Historia #39: El hombre y su oso de peluche



Iba con mi mamá en el auto por el centro de la ciudad cuando justo nos tocó el semáforo en rojo. Entonces el hombre harapiento que esperaba a un lado del paso de cebra se levantó y se posó frente a nosotros.
−¿Qué piensa hacer? −dijo mi mamá, tratando de ver qué escondía tras su espalda; como no tenía a mano ni pelotas para hacer malabares, ni tambores para percutir, ni nada con que pudiera hacer alguna gracia para ganar dinero, nos llevamos una gran sorpresa al ver que el hombre sacaba ante todos un feo y destrozado oso de peluche, el que levantó mientras no dejaba de sonreír en ningún momento.
Entonces, sin que nadie lo sospechara siquiera, el hombre lanzó el oso por los aires sin quitarle la vista en ningún momento, hasta volver a tenerlo entre sus brazos, apretujándolo fuertemente; acto seguido, lo volvió a levantar ante todos los vehículos que esperaban a que dieran la luz verde, como afirmando que su actuación había concluido de forma satisfactoria, comenzando a internarse entre ellos con la mano extendida.
Todos lo miraban sin entender nada, boquiabiertos; fue por eso que cuando pasó por nuestro lado, nos demoramos en abrir una de las ventanas y darle un par de monedas de cien pesos que mi mamá tenía tiradas sobre el salpicadero.
−¿Te diste cuenta? –dijo ella mientras aceleraba, dejando atrás al hombre con su oso−. Eso sí se llama tener creatividad.
−Nadie va a poder decir nunca lo contrario.
−Bueno, deberías aprender un poco de él entonces, maldito vago.
Sólo gruñí como toda respuesta.

Historia #38: "Palomo"



Palomo se encontraba totalmente desorientado; ni siquiera lograba recordar cómo había llegado ahí, a ese lugar tan alejado de su casa y dueños: era incapaz de sentir olores familiares, y temía que en vez de estar acercándose a la ciudad, se estaba alejando cada vez más de ella; lo temía porque los restos de comida habían empezado a escasear, el agua se hacía más difícil de encontrar y los vehículos transitaban con menor frecuencia por la carretera a su lado.
Hasta que una noche quedó completamente solo: el camino estaba desierto, sin luces, y Palomo terminó por perder toda su fe en volver a casa. No le quedaban energías, realmente se moría de hambre y el frío se había tornado prácticamente inaguantable.
Sin embargo, y sin que pudiera creerlo bien en un principio, el perro olió el aroma de la carne fresca provenir de muy cerca. Levantó la cabeza, ávido, y dirigió su nariz hacia un camino distinto al que había seguido hasta ese entonces; y así, sin pensarlo dos veces, siendo manipulado por una especie de instinto primitivo, se lanzó de lleno a su presa, sintiendo el sabor de la carne incluso mucho antes de tenerla entre sus mandíbulas. Su hambre era tan grande, que ni siquiera le importó que su presa estuviera viva, que chillara hasta hacerle doler los oídos, o que tuviera un enorme parecido físico con su dueña. No, no le importó en lo absoluto: sólo arrancó trozos de carne con su fuerte mandíbula, se alimentó de ella, e hizo guardia a su lado hasta el día siguiente, siendo sorprendido por un camionero que no dejó de vomitar después de ver todo lo que había provocado.
Cuando éste se recompuso, entró inmediatamente a la cabina de su vehículo y llamó por su celular, con las manos sudadas y temblorosas, pálido como la cera.
−¡Aló, aló, Carabineros! ¡Encontré una mujer amarrada a una silla de ruedas…! ¡Sí…! ¡No, no, está muerta! ¡No, mierda: un perro le ha comido las piernas! ¡Sí, un perro…! ¡Dios Santo, por Dios, deben venir ahora!

Especial #5: 11 de Septiembre ("A eso de las 11 de la noche")



