Historia #67: ¡Felicitaciones, Andrés!




Antes de acercarse al profundo abismo que tenía al frente, Andrés vació su whisky de un rápido y violento trago y lo lanzó lejos, rebotando la botella contra una enorme piedra a su derecha; al ver lo ocurrido, sonrió irónicamente mientras se sentía el hombre más miserable y bueno para nada del mundo, incapaz incluso de romper una simple botella de vidrio antes de acabar con su propia vida.  
Entonces se relamió los labios, contemplando todas las casas y sus campos en lontananza a eso del atardecer, y se acercó aún más al abismo, dando temerarios pasos hacia él. Y es que en realidad ya no le importaba nada: habiendo muerto su pequeña hija por culpa del cáncer hepático que la aquejaba, ya nada más sobre la Tierra le importaba siquiera; ni su familia, ni su esposa, nadie. La vida, para él, había puesto ya un punto final en su historia.  
Y así, pensando en el desenlace que se acercaba inevitable, miró de lleno el fondo sinuoso, repleto de filudas y letales piedras, y se imaginó siendo hallado con la cabeza reventada, con los sesos esparcidos por todos lados, y volvió a sonreír de manera sardónica. “Vaya espectáculo daré”, murmuró resoplando con fuerza antes de quitarse su chaqueta y arrojarla lejos, antes que ésta fuera arrastrada por el fuerte viento que parecía reinarlo todo. Respiró hondo, exhaló con violencia y preparó su cuerpo como cuando estaba a punto de zambullirse en una piscina; total, al final de cuentas, era como lo mismo, salvo que esta vez nunca saldría a flote.
            −Ahí vamos –dijo con un dejo de temor en la voz; y mirando al cielo, añadió−: Lo siento, Trini.
            Acto seguido, retrocedió unos pasos y saltó impulsándose en el borde del abismo que tenía al frente; por un momento pensó que eso había sido todo, que por fin había llegado el fin de su existencia; sin embargo, en vez de caer contra las piedras atraído por la gravedad, se mantuvo en el aire, chocando contra una superficie dura y ligeramente inclinada; Andrés, con el corazón desbocado, no lo pudo creer en un principio: abrió los ojos con lentitud y se dio cuenta que era cierto, que estaba flotando en el aire, a un par de metros del comienzo del abismo del cual había saltado. Sin poder creerlo, comenzó a palpar el piso invisible bajo su cuerpo y se dio cuenta que éste ascendía ligeramente a medida que se extendía, por lo que decidió seguir avanzando (gateando) hasta que se terminara o llegara a algún lado.
            El viento se iba poniendo cada vez más violento y el corazón de Andrés más acelerado; si el hombre miraba hacia abajo, podía ver el montón de piedras esperándolo al fondo, a muchos metros de distancia suyo; si el camino llegaba a terminar y no llevar a nada, después de todo, estaría fregado. Pero las piedras abajo se transformaron en campos, y los campos en casas y sectores algo más poblados, y el camino invisible no dejaba de extenderse y seguir ascendiendo hasta que, cuando entrada la noche, la cabeza de Andrés (siempre mirando hacia abajo por si el camino invisible lo dejaba de sostener en cualquier momento) golpeó contra algo sólido a la altura de su coronilla; se quejó, sorprendido, y tocó con una mano lo que tenía al frente. ¡Ahí, invisible a sus ojos, había algo sólido y vertical, de tacto frío y a la vez irreal!; Andrés la palpó mejor y se percató que era una especie de pared en medio de la nada. El hombre dudó si levantarse ahí, a cientos de metros de altura del suelo, o si tantear la “pared” hasta encontrar algo que le ayudara a resolver el siguiente paso. 
Se mantuvo así un buen rato hasta que halló una pequeña protuberancia redonda a su lado derecho; se incorporó utilizándola como apoyo, siempre temeroso de que aquello fuera la última acción de su vida (cosa irónica por donde se mirara), y la forzó hacia el lado contrario, como si fuera una puerta común y corriente; su boca, luego, se abrió en una inmensa expresión de sorpresa al notar que el trozo de cielo que conformaba la puerta, se retorcía en sus propias dimensiones como si fuera el papel mural de una casa; al echarse ésta hacia atrás, dejó a la vista un espacio pequeño y oscuro en medio del cielo estrellado, como si se tratara de una habitación con la luz apagada. Andrés no podía creer nada de lo que estaba ocurriendo: ¿habría alguien mirando al cielo en ese mismo instante, capaz de verlo parado en el aire sin ayuda de ningún artilugio?; probablemente si alguien diera con él en el cielo, no creería absolutamente nada de lo que veían sus ojos, porque era una completa locura.
Resoplando fuerte, tironeado bruscamente por el viento que soplaba a esa hora de la noche, Andrés dio un paso hacia el interior de la oscuridad y comprobó que al igual que afuera, adentro había un piso que el ojo humano era incapaz de ver. Entonces dio otro paso, y otro y otro, hasta que dejó de sentir el frío viento nocturno y ver los campos y las casas bajo sus pies. Para eso del décimo y temeroso paso, Andrés ya se encontraba envuelto por completo en una oscuridad total pero agradable; tenía la misma sensación de ir caminando por su propia casa, cuando llegaba tarde del trabajo y no encendía las luces para no despertar a su pequeña Trinidad ni a su esposa.
Entonces se detuvo en seco tras escuchar a alguien carraspear su voz a unos cuantos metros suyo. Acto seguido, unos tenues focos se encendieron en el techo para arrojar su luz sobre unos cuantos hombres calvos dispuestos en un estrado a unos cuantos metros de altura suyo. Muchos de ellos sonreían; otros se dedicaban a garabatear cosas sobre algo que tenían sobre el estrado.
Uno de ellos, el que estaba ubicado al medio (el que acababa de aclararse la voz), se incorporó un poco para verlo mejor.
−¡Felicitaciones, Andrés! –le dijo, irradiando un dejo de felicidad en un sus palabras−. ¡Lo has logrado!

