven se detuvo en seco para levantar sus pies lo suficiente para que su costoso deslizamiento continuara lo más silencioso posible. Estuvo a punto de dar un grito de sorpresa al impactar estos contra la madera del catre de la cama que había jurado se encontraba a más altura del piso, produciendo un ruido quedo que bien podía anunciarle a Hernán que no se encontraba tan solo en su casa después de todo.
“Nonononononononono”.
No obstante, Hernán pareció no percatarse de aquel detalle. En vez de demostrarlo, se agachó junto a las tres gotas de sangre de Tatiana y las absorbió con lo que parecía ser papel higiénico. Alberto volvió a ver solo sus manos y brazos trabajar. “Si yo puedo ver sólo sus piernas y brazos al agacharse, él tampoco puede verme”, reflexionó Alberto un poco más tranquilo. “Aquí estoy a salvo”.
Hernán se levantó y encaminó por última vez hacia la cocina (seguramente para deshacerse de los papeles) antes de dirigirse al cuarto adyacente al que se encontraba él. Alberto cayó en la cuenta que esa debía ser su habitación matrimonial, mientras que en el que se hallaba él era el dedicado a los invitados. De ahí el tamaño de la cama bajo la que se ocultaba y el poco cuidado del que gozaba el metro cuadrado en el que se hallaba.
“¿Y si me hubiera escondido en la otra pieza?”. Alberto fue consciente de que la suerte le había salvado de un aprieto mucho más grande.
“La misma suerte que me llevó hasta Tatiana esa noche”.
Y la misma que lo tenía allá ahora, esperando a su momento de escape como una rata.

Este jardín de penumbras, Capítulo #1


Luego de pagarle y darle las gracias al conductor, Alberto se bajó del vehículo atacado por un breve acceso de vértigo. Tratando de mantener la compostura, escrutó el cielo y los alrededores, escuchando cómo el taxi se marchaba lejos, camino recto, dejando una enorme polvareda a su paso.
Era mediodía, las nubes refulgían superpuestas en un cielo de tono opalino, y tal como había dicho Tatiana, por ahí no existía la presencia de ningún vecino a la redonda: el escenario constaba de un extenso camino de tierra rodeado de piedras y de una vegetación árida compuesta mayoritariamente por cactus apiñados y otras plantas cuyo nombre Alberto desconocía. El joven sabía que más allá, a muchos metros de allí, se hallaba una playa pequeña a la que sólo se podía acceder con un vehículo especializado; se lo había dicho Tatiana, la primera o la segunda vez que se encontraron en un after hour del Tomorrow’s, cuando las puertas de todos los demás locales nocturnos se encontraban cerradas.
Alberto respiró hondo y encaminó hacia la entrada de madera que tenía al frente. Amurallada hasta el metro de altura, con rejas cubriendo otro metro y medio adicionales, y rodeada por un jardín diverso pero mal cuidado, la casa que se alzaba ante sus ojos daba la clara impresión de no ser habitada con mucha frecuencia. Alberto se acercó al timbre ubicado a su derecha y apretó el botón oscuro sobresaliente de su superficie.
Le respondió la voz de una mujer que, a pesar de pronunciar con delicadeza y en un tono poco audible, se notaba un poco exaltada.
−¿Aló?
−Tatiana, soy Alberto.
Entonces, como si le hubieran quitado un montón de peso de encima, se oyó un ligero resoplido del otro lado del comunicador antes que la entrada frente a Alberto se abriera con un chasquido y su consiguiente y molesto repiquetear de ruedas sobre el riel.
Alberto no supo qué hacer en ese momento: por un breve instante se sintió fuera de lugar, ruin, como si verdaderamente acabara de tocar fondo; quiso huir de aquel lugar abandonado de la mano de Dios, no haber pensado siquiera en presentarse ante esa casa, pero el taxi que lo trajo se había marchado lejos, y encontrar uno que lo llevara de vuelta a la ciudad era más difícil que hallar algo de bondad en un antiguo torturador político. Sin embargo, toda sensación fatal se desvaneció al ver Alberto a Tatiana tal como iba vestida. Si bien la mujer constaba de unos cuarenta y tantos años –nunca le había querido decir la edad a éste, pero Alberto sabía que menor de cuatro décadas era imposible que fuera−, su cuerpo se traslucía despampanante tras el piyama de seda negra que llevaba puesto; ni luces de las múltiples primaveras cumplidas que marcaban ciertas líneas en su piel y rostro.
