Largo camino a la ruina #40: Descifrar el mensaje

No sabía por qué me ardía tanto la espalda: era como si me hubiera rasmillado con algo muy duro, una rama, la punta de un clavo o algo por el estilo; el asunto es que la espalda me ardía un montón y no sabía por qué. Me levanté de la cama apretando los dientes y me dirigí al baño para mirarme la espalda. Por lo poco y nada que veía, me di cuenta que tenía unas marcas finas y rojas atravesando desde una escápula a otra, pero no podía contemplarlas en su totalidad como para dilucidar por qué me molestaban tanto en realidad. Como escuché que el Juan se estaba levantando o arreglándose para ir a la universidad, golpeé su puerta para que se asomara y le pudiera preguntar que qué veía en mi espalda. Me levanté la polera para que viera y escuché cómo empezaba a matarse de la risa. Qué onda, le pregunté.
−Güeón, tení’ la espalda hecha pico –me dijo−. Tení’ rasguños por toda la parte de al medio, y pareciera que… son tablas de multiplicar.
−¿Tablas de multiplicar? –Mi expresión de “qué mierda está pasando” fue inevitable−. ¿Qué onda?
−¿No te acordai’ qué hiciste ayer?
Ayer, pensé, qué hice ayer.
−Ayer estuve con la… −Entonces me acordé que estuvimos con la Loreto en un motel porque no teníamos otro lugar para ir; también me acordé de los gritos de la pareja de al lado (que en realidad eran adultos mayores) y la risa que nos había provocado verlos salir al mismo tiempo que nosotros−. Ah, ya recuerdo.
−¿Fue la Loreto, no?
−Já, sí, qué idiota soy; se me había olvidado.
−¿Pero y por qué las tablas de multiplicar?
            −Ni idea –le dije, alzándome de hombros.
            Sin embargo como quedé con la interrogante dándome vueltas por la cabeza, le mostré a la Loreto las marcas que me había hecho en la espalda durante una de las ventanas entre las clases. Al igual que el Juan, se desternilló de la risa antes de abrazarme con un gesto preocupado y lleno de culpa.
            −Lo siento por haberte dejado así –me dijo.
            −No importa, no importa –le dije, aguantándome la horrible picazón que producían las marcas al rozar con mi polera−. Pero por qué las tablas de multiplicar; ¿estás tratando de alargarme el pene mediante alguna técnica oculta?
            La Loreto volvió a reírse con fuerza.
            −Me vai’ a encontrar súper estúpida y eso –me explicó−, pero lo hice porque era la única forma de aguantar el irme tan rápido.
            −¡¿En serio?!
            −Sí, en serio.
            −Vaya…
            −¿Lo encuentras malo? ¿No te gusta que te haga eso?
            −O sea, está bien. De hecho, ni siquiera me di cuenta –le dije, siendo sincero.
            −Es porque estabas muy caliente con todo eso de los gritos al lado y… ¡Pensar que eran unos viejos!
            Nos volvimos a partir de la risa.
            −Nos dieron clases –le dije.
            −Eran unos maestros.
            Vimos en ese momento cómo nuestros compañeros de carrera se levantaban del pasto para dirigirse a la sala donde nos tocaba la siguiente clase. Una de las amigas de la Loreto nos hizo señas para que fuéramos con ellos.
            −Oye –me dijo la Loreto.
            −¿Qué pasa?
            −¿Quieres que vayamos a las salas abandonadas del otro patio? –Me miraba de una forma que inevitablemente me hizo acordar a una actriz porno−; me gustaría jugar al Sudoku en tu espalda.
            Sabía que aquello iba a doler como el ácido en unas horas más, cuando la emoción del acto finalizara; pero qué mierda: cómo le iba a decir que no a esa mujer tan deliciosa al frente mío. Además, la clase que seguía era bazofia pura.
            −Por supuesto –le dije−. Mi espalda es toda tuya.
            La Loreto me tomó de la mano y nos fuimos por la dirección contraria que todos nuestros compañeros.

