Fanfic #3: El hombre dentro de mi guardaropa



Estaba escribiendo en mi computador cuando sentí que algo se removía en el interior de mi guardaropa; al principio pensé que era mi imaginación, típico que ves cosas inesperadas por el rabillo del ojo cuando estás en medio de otra acción, pendiente de lo que traes entre manos, pero luego de escuchar que golpeaban la puerta de adentro como queriendo salir, supe que debía hacerme cargo de lo que fuera que hubiera del otro lado. Así que me armé de valor, quité el seguro del guardaropa y di unos cuantos pasos atrás, viendo cómo Jaime Guzmán salía de su interior con paso decidido, mirándome a los ojos fijamente. ¡Tú…, no!, exclamé sin poder creerlo…, hasta que tomé plena conciencia de lo que sucedía; debía evitar que el miedo me doblara la mano. Así que saqué mi varita, apunté al hombre de lentes que tenía al frente, y grité ¡Riddikulus! antes de verlo transformarse en una mujer vieja y fea idéntica a Lucía Hiriart, amante del Señor Oscuro que había gobernado por tantos años de manera sangrienta e injusta nuestra maldita nación de mierda. ¡Vete, vete, vieja puta!, le gritaba al Boggart mientras le propinaba fuertes patadas en el culo, guiándolo a la salida de mi casa. ¡Vete, y que Pinochet te meta su diminuto pene en el Infierno! Me parecía divertido e irónico que los Boggarts fueran el último desquite que nos quedaba para con esos tiempos oscuros llenos de muerte en los que no podíamos hacer otra cosa más que verlo todo con los brazos cruzados, sin poder hacer nada al respecto; no podría concebir mi vida sin estos fantásticos Boggarts/Jaime Guzmán.

Poema #32: Arte poética



Escribo para detener
el tiempo
enriquecerme de sus
segundos
sacarlo todo afuera
y tamizar lo
malo de lo
bueno.
Lo hago para
aprender de los
errores las
victorias y los
empates de esta
vida maldita
llena de
suspensos y
horrores.

Escribo para callar los
demonios que me
acosan
callarlos de manera
rotunda
mandarlos a sus
cavernas llenas de
lamentos y ecos
mandarlos lejos
donde no puedan
volver a la
vida.

Escribo porque es lo
único que me
mantiene
a salvo.
Escribo porque es lo
único que sé
hacer.
Escribo porque de
otra manera
no podría salir de
este hoyo lleno de
miseria.

El cielo puede tornarse rojo,
las aguas marea
y el sol una boca negra
capaz de succionarlo todo.
¿Cómo pueden las cosas
seguir su curso normal
con este hechizo
que todo lo detiene?
Las hojas quedarán estáticas,
las arrugas serán eternas
y la tinta una mancha imborrable
de nuestros endebles recuerdos.
Mi amor por ti
pueda no muera nunca,
aunque por dentro
mis demonios quieran hacerte su presa,
suya,
su princesa y su esclava,
tú, ninfa de la libertad,
del amor eterno e imperecedero.

Historia #156: El poder de los ternos



Un pequeño grupo de adultos de terno ingresó a un colegio rural de una localidad muy pobre ubicada a mucha distancia de la carretera principal. El número de alumnos ahí era poquísimo comparado con el de un establecimiento normal, y eso, por supuesto, agilizó un montón las cosas.  
Juntaron a todos los niños en una fría y descuidada sala, una donde el ruido de sus sorbetes de la nariz se duplicaban como un molesto zumbido de moscas, y los adultos de terno hicieron que todos se sentaran y cerraran sus ojos.
            Uno de ellos dijo entonces:
            −¿Tienen hambre, verdad?
            Ninguno de los niños respondió a la pregunta: los habían pillado por sorpresa; algunos miraron a sus amigos por el rabillo del ojo, pero al cabo de unos segundos, un par de ellos asintieron con la cabeza un poco temerosos.
            El mismo hombre que había hablado prosiguió con la misma parsimonia de antes:
            −Mantengan sus ojos cerrados y pídanle un poco de comida a su país, a Chile, al Gobierno, a su Presidenta; háganlo, niños –Los tipos esperaron un rato, viendo cómo los pequeños se inquietaban pero seguían con los ojos cerrados, como si tuvieran miedo de ser sorprendidos fallando a lo que les pedían. Era el poder de los ternos, no cabía duda−. Bien, ahora abran los ojos y vean si su Presidenta les dio lo que querían.
            Los niños abrieron los ojos y, como era de esperar, sólo encontraron la superficie de sus mesas vacías. El hambre, elementalmente, seguía gruñendo dentro de sus cuerpos.
            −Ahora vuelvan a cerrar sus ojos y pídanle a Dios un poco de comida, un trozo de pan, cualquier cosa, algo, pero háganlo, así, muy bien. ¿Ya lo hicieron? Pues ahora abran los ojos y vean si Dios les ha dado un poco de su pan.
            La cara de decepción de los niños esta vez fue mucho más demoledora. Algunos, los más pequeños, parecían a punto de ponerse a llorar.
            −Ahora vuelvan a cerrar los ojos y piensen en el hambre que tienen. ¿Tomaron desayuno? ¿No? Vaya, es una pena, en serio. Pues ahora piensen en eso y cierren sus ojos y pídanle al señor Andrónico Luksic que les dé un poco de su comida. ¿Lo están haciendo? ¡Qué habilidosos! Ahora ábranlos y vean lo que el señor Andrónico Luksic les ha dejado para ustedes.
            Los niños abrieron los ojos y frente a ellos había una barra de Super 8, un pan con queso y mortadela y un jugo en caja. Los niños abrieron la boca sorprendidos.
            −Ahí tienen –dijo el hombre, con una sonrisa en el rostro−, para que se den cuenta de la benevolencia de algunos y la mediocridad de otros –Hizo una pausa para que todos los niños lo quedaran mirando con respeto−. Esto es para que vean a quién le deben sus lealtades.
            Y así, tal como llegaron, se marcharon habiendo cumplido con su misión.