Cuento #87: La cosa más dulce



Era un hecho: a Carlos lo habían pateado por cuarta vez en menos de seis meses, todas por la misma infantil y estúpida razón: no ser lo suficientemente educado ni buen pololo para con sus novias. Claro: podía aceptar no ser el típico galán de teleserie dispuesto a dar todo por ellas, pero que la última terminara con él por no ser lo bastantemente dulce –así, tal cual–, lo había dejado destrozado, con más dudas e inseguridades que cualquier otra cosa dentro de su cabeza.
            Por eso cuando caminaba de vuelta a su casa sintiéndose el tipo más miserable del mundo (sumándole a ello un enorme nudo en la garganta), no dudó en patear con fuerza la primera piedra que se cruzó por su camino lanzándola a su derecha, dirección contraria de la que deseaba; cuando estuvo a punto de pensar que ni para eso era bueno, se percató que la piedra en cuestión fue a dar contra algo metálico y pequeño entre un montón de basura repartida en un rincón de la calle. Brillaba con un enigmático tono dorado difuminado parecido al de un mal sueño, ahí entre toda la mugre.
            Siendo presa de su curiosidad, se acercó al objeto golpeado aguantando el olor de la basura desperdigada por los perros callejeros, comprobando que al final de cuentas no se trataba más que de una porquería como cualquier otra.
            Carlos chistó y observó mejor la botella dorada y desteñida que tenía al frente, pensando que tal vez a su madre le gustaría una cosa como esa. Emitiendo un gruñido al agacharse, apenas Carlos tocó su superficie, sintió que el tiempo, todo lo que acontecía en el mundo, se detenía de sopetón para darle cabida a lo que sucedería a continuación. La botella tembló como si tuviera vida propia, se alzó en el aire y despidió una gran voluta de humo que terminó por transformarse en un ser con las características físicas de un humano fornido y de avanzada edad.
            –Soy Malvablanca –dijo éste, flotando sobre la botella suspendida en el aire. Cruzó sus brazos contrariado–. ¡No puedo creer que me hayan olvidado en este mierdal! ¡Me parece humillante!
            Carlos advirtió que los gestos del ser eran bastante amanerados. Luego, al mirar al lado, se percató, asombrado, que todo a su alrededor se hallaba paralizado y diluido, como una de esas fotografías antiguas que tenía su abuela colgadas en su pared.
            –Mira, niño –dijo por fin el ser, soplando el mechón que caía sobre su pelo–, por haberte fijado en mí (a pesar de haberme golpeado con esa piedra), voy a cumplir un deseo tuyo. Cualquiera.
            –¿Cualquiera?
            –Cualquiera.
            Por la cabeza de Carlos pasaron fugaces las imágenes de una guitarra Fender, un montón de pedales Boss y un sinfín de discos y libros que ni siquiera alcanzó a contar cuando dijo en voz alta:
            –Quiero ser más dulce –sin darse cuenta muy bien de lo que hacía.
            El ser inclinó su cabeza con solemnidad.
            –Pues así será, niño.
            Y entonces hubo una especie de explosión de colores y para cuando Carlos volvió a abrir los ojos todo había vuelto a ser como antes. El lugar donde se encontraba hedía como la mierda, y Carlos recordó que se había detenido entre un montón de basura a recoger una botella dorada que ya no estaba. Se llevó las manos a la cabeza y se dijo:
            –Qué mierda… –sin entender nada de lo acontecido. Miró hacia la calle temiendo ser visto ahí y se percató que una mujer que caminaba en su sentido lo observaba tras sus gafas oscuras. También se percató que tenía unas piernas hermosas y facciones bastante estilizadas.
            Se sacudió la ropa como esperando quitarse el olor de su ropa y avanzó para volver a la calle, todo nervioso y avergonzado, sintiéndose aún más miserable que en un comienzo.
            Saludó a la mujer con una trémula –y casi culpable– sonrisa antes de tropezar y golpearla torpemente con su antebrazo izquierdo. Inmediatamente pidió un estúpido perdón y trató de disculparse movimiento sus manos y cabeza. Temió lo peor: una pataleta en plena calle, insultos a gritos, él siendo ingresado al retén móvil de los Carabineros. Trató de hacer lo posible para que la mujer entendiera que todo había sido casualidad, una cosa sin ninguna importancia en el transcurso de sus vidas, pero no fue necesario. La mujer lo miraba como si se encontrara paralizada; al principio pensó que se trataba de ella fraguando una buena palabrería en su contra, sin embargó notó que se movía lánguida como uno de esos personajes de videojuegos que no tienen ninguna acción que realizar. Se sintió extrañado.
