Poema #39: Hablar en silencio


Caminar solos
en este pedazo de
escenario desolado,
lejos del mundo,
entre peñascos, la vegetación árida
y los pájaros que parecen reírse de nosotros.
El sol cae y hace brillar
tu pelo como el oro fundido
sentados en una piedra
hablando en silencio
produciendo música con nuestros ecos
yo y mis deseos
tú y tu silencio.
Aviones vuelan sobre nosotros
y no puedo evitar pensar en que lloraría
de felicidad por estos segundos
en este pedazo de escenario desolado,
lejos del mismo mundo,
entre peñascos, la vegetación árida
y los pájaros que parecen reírse de nosotros.
Sentados en un piedra
el día se mueve
se trastorna y nos cubre con
sus estrellas y su frío rito
que acerca nuestras manos
para sentirlas como si
no hubiera vivido nada así antes.
Estamos solos
rodeados de animales
compartiendo este aire fresco
el milagro de hallarnos abandonados,
y aún en la oscuridad
sigues brillando como el oro.
¿Cómo pude estar perdido 
tanto tiempo?


Historia #252: Como dos adolescentes


No pudimos más: nos miramos a los ojos, ávidos, y juntamos nuestros labios por primera vez bajo aquel frío puente de fierro.
            ¡Y qué locura más grande, querida mía! Había un par de vagabundos pajeándose mientras nos observaban besarnos como dos adolescentes enamorados.  

Cuento #102: Un huésped


Como la casa de Andrea, su amiga, estaba a veinte minutos a pie de la suya, Susana no creyó necesario llamar a un Uber para acortar el breve trecho que separaba una de la otra. La fiesta de Andrea había vivido su apogeo a eso de las una de la madrugada con la llegada de un montón de gente atiborrada de botellas de cerveza y pisco, pero cuando el reloj estaba a punto de marcar las cuatro de la noche, la casa parecía haberse vaciado sin que nadie pudiera notar a ciencia cierta en qué momento habían partido todos. Siempre ocurría así, de todas maneras; era algo en lo que te podías fijar cuando eras la única (o bien parte del exiguo porcentaje de personas) que no tomaban alcohol mientras todos los demás se hacían mierda el hígado.
            Al momento de despedirse de su amiga en el vestíbulo, Andrea, con modular pastoso y la mirada nublada, le dijo que por qué no se quedaba a dormir ahí con ella, que no había problema para alojarla hasta la mañana siguiente, o que ella misma podía llamar y pagarle a un Uber para ahorrarle la caminata hasta su hogar.
            No te preocupís –le dijo Susana, poniendo una mano en el hombro de su amiga−. Me demoro como veinte minutos en llegar a mi casa.
            −Pero te puede pasar una güeá mala –arguyó Andrea, con un dejo casi suplicante−. No quiero tener que mirar mañana las noticias y ver que erís un nuevo caso del Asesino de las Cabezas.
            Susana no pudo evitar sentir un escalofrío al recordar al Asesino de las Cabezas.
            −Na’, no me pasará nada, tranquila –dijo ella, haciendo un gesto vago con la mano.
            Afuera, en el patio, unas diez personas continuaban bailando al ritmo del trap con movimientos bastante torpes, riendo divertidos. Susana no pudo evitar pensar en la resaca que padecerían todos ellos al día siguiente, a eso del mediodía y durante toda la tarde, si no tenían la suerte suficiente.
            −¿Qué se siente haber sido la más sobria de la fiesta? –le preguntó Andrea.
            −Me siento avergonzada de todo lo que he hecho bajo los efectos del copete hasta ahora, como para no volver a tomar nunca más en la vida.
Susana, que le había prestado principal atención a la desenvoltura de sus amigos a medida que avanzaba la fiesta, sintió un extraño momento tragametierra al percatarse que probablemente (con toda seguridad, para ser más sincera) había realizado las mismas acciones estúpidas que hacían ellos sin apenas darse cuenta del aspecto que ofrecía. Sentía que se le encendían las mejillas de inmediato de sólo imaginar a alguien totalmente sobrio observándola bailar con sus amigos, desinhibida y chillona, gritando como si se fuera a acabar el mundo.
−No te vai’ a dar ni cuenta cuando pasen los dos meses de censura –dijo Andrea, guiñándole un ojo a su amiga−. Ese día vamo’ a celebrar como Dios manda.
−Totalmente –Susana sacó su celular de su chaqueta y miró la hora−. Creo que es hora de irme, Andre.
−¿Segura no querí’ que te llame a un Uber?
−Tranquila, de verdad –le calmó Susana−. Y si mañana no aparezco, intenta con la Ouija. Siempre me ha llamado la atención saber cómo sería conectarse desde el más allá con una amiga de este lado. Podríai’ escribir algo al respecto después de tu experiencia.
Andrea le dio un suave puñetazo en el hombro a su amiga.
−¡No seai’ tonta, no digai’ eso!
−Es broma –dijo Susana−. Si muriera, te vendría a fastidiar mientras meas.
Andrea se desternilló de la risa por el comentario. Susana no pudo evitar pensar en que su amiga tendría una resaca de mierda igual de potente que las de sus amigos al día siguiente.
−Sólo espero me llamís cuando lleguís a tu casa –le dijo Andrea, conduciéndola a la entrada de su hogar−. Nos vemos mañana, pa’ lo del trabajo del profe Contreras.
−Sí, no te preocupís –se despidió Susana, besando la comisura de los labios de su amiga. Acto seguido, y a la vez que extraía sus audífonos del bolsillo de su chaqueta bajo la a esa hora desvaída luz naranja de los faroles, dio media vuelta y encaminó por el pasaje en dirección a su casa. Se llevó una muy mala sorpresa, sin embargo, al caer en la cuenta que por culpa del casi nulo nivel de batería de su aparato, no podría amenizar el trayecto con algo de música; de haber sabido que su viaje de retorno a casa sería bajo esas condiciones, habría considerado mejor la propuesta de un Uber por parte de Andrea. Chasqueando la lengua, Susana devolvió los audífonos al bolsillo de su chaqueta enrollándolos con cuidado, y prosiguió con su camino.
