Este jardín de penumbras, Capítulo #6

Afuera de la casa había una reja enorme que contaba con un sistema de cierre electrónico. Alberto no lo recordaba bien, pero ésta medía más de dos metros, y por lo que respondía su propia imagen mental de ésta, probablemente contara con púas filosas en su extremo alto. Quizá no fuera tan difícil saltarla, pero siempre existía el temor de quedarse enganchado en ellas y terminar desangrado como un animal.
            El joven, sin embargo, estaba decidido: saldría de esa casa aunque le costara la vida.
            Tal vez fuera probable que Hernán ya no estuviera ahí, compartiendo ambos el mismo techo. Alberto tenía la idea –peligrosa, por cierto– de que no había nadie más que él adentro de esa casa: no se escuchaban ruidos (más que el tic tac tic tac del reloj en algún lugar de la casa), no se oían pasos, no se sentía vida. ¿Qué otra cosa podía estar ocurriendo?
            Y bueno, si Hernán de verdad estaba ahí, agazapado, esperándolo, ya vería cómo solucionarlo y deshacerse de él. Quizá el balance de las cosas por fin estuviera cambiando a su favor…
            Alberto tomó aire –sintiendo relámpagos de dolor por todos los músculos de su cuerpo– y utilizó sus antebrazos para despegar su cuerpo del suelo de madera meado. Sus pantalones hicieron un sonido de chapoteo al desprenderse de éste que le pareció extrañamente cómico. Iba para la tercera década y seguía meándose mientras dormía. ¡Qué dirían sus amigos si lo supieran!
            El joven creyó que no lograría mantenerse por mucho tiempo en la postura que estaba sin conseguir caer dolorosamente contra el piso. Sentía los músculos como de cera, desinflados, intolerablemente débiles.
Alberto apretó los dientes de tanto esforzarse.
Era una sensación horrible, el tener los brazos en ese estado. Estaban ahí, pero no respondían, no podían ejecutar lo que se les ordenaba.
Alberto pensó en sucumbir y esperar un rato, pero una pasión obstinada como nunca antes había sentido le hizo –a pesar de todo– levantar su mano izquierda y llevarla un palmo más allá de distancia, permitiendo así que la otra pudiera operar de la misma manera. Alberto avanzó un palmo, dos, tres, cuatro palmos arrastrando su cuerpo, sintiendo la poza de orina moverse bajo él…
Llegó un punto en que creyó que caería estrepitosamente contra el suelo y no podría levantarse de ahí en lo que le restaba de vida, o bien hasta que le cortaran los brazos. Pero luego de sentir un brío que parecía el de otra persona encarnado en él, consiguió salir al espacio que había entre la cama y el mueble de la izquierda que ahora no eran más que siluetas oscuras en la habitación. Acto seguido hincó sus rodillas en el piso –sintiendo sus piernas volver a la vida atacándole con violentas punzadas y crujidos– y se incorporó trabajosamente, apoyándose en un brazo, después en el otro, primero un pie, luego el otro; esa acción, que rutinariamente se le hacía tan común, tan fácil (a menos que estuviera con resaca o resfriado, claro), ahora se le antojaba la más compleja y dolorosa del mundo. Era como estar en un cuerpo ajeno, recibiendo una tortura.
Al principio Alberto pensó que su humanidad se inclinaría irremediablemente hacia atrás y acabaría por estrellarse contra lo que fuera que tuviera a sus espaldas, no obstante logró estabilizar su cabeza y piernas justo a tiempo. Frente a sus ojos bailaban las mismas estrellas brillantes que le asaltaban cada vez que se le subía la presión o se levantaba muy rápido de la cama. Los oídos le zumbaban; el cuerpo, sus músculos, valían una porquería. De hecho, era tanto así, que le atacaba la sensación de que sus piernas no podrían sostenerlo por más tiempo: Alberto sentía que éstas se quebrarían bajo su propio peso de un momento a otro, dejándole a merced de quien lo sorprendiera ahí, vencido y humillado.
El joven se apoyó en el mueble a su izquierda (moviendo unos cuantos objetos que no alcanzó a vislumbrar de su lugar) y esperó a que su cuerpo se acostumbrara a su nuevo estado.
La sangre volvía a fluir por sus venas sin mayores problemas, provocando que sus extremidades regresaran a la vida, lo que también provocó que éstas se llenaran de pequeños y tensos focos de dolor. Tampoco durará por siempre, pensó Alberto, respirando y exhalando aire a un compás sosegado. Estaba claro: sólo debía ser paciente. Nada podía durar por siempre.
Si hubiera alguien en casa, con toda seguridad ya se habría percatado de su presencia luego de tanto ajetreo en el cuarto para visitas –si es que las hubo algún día–. Por lo mismo Alberto juzgó que no importaba tanto si metía algo de ruido o no, trastrabillando o moviendo de casualidad ciertas cosas de su lugar: estaba solo, en esa casa no había nadie más que él.
El primer paso fue brutalmente lacerante: Alberto sintió que cada vez que apoyaba el pie en el piso, éste parecía deshacerse, perder toda la fuerza que podía mantenerlo incorporado y en movimiento. De no tener el mueble del cual poder aferrarse a su lado, sin duda habría caído de alguna manera u otra como venía temiendo desde que había salido de la cama. No obstante, por fortuna, los hogares siempre contaban con cosas útiles como el mobiliario: te entraban ganas de desmayarte o caer de bruces al suelo y bueno, ahí estaban los muebles, dándote una gran oportunidad para no morder el polvo y perder algo más que unos cuantos dientes en el proceso.
El segundo paso contó con un efecto muy similar –y penetrante– que su predecesor. Sin embargo, la gravedad de los que le siguieron fue disminuyendo considerablemente a medida que el joven se acercaba al umbral que conectaba con el vestíbulo.
Alberto se detuvo por un momento, como si olvidara algo de suma importancia ahí dentro. Entonces recordó que en su antiguo puesto –qué extraño sonaba eso– estaba su celular y la única prenda de vestir con la que podía enfrentarse a la noche allá afuera. Agacharse para recuperarlos fue otro suplicio que tuvo que aguantar haciendo rechinar los dientes. Por un instante creyó que sus piernas acabarían por quebrarse en dos en cualquier instante, así sin más.
Debajo de la cama todo era más oscuro que el mundo que lo rodeaba. Alberto extendió su mano (sintiéndola hecha de chicle) hasta la zona más pegada a la pared, tanteando con todo el cuidado que le permitía su brazo ya no tan acalambrado, mas no lograba dar con nada. Las dimensiones y los espacios parecían haber sufrido ciertos cambios una vez hubo salido del reducido escondrijo en el que se ocultaba. Por lo mismo decidió inclinar aún más la cabeza y echar un vistazo ahí debajo por si conseguía dar con lo que buscaba. Pero ahí estaba Tatiana con su cabeza reventada por el disparo, en la misma posición en la que él había presenciado su horrible muerte esa mañana, mirándolo fijante, con los ojos –lo que quedaba de ellos–encendidos por el rencor y el miedo. Tenía una mano estirada hacia la suya, como si intentara alcanzarlo y hacerle pagar sus desdichas.
–Alberto…
La sangre del joven se heló en cosa de segundos. ¡No podía ser posible: Tatiana estaba muerta! ¡Aquello no podía ser verdad!
–Alberto… –volvió a susurrar la mujer entre las sombras, con una voz fría como el hielo. Alberto pensó que aquello no estaba sucediendo, no podía estar sucediendo.
Tatiana se veía como en su pesadilla: con un cráter inmenso en la cabeza, un ojo completamente perdido y la boca esbozando una expresión totalmente desacorde con su estado. Su piel pálida se veía corrupta, amoratada, como si ya hubiesen pasado unos cuantos días desde su deceso.
(esto no es verdad, esto no es verdad, esto no es verdad)
Esto, simplemente, no podía ser verdad.
Alberto cerró los ojos, apretándolos con fuerza, pidiéndole a Dios que por favor detuviera esa locura, y más por azar que por cualquier sentido precognitivo, dio con algo suave y apelotonado a su izquierda, junto con un aparato pequeño y familiar, a unos escasos centímetros del alcance de la muerta.