            –¿Estás bien?
            La mujer se le acercó de improvisto y Carlos se echó a un lado pensado que le iba a pegar una cachetada o un puñetazo, pero se detuvo al percatarse que sólo quería oler su cuello. Sentía como si un millón de hormigas circularan por esa zona.
            –Eh…, hola –dijo tartamudeando estúpidamente.
            Mas la mujer acercó su lengua con la misma espontaneidad de antes y la deslizó contra su piel, toda húmeda y delicada.
            Carlos no pudo evitar soltar un resuello que le recorrió entero el espinazo y cerrar los ojos dejándose llevar por la iniciativa de la mujer que tenía al frente. Podía oler su penetrante perfume cuando un chillido brotó de puro dolor de su boca: la mujer había hincado sus dientes en el lóbulo de su oreja izquierda hasta el punto de arrancárselo de cuajo. Carlos se echó atrás llevándose una mano a su herida, sintiéndola mojada y pegajosa.
            –¡¿Qué te pasa, mujer?! –le gritó con rabia. Se miró la palma de la mano para encontrarla toda manchada y roja–. ¡Mira lo que has hecho!
            Pero la mujer de lentes parecía no escucharlo: en vez de eso, con los labios llenos de sangre, sonrió enigmáticamente. Entonces volvió a dar un paso hacia él; y otro; y otro. Carlos adivinó sus intenciones antes que fuera demasiado tarde, por lo que giró sobre sus talones y corrió en dirección opuesta sosteniendo la herida de su oreja.
            Por un instante, todo agitado y adolorido, Carlos pensó que se hallaba a salvo, que la mujer jamás se esforzaría en intentar seguirlo siquiera, pero al mirar por sobre su hombro sin parar, vio que ésta estaba a punto de atraparlo; su corazón dio un vuelco terrible. Carlos intentó esforzarse aún más para sacarle algo de ventaja hasta poder encontrar en una de las siguientes calles algún Carabinero o alguien que se la quitara de encima y le ayudara, cuando su cuerpo volvió a impactar con otra persona, esta vez de manera más abrupta que la primera. Los dos salieron despedidos sobre el pavimento.
            Carlos trató de incorporarse de inmediato, recordando que la mujer de lentes estaba a punto de alcanzarlo; se levantó con la ayuda de su mano desocupada, vio en la dirección en la que estaba avanzando y comprobó que la persona que había impactado era una mujer de unos cincuenta años; un grupo de personas lo observaba desde unos cuantos metros, con aire de reproche. “¡A la mierda!”, pensó Carlos antes de continuar con su huida. Entonces la mujer del suelo, sin previo aviso, tomó una de sus pantorrillas e hincó sus dientes en ella con una fuerza inusitada; Carlos sintió cómo su carne se desgarraba en un relámpago de dolor albo antes de volver a tener los dientes de la mujer de lentes sobre su hombro, hundiéndose con la agresividad de un animal hambriento.
            Los espectadores ahogaron un grito, algunos incluso se taparon los ojos, otros intentaron socorrer al pobre joven atacado corriendo hacia ellos, pero cuando lo tuvieron cerca, al sentir un olor dulzón tan exquisito y cautivador emanando de la sangre que salía a borbotones de sus heridas, supieron que muchas oportunidades son únicas en la vida, que más vale no perderlas por nada en el mundo, y que ciertos sabores, como el más dulce de todos, valía la pena alojarlo en la boca aunque fuera por un pequeño periodo de tiempo.

Cuento #86: El dilema de Rivera y Valenzuela



Rivera y Valenzuela esperaban en el lugar que les habían indicado fumando un cigarro. Estaban nerviosos, asustados.
            −¿Seguro que este es el sitio? –preguntó Valenzuela oteando el paisaje, un terreno eriazo con unas cuantos escombros (planes pretéritos de propiedades privadas) frente al famoso mirador que le daba el nombre con el que era conocido.
            −Sí, Valenzuela −replicó Rivera, tirando la colilla de su cigarro al suelo−. Deben haber tenido un retraso, eso es t… ¡Mira, ahí vienen!