−Pensé que no ibas a venir –le dijo Tatiana, haciendo ademanes para que Alberto ingresara junto a ella.
Lo primero que le saltó a la vista a Alberto, fue que todo se encontraba pulcramente ordenado: los adornos parecían seleccionados para estar uno al lado del otro, los libros de los estantes correlativos por autor y tamaño, las plantas de interior bien posicionadas en puntos armoniosos, casi estratégicos, ni comparado con el ambiente caótico que reinaba 24/7 en su departamento de soltero.
−Qué bonita tu casa –dijo Alberto, sintiéndose un tanto estúpido.
−Gracias –le respondió Tatiana, conduciéndolo por un corto pasillo hasta el vestíbulo de su hogar, donde había una tele apostada frente a un mullido sofá, una mesa de centro con un libro encima (de Paulo Coelho) que seguramente la mujer leía mientras le esperaba, dos habitaciones a su derecha, una puerta a su espalda que de seguro daba al baño, y la cocina y comedor (Alberto se percató de esto porque su entrada se encontraba entornada) a la izquierda−. La ordené ayer; estaba hecha un desastre.
“No tanto como la mía”, pensó Alberto, tentado de mirar abiertamente a su alrededor para buscar alguna foto familiar que le indicara el aspecto del hombre al cual Tatiana le pondría los cuernos con su persona. Pero supuso que aquello sería una total desfachatez dado el caso de su reciente llegada. Quizá luego, cuando los ánimos estuvieran ya más calmos y el acto en cuestión estuviera consumado. No fuera que le viniera un acceso de culpabilidad cuando las cosas empezaran a ponerse, digamos, calientes…
−¿Te costó mucho llegar acá? –quiso saber Tatiana, tomando el libro de Paulo Coelho de la mesa para guardarlo en uno de los estantes cercanos; Alberto advirtió que irónicamente se llamaba Adulterio, cosa que le hizo sentir un tanto incómodo, como si fuera parte de un plan fraguado por Tatiana.
−No tanto –replicó el joven−. Pensé que ningún taxi me traería hasta acá, pero cuando le muestras unos billetes de los azules a esos tipos, son capaces hasta de bailarte y desnudarse mientras conducen.
Tatiana sonrió por el comentario.
−Te dije que este lugar estaba alejado de la mano de Dios.
Entonces Alberto cayó en la cuenta: ahí no había nadie quien pudiera molestarles realmente. Tatiana le había dicho que ese mismo día (un par de horas antes de su arribo) su esposo comenzaba un viaje de negocios por Europa, y que por lo mismo podrían estar todo el tiempo que quisieran refugiados ahí dentro, “viendo películas, leyendo, comiendo, haciendo cochinadas”, tal y como le había dicho ella la primera vez que le propuso aquella aventura, con la voz achispada por los mojitos que tanto le gustaban. Estaban y estarían solos por mucho tiempo, y nadie les molestaría.
−¿Deseas algo para beber? –le preguntó la mujer, haciendo el ademán de dirigirse a la cocina−. Tengo té, café, cervezas, jugo, agua…
Pero Alberto la detuvo a medio camino tomándola por la cintura, sintiendo su trabajado cuerpo bajo su piyama. En vez de responderle, la atrajo a sí y acercó su cara a la suya. Comenzó besándole el cuello, luego los lóbulos de las orejas y por último los labios. Tatiana pareció encenderse de inmediato, rodeando el cuerpo de Alberto con sus manos con ímpetu.
Alberto sintió una palpable erección dentro de su pantalón, y aprovechándose de su fuerza, intentó que Tatiana se percatara de lo mismo, dándole a entender que estaba listo para lo que ella quisiera.
La mano de Tatiana fue más presurosa de lo que había pensado Alberto en un comienzo, dirigiéndose rápidamente a la cremallera de su pantalón y luego a la correa que lo sostenía. La mujer movía los dedos con experticia, y Alberto volvió a ser consciente que ella podía ser perfectamente su propia madre.