Era extraño recorrer el mismo trayecto caminado en tantas ocasiones previas en un estado totalmente distinto al que estaba acostumbrada, sobre todo considerando la ausencia de música de fondo por la grandísima culpa de la batería de su celular. Las caminatas por las calles desoladas siempre le habían parecido a Susana una excelente oportunidad para clarificar sus pensamientos, estructurar las ideas que revoloteaban por su cabeza y encontrarle solución a muchos de sus entuertos mentales de carácter ansioso. Sin embargo, consideraba que existía una gran diferencia entre hacerlo borracha, con hacerlo totalmente sobria como lo estaba esa noche por culpa de su medicación prescrita. Y si debía ser sincera, hacerlo bajo los efectos del alcohol era mucho mejor que hacerlo sin ninguna gota de éste en el cuerpo.
Pero así estaban las cosas: su maldito acné, inusual para sus veintisiete años de edad pero totalmente razonable por su estilo de vida nervioso y apresurado como el de los muchos trabajadores que sacrifican más de lo que ganan, le había llevado a padecer de un desorden hormonal solucionable con el (¡vaya ironía!) consumo de más hormonas, encapsuladas y dañinas para su sistema digestivo. De ahí que su médico le recetara alejarse de su hábito alcohólico si no quería hacer sufrir a su pobre y resentido hígado. No obstante, Susana había llegado a pensar con todo esto si las pastillas que tomaba la gente para solucionar sus múltiples problemas eran parte de la cura, o realmente eran parte de la enfermedad.
Al cambiar de dirección por un pasaje perpendicular, Susana dio de lleno con una corriente de aire que soplaba a lo largo de éste, desde la costa hacia la cordillera, provocando que la joven alzara el cuello de su chaqueta, tratando de cubrir su boca con ella, y apretara sus músculos en un vano intento de mantener el calor de su cuerpo. Susana pensó que de estar borracha, el viento no hubiera sido más que un detalle en el trayecto hasta su cama; pero como su inconsciente bien se lo repetía incesantemente en ese escenario tan frecuente como lo eran los fines de semana, esta vez no se encontraba en estado de embriaguez, y cada paso que daba tenía la solidez de un acontecimiento único en medio de la noche. Era como uno de esos cuentos de Poe en que el protagonista camina silenciosamente por la calle escuchando el eco de sus propias pisadas, resguardándose de la niebla, taciturno.
Susana iba tan enfrascada en sus pensamientos, tratando de refugiarse como pudiera del frío que le calaba hasta los huesos, que al principio no escuchó a la pequeña criatura a un costado de la calle. A lo lejos pasó una camioneta a una velocidad demencial, justamente por la avenida paralela a la calle por la que caminaba, ahogando los primeros maullidos que pudieran alertarla de su presencia. Pero el incesante llamado del diminuto ovillo negro apegado a la pared hizo que la joven parara en seco y mirara en derredor para dar con la fuente de aquellos sonidos, sintiendo un extraño vuelco en el corazón. Un gatito de pelaje oscuro y sucio, tiritando violentamente, se hallaba entre los pliegues de una chaqueta de mezclilla harapienta, maullando hambriento y desesperado por algo de ayuda. Susana no pudo evitar recordar a Margaret, su propia gata muerta por un perro unos seis meses atrás, cuando apenas había llegado a sus manos.
–¡Minino! –dijo inconscientemente Susana antes de abalanzarse hacia el gato y tomarlo con cuidado. Su cuerpo, ante el más mínimo contacto, podía declararse totalmente hinchado por los parásitos, al igual que su pelo sin lustrar hacía notar un claro indicio de que había sido separado de su madre desde hacía días; y a juzgar por las pequeñas manchas de sangre que habían en el pecho de la chaqueta de mezclilla en la que se hallaba, Susana pensó que también estaba herido, pero luego de echarle una revisada rápida bajo la luz de los faroles, constató que al menos no tenía ninguna abierta en ese momento.
El gato no dejó de maullar en ningún instante, como protestando por saber dónde se hallaba su verdadera madre. Pero Susana ya había tomado la decisión de tenerlo consigo en casa por al menos esa noche: con el frío que hacía y el viento que soplaba, no distaba mucho de la realidad el hecho de encontrarlo muerto al día siguiente, entre la ruinosa chaqueta de mezclilla perteneciente a algún vagabundo… si es que un perro hambriento ya no se había dado un frugal desayuno con sus restos. Por esa razón no tardó en acurrucar al gatito dentro de su chaqueta y avanzar a zancadas en dirección a su casa. Susana pensó en que después de todo había sido una fortuna que la batería de su celular no diera abasto para la reproducción de canciones para el viaje de vuelta; de lo contrario, jamás habría oído al animal clamar por ayuda.
Susana no quería ni pensar si su mamá llegaba a despertarse para ir al baño mientras ella improvisaba un camastro para el animal en su cuarto; ya adivinaba cuáles podían ser sus reacciones y argumentos en caso de llegar a ocurrir una situación como ésta, pero si pasaban desapercibidos hasta la mañana siguiente, todo podía ser expuesto y explicado con mayor claridad que a esas horas de la madrugada. Susana sólo esperaba que el gato no se volviera loco maullando, extrañado por las luces ni por el ambiente del sitio al que ella lo había acarreado.
Pero cuando la joven llegó a su casa, el pequeño animal parecía desesperado, chillando y retorciéndose en la mano de Susana como si salir de su puño fuera lo que más le importara en la vida. Debido a esto y al frío que entumecía sus dedos, sacar el manojo de llaves de su chaqueta y abrir las puertas que la separaban de su interior, fue toda una proeza para Susana, que en determinado momento creyó que el gato iba a terminar por soltarse de su mano e iba a caer de lleno contra el piso, lastimándose seriamente.