Historia #66: Bombones artesanales



Gaspar compró cinco bombones artesanales con la plata que le habría sobrado del pan y el queso laminado que le había encargado su mamá, le dio las gracias a la señora que lo atendió y se fue comiendo los dulces mientras caminaba de vuelta a casa, tarareando una canción que tenía pegada desde hacía días y que no paraba de sonar en la radio en cada uno de sus programas. Se aseguró de doblar y guardar bien los envoltorios vacíos en uno de sus bolsillos y entró a la casa tratando de no enseñar mucho sus dientes sucios por el chocolate. Le pasó la bolsa de las compras a su madre (quien estaba preparando un pie de limón para las onces) y encaminó directamente al patio, donde se puso a jugar con Alfonso, su perro. Le hizo cariño, le lanzó piedras para que las buscara y se las trajera y al final de todo le sirvió más comida y agua en sus fuentes vacías. Para cuando su mascota se hallaba devorando sus galletas para perro, Gaspar aprovechó de buscar algún trozo de mierda suya por entre el pasto teniendo mucho cuidado de no pisarla; estuvo así por dos minutos, maldiciendo ese tonto afán de su madre de estar limpiando la caca del perro cada vez que salía al patio, sabiendo que el perro, en realidad, jamás dejaría de cagar el pasto.
Sin embargo, se sintió enormemente contento al hallar un buen trozo de mierda fresca entre dos malvarrosas, lo que era mucho mejor. Se agachó con cuidado, comprobando que su madre seguía en la cocina, y sacó los envoltorios de bombones que había guardado en el bolsillo para tomar con ellos la caca de su perro y dejarlos tal como se encontraban al momento de comprarlos, aguantando la respiración y el asco que le atacaba en ese momento. Así, luego de unos cuantos minutos, Gaspar consiguió hacer lo que quería.
−¡Gaspar! –lo llamó su madre desde la cocina−. ¡A tomar onces!
El niño sonrió maliciosamente y se echó los nuevos bombones en su mano derecha.
−¡Ya voy, mamá! –le gritó de vuelta−. ¡Estaba dándole comida al Alfonso! –Y susurrando, agregó−. Y preparando estos ricos bombones de mierda por haberme escondido la X-Box, maldita zorra.