Largo camino a la ruina #52: Problemas de género


Después de pagar toda la carne para nuestro asado (gracias a las becas de alimentación del Gobierno), con mis compañeros de carrera salimos del supermercado por su salida este, llevando un carro repleto de cervezas, botellones de tinto y mucha comida. Estábamos echando la talla, riéndonos de cualquier mierda, cuando nos dimos cuenta que afuera el ambiente se hallaba tenso, hostil. La culpa la tenía una pareja discutiendo acaloradamente.
            −¡Que sea mujer no significa que me tenga’i que hacer todo, güeón!
            Esto lo dijo ella.
            −Oye, si te ofrecí ayuda nomá’.
            Y esto lo dijo él.
            Capté de inmediato que no eran pareja. Ni que tampoco se conocían.
            −Es que así son todos ustedes –dijo ella, alterada−. Creen que porque somo’ mujeres nos tienen que hacer todo. ¡Yo puedo sola, ¿me escuchaste?!
            −¡Oye, yo sólo estaba ayudando nomá’! –El hombre, a su vez, también se hallaba un poco exaltado.
            −No, no me venga’i con güeás –recriminó ella, apuntándolo con un dedo−. Son todos iguales.
            Con mis compañeros nos hallábamos paralizados, sin saber qué hacer. Me di cuenta que a nuestro lado se había reunido más gente a ver el desarrollo de la escena. Pero nadie hacía nada.
            −Ya, bueno, da lo mismo –dijo el tipo, haciendo un gesto burlón de indiferencia.
            Entonces la mujer echó chispas y tomó al hombre por el brazo, volteándolo para quedar cara cara con él.
            −¡Erí’ un conchetumare! –le gritó, antes de plantarle una feroz cachetada que resonó y provocó que todos los presentes aguantásemos la respiración.
            En la cara del hombre se formó una mueca horrible.
            −¡Te voy a sacar la conchetumare! –gritó a su vez éste, rojo de ira.
            Así fue que mis amigos reaccionaron y se abalanzaron contra él.
            −¡No, güeón!
            Entre los cuatro pudieron retenerlo. La mujer se veía totalmente asombrada, pero el fuego en sus ojos no se había ido. Para nada.
            −¡Qué está pasando acá! –dijo alguien entre el público. Era uno de los guardias, quien tal y como si fuera una rutina humorística en la que se resalta lo peor de cada arquetipo de trabajador, venía acomodándose la correa de sus pantalones.
            −¡Esta mujer está loca! –dijo el hombre retenido por mis compañeros de carrera−. ¡Ella es la culpable!
            −¡Cómo que yo soy la culpable, si tú fuiste el que empezó, monigote de mierda!
            Daba la sensación de que ahí se estaban liberando las típicas fuerzas previas a una tormenta. No hay nada más horrible en el mundo que ver dos personas combatir verbalmente por una cuestión totalmente solucionable, sin ánimos de dar el brazo a torcer.
            La puerta electrónica se abrió detrás de nosotros. Aparecieron tres guardias más para saber qué mierda ocurría en aquel sitio.
            Mis amigos, al igual que yo, nos percatamos que el número de espectadores era aun mayor que instantes atrás. Por lo mismo, soltaron al hombre –ahora ya más calmado− y se unieron a nuestro grupo.
            −Mejor vámonos –dijo el Miguel. Nadie le llevó la contraria.
            Ya en el auto, escuchando a Los Prisioneros salir por los parlantes –y mientras los demás comentaban el tenso hecho que acabábamos de presenciar−, me puse a darle vueltas al asunto con un nudo en el estómago. ¿Qué mierda está pasando en el mundo?; ¿dónde estaba la empatía con la que todos solían pavonearse cuando sucedían catástrofes, o cuando las campañas de colectas anuales volvían a la palestra pública? ¡Por la mierda, si todos somos lo mismo al final de cuentas! ¿Qué diferencia hay entre un pene y una vagina el día que morimos?
            Me sentía raro; no le dejaba de dar vueltas al hecho de que si nadie hubiera estado ahí para detenerlo, ese hombre probablemente hubiera golpeado a la mujer solo por haber perdido la paciencia para con ella.
            −Hay que entenderlo –dijo el Marcelo de repente, sentado en el asiento del copiloto−. Históricamente, los hombres las hemos hecho mierda por años. Lo más sensato sería apoyarlas, ¿no?
            En lo personal, puedo decir que lo que dijo el Marcelo fue lo más sensato que escuché desde que salimos del supermercado por la puerta este, hasta que llegamos a la casa del Miguel para hacer nuestro esperado asado.

Poema #38: Cuando llegue la muerte

Cuando llegue
la muerte,
no habrá más dieta
ni más gimnasio
ni nada grandioso,
sólo polvo,
olvido y
podredumbre.