Una vez dentro, y urgida por no alertar a su madre de su presencia, Susana avanzó rápidamente hasta su cuarto con el gato en la mano sin encender las luces y se encerró en él para amortiguar el sonido de sus maullidos. Consideraba toda una suerte que no hubiera una sola gota de alcohol en su cuerpo, porque de lo contrario habría actuado de manera escandalosa, torpe y poco eficaz; en ese estado soñoliento pero claro en el que se encontraba, Susana se hallaba capaz de hacer las cosas de forma mucho más silenciosa que bajo los efectos de la cerveza y el vino.
Así fue que la joven depositó al gato negro en el interior de su ropero (en el espacio libre y oscuro bajo sus chaquetas) esperando que no terminara por hacer algo repulsivo que limpiar luego, y se dirigió con rapidez al patio de su casa en búsqueda de algo con qué prepararle una cama y mantenerlo abrigado. Susana pensó que podría haberles dado un nuevo uso a las viejas pertenencias de Margaret, pero en su afán de no recordarla tan dolorosamente como le era posible, había terminado por regalar todos sus juguetes, pocillos y atuendos a un grupo de jóvenes dedicados al cuidado y crianza de felinos sin hogar. Suponía que eso era lo mejor que podía haber hecho con ellos, pero en la situación en la que se hallaba, escuchando los quedos maullidos del gato encontrado, asordinados por las paredes y las puertas que la separaban de su cuarto, cayó en la cuenta de que a pesar de las negativas de su mamá, tarde o temprano iba a terminar encontrando a un gato al cual encariñarse y darle los mismos cuidados que para con Margaret.
Susana ya podía escuchar a su madre diciéndole que para qué traía otro gato a la casa, si al final se morían devorados por los perros o envenenados por los vecinos, y ahí quedaba todo, en lágrimas, penas y un dolor latente por meses. Ya había ocurrido con Panchito, Ivanna y Margaret; lógicamente también sucedería con el gato negro que esperaba algo de comida y cariño dentro del guardarropa de Susana, por supuesto.
La joven dio con la caja de unos zapatos que le había regalado a su mamá para el día de su cumpleaños hacía un par de meses atrás, en el viejo mueble de las bolsas plásticas, con espacio más que suficiente para que cupiera la criatura, y con un chaleco gris suyo en el cesto de la ropa sucia que, si bien estaba viejo y contaba con mucho tiempo de uso, con una buena lavada de la lavadora podía eliminar cualquier parásito que el animal pudiera dejar en él. Acto seguido, y con la impertinente idea de que su mamá aparecería en cualquier momento para preguntarle a qué se debía tanto ruido molesto, Susana fue a la cocina para calentar un poco de leche en un vaso de metal sobre uno de los fogones y verterlo luego en un pocillo en el que dejaban las aceitunas durante el almuerzo. Con todo eso listo, el chaleco dentro de la caja de zapatos y el pocillo con leche tibia en la otra mano, la joven se aseguró de haber dejado todas las puertas cerradas y la cocina apagada tras ella para volver a su cuarto antes que el gato pequeño comenzara a maullar más fuerte.
En un inicio, Susana supuso que el gato se había acostumbrado a la oscuridad reinante de su guardarropa más por un asunto de no saber reaccionar a su nuevo ambiente y dejarse vencer por sus propios miedos instintivos, que como un acto de obediencia y empatía hacia su salvadora; lo había visto otras veces en sus gatos que tras una pelea con otro animal, o tras hallarse encerrados por mucho rato en un lugar incómodo, se mantenían en un silencio afectado digno de una secuela de guerra.
Sin embargo el gato no se encontraba donde lo había dejado. Susana, depositando la caja con el chaleco adentro y el pocillo con leche tibia a un lado, removió las cajas plásticas en las que guardaba sus calcetines y calzones para comprobar si el animal no se había escurrido tras ellas, sin lograr dar con ningún rastro suyo por culpa de la escasa luz que la acompañaba. ¿Y si el gato se había escapado? ¿Y si el animal andaba ahora por el pasillo de su casa, perdido en la oscuridad reinante, dispuesto a ponerse a llorar en cualquier momento? Susana pensó que el gato, de haberse escapado, no podía haber ido muy lejos; y bueno, tampoco era que hubiera demorado mucho encontrando la caja y su chaleco gris y sucio en el patio, ¿no?; aunque a decir verdad, ¿había escuchado ella maullar al gato mientras calentaba la leche en la cocina, o mientras comprobaba que la caja de los últimos zapatos de su mamá no se encontraba llena de botones y costuras de emergencia? No podía responder con certeza, pues no se había fijado en aquellos detalles.
Con un movimiento rápido, y esperando que en cualquier momento el gato anunciara (o hiciera peligrar) su estadía en casa esa madrugada, Susana se incorporó y buscó en su mesa de noche una linterna para emergencias que siempre tenía a mano debido a los últimos temblores nocturnos. Con ella en ristre, y sin saber muy bien por qué, la joven decidió echar una última y rápida mirada al guardarropa antes de buscar al gato por el pasillo y el vestíbulo de la casa. Así, con la sorpresa propia de alguien que ve un elemento particular que antes no se encontraba ahí, Susana se enteró de que lo que había imaginado como un manchón en la madera de uno de los ángulos interiores del mueble, era en realidad una mancha de líquido oscuro, viscoso y fresco.