Por un momento fugaz, Alberto pensó que la mano de Tatiana terminaría por cerrarse en la suya –escuchó incluso el gorjeo lleno de emoción de la mujer al capturarlo, riendo, salpicando sangre al hacerlo–, pero su ademán fue mucho más rápido que el de ella. Acto seguido, salió de su posible alcance arrastrándose contra la pared contraria a la cama lo más rápido que le permitieron sus atrofiados músculos. Su pulso se hallaba totalmente descontrolado. En cualquier instante Tatiana se asomaría por debajo de la cama y seguiría su camino hacia él
(Alberto)
(Alberto)
(Alberto).
El joven tuvo la consideración de deshacer el nudo en el que se había convertido su única prenda de vestir y ponérsela ahí mismo, preparándose para la noche y la temperatura del exterior, pero ante la tentativa de ver a un muerto salir de las sombras, extendiendo las manos hacia él, chorreando sangre de la profunda herida en su cabeza, prefirió levantarse y salir de ahí como cuando era niño y no podía aguantar la oscuridad que lo envolvía todo cuando el sol desaparecía tras los cerros y el mundo.
Alberto intentó incorporarse apoyando sus manos en la pared tras él con todas sus fuerzas, atacado por serios calambres en sus pantorrillas. Era como aprender a levantarse una vez más en la vida, o algo por el estilo. De seguro la gente rehabilitada tenía una sensación parecida a la que tenía él en ese momento cuando conseguían vencer las adversidades de su destino. Tal vez estoy volviendo a vivir, especuló Alberto, mucho más optimista que hacía unas horas atrás.  
Hasta que vio las manos blancas de Tatiana aparecer del espacio bajo la cama, arrastrándose en un silencio absolutamente sobrenatural por el piso. Alberto sostuvo la idea que aquello no podía ser otra cosa más que una escena producida por su mente alterada por tantos acontecimientos vividos ese día, pero frente a toda posibilidad, prefirió no ponerse en riesgo y comprobar que, después de todo, cosas así –ver a un muerto salir debajo de una cama, burbujeando su nombre sin descanso– podían sucederle a cualquier persona.
No obstante en el vestíbulo también había alguien. Era una sombra recortada contra la penumbra, sentada en el asiento contiguo a la ventana que le había brindado la luz para ver una porción de lo ocurrido durante la mañana. Parecía cómodo, expectante, como si por fin toda su paciencia cosechara los frutos que había deseado.
La cabeza de Alberto disparó de inmediato el nombre de Hernán, no podía tratarse de otra persona. El perfil de la sombra constituía completamente la misma imagen mental que éste tenía del esposo de Tatiana: ancho de hombros y cuerpo, y con una postura erguida, propia de quien acostumbra a dar órdenes siempre acatadas.
Alberto se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Hernán lo miraba fijo, sin inmutarse, como si rumiara las posibilidades más dolorosas para acabarlo.
El joven pensó en decir algo, disculparse, tratar de arreglar las cosas mediante las palabras, pero de un modo u otro, estaba completamente jodido. No había nada qué hacer en su caso.
Alberto se relamió los labios, tratando de dar con una solución a su problema con el corazón en un puño.
No obstante su mente, una clase de instinto, le susurró que pusiera más atención a los detalles que se presentaban ante sus ojos. La sombra, en primer lugar, no parecía estar viva; no respiraba: su pecho no se alzaba ni bajaba según el ritmo de su respiración. “Porque no vive”. En segundo lugar tampoco se movía, ni siquiera un poco. Absolutamente nada.
“¡No es Hernán!”.
Claro que no era Hernán: sólo se trataba de uno de los asientos del living que, visto desde cierto punto, en medio de un mar de penumbras, tenía el aspecto de sostener a alguien encima. Mas Alberto no pudo evitar recordar la pesadilla que tuvo bajo la cama y relacionarla con este detalle. Bien podía ser que su propio destino estuviera advirtiéndole de algo, recordándole que su victoria no estaba asegurada después de todo y que debía tener mucho cuidado con lo que hacía…
“Como si no lo supiera”.
Entonces la escuchó de nuevo:
–Alberto. Ven, Alberto…
El aludido miró por sobre su hombro sólo para darse cuenta que Tatiana ya llevaba más de medio cuerpo afuera de la cama. Lo miraba por su único ojo, con un brillo espantoso y ávido recubriéndoselo. A la luz tenue que entraba por la ventana, la mujer se veía mucho más real de lo que Alberto hubiera querido.
¿Y si ella de verdad estaba ahí, arrastrándose por el suelo como un alma en pena? Quizá fuera su rabia por haber muerto de aquella manera tan horrible la que le trajera otra vez al mundo de los vivos; tal vez sus deseos de venganza y muerte fueran mucho más grandes que las leyes que manejaban los aspectos acostumbrados de la vida. Quién podía saberlo, en realidad. Alberto sólo tenía plena conciencia de que si todo seguía así, acabaría por volverse completamente loco mucho más temprano que tarde.
El joven dio un paso atrás; luego otro, más decidido; para cuando fue a dar el tercero, giró sobre sus talones y avanzó por las sombras tanteando la estantería llena de libros a su izquierda, hasta que dio con el pasillo que llevaba a la misma puerta por la que había entrado esa mañana. Por un momento temió que ésta se hallara cerrada con llave, imposibilitándole de su primera chance de escape; no obstante –sin saber si por descuido o debido a una nueva jugada de su buena suerte– ésta se abrió sin ninguna clase de problema.
Así, Alberto salió a la fría noche que le esperaba afuera, sintiendo cómo sus músculos volvían a contraerse por el fuerte cambio de temperatura. Por lo mismo, sin poder reprimir que sus dientes terminaran castañeando horriblemente, Alberto sacudió su camisa para que se alisara con el viento y se la puso encima, maldiciendo la estupidez que esa misma mañana le hizo olvidar su preciada chaqueta en el taxi que le trajo hasta ahí. El joven debía aceptar que su temperatura corporal subió al menos en cierto grado gracias a la ayuda de su camisa –porque de todas maneras peor era no tener nada encima–, sin embargo no podía decir lo mismo de sus pantalones y zapatillas meadas y húmedas, concentrando un frío de mierda en sus piernas y pies. Alberto consideró la idea de quitárselos y andar el camino de vuelta a casa sin ellos, o al menos hasta que se secaran un poco. Pero en realidad no sabía qué era peor: si caminar desnudo de la cintura para abajo, o mojado tal y como se hallaba en ese momento.
Bueno, se dijo, ya vería cómo solucionaba ese asunto. Ahora tenía cosas más importantes e inmediatas en mente que solucionar.
El joven observó que la muralla que separaba la casa del camino de tierra del otro lado medía eso de un metro de altura, con una reja cubriendo otro metro y tanto más. Debido a la escases de luz, Alberto no podía distinguir si ésta contaba o no con picos en su extremo superior capaces de atravesar sus bolas y dejarlo ahí, totalmente ensangrentado y atrapado.
Pero qué mierda, le dijo una voz llena de valor y disposición, ya estaba afuera de la casa, estaba vivo y no tenía otra escapatoria. Era eso, o quedarse ahí, agazapado esperando hasta el día siguiente.
Hasta que llegara Hernán.
O hasta que lo tomara Tatiana.
Por lo mismo, Alberto se acercó al sector de la muralla colindante a la reja electrónica y se encaramó en ella, volviendo a sentir un dolor sordo en sus piernas. Por unos breves segundos, mientras sus manos se cerraban en los fríos y oxidados fierros de la reja para darse impulso, Alberto pensó en la posibilidad de entrar en la casa y pulsar el interruptor electrónico que había en la cocina para hacer las cosas mucho más fáciles. Mas la sola idea de sentir la presencia de Tatiana arrastrándose por el piso
(tomándole del tobillo, gorjeando su nombre)
le hizo seguir con su objetivo adelante. Muerto de frío y con los músculos cada vez más agarrotados por su demoledor efecto, el joven ubicó su pie derecho entre dos barras de fierro de tal manera que se ejerciera una presión entre ambos, permitiendo así la posibilidad de impulsarse y poder hacer lo mismo con la izquierda.