Porque
cuando llegue,
no habrán
más sonrisas
ni ilusiones
ni más sueños,
tampoco más
mentiras
expectaciones
miedos
ni músculos
ni huesos.

No habrá nada.
Pero lo tendrás todo.

Tendrás polvo
que es
eternidad
el lugar seguro
que siempre
buscaste
tiempo,
que en la eternidad
lo es todo.

Cuando llegue
la muerte
no seremos
músculos ni huesos
ni dientes
ni dedos
ni pelo
ni órganos.

Seremos polvo
imperfección
un montón de
tiempo condenado
y eternidad

y olvido.

Largo camino a la ruina #51: Legado robado

Unos amigos del Juan vinieron a la casa con guitarras, unas cuantas percusiones y un llamativo didyeridú repleto de dibujos rojos y azules. Se instalaron en el patio, bajo el desnutrido damasco, y empezaron a arrancarle notas a sus instrumentos con una facilidad propia de quien lleva años tocándolos. Me senté cerrando el círculo que habían formado y acepté un pito que alguien había encendido unos cuantos metros más allá. Eché el humo mirando al cielo y me olvidé de inmediato del avance del informe que tenía que entregar para el día siguiente y que continuaba esperando en mi computador a que engrosara su número de páginas.
            Los amigos del Juan se pusieron a improvisar en una escala de notas acordadas previamente y sentí que todo empezaba a girar a mi alrededor. Pero a diferencia de otras oportunidades en que sentía que debía hacer cualquier cosa para evitar que mi cabeza siguiera en ese vertiginoso torbellino cuesta abajo, esta vez no hice otra cosa que dejarme llevar y sentir cómo la música –y la droga, por supuesto– hacían maravillas en mi interior, guiándome como nunca me había guiado antes, dándome a entender que ésta, compartida y bien ejecutada, era uno de los placeres más exquisitos del mundo.
            Debo aceptar que la música me ha gustado desde que tengo uso de razón, pero nunca tuve un incentivo para hacerme con un instrumento y empezar a aporrearlo hasta sacarle los sonidos que deseaba. Además, nunca tuve un cercano que pudiera enseñarme a rasguear las cuerdas de una guitarra o a golpear de manera rítmica algún instrumento de percusión.
            No obstante ahí estaba yo, en medio del bullicio, perdido y encontrado a la vez.
            El Juan me dio un codazo y me extendió otro pito que no dudé en aceptar, y al que luego de haberle dado unas cuantas caladas, intercambié por un cencerro a uno de los amigos de mi amigo.
            –Toma, pégale con esto –me dijo éste, pasándome una baqueta.
            Al principio no se me ocurrió cómo era que debía hacer chocar los dos objetos en mi poder, sin embargo después de recordar unos cuantos videos en que había visto a una de mis bandas favoritas tocar en vivo, se me iluminó la cabeza y empecé a darle al cencerro como lo hacía el percusionista en mi cabeza. Naturalmente, en un comienzo no hice más que arruinarlo todo, pero luego de que el tipo a mi izquierda me dijera que debía pegarle justo en los contratiempos, como en la salsa, sentí que los pensamientos se me aclaraban, dándome una resolución impropia para con lo que estaba haciendo.
            Estuvimos así por unos cuarenta minutos, hasta que tomamos un receso para enrolar más pitos y cambiarnos de instrumentos. Un joven de pelo largo y desgreñado me ofreció su guitarra acústica de cuerdas de nylon, pero le aseguré que con suerte era capaz de aporrear el cencerro sin salirme del ritmo.
            –Tocar el cencerro es igual de difícil que la guitarra –me dijo, aunque de todas maneras devolvió la guitarra hasta su regazo para continuar improvisando con ella, esta vez pasando un mechero sobre sus cuerdas para emular un sonido muy particular que me hizo recordar inmediatamente a los Doors.
            Después que acabamos con la nueva ración de marihuana, los presentes se pusieron de acuerdo con las notas y el orden en que las ejecutarían y continuamos dándole a lo que se nos viniera a la mente. Uno de los guitarristas estaba a cargo de la base rítmica, pasando los dedos con una destreza trovadora que tanto le gustaba escuchar a mi abuelo cuando tomaba vino los fines de semana, mientras que el que me había ofrecido su instrumento a cambio del cencerro no dejaba de pasar el borde de su mechero sobre las cuerdas, haciéndola chillar como si se lamentara…, aunque lo cierto es que no dejaba de sonar mal, para nada, y eso era lo más sorprendente de todo.
            Llegó un momento en que ralentizamos la velocidad de la improvisación sin siquiera mirarnos, al unísono, como si fuéramos parte de un mismo cuerpo, y yo estaba en el éxtasis, estaba haciendo música, estaba haciendo algo que nunca en mi vida había podido realizar.
            Para cuando el sol se puso a la distancia y el patio fue quedando lentamente sumido en penumbras, decidimos con los demás dar por terminada la sesión, fumar los últimos pitos y partir cada uno rumbo a su casa. El Juan dijo que aunque quería, tenía un montón de trabajos que terminar para la otra semana.
            –No importa –dijo uno de sus amigos, el que me había pasado el cencerro. Sus ojos no podían más de rasgados y rojos–. Igual prestaste la casa, así que güena. Gracias.