Susana temió lo peor: el gatito que acababa de encontrar en la calle, el que pretendía cuidar, salvar y hasta ojalá darle un nuevo hogar, había muerto dolorosamente. La joven se llevó su mano desocupada a la boca sin poder creerlo, incapaz de soltar un graznido de dolor siquiera. El gatito…, el pobre gatito…
Pero Susana, tratando de dimensionar el tamaño de todo lo que acababa de suceder, removió los colgadores de sus chaquetas con el fin de despejar la zona de la mancha en la madera y así poder apreciar mejor el panorama desalentador que se le ofrecía. No le bastó mucho tiempo, no obstante, percatarse que lo que ella había intuido en un comienzo como un líquido oscuro, viscoso y fresco, era en realidad el cuerpo del gato negro aplastado contra la madera, como si hubiera estallado una potente bomba en su interior, dejando su pelaje adherido a ella y todo el ambiente lleno de un olor nauseabundo, y que en dirección al techo del guardarropa, se extendía una fina pero enfática línea de sangre (oscura, viscosa, fresca) desde su ubicación, como si algo hubiera escapado de su interior y se hubiera escondido entre sus chaquetas, algo que la observaba en ese instante y se preparaba para maullar, gritar o chillar.
Fue el sonido de la linterna estrellarse contra el suelo de su cuarto el que la trajo de vuelta al mundo de los vivos, sobresaltada y con la boca totalmente reseca. Acababa de soñar con maullidos y gritos de angustia, pero si le pidieran reconstruir el sueño del que apenas despertaba, no habría sabido decir ni siquiera qué era lo último que había visto. Los sueños son frágiles, solía decir ella cuando despertaba y no recordaba las imágenes difusas que se le habían presentado.
La mujer se restregó los ojos antes de percatarse que seguía siendo de noche y que su habitación se encontraba sumida en la oscuridad.
Por un momento sintió un miedo horrible e inexplicable; pensó que continuaba dentro de su sueño, que debía hacer un esfuerzo para despertar de una vez por todas y encontrarse recibiendo un nuevo día.
La mujer se llevó un susto terrible al ver que la puerta de su cuarto se abría los centímetros suficientes para dejar ver la silueta de una muchacha de pie del otro lado. Tenía los hombros caídos, la cabeza inclinada y los ojos muy brillosos.
−¿Susana? –llamó la mujer, pero obtuvo un pesado silencio como por toda respuesta.


Este jardín de penumbras, Capítulo #7

El cielo estaba despejado, con un montón de estrellas salpicándolo. Como la ciudad y el pueblo más cercano se encontraban a un buen puñado de kilómetros de distancia, la contaminación lumínica que producían no afectaba en gran medida la zona donde se hallaba. En otra ocasión hubiera pensado que este detalle hacía del lugar un paisaje mucho más bonito, ameno e incluso romántico, pero ahora que se encontraba ahí, en medio de un camino completamente a oscuras, con los pantalones mojados y una camisa como por todo vestuario, muerto de frío, le hacía sentir profundamente solo y desesperanzado. De seguro no encontraría a nadie quien pudiera ayudarle en kilómetros, y él se moría de sed y hambre.
Alberto, luego de sentir los primeros aguijonazos del apetito y la resequedad en su boca y esófago, cayó en la cuenta de que no había comido ni tomado nada desde esa mañana, hacía ya muchísimas horas.
            El joven hizo el gesto de sacar su celular del bolsillo para comprobar la hora, pero tal como sucedió en su primer intento, se encontró con la desagradable sorpresa de que la batería del aparato se había acabado por completo mientras reproducía su innecesaria y ruidosa presentación; siempre le sucedía cuando lo apagaba y lo volvía a encender: el aparato gastaba más energía al encenderse y apagarse que con cualquier otra acción de su repertorio.
            “Nunca funciona cuando más lo necesito”, rumió Alberto, quien a su vez se había imaginado llamando a Mario, su amigo, para decirle que lo fuera a buscar allá donde estaba aunque le costara un mes entero de sueldo –que él luego repondría, naturalmente.
            Sin embargo ahí estaba: solo, olvidado y desamparado. Su única posibilidad de poder contar todo lo ocurrido y hallarse nuevamente a salvo, era continuar caminando hasta encontrar una casa (con gente habitándola) o que algún conductor lo encontrara en el camino y le brindara su ayuda o lo llevara hasta el pueblo más cercano o a la ciudad misma. De otra manera, jamás lo lograría. Eso lo tenía más que claro.
            Un graznido quebró el mantra omnipresente de los grillos; en algún lugar ladró un perro; en otro lugar mucho más lejano le replicó otro. Pero una noción de humanos, cualquier atisbo de vida presente en la noche, era imposible de hallar. Hernán se había hecho con una casa de veras muy alejada de todo, completamente aislada de la civilización y la gente. El dinero todo lo podía, pensó Alberto, mientras arrastraba los pies por la tierra totalmente cansado y abatido. Si él tuviera un capital parecido al de Hernán, de seguro habría hecho lo mismo: porque no había como una casa alejada de todo, donde podías estar tranquilamente con tu pareja –o amante– haciendo el amor, gritando, sin vecinos majaderos ni ruidosos. Alberto pensó, no sin sentir un sabor amargo, que nada se comparaba con la soledad bien acompañada.
            Si Hernán no hubiera irrumpido de la manera en que lo había hecho esa mañana, probablemente Tatiana y él se encontrarían en ese momento compartiendo la misma cama, desnudos, comiendo quesos, pastas y frutas y tomando cerveza, vino y espumante mientras veían alguna porquería acostados, esperando a que el apetito sexual de ambos volviera a ponerlos deseosos de más acción. Si Hernán no hubiera aparecido de la nada –o “si Hernán no hubiera descubierto los pasos en los que andaba su esposa”, mejor dicho–, ahora estarían relajados y abrigados, no muerta –Tatiana– ni al borde de la inanición –él–. Alberto tenía planeado quedarse al menos unos dos días en aquella casa, viviendo las comodidades fruto del esfuerzo de Hernán como la rata bípeda que era.