En un principio Alberto creyó que terminaría por torcerse uno de sus pies debido a una mala postura o fuerza mal ejecutada contra los fierros, pero una vez hubo ubicado su pie izquierdo donde deseaba, consiguiendo así un nuevo punto de apoyo para levantar la otra extremidad hasta el tope de la reja (coronada con picos filudos y ansiosos, por supuesto), pudo encontrar un espacio libre para poder sentarse y planificar cómo sería su descenso al otro lado.
Ya estaba en la cima: llevaba el cincuenta por ciento de su trabajo finalizado; pero sabía que si caía mal o perdía el equilibrio mientras bajaba hacia el camino de tierra, podía resultar seriamente lesionado al estrellarse contra él. Romperse un brazo, una pierna, o dislocarse un hombro en la caída, podía significar un gran factor para arruinarle su vuelta a casa. Por lo mismo respiró hondo (sintiendo el aire helado dañarle su piel nimiamente protegida contra él) y se aferró al fierro de la reja en el que estaba sentado procurando no cortarse con sus picos. De esta forma concentró toda su fuerza en sus manos y alzó su pierna izquierda todo lo que pudo, trazando un arco sobre uno de los picos a su lado. Así, sin mayores problemas, y una vez estuvo seguro de que no se haría mierda contra el suelo por culpa de su torpeza, Alberto logró poner sus dos pies contra la muralla que sostenía los fierros en los que se apoyaba. La siguiente acción –dar un pequeño salto hacia atrás, seguro de que las distancias claramente no le provocarían daño alguno– se le antojó fácil y llena de buenos augurios.
Alberto, que por un instante se vio muerto por la misma arma que mató a Tatiana esa mañana, no pudo evitar sentir una oleada de regocijo al verse del lado opuesto de la reja que tenía ahora frente a sus ojos.
Simplemente no podía creerlo: ¡estaba afuera de la casa de Hernán, por fin!
            ¡Alberto lo había logrado!

Este jardín de penumbras, Capítulo #5

Las ganas de orinar se estaban tornando demenciales, y él no quería salir de ahí. Además de sentirse caldeado y soñoliento, tenía miedo de lo que pudiera encontrarse del otro lado de la puerta. Tenía miedo, claro, pero últimamente tenía miedo de muchas cosas; mearse encima era el menor de sus temores, definitivamente.
            La casa parecía sumida en un silencio sepulcral, denso, como si éste llenara todos los intersticios posibles, como si se tratara del aire mismo y sus moléculas omnipresentes; no se escuchaba ahí otra cosa más que sus propios latidos expectantes contra su pecho, esperando alguna señal de vida que le indicara que ahí no había peligro, que en el pasillo contiguo no había nadie y que podía ir al baño a vaciar su dolorida vejiga sin temer a que algo o alguien le saltara encima. Últimamente se sentía un poco fuera de sí cada vez que se encontraba solo en la oscuridad, rodeado por ella, como si ésta fuera capaz de recorrer la superficie de su piel con la facilidad y el tacto propio de unos dedos largos, escalofriantes y certeros, como arañas gigantes caminándole por encima.
            Allá afuera no se escuchaba ni mamá, ni papá, ni su hermano. Todos parecían estar durmiendo profundamente como nunca, sin roncar ni moverse de la manera inquieta de siempre por sus camas, haciéndolas crujir a cada movimiento.
            “Estás solo”, se dijo Alberto, como si acabara de dar una sentencia que esperaba recibir desde hacía tiempo. “Estás solo con la oscuridad, no hay nadie más”.
            Porque ahí estaba solo, era un hecho. Era de noche y en la casa no había nadie.
            “Aunque cuando traspases el umbral de esa puerta…”, pensó trémulo, y supo que entonces sería cierto; luego vendría el llanto lejano de la llorona, pobre mujer arrebatada de sus hijos y marido, dispuesta a vengar a los suyos. “Cuando salgas por ahí, ella te tomará del cuello y…”.
            Y bueno, él tendría que morir, naturalmente.
            Alberto tragó saliva
            (sintiendo la boca reseca, pringosa)
            y pensó que el asunto derivaba básicamente en quedarse ahí, siendo consciente de lo idiota que se había tornado con los años, mearse encima y tener que cambiar las sábanas y frazadas antes que los demás se dieran cuenta de su vergonzoso acto al día siguiente, o, claramente, hacerle frente a algo que simplemente residía en su cabeza, un algo cuya mejor y más letal arma era su propio miedo.
            “Ahí afuera no hay nadie, ahí afuera no hay nadie”, repitió mentalmente Alberto mientras intentaba serenarse. “La llorona no existe, débil de mierda. La llorona no existe ni nunca existió”.
            Todos sabían que la llorona era parte de un imaginario colectivo propagado por los adultos para inculcar miedo en las cabezas de los niños de su generación, cuando los niños aún podían sentir un miedo infame por todo lo que no conseguían explicar con sus inexperimentadas mentes. Pero él tenía miedo, a pesar de todo, y no podía evitarlo. No podía, no podía, no podía.
            Hasta que escuchó a alguien removerse en algún lugar del living.
El sonido podría haber provenido de cualquier otro sitio de aquella amplia casa, mas Alberto sabía que se trataba de alguien en el vestíbulo
(como si estuviera acomodándose en su sitio),
específicamente en uno de los sillones; no podía decir por qué, pero tenía plena consciencia de ello.
“Es mi papá”, se dijo Alberto, un poco más tranquilo. “Mi papá debe haberse quedado dormido mientras miraba la tele”. Ya había ocurrido en otras ocasiones que su papá se quedaba dormido en una posición un tanto incómoda mientras veía las noticias, y era tan difícil despertarlo o cambiarlo de lugar, que su mamá siempre optaba por dejarlo ahí, con una manta encima, hasta que despertara por la noche y se fuera a la cama de una vez por todas bajo su propia cuenta.
No obstante no había ronquidos; cosa rara, pensó Alberto.
Entonces el joven se levantó de su cama, sacando una pierna tras otra debajo de sus frazadas, y avanzó en dirección a la puerta del pasillo. La habitación se hallaba sumida en una penumbra fina, casi fantasmagórica, por lo que Alberto podía ver con una claridad poco usual para esas raras ocasiones en que decidía enfrentarse a la oscuridad reinante del otro lado del umbral. Por lo mismo no demoró en alcanzar el pomo de la puerta, abrirla y hallarse en ese largo camino hacia la salvación.
Sin embargo, motivado completamente por el instinto, Alberto miró hacia su derecha, y lo que vio le hizo encoger el corazón de puro terror. Ahí en el living, en el sillón favorito de su papá, se hallaba sentado un hombre. Mas ese hombre no era su papá, definitivamente: Alberto lo sabía por su postura, la espalda erguida, la cabeza expectante, por la pierna que tenía encima de la otra en una actitud que jamás se había hecho patente en su progenitor. Su papá podía ser un hijo de perra la mayoría de las veces, pero en pocas ocasiones lo había visto así, sentado como si esperara despedir al primer empleado que tuviera al frente por el mero acto de sentir placer. Además estaba el hecho de su constitución: el papá de Alberto era de contextura delgada pero musculosa; en cambio esta figura era más ancha, un tanto más gruesa, como la de alguien que no realiza mucho ejercicio debido a todo su trabajo de oficina.
El hombre del sillón parecía estarlo mirando fijamente, aun cuando el uno para el otro no era más que una sombra recortada contra la frágil penumbra de la estancia.
La figura oscura carraspeó, inclinando un poco más la cabeza, como si esperara atenta cualquier reacción de su parte. Daba la impresión de que estuviera intentando llamarle, de hacer que llegara hasta su lado. Pero Alberto sabía que hacerle caso sería fatal. Aquello sería completamente su perdición.
Alberto, sintiendo cómo una mano invisible y fría apretujaba su corazón de una manera alarmante, avanzó rápidamente hacia el lado contrario sin dejar de tantear la oscuridad que de pronto se había vuelto muy espesa, como granulada. No lo entendía, no tenía lógica, pero había sucedido.