Apenas me subí al colectivo para volver a casa a eso de las 11 de la noche, el último asiento disponible fue ocupado por un hediondo hombre que no paraba de moverse para todos lados; nos miró a todos con un gesto rápido antes de saludar al conductor:
−Holaholahola, Davizito, tepagoalabajá’ –modulando como si fuera una metralleta; todos quedamos helados, y estoy seguro que no fui el único que pensó: “chucha, este güeón nos va a robar”; porque el hombre olía fétido, llevaba una ropa llena de costras de mierda y su cara parecía un enorme crucigrama sin resolver−. Vo’cachai’dondemebajo, ¿no?
El conductor lo miró por el retrovisor y asintió amargamente, sabiendo que aquello de ninguna manera iba a terminar bien.
Entonces el hombre siguió con lo suyo.
−¿Ycómoe’tatuhermano, oe’, Davizito? ¡Noloe’vi’tohacendía’!
−No sé qué le pasa al Davicito –le respondió el hombre, mientras recibía el pago de los demás pasajeros−. Debe andar por ahí. No sé.
−¿Ytuzeñorae’poza? ¿Cómoe’tálaMirnita?
−Ahí está, maomeno’nomá’.
−¿QuélepazóalaMirnita? –El hombre inclinó su cuerpo hacia adelante, como si la respuesta del chofer le interesara sobremanera.
−Tiene cáncer –dijo el colectivero, y estoy seguro que así como yo, todos los demás (excepto el hombre con el que conversaba, obvio) sintieron el dolor con que había pronunciado esas palabras.
−¡Ohquémal, Davizito! –El tipo se pasó nerviosamente una mano por su sucia cara−. PerohayquetenerfeenDiozitonomá’, Diozitolozolucionatodo, Davizito.
El chofer lo miró fugazmente por el espejo retrovisor, con cara de: “cállate luego, mierda” y empezó el ascenso hacia nuestra población; todos dimos nuestras direcciones antes que el hombre volviera a abrir su fétida boca para decir:
−Cuandoyoe’tuveenrehabilitazión, me’nzeñaronunacanziónlinda –El tipo se aclaró la garganta y empezó a cantar desafinadamente−: El Zeñor ez mi pastor, nada me ha de faltar. El Zeñor ez mi pastor, nada me ha de faltar –Entonces se detuvo un rato−. Zeme’lvidólaotraparte.
Nadie dijo nada al respecto.
Por suerte me di cuenta (y estoy seguro que los demás también lo hicieron) que ya quedaba poco para que el tipo llegara a su destino y por fin se bajara del vehículo.
−Tengafe, Davizito, tengafe. U’te’haziounapersonabuenabuena –El hombre le palmeó el hombro al chofer, como dándole ánimos, antes que el colectivo se detuviera en la dirección que le había indicado−. Yahorapázemela’monea’noma’, Davizito, zinoquierequelomate –El hombre, en un ágil movimiento que nadie alcanzó a ver, había sacado una navaja del interior de su zarrapastrosa chaqueta−. Yu’tede’también, cabro’, loziento –agregó, apuntándonos a todos los demás con su arma.
−Puta’ que soy paletiao’, maricón –le dijo el conductor con la voz quebrada−. Vei’, uno te da la mano y agarrai’ el codo al tiro.
−Davizito, nozemepongachúcaro, Davizito.
−Puta’, güeón, qué culpa tenemo’ nosotro’ que seai’ un pastero culiao’ –le dijo el colectivero, con pesar−. A nosotro’ también nos cuesta la güeá’, si vo’ no soy na’ el único que la sufre, maricón.
−Mira, Davizito –dijo el hombre, más tenso y agresivo que antes−, zinoquerí’quetemate, damelaplataaltiro; igual u’teden –repitió, mirándonos a los demás; su vista estaba completamente desenfocada, como si estuviera fuera de sí.
−Güeón, ni cagando.
−¿Cómoquenicagando?
−¡Ni cagando, güeón!
−¡Cuidao’, Davizito!
−¡Qué cuidao’, culiao!
Entonces ambos comenzaron a forcejear, siendo el colectivero el más perjudicado por la desventaja de sus ubicaciones.
−¡No, culiao’! –le gritaba el chofer, apretando sus dientes.
−¡E’tai’negro, Davizito! −Y sin que nadie se diera cuenta y pudiera hacer algo al respecto, el hombre le dio un rápido navajazo en la garganta al colectivero; fue como si en un segundo el conductor tuviera intacta su garganta, y al segundo siguiente se le hubiera abierto una gran hendidura como por arte de magia, manchando la mitad del interior del colectivo con su sangre. La chica que estaba ubicada en el asiento del copiloto comenzó a gritar como loca, mientras el chico sentado detrás del herido llevó sus manos hasta su herida, intentando contener así la hemorragia que parecía ser superior a cualquier otra cosa.
El hombre de la navaja miraba la escena como si no pudiera creerlo, aún con su arma ensangrentada en la mano; hizo el ademán de decir algo, quizá pedir disculpas o algo así, pero en vez de eso abrió la puerta y salió del colectivo como una exhalación, perdiéndose entre las oscuras calles de la población donde estábamos estacionados.
−¡Llama a una ambulancia, güeón! –me espetó el joven a mi lado sin dejar de apretar la garganta del colectivero.
−¡Sí, sí, al tiro! –dije sin saber muy bien qué hacer a continuación: estaba confundido, asqueado y, por sobre todas las cosas, bloqueado por un solo pensamiento. Saqué mi celular, marqué el número de las emergencias y esperé por más de un minuto a que me contestaran, sin dejar de pensar en ningún momento en todo el mal premeditado que había provocado el Régimen Militar al dejar entrar la pasta base a este país.