“¡No pienses eso ahora!”, se dijo, temiendo que su erección cayera cuesta abajo como las Torres Gemelas. Por lo mismo, con el fin de evitar un desmoronamiento físico y moral, llevó sus manos hasta los pechos de Tatiana, donde el tacto de su piel algo agrietada por la edad pero bien cuidada volvió a reavivar ese fuego en su interior, y siguió con lo suyo, recorriendo con su boca los puntos erógenos de la mujer. De la misma manera volvió a su cuello, continuó bajando hasta su busto y así hasta sus pechos, que sacó afuera con ayuda de sus manos. Alberto había imaginado que los pezones de Tatiana serían negros, resquebrajados y grandes como siempre había visto en la gente mayor que ya ha tenido hijos y ha vivido una buena cantidad de años; por lo mismo se sintió enormemente sorprendido al verlos y reparar en que estos eran de un tono claro, pequeños (a pesar del tamaño considerable de sus tetas) y de aspecto frágil. Alberto pensó en que todavía no sabía si ella había dado a luz alguna vez en su vida o no; de hecho, jamás habían tocado el tema ese de los hijos… Y bueno, ¿quién pregunta por los hijos cuando lo único que se desea es calmar la pasión que ruge como un animal por dentro?
Tatiana se quitó la parte superior de su piyama, arrojándolo por sobre su hombro con indiferencia. Acto seguido hizo lo mismo con la camisa que Alberto llevaba puesta, desabotonada en un abrir y cerrar de ojos por sus hábiles manos. El joven sintió cómo los pezones endurecidos de la mujer contactaban contra su pecho, y aquello le hizo sentir mucho más animado.
Entonces se separaron y se quedaron mirando, Alberto con el impulso de recorrer desvergonzadamente su cuerpo con la vista, corroborando qué tan buena estaba. Pero se reprimió; no quería que Tatiana pensara que era otro de esos que sólo piensan en las mujeres de manera superficial y banal.
−Alberto –dijo la mujer. En su cara se reflejaba expectación, como si hubiera deseado que llegara aquel momento desde hacía mucho−. No sé qué decirte, eres…
Al principio Alberto pensó que se trataba de un vehículo transitando afuera de la casa; sin embargo, luego consideró que aquello era muy difícil dada la ubicación alejada del lugar en el que se encontraba. El sonido constante de un motor encendido le hizo dar cuenta que el vehículo debía estar muy cerca…
Tatiana, que no había reparado en ello en un comienzo, se sobresaltó al oír la reja de cierre eléctrico abrirse afuera.
−¡No puede ser! –exclamó antes de dirigirse a la cocina, donde seguramente tenía un visor de visitas−. ¡Mierda, es él! –Tatiana llegó rauda al vestíbulo, donde tomó la parte superior de su piyama para vestirse−. ¡Es mi marido!
Alberto no podía dar crédito a las palabras de la mujer.
“¡¿Pero no se supone que se fue de viaje?!”, intentó decir, mas sólo balbuceó unas cuantas palabras que Tatiana ni siquiera tomó en cuenta: parecía al borde del colapso, toda nerviosa y errática. Afuera la reja volvía a su posición original –a juzgar por el ruido que emitía nuevamente ésta− y se pudo apreciar cómo un auto se estacionaba en algún punto del exterior. Su motor, luego de unos cinco segundos en neutro, se apagó con un suave ronroneo.
−¡Vamos, muévete, escóndete rápido! –chilló Tatiana entre dientes. Alberto, presa del terror de ser descubierto en su primera incursión como amante de una mujer mayor, buscó su camisa con la mirada. Pero ésta no estaba por ningún lado. Su corazón empezó a latir desbocado. El esposo de Tatiana debía estar apeándose del auto, dando el primer paso en el suelo de tierra, su pie izquierdo, luego el derecho…
Hasta que vio una de las mangas de su camisa asomándose por el borde del respaldo del sofá; a punto había estado de caer completamente del otro lado y quedar ahí, a merced de quien la encontrase y comenzara a hacer las debidas preguntas al respecto…
Tatiana ya tenía puesto su piyama; ahora se hallaba buscando el libro que leía antes de su llegada en uno de los estantes, pero con lo nerviosa que estaba no recordaba el lugar exacto donde lo había dejado. Alberto hizo de su camisa una bola y corrió hacia las puertas de las habitaciones a su costado, seleccionando la que estaba a la derecha por puro instinto. Ahí dentro miró a todos lados, buscando un lugar donde esconderse; mas por asunto de tiempo, se agachó boca abajo e, ingresando primero sus pies, se quedó bajo la única cama (de una plaza y media, al parecer) que había ahí.