Por lo mismo no importó que diera un paso acelerado tras otro en pos de su salvación: de todas maneras no logró dar con la esperada entrada del baño por mucho esfuerzo que realizara. El espacio restante, lo que debería ser apenas unos cuantos metros, se hacía eterno, cada vez más negro: era como entrar en una cueva, o en la guarida de alguien. Alberto de verdad no conseguía comprenderlo.
Hasta que la oyó llorar.
Primero fue un estrepitoso gemido que dejó helado a Alberto, inmóvil en medio de la negrura reinante. El sonido le trajo recuerdos, la vaga sensación de haberlo oído alguna vez, quizá, de algún familiar de los tiempos lejanos
(mi prima Sandra, o la Amanda, su hermana)
en un momento pretérito y aciago. Como en un funeral, por ejemplo.
Lo peor vino después.
Sin poder moverse
(sus músculos no le respondían)
(parecían estar paralizados),
Alberto sintió cómo los gemidos pasaron a ser un llanto sosegado, y el llanto a un sollozo capaz de congelar los huesos y los nervios de quien era lo suficientemente desafortunado para llegar a percibirlo. Porque la presencia de alguien, algo, estaba alejándose, y eso sólo podía significar la presencia de…
Alberto, quien no había sido lo necesariamente perspicaz para darse cuenta que al lado suyo había una ventana alta pero estrecha, tuvo miedo de mirar afuera y ver a una mujer alargada, con un deteriorado vestido blanco encima, de piel enfermiza, los ojos cocidos con hilo negro y la boca torcida en un ángulo impropio para alguien que estuviera vivo. Tuvo miedo de quedarse mirando la calle afuera y verla parada junto al poste de luz frente a la casa y no poder hacer nada para alejarla.
Alberto posó sus dedos junto al marco de la ventana y acercó su cara al cristal, como poseído. El joven tuvo la sensación de que la calle afuera estaba muerta de alguna manera, y no vacía por ser noche cerrada en plena madrugada. Sin embargo el llanto quedo persistía, y Alberto sentía que debía comprobar si sus miedos eran fundados o no; no quería saber que se hallaba totalmente aterrado por culpa de una idea tan infantil y fútil en su cabeza.
Entonces la cortina a su izquierda se estremeció, como si alguien la hubiera soplado desde el otro lado, y sin mayores preámbulos vio aparecer ante sí la mano pálida de la mujer que tanto temía, como si siempre se hubiera hallado escondida del otro lado del velo negro.
−¡Me mataste! –susurró la mujer−. ¡Tú me mataste!
Tatiana lucía un espantoso cráter en su cabeza, un cruel espectáculo de carne, tejidos y huesos despedazados. Le faltaba un ojo, y su sonrisa era una mueca asquerosa de dientes podridos y horadados. Llevaba encima un ligero vestido gris ceniciento que a Alberto se le hizo muy familiar. La luz mortecina de la luna que entraba por la ventana a su lado no hacía más que realzar sus detalles horrorosos y lo que quedaba de sus facciones.
−¡Tú me mataste! –volvió a murmurar Tatiana, lo cual era sumamente extraño, pensó Alberto en un instante fugacísimo, un chispazo, porque ella se hallaba al frente suyo sin ninguna clase de barrera, pero su voz parecía provenir de mucho más lejos, quizá de la calle, afuera, por ejemplo.
Alberto, aterrado, quería decirle que estaba equivocada, que él nunca había sido el culpable de tamaña desgracia, que si no le soltaba, se iba a mear encima, pero sus extremidades no respondían, parecían no estar unidas a él.
Aunque a decir verdad, nada en él parecía estar respondiendo. Alberto sentía cómo su cuerpo parecía relajarse poco a poco hasta dar paso a una especie de progresiva desconexión muscular. Empezó por los brazos, siguió en los hombros, y llegó hasta su bajo vientre.
−¡Tú me mataste, tú me mataste! –seguía repitiendo Tatiana, con su cara destrozada y su tacto corrupto. Alberto sólo quería decirle que se detuviera, por favor, que si no lo soltaba se iba a mear encima.
Pero ella acercó su cara a la de Alberto, los trozos de carne colgando, el hueco del ojo observándole como si ahí continuara el globo ocular, lo que quedaba de sus dientes a centímetros de su piel como si quisiera darle el último beso que no alcanzó a darle en vida. Alberto no podía soportarlo: ¡se iba a volver loco, Tatiana lo iba a volver loco!; ¡Tatiana había vuelto para volverle loco antes de llevárselo consigo!
−¡Esto es tu culpa, Alberto, es tu culpa!
Aunque pareciera imposible, la voz de la mujer empezó a apagarse aún más de lo que lo ya lo hacía, como si ambos estuvieran alejándose del lugar de donde provenía. Alberto supo entonces que era hombre muerto, que su fin había llegado
(¡no, no, no, no, no!).
Alberto quiso liberarse, hacerle frente a la mujer que tenía adelante, mas no pudo por mucho que lo intentó.
Así fue que cerró sus ojos, apretándolos fuerte, y empezó a rezar como lo hacía cuando niño y sentía miedo. Rezó con fuerza, como si de ello dependiera su vida
(porfavorporfavorporfavor).
Alberto dio un fuerte salto cuando las manos de la mujer apretaron con fuerza su cuello y sintió que algo se rompía entre ellas, dejándolo todo en silencio y paralizado por un breve instante.
Luego, naturalmente, se hizo la oscuridad.



Al principio creyó que era la transpiración, que se hallaba totalmente cubierto de sudor. Después se percató que no conseguía ver nada, que todo se hallaba inquietantemente muy oscuro. Y segundos más tarde advirtió un molesto y penetrante olor golpeándole las fosas nasales. Entonces supo que esto, lo que sentía ahora, era lo real, y lo que acababa de vivir no había sido más que un sueño.
            El pánico lo dominó, y lo hizo presa suya.
            Alberto, sin darse cuenta, como un imbécil, se había quedado profundamente dormido.



La casa se hallaba sumida en la oscuridad, cosa que le trajo vivos recuerdos de la pesadilla que acababa de vivir.
            Debían ser más de las ocho de la noche, a juzgar por la total ausencia de luz ingresando por la ventana del living. Si fueran las seis, o las siete, con toda seguridad habría algo de luminosidad en la estancia, pero no había nada. Era como tener los ojos cerrados, apretados con fuerza.
            Alberto intentó mover su brazo derecho en un acto instintivo, mas le fue completamente imposible. En vez de eso le asaltó un agudo dolor en el músculo, un dolor horrible, lacerante, una tensión como si de verdad tuviera un fierro atravesándolo de un punto a otro. Alberto intentó acomodarse para permitir que la extremidad pudiera relajarse, pero entonces los demás músculos también empezaron a rugir por un poco de piedad, como si les estuvieran atravesando con fuerza, crujiendo como si estuvieran resquebrajándose por dentro.
Los calambres habían gobernado su cuerpo entero: había sido una victoria unánime.
Alberto comprendió amargamente que después de todo no se había movido de su lugar bajo la cama.
            El sufrimiento fue tanto, llegó a un punto tan álgido, y de una manera tan inesperada, que el joven no pudo evitar reprimir una sacudida −chocando sus extremidades contra el suelo bajo él− en un intento desesperado por tratar de despojarse de todas las dolencias que le aquejaban al unísono y gruñir y por consiguiente gritar de dolor, como si ya no pudiera dominar su propio cuerpo.
            Si alguien estaba dentro de la casa, con él, sin lugar a dudas le había escuchado y se había percatado de su presencia inadvertida hasta ese momento.
            Alberto, aterrado, esperó a que los pasos llegaran hasta el cuarto de invitados donde se escondía. Si Hernán llegaba ahí, haciendo realidad sus temores, no había vuelta atrás. Alberto estaba indefenso, y Hernán, que había matado a su propia esposa, no iba a poner reparos en hacer lo mismo con él.



El joven se quedó quieto, expectante.
            Una madera pareció rechinar en algún punto de la casa. Los grillos habían comenzado con su melancólico coro allá afuera. Daba la impresión de que alguien contenía la respiración en el living, del otro lado del umbral.
            Silencio.