            Y así, uno por uno, los amigos del Juan fueron abandonando la instancia despidiéndose con apretones de mano y abrazos afectuosos. Cuando se fue el último de ellos, ya eran eso de las siete con treinta minutos de la tarde. El tiempo se había pasado volando.
            Por lo mismo con el Juan nos dividimos el trabajo para preparar las onces: mientras él cocinaba una paila de huevos revueltos, yo calenté el agua y puse la mesa para que pudiéramos comer de una buena vez por todas.
            El Juan se estaba llevando un trozo de pan a la boca cuando me habló y me llevó de vuelta al pasado.
            –¿Te acordai de la araucaria que teníai en tu casa? –me preguntó, y yo quedé pal pico: desde hacía tiempo que no pensaba en la araucaria que había afuera de mi casa.
            –Sí, ahora que lo decís, sí. ¿Por qué me preguntai eso?
            –Porque me acordé de cuando lo donaron a la plaza al lado de tu casa –dijo el Juan, y yo pensé: ja, cómo olvidarlo.
            Fue una tía materna la que llegó con la araucaria a nuestra casa, allá lejos. Dijo que la había comprado en el sur durante sus vacaciones, y que como no se decidía por qué cosa llevarnos de recuerdo, no encontró nada mejor que un árbol indígena y milenario como ése. Y bueno, como a mi mamá y a mi abuela les encantaba la naturaleza y esas cosas, no dudaron en aceptarla de buena gana y plantarla de inmediato en el antejardín, al lado de la entrada, un error grandísimo que con los años –los mismos que hicieron que sus raíces crecieran con rapidez y capaces de destruir el camino de cerámicos y la pequeña muralla que había a su alrededor– significó el tener que barajar la posibilidad de arrancarla y regalarla a alguien que pudiera cuidarla como debía, o arrancarla y donarla a la plaza ubicada a unos cuantos metros de mi casa, donde podíamos seguir su desarrollo a diario y sin perdernos casi ningún detalle.
            Y claro, todo bien: los encargados de la plaza llegaron un día a mi casa con todas las herramientas necesarias para la faena sobre una carretilla, trabajaron durante gran parte de la mañana para poder arrancar la araucaria sin dañarla de gravedad y así continuar toda la tarde para plantarla de nuevo en un hoyo profundo que habían excavado exclusivamente para ella.
            La araucaria estuvo en perfectas condiciones por años, creciendo a la vista de todo quien se maravillara ante tanta belleza ancestral; hasta que un día, cuando estaba a punto de salir en dirección al colegio, me percaté por pura costumbre que ésta ya no estaba en su sitio: alguien la había serrado en la base, dejando sólo unos cuantos centímetros de tronco desenterrado y las raíces ocultas bajo la tierra.
            En ese momento sentí como si acabaran de darme un puñetazo en el estómago, cosa rara, puesto que nunca había reparado en que tenía cierto afecto hacia esa araucaria obsequiada hacía tanto tiempo por nuestra tía, que en paz descanse. Tal vez fue el hecho de pensar que prácticamente teníamos la misma edad –una cualidad de las araucarias es que demoran un montón de años en crecer–, o que llegué a creer que cuando volviera a casa después de mucho tiempo, con un trabajo bueno o un título bajo el brazo, la vería igual de grande que cuando me viera yo en el espejo. Pero de eso, sólo sueños.
            Entonces, casi por descuido, me percaté que habían unas cuantas hojas de araucaria alrededor de la base del árbol formando un camino al más puro estilo Hansel y Gretel en dirección a un pasaje más allá. Miré mi reloj de pulsera –costumbre avasallada por la presencia del celular en mi vida– sólo para saber que ya iba atrasado a clases. Me alcé de hombros, importándome todo una mierda, y encaminé en la dirección señalada decidido a obtener pistas de su paradero antes que el ladrón re culiao’ pudiera borrarlas. En algunos tramos las hojas cilíndricas de la araucaria desaparecían como si quien cargaba con el tronco cambiara su posición de un hombro a otro, y con ello consiguiera que la copa no se arrastrara por el suelo por al menos unos cuantos metros, hasta que el hombro volviera a cansarse y así tener que repetir la misma operación para descansarlo por un rato. Aun así no fue difícil dar con la casa donde la retenían: quien la había robado ni siquiera se había esforzado en esconder o barrer las hojas en su antejardín que lo inculpaban derechamente, lo cual hacía las cosas todavía peores: la araucaria, árbol milenario de nuestro maldito país, había sido cortada por un imbécil que ni siquiera había reparado en los detalles de su pequeño crimen.
            –La araucaria –murmuré recordándolo todo de golpe–. A veces pienso que no’ fuimo’ al chancho esa vez.
            –Éramo’ chicos –me dijo el Juan–, y vo’ sólo queriai venganza.
            Claro que quería venganza: como supe quién había robado la araucaria de la plaza, no tuve otra que ir a clases, recibir una perorata aburridísima del inspector por culpa de mi atraso, y contarle todo al Juan cuando pude en el segundo recreo de la mañana. Ahí lo fraguamos todo…, aunque bueno, la culpa fue toda mía, debo aceptarlo: sólo hablo en plural porque, bueno, a veces lo hacemos a menudo, ¿no?