Pero todo les había salido como la mierda: del fin de semana paradisiaco solo quedaba un recuerdo vago, una idea completamente derruida, un sueño hecho pedazos. Alberto no podía creer que todo hubiese ocurrido en menos de un día; esa mañana, incluso, se le antojaba lejana, de otra vida, una totalmente ajena.
Alberto manoseó la posibilidad de detenerse por un rato y descansar a un costado del camino en una de las tantas piedras que se veían recortadas contra la noche. A la mierda las arañas y otros bichos que pudieran merodearlo: después de haber presenciado cómo un hijo de puta loco mataba a su esposa de un disparo, la picadura de un insecto o un arácnido carecía brutalmente de importancia.
Pero si se detenía, pensó el joven, si se detenía, probablemente no conseguiría tener las fuerzas suficientes para levantarse nuevamente. Con lo acalambrados que tenía sus músculos, aquello no parecía una reacción muy alejada.
Alberto no podía evitar imaginarse sosteniendo un vaso de cristal con agua helada en su interior, luego llevándosela a la boca y después ingiriéndola, dejándola por un rato adentro de su cavidad bucal para que la frescura quedara ahí dentro y el frío no le terminara por dañar la garganta, tal y como la Maca, su ex, le había enseñado. No sabía por qué, pero el agua helada no le quitaba la sed como se suponía debía hacerlo. El joven tomó nota mental de buscar alguna explicación por Internet cuando pudiera hacerlo; aunque con toda seguridad se olvidaría de ello apenas transcurrieran unos cuantos minutos de complicada caminata.
Alberto se conformaba con un vaso de agua, uno solo, algo que le quitara la sed inmediata y le permitiera seguir adelante con algo de esperanza a cuestas, nada más. Pero ahí, a menos que se encontrara con una fuente de agua natural en medio de la oscuridad, no existía posibilidad alguna de saciar sus deseos como quisiera.
Un perro, al parecer el mismo de hace unos momentos (a juzgar por su ladrido agudo), volvió a aullar en un punto del sector, y Alberto tuvo la terrible idea de un animal apareciéndosele en el camino, totalmente hambriento –mucho más que él, por supuesto–, tal vez el mismo perro que ladraba en lontananza, dispuesto a atacarle para conseguir algo de comida. Alberto, tal y como se encontraba, no podría hacer mucho para defenderse, cosa que le trajo a la cabeza el recuerdo de un hombre que cortaba el pasto de los jardines en la localidad donde nació, conocido por encontrarse borracho la mayor parte del día. La gente le tenía una estima sosegada, digamos más pena que estima, por lo que siempre contrataban sus servicios que cada vez dejaban más que desear. Hasta que un día, una mañana, lo encontraron muerto en un erial donde los niños jugaban a la pelota por las tardes: le faltaba más de la mitad de la cara y gran parte de sus piernas y brazos. Cuando lo hallaron, los perros aún seguían dándose un festín con la poca carne que contaba su cuerpo, los mismos que le habían atacado durante la noche y que componiendo un grupo tan grande como el suyo, siempre tuvieron todas las de ganar.
Podría ganarle a un perro, meditó Alberto, imaginándose una situación hipotética en la que era atacado por un perro flacucho pero decidido y él se armaba de una piedra para reventarle la cara cuando éste iniciara su ofensiva; pero si le atacaban en grupo, podía olvidarse de llegar a su casa.
“Al menos el hombre del pasto estaba borracho cuando lo mordieron hasta la muerte”, le dijo una voz a Alberto, llevándolo a imaginar lo horrendo que sería estar consciente de todas las dentelladas brindadas por una docena de diferentes hocicos en distintas partes de su cuerpo.
Salvarse de un hombre y su pistola para morir devorado por un montón de perros hambrientos, eso sí que sería gracioso. Salir de un problema para terminar en otro mucho más grande y complicado tal vez fue su destino desde un comienzo: presenciar un asesinato, quedarse dormido y abandonado en una casa, debajo de una cama, para huir de ella en medio de la noche y ser comida de un puñado de perros cuando se disponía a salvar su pellejo y contarle a todo el mundo lo que le había hecho el hijo de puta de Hernán a Tatiana.
“Un muy buen argumento para una serie de humor negro”, pensó Alberto, sonriendo muy a su pesar.
Entonces fue que escuchó algo moverse unos cuantos metros más adelante en el camino, el sonido de unos pasos y un par de guijarros golpeando el suelo en pleno silencio. Podría haber sido su imaginación, una falla en la recepción de estímulos producto de su deshidratación, hambre y el desesperante frío que le estaba matando lentamente, pero sus ojos, acostumbrados a la ausencia de luz en el paisaje, se percataron de la figura cuadrúpeda de un animal detenido frente a él. Alberto no creía que se tratara del mismo perro que había ladrado hacía un rato (menos aún el que le había respondido), pero bien podía ser otro completamente distinto a ellos. “Uno más agresivo y hambriento”, se dijo el joven, relamiéndose los labios resecos por el miedo.
Alberto buscó una piedra de tamaño considerable cerca suyo sin quitarle la mirada de encima al animal; el perro –o lo que fuera– parecía esperar una acción de su parte, cualquiera, para reaccionar. Si él atacaba, Alberto se defendería; de otro modo, la escaramuza que se podía desarrollar entre ambos podía ser fácilmente evitada.
La mano derecha del joven se cerró en una piedra un tanto más grande que ella, suficiente para alejar al maldito animal en caso de que le atacara. Con ella en ristre, pudo sentirse un poco más sereno y seguro. Ya no tenía tanto miedo a la sombra que se proyectaba contra él. Sólo debía esperar su reacción y ver qué pasaba.
La sombra olisqueó el aire, y Alberto no tuvo duda de que se trataba de un perro. El animal parecía inseguro, como si no terminara por convencerse si lo que tenía al frente podía servirle como ayuda para garantizar comida, como comida en sí, o si continuar con su camino sin interrumpir nada que terminara por poner en peligro su vida. El joven lo miraba extasiado, preparado para cualquier cosa.