            Un pequeño camión militar se acercaba a ellos por el único y sinuoso camino de tierra transitable. Se estacionó a unos cuantos metros de los hombres.
            −¿Está aquí? −le preguntó Valenzuela al conductor a modo de saludo, mientras Rivera se acercaba a la parte trasera del vehículo. El conductor se apeó del camión con esfuerzo y asintió con un leve gesto de la cabeza. Por su rostro pálido, Valenzuela concluyó que con toda seguridad los rumores eran ciertos; sin embargo cuando iba a preguntarle cómo se sentía al respecto, una exclamación ahogada lo desconcentró totalmente. Era Rivera.
            −¿Qué suced…? ¡Oh, mierda! −Valenzuela, apostado al lado de su compañero para ver el interior de la carga, no pudo evitar sentirse invadido por una fuerte sensación de asco. ¡Dios, era horrible! ¡Era mucho más horrible que todas las otras cosas que había visto en vida hasta ese momento…!−. No puede ser…
            −Mierda…, si es sólo… una niña −balbuceó Rivera, sin poder creerlo−. Cómo se les ocurre hacer esto.
            −Es verdaderamente horrible −farfulló Valenzuela, impactado−. ¿Están seguros que debemos…, ya saben…?
            −Sí, hay que hacerlo, no nos queda otra. Órdenes son órdenes.
            −¡Pero cómo vamos a hacer una cosa así! –exclamó Valenzuela, salpicando saliva−. ¡Piense en su hija! ¡Usted tiene una hija de la misma edad, ¿cierto?! ¡Dígame, ¿tiene…? −Mas Valenzuela no logró terminar su frase: un implacable derechazo de Rivera lo mandó directamente al suelo, levantando un montón de polvo.
Los dos, luego, se miraron como si no pudieran explicar lo ocurrido.
            Valenzuela se llevó la mano a la boca, comprobando que estaba rota y llena de sangre.
            −Mira, disculpa, no fue mi intención –se disculpó Rivera con su compañero−. Escuché que hablabas de mi hija y… no sé… −Le extendió su mano derecha a Valenzuela−. Perdóname. No… no fue mi intención.
            Su compañero continuó mirándolo por un rato, examinándolo. Al cabo de unos segundos, aceptó su mano para incorporarse.
            Acto seguido, y como si nada hubiera sucedido, le preguntaron al chofer dónde estaban los explosivos.
            −Están ahí, en la carga, con el… ya saben, la niña.
            Rivera y Valenzuela suspiraron al unísono, y no pudieron evitar sonreír trémulamente por el hecho de haber coincidido en aquella pequeña y natural muestra de desaliento. Se dedicaron un gesto afirmativo con la cabeza y Rivera se subió al compartimiento trasero del camión, ahogando una súbita náusea. Pisaba con meticuloso cuidado, abriendo un buen trecho entre zancada y zancada. Valenzuela escuchó cómo removía unas cajas al fondo, viéndolo retroceder luego con ellas a cuestas.
            −Por favor –le dijo Rivera a este último, extendiéndoselas−. Tómalas con cuidado.
            Pero Rivera no tenía por qué decirlo: Valenzuela sabía que cualquier acción en falso con aquellas cajas haría que no quedaran ni restos para los ataúdes en sus funerales. Un acceso de vertiginosa culpa le recorrió por el cuerpo al pensar nuevamente en la niña ahí dentro…
            −¡No te vayas a caer! –le espetó Rivera, saltando de la parte trasera del camión para agarrarlo por el cuello de su uniforme.
            −¡Ya, ya, estoy bien, estoy bien! –dijo el aludido, posicionándose firme. Apretaba las cajas contra su pecho de manera tan afanosa, que sentía que los rebordes de éstas le hacían daño en la carne−. Sólo que pensé en la…
            −Está bien, está bien –barbotó Rivera, cansadamente−. Deja esas cajas ahí, junto a esa piedra. Creo que tendremos que conversar.
            Valenzuela y el conductor lo observaron sin comprender muy bien a qué se refería éste. Lo vieron sacar un maltrecho cigarro de su cajetilla y encenderlo como si su vida dependiera de ello.
            −¿Qué quieres decir, Rivera?