            Tragué saliva. Sentía una vergüenza enorme.
            –¿Hasta el punto de quemarle la casa…?
            –Pero no se quemó –objetó el Juan–. Y eso está bien. Punto final.
            Esa misma noche entramos por el patio de la casa del ladrón a eso de las dos de la mañana con unos cuantos trapos viejos, un poco de bencina y un montón de fósforos; escapar de casa no era cosa complicada. Como supimos que no había nadie despierto adentro, colocamos los trapos viejos junto al cobertizo anexado a la casa, le rociamos la bencina que andábamos trayendo y, sintiendo un violento retorcijón de estómago por la pura ansiedad y el miedo a ser descubiertos, le prendimos fuego antes que pudiéramos arrepentirnos. Después salimos disparados en dirección contraria a nuestras casas, subiendo una inclinación pronunciada desde donde pudimos ver todo el espectáculo. Al principio las llamas lamían la madera alzándose de una manera horrible, como si intentaran rasgar el cielo, y a nosotros nos pareció asombroso, un acto de venganza acorde a la justicia que exigíamos. Sin embargo, luego de un rato que nos pareció eterno, la cosa empezó a ponerse fea y los vecinos no tardaron en salir de sus casas para intentar detener el siniestro con cubos de agua, mangueras y todo lo que tuvieran a su disposición. Nunca supe en qué momento habrá salido el dueño de la casa a la fría noche para intentar detener el fuego con sus propias manos, pero cuando llegaron los bomberos a restaurar el orden y salvar la casa de consumirse hasta las cenizas, éste se hallaba con las manos llenas de ampollas y los nervios hechos un estropajo.
            –¿Oye? –Caí en la cuenta que había pasado un detalle por alto–. ¿Por qué me preguntaste si me acordaba de la araucaria?
            El Juan se rió.
            –No sé por qué nunca te conté (debe ser la costumbre de nunca hablar de güeás como éstas), pero hace un tiempo supe por qué el hippy robó el árbol de la plaza.
            Cierto: nunca supe por qué el tipo había robado la araucaria de la plaza; o sea, me hice la idea de que quizá quería replantarlo en su propio territorio (para contemplarlo cuantas veces quisiera o qué se yo), o bien venderlo y ganar unos cuantos billetes que le pudieran servir para lo que fuera que quisieran hacer los putos hippys con él. Pero evidentemente no sabía la respuesta correcta para esa interrogante.
            –¿Pa’ qué güeá lo quería? –dije.
            –Un día estaba carreteando en la casa del Lucho, que vive cerca de la U, y este güeón viene y me dice: “oye, invité a un amigo, un loco de donde venimo’ y la güeá”; y a que no adivinai…
            –Era el hippy.
            –¡Sí, güeón, era el hippy! El güeón pao’ no se acordaba de mí.
            –Éramo’ chico’ cuando pasó lo de la araucaria.
            –Mejor pa’ mí. De todas formas, nunca tuvo cómo cachar que fuimo’ nosotros los del incendio en su casa.
            »En fin: viene el hippy (que ya venía hecho mierda) y empieza a contarnos historias de su barrio y la güeá, hasta que se le suelta la lengua y le da con el tema de la araucaria. Justamente la araucaria. ¿Sabí’ por qué la cortó de la plaza? –Negué con la cabeza; era obvio que no sabía–. El güeón lo usó pa’ hacerse un didyeridú.
             –¿Un didyeridú?
            –Así es.
            –Yo tenía la esperanza de que el árbol se le hubiera quemado cuando fue lo del incendio –dije sintiendo un extraño acceso de rabia repentina.
            –Pero no se le quemó ahí –El Juan sonrió enigmático–. El güeón, después de mucho bla, bla, bla, me contó que cuando se vino a vivir acá, la casa que estaba arrendando se le incendió por una pifia en el calefón. Dijo que se le quemó todo, todo.
            –Entre esos el didyeridú, ¿no?
            –Ajá, ajá.
            –Mierda.
            Me miré la palma de la mano derecha bajo la mesa como preguntándome cuán poderosos podían ser los designios del destino que uno echaba a andar en cada decisión. ¿O sólo había sido cosa de mala suerte?
            –Bueno, quizá tuvo lo que merecía, ¿no? –dijo el Juan. Sabía que me decía esas cosas sólo para ver mi expresión al respecto; la vergüenza mezclada con el arrepentimiento debía de ser muy patente en mi cara.
Tuve ganas de preguntarle cómo era posible que el hippy, un tipo que ahora debía redondear los treinta y muchos años, fuera amigo del Lucho, un joven de la misma edad nuestra; pero en vez de eso le contesté con lo primero que se me vino a la mente.
            –Quizá sí –dije, tomando un sorbo de té; se había enfriado un montón–. Puede ser que le pegara a las mujeres en su casa, o que ahogara gatitos en su tina, o que fuera un hippy fascista de esos pechos fríos. Quién sabe: quizá sí lo merecía.
            –Sí –dijo el Juan mordiendo un trozo de su pan–. Quizá sí lo merecía.
            Y así estuve repitiéndomelo una y otra vez mientras intentaba quedarme dormido: el hippy se lo merecía por haber robado un árbol milenario que no le pertenecía, que les correspondía a todos los vecinos que lo admirábamos a diario; se lo merecía, sí, se lo merecía.