            Alberto no sabía qué hacer, no tenía idea de cuál debía ser el siguiente paso. “Paciencia”, pensó el joven, como si por el solo hecho de saborear aquella palabra, ésta le confiriera alguna especie de sortilegio en caso de que todo se fuera a la mierda.
            Pero luego de unos muchos segundos de espera, Alberto cayó en la cuenta de que probablemente ahí no hubiera nadie, después de todo: el único que mantenía el aliento era él, y nadie más que él, ahí, debajo de la cama, totalmente asustado. Alberto no pudo evitar pensar en la posibilidad del suicidio de Hernán, en la imagen que aún retenía en su cabeza de éste sentado en la taza del baño de su cuarto, con un hilillo de saliva seca cayéndole por una de sus comisuras y un frasco vacío de pastillas colgando de una de sus manos, casi rosando el suelo.
Si era así, toda la espera, todo el sacrificio habría sido completamente inútil…
(Te measte mientras dormías)
(Me meé mientras dormía)
Aun con el corazón apretado y descontrolado, Alberto fue consciente de que la pesadilla de la cual acababa de despertar había sido más que un sueño, un cúmulo de ideas y temores que le habían acosado de manera inconsciente mientras esperaba a que Hernán diera su próximo paso, y que terminaron por gatillar ciertas reacciones en su cuerpo que no demoraron en descontrolarse y dejarlo todo humillado y apestoso, con el olor penetrante de su propia orina cubriéndolo todo, atacando una y otra vez sus fosas nasales, recalcando su ineficacia e imbecilidad.
Quizá Hernán se había marchado de su casa apenas desapareció de su alcance visual.
Tal vez Hernán se había suicidado intoxicándose con un montón de pastillas.
Existía la posibilidad de que Hernán hubiera huido con el cuerpo de su difunta esposa para enterrarlo mientras él dormía.
Pero lo cierto era que Alberto se había meado encima, como cuando era un niño estúpido, lleno de miedo, y se sentía totalmente denigrado por haberlo hecho, por no haber podido evitarlo, por haber dejado que sucediera.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Alberto comenzó a llorar en silencio.



La idea de alguien sentado en el vestíbulo de la casa, esperando el momento oportuno para entrar en escena, le carcomía la cabeza. Con toda seguridad no se trataba de otra cosa más que de las reminiscencias de la pesadilla que había tenido, pero el joven creía que algo de verdad debía haber encerrado en todo eso. Hernán podía estar del otro lado, haciendo uso de una imperturbabilidad mucho mayor que la suya, y él no se iba a dar ni cuenta del instante en el que éste le saltara encima para acabar con su vida de una buena vez por todas.
            El joven no pudo evitar recordar esas tantas ocasiones en que por tratar de parecer gracioso y demostrar cierta superioridad, le jugaba triquiñuelas a su hermano menor. Lo esperaba en las sombras, cuando era de noche, y le saltaba encima desde los recovecos donde se escondía, asustándolo horriblemente. No importaba que sus papás le regañaran al respecto, dándole fuertes apretones en los brazos o golpes en la cabeza con la palma abierta: Alberto disfrutaba viendo cómo su hermano daba inmensos saltos de sorpresa cada vez que lo pillaba por la espalda y le gritaba en el oído. No lo sabía a ciencia cierta, pero Alberto tenía la noción de que haciendo esto, su propio miedo parecía perder tamaño y fuerza. Tampoco podía ser posible que el hermano grande fuera más débil que su hermano menor en estos aspectos, ¿no? Tal vez, pensó Alberto, era una forma de rebatir lo irrebatible: que Gabriel era muy superior a él desde muchas y diferentes aristas. Quizá fuera envidia y él no lo supiera hasta ahora que se lo había cuestionado escondido bajo una cama.
            Aún podía ver la cara borrosa de su hermano con los ojos desorbitados y luego anegados en lágrimas, su mamá corriendo hacia ellos, prendiendo los interruptores de las luces a su paso preocupada por el grito de éste, tomando a Gabriel por el brazo para llevárselo de su alcance, su papá dándole un fuerte golpe en la cabeza como reprimenda, él llorando en silencio y solo en medio del pasillo de la casa a oscuras.
            ¿Qué habrá pensando Gabriel durante sus últimos minutos (tal vez segundos) de vida? ¿Lo habrá recordado a él, su hermano mayor, mientras se desangraba del corte en su garganta? ¿Habrá pensado en él y todas esas veces en que lo asustó de muerte cuando la casa estaba sumida en la negrura de la noche? ¿Habrá imaginado que el habitante de la oscuridad que tanto temía por fin le había dado alcance? Alberto no lo sabía. Jamás podría saberlo. Pero le daba una sensación atroz tener conciencia de que él había sido culpable de tanto mal en su vida. Le parecía algo aborrecible, totalmente vergonzoso.
            ¿Pensaría algo así Alberto de no estar muerto Gabriel? Probablemente no, pero eso era lo importante del asunto: uno no piensa en rectificar las cosas hasta que ya es demasiado tarde; uno no piensa en las consecuencias de los actos propios hasta que una persona se aleja, muere o, digamos, se encuentra escondida de las garras de un hombre loco bajo la cama de su casa.
            Alberto se enjugó sus lágrimas con el dorso de una acalambrada mano derecha; al menos el dolor le hacía lidiar con el presente horrible que vivía, le traía de vuelta a la realidad.
            Había una frase –incluso una canción de Iron Maiden– que decía que sólo los buenos morían jóvenes. Su hermano era bueno y murió joven. Pero él, Alberto, distaba mucho de ser bueno como Gabriel. “La hierba mala nunca muere”, rezaba otro dicho popular frecuente entre las personas.
            Con eso en mente, Alberto tomó una decisión.

Este jardín de penumbras, Capítulo #4

El día parecía suceder tan lento afuera como adentro de la casa. El haz de luz que entraba por la ventana del living había avanzado hasta desaparecer, provocando que las motas de polvo danzarinas volvieran a su discreta vida anónima frente a sus ojos. Afuera se escuchaban los cantos de los pájaros y el viento acarreándolos desde un punto a otro, pero no existía ningún atisbo de una persona capaz de ayudarle o sacarle de ahí. Alberto imaginaba a un hombre transitando por entre las piedras, alejado del camino principal, tarareando una canción, silbando, contento de estar vivo y en compañía de la naturaleza. El joven sabía que hacerse ese tipo de ilusiones no le serviría de nada al final de cuentas, sin embargo se permitió continuar aun cuando no hiciera más que enturbiar (más de lo que estaba ya) el turbio contexto en el que se hallaba: por lo mismo se imaginó al hombre con unos cuarenta años encima, la piel curtida por el trabajo duro al aire libre, vistiendo una camisa leñadora con los botones abiertos hasta la altura del pecho, dejando escapar unos cuantos pelos ensortijados y sudados, botas de cuero, un pantalón desgastado por el tiempo y un sombrero de paja encumbrando su cabeza, protegiéndole de los fatídicos rayos del sol sobre su cara. Alberto lo supuso así, muy parecido a su tío Federico, hermano de su madre, arduo trabajador de la tierra allá en la lejana localidad donde había nacido.
            Alberto, con el torso desnudo y cada vez más frío por culpa del contacto directo con el suelo, no pudo evitar sonreír ante la imagen mental de su tío caminando justamente afuera de la casa donde se hallaba, con una azada en su mano y cantando una de las canciones rancheras que tanto le gustaban. La razón por la que andaba cerca de esa casa no existía, naturalmente, pero a él le hubiera gustado que constara de una. ¿Cuál podría ser?, pensó el joven; no lo sabía. “Por ahora dejémoslo así”, se dijo Alberto, relamiendo la idea de su tío tocando el timbre de la reja afuera, Hernán acudiendo al llamado de éste y él teniendo una oportunidad para salir de ahí y esconderse en otro lugar, donde sus extremidades tuvieran una mejor capacidad de movimiento y los calambres pudieran considerarse por fin cosa del pasado.
            −Sabe qué, señor –le diría su tío a Hernán, con su acento campestre siempre marcado−, ando buscando a mi sobrino; se llama Alberto y me dijo que estaría por acá.
