Cuento #58: "Silent lucidity"



Mis padres se habían ido a la misa nocturna del día martes como lo venían haciendo desde hacía un mes; me invitaron, obviamente, pero me negué diciendo que tenía cosas más importantes que hacer para el colegio al día siguiente, por lo que me creyeron sin mucho esfuerzo. Me dieron un ligero beso en la frente y se marcharon prontamente en el auto, dejándome solo junto a la eterna compañía de Los Simpsons en la tele. Esperé hasta que el motor dejara de escucharse y apagué todas las luces del vestíbulo, incluida la caja tonta donde no dejaban de transmitir mis dibujos animados favoritos. Subí a ciegas las escaleras hacia nuestros dormitorios y me infiltré en el de mi hermano mayor sin la necesidad de ver por donde pisaba: ya me sabía el camino de memoria. Caminé cuidadosamente por entre sus pertenencias procurando no mover nada hasta dar con su ventana, la cual abrí para dejar que el frío viento de invierno y las luces de la ciudad entraran, reflejándose estas últimas en el techo como si bailaran. Me senté en su cama y encendí el mini componente con el control que descansaba sobre su mesita de noche. Apreté play y al cabo de unos segundos comenzó a sonar la primera canción del disco que venía escuchando al menos una vez por día desde que las cosas habían cambiado drásticamente en casa; los primeros acordes de guitarra acústica de Silent lucidity llenaron el cuarto entero y yo me sentí flotando, perdido entre los ruidos de los autos afuera y la pálida luz de los faroles arañando las paredes. Pensé en lo mucho que le debía haber gustado a mi hermano para haberla grabado al comienzo del disco en vez de todas las demás que le seguían, la primera que escuchaba por las mañanas cuando se iba al colegio, la primera que escuchaba cuando volvía de clases, probablemente la que más veces reproducía al día, tal como yo lo hacía ahora. Entonces me acordé de su olor a perfume cuando se iba de fiesta con sus amigos, siempre con su chaqueta de cuero negra encima, la misma que al otro día apestaba a alcohol y a humo de cigarro, y que cuando me pillaba por ahí solo, me decía que cuando yo fuera grande, se iría conmigo a la playa para enseñarme cómo bebían los hombres rudos. Pablo, si supieras cuánto te echo de menos, cuánto, cuánto te echo de menos… Lentamente me recosté en la cama; la sección de cuerdas de la canción siempre hacía que la carne se me pusiera de gallina, llenándome de escalofríos; quizá era eso lo que sentía mi hermano cuando la escuchaba: esa sensación de estar muriendo paulatinamente, de forma desgarradora, pero muy, muy lenta…; cómo me dolía escuchar el coro, mierda, me hacía sentir como si un puñal atravesara mi pecho… Un día cualquiera, aburrido en clases, saqué el cálculo que en lo que demoraban mis padres en la misa de los martes, podía escuchar la canción desde unas diez a quince veces, dependiendo de lo que demoraban en llegar desde la iglesia, si se topaban con algún embotellamiento, si la misa terminaba antes (o después, generalmente después), etcétera, etcétera; a veces los minutos pasaban volando, otras me quedaba dormido y no entendía nada hasta que sentía a mis padres estacionarse afuera; pero todo daba lo mismo: cuando cerraba los ojos, era como si aún siguiera ahí conmigo, cantando sin que le importaran las desafinaciones, dándome instrucciones para la vida, sentándose a mi lado para preguntarme cómo había ido mi día; él y sus formas de hacerme sentir querido como buen hermano mayor. Acaricié su almohada tratando de exprimir algo del olor suyo, pero ya lo había agotado todo; no había forma de volverlo atrás. Me limpié las lágrimas y volví a escuchar una y otra vez la primera canción del disco hasta que el conocido rumor del vehículo de mis padres hizo que me levantara rápido, cerrara la ventana, alisara las sábanas de la cama y apagara el reproductor de música de mi hermano. Para cuando mis papás abrieron la puerta para entrar al vestíbulo, me pillaron viendo Los Simpsons como habían acostumbrado hacerlo desde que todo había cambiado en casa, me saludaron con cierto desánimo y yo hice como si nunca nada hubiera pasado, a pesar que sentía que una parte de mí también había muerto con todo lo ocurrido.

Historia #96: Les es innato



Hoy día ocurrió lo siguiente:
            estaba trabajando en el supermercado, empacando cosas como siempre, cuando llegó hasta la caja en la que me encontraba un ceñudo hombre mayor (de unos cincuenta años) con tres hallullas y tres torrejas de mortadela en la mano; la cajera y yo lo saludamos pero no respondió: simplemente se dedicó a pasar las cosas y contar unas cuantas monedas para pagar la compra. Como soy atento y prefiero prevenir que lamentar, le pregunté si quería las dos cosas en una sola bolsa para ahorrarlas y así no contribuir con la destrucción del mundo, qué se yo, a lo que me respondió, a diferencia de muchas personas que concurren por ahí a esa hora de la mañana, que las quería separadas, que como era tan tonto, si la mortadela siempre se echa a perder cuando va con el pan caliente; ya, me dije muy tranquilo, tocando los tres panes para comprobar que efectivamente estaban más fríos que el corazón de un agente de la CNI, lo dejaré pasar, me dije, y seguí sonriendo como siempre y le eché sus productos en dos bolsas chicas como quería. Sin embargo, el asunto no terminó ahí, no, no, no: el muy estúpido, sin siquiera darme las gracias, me pidió otra bolsa grande para echar las otras pequeñas adentro, y otra más para recubrirla. Es que voy pal centro, me dijo, tratando de explicar la estupidez que estaba cometiendo. Sólo di media vuelta y lo dejé que se fuera, sintiendo una rabia enorme. ¿Cómo podía ser que la gente fuera de verdad tan estúpida?
            −Es que algunos tienen un talento innato para serlo –me comentó un compañero cuando le expliqué la situación.
            −Lo peor es que a esa gente nunca le pasa nada –dije, apretando los puños−. Siguen siendo igual de mierda que siempre y nunca les pasa nada.
            −¿Desde cuándo que en el mundo ganan los que no son una mierda?
            La pregunta me quedó dando vueltas por la cabeza. No supe qué decir.
            −No lo sé, güeón… No lo sé –respondí.