Entonces esperó.
Se oyó un tintineo lejano de llaves, luego el abrir de la cerradura de la puerta principal y finalmente el ruido de pasos –parecían muy delicados y estudiados− por el pasillo que antecedía al vestíbulo.
−¡Hernán, qué haces acá! –dijo Tatiana, y Alberto supo que su marido jamás de los jamases creería en su sorpresa−. ¿Perdiste el vuelo?
Alberto escuchó más pasos, con toda seguridad
(de Hernán, así se llamaba él)
del esposo de Tatiana. El hombre parecía dar vueltas alrededor de ella. El joven aguzó la vista: desde su ángulo, y gracias a que la puerta de la habitación donde se hallaba ahora había quedado más que entornada, podía ver las patas de la mesa de centro del vestíbulo, parte del mueble donde se hallaba el televisor frente a un asiento (donde seguro se hallaba Tatiana) y, maravilla de maravillas, los pies de su esposo. Calzaba unos zapatos de cuero negros y vestía un pantalón de tela gris. Se movía, tal y como había pensado en un inicio, alrededor del sofá donde había estado a punto de olvidar su camisa.
−Quiero que me seas sincera, Tatiana –dijo el hombre como por toda respuesta−. Ya sé que tienes un amante.
Listo, el hombre lo había dicho: Tatiana había sido descubierta.
Tatiana no supo cómo responderle inmediatamente; Alberto se imaginó su cara desfigurada por el miedo a ser descubierta, mientras los engranes de su cabeza echaban humo por encontrarle una rápida y airosa salida a aquel entuerto.
−No… no sé de qué estás diciendo –replicó ésta, tartamudeando. Alberto supo en ese instante que estaban acabados, que no había vuelta que darle.
−Lo del viaje fue, digamos…, una mentira –dijo Hernán, quedándose quieto por fin. Alberto intentó imaginar la expresión furibunda de su rostro, no obstante al no tener una referencia de cómo era, y con lo muerto de miedo que se encontraba, le fue imposible−. Lo ideé para poder pillarte con las manos en la masa. ¿Porque para qué otra cosa necesitarías usar esta casa tan alejada de todos, siendo que me has dicho hasta el cansancio que no te gusta y estás aburrida de ella?
El joven bajo la cama pensó que Tatiana era de verdad muy poco precavida: su esposo no demoró en unir unos cuantos cabos bastante claros para dar con su secreto y así planear un duro contraataque contra sus argumentos. Alberto debió haber sabido que las cosas podían tornarse color de hormiga si hubiera puesto un poco más de ahínco en conocer a la mujer de la que pensaba ser su amante…
−Estás loco, Hernán, yo…
−¡Cómo que estoy loco, Tatiana, cómo que estoy loco! –le espetó el hombre, elevando el volumen de su voz−. ¿O quieres que comience a buscar a tu amante dentro de la casa para comprobar que estoy en lo cierto?
El corazón de Alberto empezó a latir con mucha más fuerza. “Que no revise la casa, por favor, que no revise la casa”, pensó éste de inmediato.
−¿Qué te está pasado, Hernán? –le contestó la mujer−. ¿Cómo puedes pensar que tengo un amante y…?
−He visto tus conversaciones, Tatiana. No hay nada que puedas negarme.
Se hizo entonces un silencio incómodo que Tatiana quebró balbuceando un:
            −Estás mintiendo –muy poco creíble.
            −Tú eres la que no sabes mentir, Tatiana, no yo. Pensé que luego de tu romance con Alberto todo esto de tus andanzas terminaría y por fin te decidirías a serme fiel de una vez por todas. Pero me equivoqué.
            −Ya te he dicho que lo de Alberto fue un error. Nunca quise hacerlo.
            −Claro, nunca quisiste ponerme los cuernos con mi propio primo, ¿no?
            −¡Bueno, él también fue culpable por haberme incitado a hacerlo!