            −Acá no hay ningún Alberto –sería la respuesta de su interlocutor, con su cara de perro de empresario aburrido de la vida−. Por favor, aléjese de mi propiedad, o tendré que llamar a los Carabineros.
            Pero su tío ya se habría dado cuenta de todo lo que se escondía tras la mirada de Hernán. Sabría entonces que sí, que su sobrino estaba ahí dentro, escondido, y que Hernán jamás lo dejaría salir con vida de su casa.
Su tío no diría nada, obviamente, pero con un rápido y certero movimiento le clavaría su azada en la cabeza al otro tipo, aun cuando los separara una reja tan grande como la que había allá afuera; como persona de campo, sus habilidades motoras y condición física eran mucho más buenas que los reflejos de un hombre de ciudad acostumbrado a que se lo hicieran todo, organizara sus cosas en una computadora y toda su actividad diaria se basara en estar detrás de un escritorio clamando órdenes y siendo el hijo de puta más hijo de puta de todos.
Primero se escucharía el crujido del cráneo fracturarse, luego el del cuerpo caer exánime al pedregoso suelo de tierra. Una vez hecho eso, su tío se escupiría ambas manos antes de frotarlas una contra la otra y encaramarse en la reja para saltar al otro lado con un movimiento casi felino. Alberto lo había visto hacerlo un montón de veces, y sabía que en eso no residía ningún problema para él.
Acto seguido ingresaría a la casa, llamando el nombre de su sobrino en cuestión, lo encontraría agazapado en su nuevo escondite, y lo animaría a salir de ahí. “Te he liberado, hijo”, le diría con su voz jovial de siempre, como si jamás hubiera matado a un hombre a sangre fría para llegar hasta ahí. Alberto sonreiría, le abrazaría, y se iría de ahí con él como si tuviera petardos en el culo.
Alberto pudo verlo ahí, en el living, de pie, con su camisa leñadora, sus pantalones desgastados, sus botas de cuero y su sombrero; lo podía ver ahí como un espejismo, una imagen irreal pero en la realidad misma, dispuesto a prestarle auxilio. Incluso lo vio sonreír de la misma manera que lo hacía cuando compartían en almuerzos familiares, se achispaba y le decía lo mucho que los quería a él y a su hermano Gabriel.
“Mi reino por ver a mi tío acá, conmigo”, pensó Alberto, resoplando con lágrimas escociéndole los ojos. “Lo daría todo porque viniera y me sacara de acá y matara a ese hijo de puta del esposo de Tatiana con lo que fuera”. Su tío lo salvaría si tuviera la oportunidad, de eso no cabía duda; mas se hallaba a cientos de kilómetros de distancia, de seguro trabajando sus tierras o haciendo algo parecido, disfrutando las bondades de la naturaleza, canturreando como había imaginado, en primera instancia, al hombre transitando afuera de la casa donde estaba encerrado.
El silencio dentro del hogar era abrumador, pegajoso, angustiante. Acostumbrado al ruido constante de la ciudad y su rutina, Alberto se sentía un tanto incómodo cada vez que se veía envuelto en la realidad en sordina de las localidades externas a ella: le hacía cuestionarse cosas que antes no se cuestionaba, le hacía extrañar cosas que no extrañaba en presencia de los estímulos frenéticos de la vida apretujada y viciosa de las calles de concreto, le hacía padecer de una sensación de soledad que antes jamás hubiera imaginado; le entraban ganas de estar con alguien, con quien fuera, con tal de no sentirse solo. Alberto no podría decir con exactitud cuándo comenzó aquella mierda en su interior, sentirse tan frágil por momentos, sin embargo tenía una noción de ello: la muerte de su hermano Gabriel, sin duda alguna, había fragmentado una parte suya en su interior; eso, y el haber dejado de asistir tan seguido a su casa donde había nacido, donde lo común era el silencio y la reflexión y no el constante chillido de bocinas, choques automovilísticos y gritos de personas pidiendo ayuda por las calles en plena madrugada.
La gente cambiaba, pero él se sentía mal con ello. “La culpa la tiene la ciudad”, se dijo con amargura. “La culpa la tiene la ciudad y sus centros de entretenimiento como ese puto Tomorrow’s de mierda”.
Alberto imaginó el local como un real templo de la discordia, la infidelidad y el malvivir bohemio, como si fuese el escenario de un enemigo poderoso en un juego de peleas virtuales.
Tomorrow’s, Tomorrow’s, Tomorrow’s. ¿Por qué siempre los dueños de los locales chilenos tenían la mala costumbre de ponerle un apóstrofe a los nombres de sus tiendas, restoranes, centros de entretención, bazares, etcétera, etcétera? De seguro los gringos se cagan de la risa al ver que aplicamos sus reglas gramaticales como el pico, pensó Alberto, recordando que más de una vez habló de aquello con Mario mientras estaban hasta el culo por la marihuana.
“Los chilenos somos unos estúpidos de mierda”, comentó su amigo en esa oportunidad, sonriendo como lo haría un oriental divertido por el tema de conversación en cuestión. “Lo copiamos todo, y como la mierda”.
El pub bien podría haberse llamado Mañana, o algo por el estilo, especuló Alberto; pero claro, no era un nombre tan ganchero como el de Tomorrow’s apóstrofe y todo incluido– para el público al cual estaba destinado: gente arribista, de un estrato social mucho más alto que el suyo, que gozaba de ciertas garantías para el diario vivir que la mayoría de sus amigos de la infancia ahora carecían por puro mérito de oportunidades y el haber nacido en un lugar abandonado de ellas. Esa clase de locales estaban hechos para gente como Tatiana: con mucha plata, un montón de tiempo libre y ganas de vivir lo que no habían podido vivir durante sus preciosos años mozos por culpa de un temprano matrimonio con una persona de mierda; en otras palabras, esos locales estaban hechos para gente peligrosa: porque estaba claro que la combinación de todas esas cualidades derivaban en situaciones como la que estaba viviendo: peligrosas, vitales, de vida y muerte.
Alberto hubiera dado cualquier cosa por haber hecho caso de su instinto y decirle a su amigo Mario que si el pub donde estaban bebiendo estaba a punto de cerrar sus puertas debido a la finalización de la jornada, era mejor considerar la advertencia y volver a la tranquilidad de sus hogares que continuar por ahí, en las calles, buscando un lugar donde seguir destruyéndose por dentro. De haberlo hecho, jamás hubiera conocido a Tatiana. De haberlo hecho, jamás la hubieran asesinado. De haberlo hecho, jamás se hubiera encontrado escondido debajo de una cama con el torso desnudo, aterrado como un animal apresado, y con unas crecientes y tortuosas ganas de orinar.
“Lo hecho, hecho está”, le dijo su hermano Gabriel junto al oído; o eso creyó Alberto: quizá fuera él mismo aconsejándose con palabras de aliento para darse valor y buscar una manera de salir de ahí, sin dejarse abandonar por los malos augurios y la horrible perspectiva de los hechos futuros. ¡Ya no lo sabía realmente!: el silencio y la soledad quizá estaban obrando en su mente, provocando que se imaginara en compañía de personas muertas con tal de no dejarle solo ahí, debajo de esa cama.
¿Y si llega a aparecer Tatiana muerta, con la cabeza reventada por el disparo desde la cocina?, pensó Alberto de pronto, sintiendo un súbito escalofrío que no supo si fue por culpa del frío que se le impregnaba desde el suelo de madera, o por culpa de la inmediata imagen mental que concurrió a su mente: Tatiana destrozada, la belleza arrancada de su ser, acercándose a él parsimoniosamente para llevarlo al infierno junto a ella. Porque Alberto se lo merecía, ¿no?; porque él había sido el principal culpable de su muerte, ¿verdad?
De repente Alberto se sintió acompañado, y tuvo un sorpresivo temor a que alguien tomara sus piernas y comenzara a susurrarle cosas al oído, cosas relacionadas con la muerte, cosas relacionadas con la venganza y la infernal vida después del último aliento.
“Más allá de la muerte hay sólo fuego y más fuego”, dijo Tatiana, con la voz corrupta y gutural. “No habrá más que fuego y más fuego para nosotros, los pecadores”.