            −Que no podemos hacerle esto a esta pobre niña –El aludido aspiró su cigarro con nerviosismo−. Piensen en sus papás, en lo preocupados que deben estar ahora al no saber nada de su hija, en lo desdichados que se sentirán cuando por las noches que se aproximan piensen en ella, preguntándose dónde estará, si tiene frío, hambre allá donde la han llevado tan lejos de sus brazos… −Rivera hizo una ligera pausa para darle otra calada a su cigarro. Sus ojos se humedecían lentamente−. No sé, me pongo en el lugar de sus papás y… bueno, también son humanos; sienten como nosotros, lloran como nosotros, ríen cuando algo les parece gracioso y aman hacerle el amor a sus mujeres, tal y como lo hacemos nosotros. Creo que esta guerra nos está haciendo mal, muy mal.
            Valenzuela y el chófer no podían quitarle la vista a su interlocutor. Sentían una agria sensación de falta correr por sus extremidades, despiadada. No pudieron evitar recordar a sus hijos y sobrinos con nudos en la garganta. Rivera tenía razón: la guerra les estaba nublando la razón, estaba marchitando lo esencial.
            −Pero qué haremos –quiso saber el conductor, demostrando así que coincidía con este último−. Hay que deshacerse de estos explosivos de alguna manera.
            −Quizá sólo deberíamos dejarlos aquí, desactivados, olvidados –Rivera le dio la última chupada a su cigarro y lo lanzó lejos−. Nadie viene nunca acá. Si los encuentran, será dentro de mucho tiempo.
            −¿Y la niña? –inquirió Valenzuela.
            Rivera dio un par de vueltas sobre sus pasos, pensativo.
            −Se me ocurre que podríamos llevarla a ese erial de la ciudad, donde todos arrojan sus escombros –dijo.
            −¡Pero ahí la descubrirán! –le refutó el chófer−. La gente no tardará en dar la alarma que encontraron su cuerpo.
            −Eso es justamente lo que quiero –Rivera miró a sus interlocutores−. ¿Están de acuerdo con esto?
            Valenzuela y el conductor asintieron con parsimonia, mas con decisión.  
            El chófer les indicó que habían un par de palas y picotas cerca de donde estaban las cajas de explosivos que les serían de mucha ayuda. Rivera se ofreció para buscarlas y comenzar con el trabajo.
            El mediodía nublado dio paso a una tarde despejada totalmente contraria al cariz de los hechos. Para cuando terminaron de excavar, los hombres se encontraron completamente sudados y exhaustos. Valenzuela pensó que aquello era mucho mejor que sentir culpa.
            −Sólo esperemos que nadie los encuentre –dijo Rivera, depositando las cajas de explosivos en el hoyo abierto en la tierra a sus pies.
            −O que ellos encuentren a alguien –añadió Valenzuela.
            −Sólo esperemos que queden olvidados hasta el fin de estos malditos tiempos.
            Luego de cubrir el espacio con tierra, los hombres se sentaron en el suelo a descansar y mirar la puesta de sol mientras fumaban los últimos cigarros de la cajetilla de Rivera.
            −No hay cómo sentir el viento en la cara –comentó el chófer cerrando sus ojos−. En este lugar me siento rodeado por él.
            −No por nada le dicen La Punta del Viento –dijo Valenzuela con el amague de una sonrisa, cubriendo su cigarro con su uniforme.
            −La gente y sus nombres tan originales –dijo Rivera, y todos estallaron en una risa llena de nerviosismo. Pero una risa era una risa, al final de cuentas, y te hacía sentir entre amigos o como en casa, no importaba donde estuvieras.
            Entonces Rivera pensó en su hija, con su pelo ondulado oscuro heredado de su madre y los mismos ojos claros suyos devolviéndole la mirada de esa manera tan inocente y dulce como lo hacía cuando no sabía algo y se lo preguntaba con su voz aflautada. Pensó en el peso de su cuerpo cuando era bebé y se arrullaba entre sus brazos, retorciéndose entre los sueños confusos de sus primeros días. Pensó en eso observando cómo el sol se perdía en el horizonte para darle paso a la noche, y entonces recordó que su hija le temía a la oscuridad; Rivera quiso tenerla ahí para abrazarla y darle toda su protección, decirle que nada malo iba a ocurrir mientras él estuviera con ella.
            Pero antes de llegar a casa, debía cumplir con una misión muy importante para expiar todos los errores que había cometido.