            −¡Y ahora eres tú la que no tuvo la culpa! –dijo Hernán−. ¡Eres muy graciosa!
            −¡El gracioso eres tú, por venir con todas estas estupideces ahora! Mira eso de perder un viaje a Europa para intentar descubrirme con las manos en la masa y…!
            −¿Por qué tienes el piyama mal puesto?
            En el vestíbulo (y en toda la casa, en realidad) reinó un silencio embarazoso, tenso. Aquél detalle los había pillado por sorpresa a ambos, tanto a Tatiana por no haber reparado en ello antes, como a Hernán por no haberlo utilizado antes como un argumento para su ataque.
            −Porque me lo saqué y…
            Alberto vio que el hombre saltó al sofá donde Tatiana debía continuar sentada y oyó un grito asfixiado por parte de ella. “Mierda”, pensó, “¡la está ahorcando!”.
            −¡Por qué eres tan perra, maldita mal nacida! ¡Por qué!
            Pero Tatiana no podía contestarle. Alberto se la imaginó con su cara tornándose morada, los ojos saltones y ensangrentados, pidiendo un poco de conmiseración por parte de su esposo; no obstante sólo escuchaba quejidos ahogados, como un gato que ha sido atropellado y da sus últimos resuellos. Alberto estuvo tentado de salir y ayudarle, darle un buen golpe a su esposo por la espalda y liberarla; pero su cuerpo no lograba responderle: tenía miedo a ser descubierto, que Hernán terminara por darle su merecido y ambos acabaran con serias lesiones en el cuerpo, además de humillados.
            Sin embargo los gorjeos de Tatiana se fueron volviendo cada vez más lejanos, como si provinieran de varias habitaciones más allá, no del vestíbulo ubicado apenas unos cuantos metros de distancia. A Alberto el espacio entre la cama y el umbral de la habitación se le antojó enorme, casi abismante. Quería hacerlo: quería liberarla, quería salvarla… Hasta que escuchó cómo Tatiana daba una fuerte y desesperada bocanada antes de empezar a toser como una posesa. Alberto no demoró en concluir que Hernán la había liberado por fin de sus manos.
            El joven escuchó cómo Hernán bufaba tratando de volver a su inestable calma, mientras Tatiana parecía debatirse entre la vida y la muerte.
            −Sigues pensando que me puedes ver la cara –dijo Hernán, con su voz llena de matices bajos−. Pero eso se acabó, Tatiana, perra maldita. Eso se acabó.
            Lo que siguió ocurrió de una manera tan rápida, que Alberto temió haber gritado y puesto irremediablemente su presencia en evidencia.
            Primero se oyó un clic que resonó en toda la estancia; después vino la expresión ahogada, sorpresiva y llena de terror de Tatiana y, por último, el estampido que terminó por abarcarlo todo. Alberto estuvo seguro de chillar por culpa del miedo; sólo esperaba con toda su alma que Hernán no se hubiera percatado de aquel importantísimo detalle.
Luego, cuando todo se hubo calmado, se escuchó un sonido bastante similar al de un saco de papas impactando contra el suelo. A Alberto no le cupo duda que se trataba del cuerpo de Tatiana cayendo exánime contra el piso; lo había oído un montón veces en videos por Internet, de esos que muestran gente suicidarse arrojándose de edificios altísimos o propinándose un certero disparo en la cabeza. Era un sonido único y reconocible, el de la vida que acaba de abandonar el cuerpo de una persona, y que ahora le anunciaba que dentro de poco él sería el siguiente.

Microcuento #44: Situación difícil


Hey, ¿por qué tienes esa cara?
            −Tengo un problema.
            −Cuál, dime.
            −No sé cómo decirle a mi pareja que ya no quiero estar más con él.
            −Pero Rocío, tu pololo soy yo, qué onda.
            −Bueno, ya lo sabes…

Largo camino a la ruina #52: Problemas de género


Después de pagar toda la carne para nuestro asado (gracias a las becas de alimentación del Gobierno), con mis compañeros de carrera salimos del supermercado por su salida este, llevando un carro repleto de cervezas, botellones de tinto y mucha comida. Estábamos echando la talla, riéndonos de cualquier mierda, cuando nos dimos cuenta que afuera el ambiente se hallaba tenso, hostil. La culpa la tenía una pareja discutiendo acaloradamente.