Alberto cerró los ojos con fuerza, muerto de miedo, pero la oscuridad no hizo más que acentuar los elementos y las sensaciones experimentadas hasta ese entonces: él bajándose del taxi afuera de la casa, Tatiana recibiéndole, sus hormonas revolucionadas al primer contacto con ella, el ruido de la reja eléctrica abriéndose afuera, él escondiéndose debajo de la cama del cuarto para invitados, las excusas de Tatiana y los argumentos de su esposo, luego el disparo, el disparo, el disparo. Y cómo no, el ruido del cuerpo de Tatiana caer exánime contra el suelo
(como un saco de papas, recordó Alberto).
            ¿Cuánto llevaba de haber comenzado aquél día?; Alberto ni siquiera sabía qué hora era. Los minutos, los segundos, las horas avanzaban mucho más rápido hoy en día que durante la época de su niñez, cuando las tardes le parecían una eternidad y las noches cosa de un abrir y cerrar de ojos. Era un asunto científico, según había leído por ahí, en Internet: la gran cantidad de guerras libradas entre los países, los terremotos y la original naturaleza de la erosión y esas cosas, habían desencadenado un progresivo cambio de eje y movimiento de la Tierra, acortando los días en unas cuantas horas significativas; de ahí que las jornadas se hicieran más largas y la constante falta de horas libres se hiciera cada vez más notorio y fatigante. De cierta manera entonces, señoras y señores, se levantaba en un lado del cuadrilátero la −primitiva y casi inequívoca− percepción de los hechos, mientras que por el otro extremo lo hacía lo –irrevocable y endiablado− establecido por el sistema: el tiempo: los minutos, las horas, los segundos: el tiempo.
            Alberto no sentía
(ni escuchaba)
otra cosa más que los latidos de su propio corazón contra el suelo. Le recordaba la sensación que tenía cuando probaban el bombo de la batería antes que comenzara un concierto de los grandes, al aire libre. Lo sentía en el pecho, en el piso, en el fondo suyo.
Entonces volvió a oír los piquetes del reloj, que en realidad eran los segundos desgranándose en algún lugar de la estancia. No veía el reloj desde donde estaba, así como tampoco podía asegurar su ubicación a partir del ruido
(los piquetes, los segundos)
que llegaban hasta sus oídos. Pero lo agradeció. El volver a ser a consciente del sonido del aparato en cuestión lo trajo de vuelta a la realidad, a lo importante, a lo trascendental.
Ahí claramente no estaba Tatiana ni su hermano. Los dos estaban muertos, uno con una ventaja brutal por sobre el otro, obviamente, pero ambos en el mismo estado funesto al fin y al cabo.
Alberto aventuró que eran eso de las dos y media de la tarde, las tres como mucho.
Había pasado mucho tiempo desde que se apeara del vehículo de ese maldito hijo de perra que le había cobrado un ojo de la cara −¡y su preciada chaqueta de mezclilla olvidada en el asiento trasero!− por llevarlo hasta la casa de retiro donde se encontraba, había hecho ingreso en ella, le había recibido Tatiana, y bla, bla, blá. De hecho, se le antojaba una cosa de años, asunto de una vida pasada. Es más, esa misma mañana se había bañado largamente luego de haberse echado una paja recordando uno de los mejores polvos que tuvo con su última polola, en el living de su casa, ella arriba y él abajo, y ahora se encontraba debajo de una cama, esperando alguna señal (cualquiera) del esposo asesino de una mujer que conoció en un pub muchos siglos atrás.
Alberto tocó su camisa de manera casi instintiva, a su derecha, la misma que pudo haberlo delatado apenas Hernán entró en su casa; si sólo pudiese ponérsela y sentir su agradable tacto contra su piel, quizá las cosas fueran distintas. Tal vez su mente terminara por despejarse un tanto, después de todo.
Alberto resopló, con el cuerpo entumecido, el cuello doliéndole como si sufriera de una torticolis horrenda. La posición en la que se encontraba lo estaba matando. Sus brazos, sus piernas, sus pies, su pecho, todo, parecían tan muertos como Gabriel y Tatiana. ¿Y si por no conseguir moverlos por mucho tiempo, estas extremidades de verdad dejaran de tener vida o necesitaran de una terapia mayor para poder volver a ser útiles como antes? Alberto tenía un amigo que por dormir borracho sobre su brazo derecho, prácticamente inconsciente, éste se paralizó y necesitó de al menos tres meses de terapia para poder volver a ejecutar una acción con él de manera decente.
¿Y si le llegaba a suceder eso?, temió Alberto.
De seguro jamás lograría salir de ahí; al menos no con vida, eso estaba claro.
El joven intentó mover sus manos y brazos, lográndolo a duras penas. El reducido espacio entre las tablas del catre encima suyo y el suelo, le impedía un movimiento más amplio para liberar sus articulaciones (aunque fuera un ápice) sin contar que debía tener sumo cuidado con no golpear ninguna parte de su cuerpo contra las maderas y el suelo, provocando así un ruido capaz de delatar su presencia en la estancia.
Su situación era una completa mierda, sumándole a eso unas crecientes y contradictorias ganas de orinar y beber agua para hidratar su boca totalmente reseca. Alberto sentía su bajo vientre hinchado, lleno de meados. Fue consciente entonces que no había ingerido ni expelido líquido alguno desde que había salido de su casa esa mañana.
¿Tatiana le había ofrecido algo para beber cuando ingresó a su hogar de retiro?; Alberto no lo recordaba con exactitud, pero a pesar de sentir los reclamos de su organismo por haber hecho caso omiso de su probable ofrecimiento muchas horas antes, supo que después de todo aquello, eso había sido lo mejor: porque ¿qué explicación podían tener dos vasos recién usados en el living de la casa cuando ahí sólo debía haber sola persona, cuyo nombre era Tatiana? Como las cosas habían sucedido tan deprisa, eso hubiera puesto a Hernán en alerta y Alberto en jaque mate, sin lugar dudas; hubiera sido como dejar puesto un cartel anunciando su presencia, con letras mayúsculas y subrayadas.
Pero orinar era definitivamente otra cosa: cuando llegó a esa casa no sentía ni pizca de necesitar una visita al baño, y eso era lógico: uno no podía echar una meada sin la necesidad natural de hacerlo; era como sentarse en el baño para echar una cagada sin tener una pizca de ganas de excretar. Naturalmente jamás saldría mierda por tu culo si no tenías mierda adentro que echar por él. Y bueno, eso era lo mismo que sucedía en este caso, salvo que ahora tenía unas ganas enormes de mear y evidentemente no se encontraba habilitado para hacerlo.
Alberto sabía que podía aguantar un tiempo más así, claro, pero también tenía la certeza de que hacerlo por un periodo prolongado no haría más que empeorar su situación. Su papá siempre le decía cuando niño que resistir las ganas de mear podía provocar que sus riñones terminaran estallando y que toda la orina llenaría su cuerpo por dentro, infectando sus demás órganos, envenenándolo hasta llevarlo a una muerte lenta y dolorosa. Existía la probabilidad de que su padre estuviera equivocado, obvio, sin embargo Alberto sabía que algo de ese calibre podía suceder si no se andaba con cuidado y echaba una meada como Dios mandaba. La vejiga estaba diseñada para aguantar cierta cantidad de desechos, no más: ningún órgano del cuerpo, por lo que él sabía, podía resistir más de lo que estaba destinada a hacerlo.
“Debo dejar de pensar en eso, debo dejar de pensar en eso”.
El joven no pudo evitar recordar esas noches cuando tenía seis años y sentía esas ganas horribles
(como si estuvieran desgarrándote por dentro, ahí, por el abdomen)
justo antes de quedarse dormido.