            Pero a pesar de haberlo repetido un montón de veces, como una maldita letanía, me costó un mundo conciliar el sueño.

Largo camino a la ruina #50: Un largo viaje en auto

−Me fue como el pico –dijo el Sebastián después que dimos la penúltima prueba del semestre−. Ojalá no me eche esta cagá’ de ramo.
            Pero parecía no ser el único que esperaba una mala calificación por la evaluación que acabábamos de dar: en realidad TODOS sentíamos que nos había ido como el pico. La prueba, siendo profundamente objetivo, estaba destroza anos, sólo para estudiantes con el coeficiente intelectual de Stephen Hawking o Albert Einstein, no de unos chilenos promedio como nosotros.
            −Fue nomá’ –comenté antes de pedirle al Miguel unas fumadas de su cigarro.
            −El ítem tres lo dejé en blanco –dijo la Loreto. Sonreía de lo nerviosa que estaba−. Ni cagando lo respondía. Estaba súper cuático.
            Resultó que casi la mayoría del curso había dejado aquél ítem sin responder. Y aunque no quise mencionarlo para no parecer fantoche frente a los demás, yo fui uno de los pocos que lo rellenó sabiendo que iba a tener todos los puntos del ejercicio. Y todo gracias a que a mi derecha estaba el Gonzalo, el mateo del curso: esperé a que el profe se pusiera a revisar las pruebas de otro curso al que le hacía clases, para realizar la famosa mirada del ciclista: echar una mirada por sobre el hombro y tratar de obtener la mayor información posible en aquella breve oportunidad. Por lo que supe, nadie me vio hacerlo.
            −Pucha, oh, no me quiero pitiar el ramo –dijo la Pamela, al borde del colapso−. ¡Estoy segura que si me voy a examen, cagué!
            −Yo igual –la secundó otro compañero que rara vez hablaba.
            −Yo cacho que hay que relajarno’ –dijo el Iván, abatido−. Lo hecho, hecho está. Si cagamo’, habrá que apechugar nomá’.
            −Muy cierto −dije−. Mejor compremos unos pitos, ¿no?
            Juntamos todos nuestros aportes monetarios y los contamos: con lo que teníamos, nos alcanzaba para dos gramos y algo de marihuana.
            −¿Alguien cacha quién vende? –fue la pregunta del millón.
            Como todos los estudiantes de la universidad estaban dando ya sus últimas pruebas (algunos incluso ya habían salido de clases y cerrado sus semestres), era muy difícil encontrar a alguien que nos vendiera un poco de hierba. El día anterior nos pasamos cerca de una hora esperando a que alguien se anunciara y pudiéramos volarnos como merecíamos.
            −Acá está difícil la cosa –comenté.
            −Yo tengo un dato –dijo el Sebastián−. ¿Quién me presta un celular pa’ llamar?
            La Loreto le extendió el suyo y el Sebastián digitó en él el número de memoria. Se alejó un par de metros para poder hablar sin el molesto bullicio que generábamos nosotros, los angustiados, y luego de un minuto volvió hasta nosotros.
            −¡Ya, loco, estamos! –declaró éste, devolviéndole el celular a la Loreto−. Pero hay que ir a mi pobla, y pa’ eso necesitamos auto.
            Entonces todas las miradas recayeron en el Iván, el único de nosotros que contaba con un vehículo para misiones tan emocionantes como éstas. El aludido gruñó y sacó las llaves del auto de su mochila. Nos miró como diciendo: “ya, güeón, vamo’”.
            Como el Sebastián era el del contacto, obviamente tenía que ir con el Iván; pero como yo fui el de la idea de comprar los pitos, los demás me mandaron con ellos a modo de heraldo y protector del dinero recaudado. Y yo que tenía ganas de quedarme con la Loreto echados en el pasto, esperando a que…
            −¡Yo también voy!
            Miré a un lado y vi que justamente la Loreto levantaba una mano, ofreciéndose como acompañante nuestro. El Sebastián y el Iván me miraron y se alzaron de hombros, dando a entender que su compañía era, naturalmente, bienvenida.
            Así, hablando sobre lo mucho que queríamos fumar marihuana, nos dirigimos al estacionamiento; por lo vacío que estaba, no demoramos en dar con el auto del Iván. El Sebastián se sentó en el asiento del copiloto y la Loreto y yo en los traseros, cada uno en su respectiva ventana. El Sebastián le dio las indicaciones al Iván mientras éste sacaba el auto de las dependencias y subía por una avenida contigua (a esa hora) libre de tráfico.