El perro dio un paso inseguro hacia él, y al no obtener una respuesta de su parte, avanzó otro tanto, ansioso.
Alberto, por su parte, apretó la piedra en su mano con más fuerza. Se sentía completamente capaz de matar al perro a golpes en caso de ser necesario. Total, pensó, no hay nadie en kilómetros a la redonda capaz de enjuiciarme por ello.
El joven contuvo la respiración por un breve instante mientras el animal no dejaba de acercársele; no lograba verlo a cabalidad, pero lo sentía cada vez más cerca y resuelto. Alberto no pudo evitar recordar al hombre que cortaba el pasto de los jardines de las casas allá donde había nacido; los vecinos que lo habían encontrado dijeron que habían partes de su rostro en las que incluso se veía el cráneo pelado, como en los dibujos animados.
¿Me encontrarán así mañana cuando vuelva a transitar la gente por este camino?, se imaginó el joven, ideando la mejor manera de propinar un golpe con la piedra que encerraba en su mano.
Sin embargo, cuando faltaban no más de unos seis metros para que el animal llegara hasta su lado, éste, de repente, miró en todas direcciones, desesperado, y huyó por el mismo lugar por donde había aparecido, engullido por la negrura que lo reinaba todo.
Alberto, por su parte, quedó paralizado sin entender muy bien qué ocurría. Después de unos segundos, se dijo que qué importaba: al menos el perro no le había atacado, y en aquello se constituía su pequeña victoria.
El joven estaba en eso de arrojar lejos la piedra que tenía en su mano cuando sintió la presencia de un ronroneo acercarse en dirección suya. Al principio desconoció el ruido que se aproximaba, pero no le bastó mucho tiempo para saber que era imposible equivocarse con algo que venía escuchando desde su departamento en la ciudad desde hacía tantos años. A diferencia de un relámpago y su trueno, en esta ocasión Alberto escuchó primero el sonido y después vio la luz venir hacia él.
Era, cómo no, un vehículo, el primero que veía y sentía desde hacía horas.



El joven se detuvo a un lado del camino y comenzó a agitar sus brazos en dirección al vehículo que se aproximaba. Venía del lado contrario, como si regresara de la ciudad, pero Alberto sabía que si lo dejaba pasar, otra oportunidad como esa probablemente no llegaría hasta bien entrada la madrugada, o tal vez hasta el día siguiente; y para el día siguiente, aún podían ocurrir muchas y desagradables cosas: como morir devorado por perros hambrientos, por ejemplo, o perderse en la inconsciencia y ser encontrado congelado entre medio de las piedras cuando el sol lo permitiera. Frente a tales panoramas, Alberto creyó que preguntar y solicitar un poco de ayuda era mucho mejor que no hacer nada por salvar su vida.
            El vehículo era una camioneta, a juzgar por sus luces y su tamaño. Por un momento Alberto temió que el conductor no se percatara de su presencia en el camino y acabara por atropellarlo como a un conejo hipnotizado por los focos, pero al advertir que éste comenzó a aminorar la velocidad a medida que disminuía la distancia entre ellos, supo que sus movimientos desesperados habían dado frutos.
            Alberto no podía contener su felicidad: fuese cual fuese la respuesta del conductor, había dado un gran paso al llamar su atención y detenerlo en medio de la nada; lo demás se trataría de un asunto de buena o mala, muy mala suerte, nada más.
            El chofer manejó su camioneta con cuidado hasta dejar la ventanilla de su puesto a la altura del rostro de Alberto. Era un hombre de unos bien cuidados cuarenta años, el pelo corto al estilo militar y una nariz similar a la de los emperadores romanos. Tenía un aire tranquilo, como si en ese viaje de retorno a casa (¿podía asegurar Alberto que ese hombre vivía por las cercanías y retornaba a casa desde su trabajo en la ciudad?) se hallara la quintaesencia de la tranquilidad y la armonía. A Alberto le dio muy buena espina.
            −Hola –le saludó éste, tímido y acucioso a la vez.
            −Hola, chico –le dijo el hombre, enseñándole una sonrisa alentadora−. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
            Un torrente de ideas, pensamientos y palabras inundaron la cabeza de Alberto en cuestión de segundos, pero por su propio bien, debía serenarse; no fuera que el hombre pensara que se hallaba frente a un maldito demente capaz de matarlo ahí mismo y robarle su camioneta, como en esos casos que aparecían con cada vez más frecuencia en las noticias.
            −Quería saber… −dijo Alberto, con la voz completamente pastosa. Se aclaró la voz antes de continuar−. Quería saber si me puede ayudar. Necesito de su ayuda. Es urgente.
            −¿Urgente? –El conductor lo quedó mirando extrañado−. ¿Te asaltaron? ¿Te han hecho daño?
            Alberto se dedicó una rápida inspección para recordar que sus pantalones estaban meados (aunque un tanto más secos) y que contaba con una única camisa para abrigarse en una noche que pedía a gritos al menos una chaqueta más para combatir sus bajas temperaturas.
             El joven no sabía por dónde empezar: habían sucedido tantas cosas ese día, que no tenía idea sobre qué contarle primero; porque de una u otra manera, debía tener cuidado con lo que decía: Alberto tenía muy claro que a la gente no le gustaba prestar ayuda cuando existía la posibilidad de involucrarse en casos peligrosos o relacionados con la ley.
            Sin embargo, el chofer pareció intuir su disyuntiva.
            −¿Quieres que te lleve a la ciudad, cierto?
            Alberto, sin poder creer su buena suerte, asintió.
            −Ven, súbete –le dijo el hombre, indicándole con un ademán el lado del copiloto.
            −Pero estoy… sucio –le dijo el aludido, muerto de vergüenza. No sabía cómo decirle (o hacer alusión) a que se había meado encima hacía unas cuantas horas atrás, mientras dormía en el suelo bajo una cama.