            −¡Que sea mujer no significa que me tenga’i que hacer todo, güeón!
            Esto lo dijo ella.
            −Oye, si te ofrecí ayuda nomá’.
            Y esto lo dijo él.
            Capté de inmediato que no eran pareja. Ni que tampoco se conocían.
            −Es que así son todos ustedes –dijo ella, alterada−. Creen que porque somo’ mujeres nos tienen que hacer todo. ¡Yo puedo sola, ¿me escuchaste?!
            −¡Oye, yo sólo estaba ayudando nomá’! –El hombre, a su vez, también se hallaba un poco exaltado.
            −No, no me venga’i con güeás –recriminó ella, apuntándolo con un dedo−. Son todos iguales.
            Con mis compañeros nos hallábamos paralizados, sin saber qué hacer. Me di cuenta que a nuestro lado se había reunido más gente a ver el desarrollo de la escena. Pero nadie hacía nada.
            −Ya, bueno, da lo mismo –dijo el tipo, haciendo un gesto burlón de indiferencia.
            Entonces la mujer echó chispas y tomó al hombre por el brazo, volteándolo para quedar cara cara con él.
            −¡Erí’ un conchetumare! –le gritó, antes de plantarle una feroz cachetada que resonó y provocó que todos los presentes aguantásemos la respiración.
            En la cara del hombre se formó una mueca horrible.
            −¡Te voy a sacar la conchetumare! –gritó a su vez éste, rojo de ira.
            Así fue que mis amigos reaccionaron y se abalanzaron contra él.
            −¡No, güeón!
            Entre los cuatro pudieron retenerlo. La mujer se veía totalmente asombrada, pero el fuego en sus ojos no se había ido. Para nada.
            −¡Qué está pasando acá! –dijo alguien entre el público. Era uno de los guardias, quien tal y como si fuera una rutina humorística en la que se resalta lo peor de cada arquetipo de trabajador, venía acomodándose la correa de sus pantalones.
            −¡Esta mujer está loca! –dijo el hombre retenido por mis compañeros de carrera−. ¡Ella es la culpable!
            −¡Cómo que yo soy la culpable, si tú fuiste el que empezó, monigote de mierda!
            Daba la sensación de que ahí se estaban liberando las típicas fuerzas previas a una tormenta. No hay nada más horrible en el mundo que ver dos personas combatir verbalmente por una cuestión totalmente solucionable, sin ánimos de dar el brazo a torcer.
            La puerta electrónica se abrió detrás de nosotros. Aparecieron tres guardias más para saber qué mierda ocurría en aquel sitio.
            Mis amigos, al igual que yo, nos percatamos que el número de espectadores era aun mayor que instantes atrás. Por lo mismo, soltaron al hombre –ahora ya más calmado− y se unieron a nuestro grupo.
            −Mejor vámonos –dijo el Miguel. Nadie le llevó la contraria.
            Ya en el auto, escuchando a Los Prisioneros salir por los parlantes –y mientras los demás comentaban el tenso hecho que acabábamos de presenciar−, me puse a darle vueltas al asunto con un nudo en el estómago. ¿Qué mierda está pasando en el mundo?; ¿dónde estaba la empatía con la que todos solían pavonearse cuando sucedían catástrofes, o cuando las campañas de colectas anuales volvían a la palestra pública? ¡Por la mierda, si todos somos lo mismo al final de cuentas! ¿Qué diferencia hay entre un pene y una vagina el día que morimos?
            Me sentía raro; no le dejaba de dar vueltas al hecho de que si nadie hubiera estado ahí para detenerlo, ese hombre probablemente hubiera golpeado a la mujer solo por haber perdido la paciencia para con ella.
            −Hay que entenderlo –dijo el Marcelo de repente, sentado en el asiento del copiloto−. Históricamente, los hombres las hemos hecho mierda por años. Lo más sensato sería apoyarlas, ¿no?
            En lo personal, puedo decir que lo que dijo el Marcelo fue lo más sensato que escuché desde que salimos del supermercado por la puerta este, hasta que llegamos a la casa del Miguel para hacer nuestro esperado asado.