            −¿Te acordai’ del Loco Chino? –le preguntó éste a su amigo. El Iván afirmó con un gesto−. Ya, allá tenemo’ que llegar.
            Menos mal no nos vamos a demorar tanto, pensé, deseoso de fumar cualquier cosa, lo que me pusieran al frente, cuanto antes.
            Mientras salíamos del centro de la ciudad, nos pusimos a conversar sobre nuestros planes para las vacaciones que se acercaban inminentes. Nadie tenía mucha noción de lo que harían, sólo que aprovecharían cada segundo para hacerse mierda el hígado y los pulmones.
            −Podríamos hacer un paseo de curso –aventuró la Loreto, recibiendo toda la aprobación nuestra.
            −Con cien lucas de marihuana –apoyó el Iván.
            −Y con una mesa llena de copete –agregó el Sebastián.
            Cuando ya teníamos más o menos formulado el paseo, con el valor de la cuota que tendríamos que pagar y los destilados que llevaríamos, llegamos sin más preámbulos a la pobla del Sebastián, un sitio bastante agradable hasta que descubrías que estaba realmente regentado por un montón de narcotraficantes que habían hecho del lugar un infierno para sus pobladores. Pero bueno, eso es harina de otro costal.
            Doblamos por unas calles en que habían varios hombres de aspecto desaliñado y mirada vacía parados en sus esquinas, como esperando a que algo sucediera, cualquier cosa. Por lo que sabía y por lo que nos corroboró el Sebastián, aquellas eran las famosas gárgolas de las que algunos hablaban, personas duras y sin alma como aquellas estatuas de piedra que todos conocían. Y todo por culpa de nuestra querida amiguita, la pasta base.
            −Es una pena –dije, recordando el altercado de mi mochila en el colectivo y el tipo al que conocí inmediatamente después. Cuántos caídos, Dios mío.
            −Ya, güeón, llegamo’ –dijo el Sebastián. Nos estacionamos afuera de una casa de aspecto muy descuidado, con la pintura descascarada y el antejardín seco por la falta de riego−. Pásame la plata –se dirigió a mí.
            Le pasé todo lo recaudado y se lo echó al bolsillo antes de apearse del vehículo.
            Fue en eso que el Sebastián iba por la mitad del camino hacia la entrada de la casa, que la puerta de ésta se abrió y apareció un veinteañero –que parecía de unos cuarenta− de piel quemada, calvo y lleno de tatuajes, acompañado del Loco Chino. El tipo lo quedó mirando un breve instante, como si lo reconociera de algún lado, y sus gestos se crisparon de inmediato, como si hubiera sido impactado por un rayo.
            −¡Acá te pillo, conchetumare! –dijo éste. Y así, sin que nadie pudiera preverlo, avanzó rápido en dirección al Sebastián, apretando su mano derecha con rabia.
            El Sebastián, ni tonto ni perezoso, se percató de esto en el acto, dio media vuelta y volvió a subir al auto.
            −¡Acelera, güeón, acelera! –le gritó al Iván, desesperado.
Fue una suerte que el aludido ni siquiera alcanzara a apagar el motor del vehículo cuando ocurrió todo, porque de otro modo el puñetazo que lanzó el tipo hubiera dado en el vidrio del copiloto, con toda seguridad rompiéndolo; en vez de eso, tuvo que conformarse con darle al aire.
Vimos por el espejo retrovisor que el Loco Chino gritaba algo en medio de la calle, y que el tipo que se había abalanzado sobre nuestro amigo corría hasta uno de los pasajes aledaños, perdiéndose en él.
−¡¿Qué mierda hiciste, güeón?! –dijo el Iván, agitadísimo−. ¡Ese güeón te quería sacar la chucha!
−¡No sé, güeón, no sé quién chucha era! –El Sebastián no dejaba de tiritar de los nervios−. ¡Nunca en mi puta vida he visto a ese culiao’!
La Loreto se apegó a mí y yo le devolví el gesto. Las situaciones así me ponían los pelos de punta.
−¡Entonces por qué chucha te quería pegar! –siguió el Iván.
−¡No sé, güeón, te digo que…! –El Sebastián se calló de golpe; me di cuenta que miraba el espejo retrovisor−. ¡Mierda, güeón!
Miramos atrás y reparamos en que si el tipo había desaparecido por una de las calles contiguas a la casa del Loco Chino, era para buscar su auto y perseguirnos como lo hacían los malos que buscaban venganza en las películas. Salvo que, como es obvio, ésta era la vida real y estábamos en un lugar donde claramente las cuentas se ajustaban de una forma muy particular y violenta.