            −Eso no importa, puede arreglarse –sentenció el conductor−. Mejor sube, que hace frío.
            Sin decir una palabra más, Alberto vadeó la camioneta por delante de sus focos y abrió la puerta del lado del copiloto, sintiendo una vaharada de aire calefaccionado contra su cuerpo. El ambiente adentro le sentó como una delicia.
            El conductor no pudo evitar disimular una leve mueca de asco al sentir el penetrante olor a amoniaco que acompañaba a Alberto, mas hizo como si no hubiera sentido nada y echó a andar su camioneta con la vista pegada al frente.
            Por un instante en que se sobresaltó un montón, Alberto tuvo la rápida idea de que el hombre lo llevaría de nuevo a la casa de Hernán, pero al cabo de un rato se dio cuenta que éste no hacía otra cosa más que buscar un espacio considerable en el camino para maniobrar el vehículo y cambiar de dirección hacia la ciudad. Luego de eso, pudo volver a respirar con más tranquilidad.
            −¿Cómo te llamas? –le preguntó el conductor, sin quitar la mirada del camino.
            −Alberto –respondió el aludido. Por un momento, Alberto supuso que preguntarle su nombre de vuelta sería un descaro después de haber recibido un aventón de su parte; pero la responsabilidad de continuar con el diálogo le hizo proseguir−. ¿Cómo se llama usted?
            −Alberto –dijo el hombre, luego de unos segundos−. Somos tocayos –añadió con una sonrisa.
            −El mejor nombre de todos –dijo el joven a modo de broma, y los dos rieron desternillados. Alberto no podía obviar el hecho de que no había reído en ningún momento durante ese día.
            −¿Qué te trajo por estos lares, chico? –quiso saber el conductor, utilizando ese acento propio de los que tienen una buena situación económica.
            Alberto se mordió un labio sin saber qué decir, pero cuando tomó una decisión al respecto, ya se encontraba soltando la verdad más sobrecogedora de todas.
            −Vi un asesinato –dijo éste, y sintió cómo un silencio se extendía por todo el interior del vehículo−. Vi cómo un hombre mataba a su esposa.
            El conductor no supo qué decirle en primera instancia.
            −¿Un asesinato? ¿Cómo?
            −Verá –comenzó Alberto−, una amiga me invitó a su casa sin saber que su marido llegaría en cualquier momento.
            El Alberto conductor le miró de soslayo, atento.
            Y como éste no dijo nada, el Alberto joven supo que debía seguir con su historia.
            −Y bueno, el hombre llegó y acusó a su esposa de infiel, de que él había preparado todo eso para pillarla en pleno acto.
            −¿Y tú dónde estabas?
            −Me escondí –dijo el joven, azorado−. No pude hacer otra cosa –se apresuró a agregar, como si no quisiera que pensaran lo peor de él.
            −No te preocupes. Uno hace lo que debe hacer para sobrevivir y contar lo ocurrido a los demás; de otra forma la muerte de esa mujer no valdría nada, ¿no?
            Alberto afirmó sintiendo una ola de agradecimiento hacia ese hombre.
            −¡Exacto!
            −Y ese hombre, ¿no sabes dónde fue?
            −No lo sé… Me quedé dormido en el lugar donde… estaba escondido.
            −¿Y no roncaste o algo por el estilo? –inquirió el hombre, mostrando cada vez más interés en la conversación−. Podría haberte descubierto por tus ronquidos, ¿no?
            −No… no lo sé. No lo había pensado de esa manera.
            El Alberto conductor, sin quitar la vista de las sombras esparcidas por la potente luz de su camioneta adelante, sonrió enigmáticamente.
            −Pues es toda una suerte que estés vivo, ¿no?
            −Sí, lo mismo pienso –dijo el aludido como por decir algo. Ahora sentía el cuerpo agotadísimo, con los músculos relajados pero gomosos, como si no tuviera nada adentro de ellos. La cabeza empezó a adormecérsele, como cuando estudiaba hasta tarde por la madrugada y ya no podía leer una palabra más de las fatídicas guías que le entregaban sus profesores. Los ojos, por su lado, eran verdaderos pozos con vidrio molido en su interior. “Si me hubiera detenido a descansar en el camino, de seguro me quedo dormido”, se dijo Alberto, contento de haber tomado la decisión de seguir avanzando y no descansar a un lado del camino.
            El Alberto conductor dio un suave respingo, como si recordara algo de repente, y metió su mano derecha en uno de los recovecos debajo de la radio del vehículo. De ahí sacó un paquete de cigarros, el cual abrió con un movimiento de la mano y se la extendió hacia el Alberto copiloto.
            −¿Quieres uno, chico? –le ofreció el primero.
            Alberto se encontraba en pleno proceso de dejar el vicio de los cigarros tanto por motivos de salud como económicos, pero ahora que le invadía esa sensación de estar viviendo una nueva oportunidad para poder hacer bien las cosas, un poco de humo en sus pulmones se le antojaba una de las insignificancias más grandes de la vida.
            Alberto le agradeció el ofrecimiento al chofer y extendió sus dedos para sacar un cigarro del paquete. Sus falanges, por desgracia, se hallaban tan temblorosas por el frío que aún no abandonaba su cuerpo, que no pudo impedir volcar unos cuantos de ellos sobre la caja de cambios y el suelo del lado del conductor.
            −¡Oh, no, lo siento, por favor, no fue mi intención, yo…!
            −Tranquilízate –le dijo el hombre, encendiendo la luz del interior de la camioneta sin quitar la vista del frente−. ¿Los ves ahora?
