Tuve
la extraña sensación de que alguien entraba a mi pieza sin mucho sigilo,
haciendo crujir el piso bajo sus pasos. Como seguía durmiendo a esa hora
cercana al mediodía, el cuarto estaba medio iluminado, y pude ver bien quién
era cuando se cernió sobre mí, como intentando aplastarme. Por un instante
pensé que era mi amiga Daniela; pensé que mi mamá la había dejado pasar a mi cuarto
para que me despertara como muchas otras veces lo hizo con los amigos que me
buscaban por la mañana para salir por ahí a andar en bicicleta,
cuando éramos niños. Vi sus ojos verdes, sus facciones delgadas, su nariz
quebrada; era ella, no cabía duda, aun en la neblina confusa de la duermevela y
a la luz de la penumbra que lo envolvía todo. Pero la expresión divertida,
alegre y desdibujada de su cara se tornó sombría, como si sus facciones se
hubieran crispado y sus ojos hubieran perdido todo el brillo que creí ver en
ellos, oscureciéndose. Su sonrisa mutó a una lobezna, casi demencial. Sus
manos, sin que pudiera hacer algo al respecto, se cerraron en mi cuello. ¡No
podía respirar, me estaba estrangulando! Mi visión
empezó a borronearse, mis pulmones comenzaron a ceder. ¡Estaba desesperado, no
podía hacer nada! Hasta que di una bocanada fuerte y ella, o quien fuera, ya no
estaba; simplemente había desaparecido en un pestañeo, viento en medio de la
luz filtrada por las cortinas y llevado quién sabía dónde. La puerta de mi cuarto, sin embargo, estaba
abierta como si alguien hubiera entrado por ella recientemente. Todavía pienso en
ello. No lo puedo sacar de mi cabeza. Me miro en el espejo del baño ahora: aún
lucen las marcas de los dedos ajenos en mi cuello.

Poema #43: Eres como leer por las mañanas
Eres como leer
por las mañanas,
después de los besos,
después del sexo,
después del desayuno
recién preparado,
el té y las tostadas.
Eres como leer
y escribir por las mañanas,
como el primer retazo del
alba,
como el último rayo
de luna.
Eres como escribir
por las mañanas,
el perfume
de la noche pasada,
una nota suspendida,
una tonada acabada.
Poema #42: Tus susurros
La
cama nos hace uno
un
charco de sudor
[moja nuestras espaldas.
Y
desayunamos
almorzamos
cenamos
nuestros cuerpos
pestañas,
labios, ombligos
pecas,
ojos arbóreos.
Una
nana para la tarde.
Una
coda para la noche.
Solos
en casa
tus
susurros suenan
[como gritos.
Microcuento #45: Estos, nuestros viajes
Como no nos veíamos desde hacía cuatro semanas, con
Javiera quedamos de juntarnos en Lebu, punto donde convergían nuestros caminos
durante las vacaciones. Llevaba su vestido floreado y su sombrero de paja, sonriendo
mientras me saludaba con su mano abierta. La besé como quería hacerlo desde
hacía días, sintiéndome radiante, vivo, lleno de energía. Luego dimos un paseo
entre las gaviotas, hablando sobre nuestro viaje y los respectivos familiares
que habíamos visitado; comimos escuchando las olas y viendo el sol morir lejos.
Al anochecer decidimos subirnos al primer bus de vuelta a casa, percatándome
que tenía un montón de llamadas perdidas de Javiera. Imposible, dije, abriendo
uno de sus mensajes de texto; explicaba que había esperado toda la tarde en el
punto acordado sin tener noticias mías. Entonces la Javiera del asiento
contiguo se apoyó en mí; dijo: “no todo es lo que parece, querido”.
Mi
grito despertó a todos los demás pasajeros.