El Iván, todo reflejos y sobriedad, apretó el acelerador justo en el momento en que el vehículo del tipo iba a chocarnos.
−¡Pero qué chucha este loco culiao’! –exclamó el Iván, con los ojos desorbitados. La tensión dentro del auto podría hasta freírse en una paila de lo materializada que la sentíamos. La Loreto temblaba muerta de miedo, y yo pensé que malditas sus ganas de acompañarnos en nuestra empresa, cuando podía estar a salvo con nuestros compañeros en el campus de la U.
Doblamos por unas calles que indicaba el Sebastián con frases atropelladas y mal formuladas, y el tipo no dejaba de seguirnos. Pensé que debía conocer la pobla tan bien como nuestro amigo.
Dentro del auto, la sensación de angustia lo gobernaba todo; estábamos conscientes que la situación podía tornarse mucho peor en cualquier instante. Con gente como ésta había que tener mucho, mucho cuidado.
            Al llegar al final del sector, el Iván tomó un camino aparte para internarse en una poco frecuentada carretera que llevaba al otro extremo de la ciudad. Su idea era hacer que el tipo se cansara de seguirlos y decidiera cobrar su venganza otro día en que tuviera más tiempo disponible; pero al parecer, éste tenía todo el tiempo del mundo.
            −¡Cómo no se cansa este conchesumadre! –dijo el Iván, acelerando entre medio de árboles y casas apartadas de la urbanización.
            −¡Debe estar más duro que la chucha! –dijo el Sebastián, y no sé por qué aquello me hizo mucha gracia.
            −¡Atrás viene otro tipo siguiéndonos! –comentó la Loreto, mirando por la ventana trasera.
            −¡Sí! –confirmé, imitándola−. Alguien en moto.
            −Debe ser el Loco Chino –dijo el Sebastián−. Ese culiao’ tiene moto.
            Entonces existía la esperanza de que él arreglara todo este entuerto…, o quizá arruinarlo aún más. Resoplé y pensé que todo se aclararía, al final de cuentas, muy pronto.
            La carretera dio paso a una más concurrida, donde el Iván aprovechó de internarse entre los demás autos para perderse entre ellos.
            −¡Güena, güeón! –lo felicitamos todos por su buena ocurrencia. ¡Estábamos salvados!
            −Creo que no vamos a comprarle nunca más al Loco Chino –comentó el Iván, notoriamente mucho más relajado.
            −¡Nunca más, güeón, nunca más! –dijo el Sebastián. Entonces, sin saber por qué, todos nos largamos a reír dentro del auto, quitándonos de encima el peso horrible de la tensión generada.
            El Iván le subió el volumen a la música y el Sebastián reparó en que su celular estaba lleno de llamadas perdidas de nuestros compañeros. Con toda seguridad debían pensar que nos habíamos quedado con su parte de la plata de la marihuana, o que, en su defecto, ya la habíamos consumido.
            Pensaba en decirles aquello a los demás cuando un fuerte golpe hizo que todo temblara dentro del vehículo, desestabilizándolo violentamente. No nos costó mucho enterarnos que el tipo vengativo había vuelto a dar con nosotros, esta vez decidido incluso a dañar su propio auto para acabar con nosotros.
            Entonces la desesperación y la angustia volvieron a reinar el ambiente.
            −¡Hijo de perra! –chilló el Iván, totalmente consternado. Dobló rápidamente en la siguiente curva para dirigirse de vuelta a la ciudad−. ¡Tenemos que parar a este culiao’! ¡Ya no me queda bencina!
            Aquello era un verdadero problema.
            −¡Volvamos a la U! –les dije−. ¡Puede que uno de los guardias nos quite a este güeón de encima!
            Nunca supe si la idea les pareció buena o no, pero a falta de otro plan mejor (y más bencina, por supuesto), el Iván, silencioso y rígido, lo tomó como nuestro próximo y último destino.
            El tipo del auto no nos perdía de vista, siempre asegurándose los puestos entre los autos que nos rodeaban; había que reconocer que el hijo de puta tenía una habilidad increíble para con el volante.