            −Sí, acá los veo –replicó el aludido, agachándose para lograr alcanzar los dos cigarros que habían caído del lado del hombre. “¡Cómo puedes ser tan tonto!”, se dijo el joven, totalmente avergonzado: le daban una ayuda que cualquier otra persona se lo hubiera negado y él venía y despreciaba los cigarros que, por agregado, le ofrecían. Alberto estaba en eso, extendiendo sus dedos para evitar que su cabeza quedara en una posición incómoda (e indecorosa para el conductor), cuando le asaltó una sensación de lo más extraña: la visión de los pies del hombre moverse entre los pedales que movían el vehículo, calzados con unos zapatos de cuero negro de aspecto muy caros, produjeron en él una vaga impresión de familiaridad. No sabía a qué podía referirse la emoción que le asaltó de repente, pero ahí estaba: adherida a él, como si quisiera advertirle de algo. Con toda seguridad podría haber visto unos zapatos parecidos en los pies de su papá la última vez que estuvo con él en casa, o a alguna persona bien vestida transitando por la misma calle que él –abrochándose las agujetas sobre una de las jardineras que habían a un lado de ésta, por ejemplo−, mas sentía que en aquel detalle había algo muy urgente.
            −¿Los puedes ver? –quiso saber el Alberto conductor−; porque si no puedes, no importa, hay más en la cajetilla.
            Fue entonces que el Alberto joven lo entendió: era su voz; y sus zapatos…
            Alberto levantó la mirada lentamente, con los engranes de su cerebro procesando la información de una manera trastornada, hasta encontrarse de frente con los ojos destellantes del conductor. No se parecía en nada a la imagen que tenía en su cabeza, pero ahí estaba, manejando el vehículo que lo llevaba de vuelta a la ciudad.
            El hombre tras el volante pareció comprenderlo de inmediato.
            −Hernán –alcanzó a decir Alberto antes que el conductor le diera un fuerte puñetazo a la altura del pómulo. Fue una suerte que por ir manejando, el golpe recibido no diera de lleno en su blanco, porque la mano parecía hecha de metal puro.
            Alberto se puso alerta y se defendió del siguiente ataque, cubriéndose con su brazo. Por un fugaz instante, pudo ver la cara del chofer roja de ira, la cara de un hombre que ha descubierto que su esposa está a punto de serle infiel con un imbécil de mucha menor edad que ella.
            El joven se arrellanó en la esquina de su asiento para liberar sus piernas cansadas y doloridas y así usarlas para atacar y defenderse. De esta manera, totalmente desesperado y con el corazón desbocado, empezó a darle golpes en la cara y en las manos a Hernán, buscando dañar antes de ser dañado. Alberto tenía plena consciencia de que el hombre que tenía al frente era el mismísimo infierno.
            Hernán daba unos golpes fuertes, y a pesar de estar concentrado también en no salirse del camino y terminar chocando la camioneta contra una piedra, cada vez fallaba menos, adormeciendo aún más los entumecidos músculos del joven.
            Alberto estaba fuera de sí: si Hernán lo alcanzaba, estaba frito, iba a sufrir mucho.
De solo pensar fugazmente en lo que podría haber hecho Hernán con él, si él no hubiera descubierto su identidad justo a tiempo, Alberto sintió un repentino estremecimiento.
Y luego de ese estremecimiento, vino todo lo peor.



Alberto primero lo vio en los ojos de Hernán, que se abrieron un montón al dirigirlos en dirección al camino; después lo sintió en el cuerpo, cuando el vehículo se salió de control y todo el mundo empezó a dar vueltas y más vueltas. Por último, luego de verse golpeando su cuerpo una y otra vez contra el techo y el suelo de la camioneta, supo que todo estaba acabado y que ya no había más vuelta que darle.



Todo fue oscuro por un puñado o más de minutos; pero para Alberto ese periodo de tiempo bien podría haber sido una eternidad o un miserable segundo. Presintió el peligro antes de abrir los ojos, incluso antes de estar consciente. Era como si algo intentara devolverlo a su cabeza, jalando una cuerda invisible conectada a él.
            Todo continuaba oscuro, pero ahora había una luz anaranjada parpadeando en algún lugar afuera de su vista, iluminando lo que parecía mucho vidrio y plástico y fierros esparcidos entre las piedras y los arbustos.
La cabeza le dolía horriblemente, al igual que el resto del cuerpo. Alberto, por más que lo intentaba, no conseguía moverse. Algo raro le estaba pasando: no podía enfocar bien las cosas, así como tampoco podía mover sus extremidades. Quizá había pasado mucho rato en la misma e incómoda posición. Alberto tenía la impresión de haber pasado por algo muy parecido durante las últimas horas. ¿O había sido todo un sueño?
Alberto vio algo moverse por el rabillo del ojo; se había alzado, una sombra incorporándose en la noche. En un comienzo se vio erguida, como una estatua, pero al cabo de unos pasos en su dirección, ésta se desplomó levantando un montón de polvo. En algún lugar, la luz parpadeante seguía haciendo acto de presencia, como si solicitara ayuda con suma urgencia.
El joven tosió algo de aspecto líquido y viscoso, mas no conseguía ver de qué se trataba. Estaba todo tan oscuro…
Las piernas ya no le dolían: se sentían lejanas, de otro mundo, y lo que era peor, no hacían caso de sus órdenes. Lo mismo sucedía con sus brazos: eran unos inútiles.
Alberto intentó gritar, pedir ayuda, llamar la atención de alguien, cualquier persona, pero de su boca solo salió un gorjeo ininteligible, acompañado de un líquido de la misma consistencia que la vez anterior. El joven no conseguía comprender qué ocurría.
Su visión se iba haciendo cada vez más borrosa: las luces perdían su fuerza, sus tonos, y todo lo que le rodeaba comenzaba a adquirir ese efecto difuminado que dominaba la mayoría de las imágenes de sus sueños y pesadillas.
Entonces lo vio de nuevo: la sombra por el rabillo del ojo. Aunque esta vez no se alzó en ningún momento.
            Pero se arrastraba hacia él, como si estar a su lado, ponerle las manos encima, fuera su último designio en su vida.