Qué cosa más abominable estar a punto de conciliar el sueño y sentir esa punzada de mierda en el bajo vientre que te despierta, devuelve a la vida gran parte de tus sentidos, y te gruñe: “oye, debes ir al baño si no quieres mear la cama de nuevo, idiota”. Porque ya lo has hecho otras veces, por lo que ya sabes que mear la cama es horrible; porque sabes que mearse encima y despertar mojado, fétido y lleno de vergüenza, es una mierda. Tan mierda como ese temor inculcado a la oscuridad, a lo desconocido y todo lo que tus ojos no consiguen ver, el mismo que fue forjado por tu padre durante toda tu infancia hasta tus primeros años de adolescencia. Con toda seguridad tu papá lo decía para que no te metieras en problemas ni en situaciones peligrosas que pusieran en riesgo tu vida y esa clase de cosas estúpidas que hacen los padres pensando en que están haciendo lo correcto; no obstante, siempre ves patente en sus ojos cierta rabia mezclada con burla y diversión que te hacen pensar que éste parece disfrutar con el miedo que expresa tu mirada al enterarse de lo que podría suceder si no le haces caso. Cosa rara, por supuesto, piensa Alberto, porque Alberto nunca le hizo nada malo, que él supiese.
“Salvo arruinarle su vida”, le dijo su hermano, con ese tono que empleaba cada vez que le intentaba explicar algo que para él era muy fácil. “Imagínate”, prosiguió, y Alberto se imaginó a Gabriel −niño− enumerando los hechos descontando sus dedos levantados: “le arruinaste su sueño de seguir en la universidad; le quitaste la oportunidad de seguir saliendo con otras compañeras que no fuera tu mamá; y lo peor de todo, le mandaste a la mierda sus deseos de quedarse en la ciudad y no vivir en la maldita casa de campo”. Su papá siempre decía (cuando estaba borracho y solo con sus amigos) que todos ellos podrían haber estado viviendo en la ciudad si no hubiera sido por la mala fortuna que le había tocado. Alberto, que escuchó esto a hurtadillas un par de veces, supo que se refería a él. Porque fue por su culpa que él tuvo que abandonar sus estudios y hacerse cargo del negocio familiar de su mamá, increpado prácticamente a muerte por su futuro suegro como garantía tras haber arruinado los planes para con su única hija.
Alberto siempre tuvo la certeza de que el favorito de su padre era Gabriel, y no por una cosa de gustos, sino porque simple y llanamente vino después, cuando las cosas ya estaban arruinadas y la suerte totalmente echada.
Por eso su papá le hinchaba las bolas cada santa vez que se emborrachaba con eso de que cuándo iba a terminar con su carrera, de que cuándo iba a por fin irse por su cuenta o ayudar en las finanzas de la casa.
Por eso su papá nunca dejó de echarle una porción de culpa por todo lo ocurrido en relación a la muerte de su hermano: porque de haber vivido en la ciudad, y no en ese antro lleno de pasteros y drogadictos, con toda seguridad otra realidad se habría desencadenado…
Alberto apretó sus puños, furioso y triste, apretando los dientes. ¡Qué ganas de sacarle la mierda a ese viejo conchesumadre! ¡Qué ganas de que su hermano estuviera vivo, y su papá muerto! Si una especie de dios (o Dios mismo si es que existía, lo que fuera) le diese la oportunidad de salvar a uno de ellos –muriendo el otro de forma inmediata−, elegiría a su hermano sin dudarlo un solo instante; no le importaba el asunto de que gracias a su padre su concepción había sido posible y toda esa palabrería impregnada de egolatría y porquería pura, para nada: la vida de su hermano valía para él mucho más que la de su papá, y eso a Alberto no le daba ni una pizca de remordimiento.
“Ay, Gabriel”, pensó Alberto, removiéndose incómodo por la sensación de que se iba a mear de forma inminente.
“Mejor deja de pensar en esa basura y relájate”. Aquello sonaba como el Gabriel de la Media, el que ya tomaba cerveza y vino con sus amigos del colegio y fumaba cigarros y porros de vez en cuando, con ese dejo indiferente pero sabiondo que tenía al  hablar por esos años. “Deja de pensar en mí y concéntrate en no mearte encima. Hazlo como cuando no podías ir al baño por la noche”.
Gabriel fue grande antes de poder llegar a serlo, se dijo Alberto. Nunca dejaba de dar consejos como ésos.
Alberto bajo la cama, con el cuerpo entumecido y doliente, recordó que cuando al Alberto niño le entraban ganas de mear en medio de la noche no habiendo nadie más despierto en la casa que él −tanto los ronquidos de su papá como los de su mamá lo dejaban bien en claro−, cerraba los ojos y comenzaba a contar lentamente en orden creciente hasta donde pudiera su consciencia, sólo rigiéndose bajo el concepto de avanzar un segundo tras cada exhalación lenta y profunda que realizara; años después sabría que eso que hizo tantas veces por instinto –y por supervivencia, por decir de alguna manera−, estaba considerado uno de los baluartes de la relajación y la meditación. Sonaba un poco contemporáneo lo que hacía para olvidarse de las ganas desesperantes de mear en plena noche durante esos años, pero para el Alberto niño y el Alberto bajo la cama se les antojaba absolutamente sombrío y torturante.
“Hay alguien esperándote en la oscuridad”.
Las  manos lo iban a tomar cuando tuviera que pasar por el largo pasillo hasta el baño, la luz apagada y el interruptor del otro extremo, cuando ya no valía de nada iluminar y barrer las sombras. Alberto siempre imaginaba ahí a la llorona, la que se decía estaba más cerca de ti cuando más lejos se escuchaba, y viceversa. La imaginaba alargada, pálida, con los ojos cocidos con grueso hilo negro y la boca torcida en un rictus que no podía ser otro que el de un muerto. Varias veces fue capturado por ella cuando se dirigía al baño en sueños, imbuido por la gran necesidad postergada en la vigilia: ella lo tomaba por los hombros, aparecida de la nada, y lloraba quedamente en su oído, como si lo hiciera muchas habitaciones más lejos y él tuviera apretada su almohada contra su cabeza, dejando todo el mundo sumido en sordina. Alberto no sabía por qué, pero eso era lo que más terror le provocaba: el hecho de que oír llantos suaves, casi silenciosos en cualquier lugar, significara que la llorona estaba cerca.
            Pero eso era el pasado y Alberto debía vivir el presente y salir de debajo de esa cama, de esa casa, de ese zona de mierda desértica alejada de la mano de Dios, ¡y vivir y hacer todas esas cosas que no había hecho hasta ese entonces y que deseaba y que quedaban pendientes! Por lo mismo debía relajarse, no ponerse ansioso: debía respirar, mantener la calma y esperar algún movimiento por parte de Hernán, que de seguro debía estar agazapado en el cuarto contiguo, esperando algún error suyo que lo delatara y le hiciera saber que toda esa locura sí tenía un sentido. Alberto no creía que Hernán se hubiera suicidado
            (aunque existía la posibilidad),
            así como tampoco pensaba que se hubiera largado por la ventana de su habitación
            (Alberto tenía la idea mental de que el cuarto de al lado contaba con una ventana por la que podía caber una persona)
            para rodear la casa y esperarlo en la salida dado el caso de que él se envalentonara y pensara que Hernán había escapado del escenario del crimen.
            “También puede que esté cavando un hoyo para el cadáver de Tatiana”, caviló el joven vagamente. Mas no había oído ruido de excavación en todo ese rato desde que Hernán había desaparecido de su restringidísimo campo de visión; tampoco había escuchado el funcionamiento de la reja eléctrica que le había salvado por los pelos esa mañana, anunciando la llegada del esposo de Tatiana.
            El número de posibilidades se cercaba en gran medida gracias a esos pequeños pero útiles datos, mientras que la conclusión más racional por parte de Alberto parecía ser esperar y ser el jugador paciente del juego.
            Si él tenía que mear, Hernán, como cualquier otro ser humano, también tendría que hacerlo en algún momento. Y para eso debía caminar, dar pisadas, hacer sonar sus tacones contra el suelo, echar el chorro de meado contra la taza, meter un montón de ruido, accionar la cisterna y meter mucho más ruido aún, y luego, si sus costumbres lo dictaban –Alberto podía apostar sus pies que aquello sucedería–, lavar sus manos con el agua del grifo de la pileta, declarando abiertamente que su presencia dentro de la casa era más real que cualquier otra cosa.
            Por eso debía esperar ahí, sin meter ruido, fingiendo no existir y nunca haber existido. Aunque el cuerpo le doliera una brutalidad y empezara a sentir mucho frío.
            Aunque pareciera que con eso no lograría nada.