            Hasta que volvimos a meternos en las calles del centro y el incipiente tráfico del mediodía. Fue una suerte, una verdadera bendición, que cuando los semáforos en rojo nos detenían, siempre se interponían entre nosotros otros cuantos vehículos en una distancia bastante considerable; porque existía la posibilidad que el tipo se envalentonara, se bajara del auto en aquel corto periodo de tiempo y nos atacara sin que pudiéramos huir ni nada.
            Sin embargo, al ver la entrada del estacionamiento de la U y los edificios de ésta alzándose detrás, sentimos el segundo gran relajo de la jornada; era como volver a casa por un poco de refugio.
            El Iván se estacionó en el primer espacio que encontró cerca de la caseta del guardia y se apeó para correr en su dirección en busca de ayuda; el Sebastián hizo lo mismo, pero no previó que el tipo enfurecido tras nosotros también tenía espacio suficiente para estacionarse donde quisiera y hacer la pirueta que se le antojara con su auto.
Con una frenada que sacó reverberación en el lugar, el tipo interpuso su vehículo entre nuestros dos compañeros, salvándose el Sebastián por un pelo de ser atropellado.
Entonces el tipo se bajó del auto, saltó por encima del capó y se acercó a zancadas a su objetivo. El Sebastián dio media vuelta como si intentara escapar, pero al final, sin que nadie pudiera explicárselo, volvió a girar sobre sus talones y le hizo frente al tipo, poniéndose en una posición de combate que me pareció algo cómica.
−¡Acá te quería pillar, conchetumare! –le dijo el tipo calvo antes de saltarle encima, botarlo al suelo con una facilidad escalofriante y tomarlo del cuello de su polera. Estaba a punto de darle por fin el esperado puñetazo en la cara al Sebastián cuando se detiene una moto al lado de ellos. Era el Loco Chino.
−¡Güeón, no! –le gritó éste al tipo, haciendo gestos con las manos. Se bajó de su moto de un salto−. ¡Ese güeón no es, te estai’ confundiendo!
El tipo observó al Sebastián sin soltarle de la polera, miró nuevamente a su interlocutor, y volvió a girar su cabeza para examinar a quien tenía agarrado. Entonces sus músculos se relajaron y soltó al Sebastián con una clara expresión de arrepentimiento.
−O’e, loco, perdóname –le dijo a éste, extendiéndole la mano para ayudarle a incorporarse−. Te confundí con otro culiao’.
−Nos dimos cuenta –dijo el Sebastián, molesto.
El Iván llegó a su lado y yo le imité luego de bajarme del auto, dejando a la Loreto adentro. Nos tomó cerca de cuatro minutos aclarar el mal entendido.
−¿Qué vamos a hacer con eso? –le preguntó el Iván al tipo (que ahora se mostraba muy amable) apuntando con un gesto al parachoques trasero de su vehículo−. Eso no se arreglará por arte de magia.
−Pucha, no tengo ni uno –dijo el tipo, vaciando los bolsillos de su buzo para demostrarlo−. Pero podría pagarte con otra cosa, vo’ cachai’.
El tipo nos invitó al interior de su auto para mostrarnos una gran bolsa plástica llena de cogollos de marihuana que acababa de comprarle al Loco Chino cuando nosotros llegábamos a su casa.
−Podría pasarte cien lucas de ésta…, ¿o no? –le ofreció el tipo al Iván.
−¡Ya pos! –aceptó éste de inmediato, dándose un apretón de manos para sellar el trato mientras el Sebastián terminaba la transacción de los dos y demorados gramos con el Loco Chino.
Nos despedimos de ellos haciéndoles señas con las manos y le dijimos a la Loreto que todo estaba bien, que llamara a nuestros compañeros para decirles que ya habíamos llegado y que disculparan nuestra demora.
−Tenemos una historia emocionante por contarles –les dijo ésta enigmáticamente antes de cortar. Nuestros compañeros estaban furiosos, pero después de todo lo vivido, no nos importaba mucho en realidad.

Le iba a preguntar al Iván por qué no había dado aviso al guardia del estacionamiento para que nos ayudara cuando éste, justamente, pasó al lado nuestro salpicando gotas de agua con sus manos, como si acabara de salir del baño. Entonces tuve ganas de decirle “gracias por nada” al oído, pillándolo por sorpresa, pero el día estaba tan increíble y teníamos tanta marihuana en nuestro poder, que en vez de aquello lo saludé con un amable buenas tardes y una sonrisa muy alegre. Él hizo lo mismo con nosotros, algo sorprendido, y todos seguimos como si nada nunca hubiera pasado.