Largo camino a la ruina #39: Del otro lado del muro

Como los papás de la Loreto habían llegado de su viaje de no sé dónde y ella no los quería ver ni en pintura, fuimos a consumar nuestro amor al motel más cercano de la ciudad. Nos desvestimos apenas cerramos la puerta tras nosotros para luego de unos cuarenta minutos (o muchos más) estar recostados y resollando como verdaderos maratonistas apoyados el uno en el otro, sintiendo cómo el relajo golpeaba todos nuestros músculos a oleadas.
            Entonces fue ahí que nos dimos cuenta que una pareja al lado nuestro, en la pieza contigua, había iniciado también el viejo ritual del amor.
            −Pareciera que la estuvieran matando –dijo la Loreto riendo, refiriéndose a la mujer que se escuchaba del otro lado.
            −Seguro le están dando unas buenas estocadas con el puñal de carne.
            −¡Ay, Felipe! –exclamó ella, dándome un codazo sin parar de reír.
            La mujer del otro lado llegó a su primer orgasmo a los diez minutos de haber comenzado, lanzando un grito que me hizo recordar al de las actrices porno. Pero el acto no se detuvo ahí: los gritos, a veces acompañados de sonoras palmadas e insultos, siguieron por mucho, mucho rato más.
            −Nunca antes había venido a un motel –dijo la Loreto, acomodándose en mi pecho−. Esta es mi primera vez.
            −Creo que acabamo’ de desvirgarnos el uno al otro, porque yo tampoco había venido nunca a uno.
            Nos quedamos mirando el techo mientras los ruidos seguían aumentando al lado nuestro.
            −¿Se habrán escuchado así también mis gritos? –quiso saber la Loreto.
            −Puede que sí, puede que no… De todas formas, eso no tiene mucha importa en este lugar, ¿no?
            −Sí, tenís razón: a quién mierda le importan.
            La Loreto se acercó a mí y me besó.
            −¡Hey! –exclamó de repente.
            −¿Qué pasa?
            −¡Se te está poniendo dura!
            También me percaté que algo abajo estaba cobrando vida.
            −Es que los gritos de la mujer al lado me están calentando un montón –le respondí.
            La Loreto sonrió divertida.
            −¿En serio que los gritos de al lado te calientan?
            −Sí; ¿hay algo raro en eso?
            −No, no…, o sea…, sí, lo encuentro raro.
            Pensé que con toda seguridad la Loreto no debía saber nada del rubro del porno; probablemente jamás hubiera visto una película, de hecho.
            −No es tan raro, después de todo –le dije−. Al final de cuentas el sexo es como dejarse llevar por el lado animal (por así decir) que todos llevamos dentro. Es algo natural, creo yo.
            −Nunca lo había pensado así.
            −Todos pensamos cosas distintas, en todo caso –le dije, dándole un beso en la frente−. No hay de qué preocuparse.
            La Loreto se quedó un rato callada; del otro lado se escuchó una, dos, tres cachetadas y otro grito más fuerte. De verdad parecía que a esa mujer la estaban matando.
            −Tú eres el segundo hombre con el que he estado –me dijo la primera, de repente, pillándome desprevenido.
            −¿El segundo hombre con el que has estado conversando estas cosas?
            −No, tonto: eres el segundo hombre con el que he estado, con el que me he metido… con el que he follado; ¿me entiendes?
            −Ah, claro.
            −He tenido otros pololos y todo eso –continuó la Loreto−, pero sólo con uno de ellos me he metido…, ya sabes…, relaciones sexuales y esas cosas.
            No supe qué decirle como comentario.
            −Desde chica –siguió ella− que pienso que en este ámbito es bueno ser recatada y darle mi sexo sólo a quién lo merezca, no al primero que se atraviese frente a mí.
            Sentí un extraño retorcijón en mi estómago.
            −Lo que acabas de decir me hace sentir muy afortunado.
            −Qué dulce eres –me dijo ella, empezando a juguetear con los pocos pelos de mi pecho−. Pero si todo ha sucedido como hasta ahora, es porque te lo has ganado, porque has sido diferente a todos los demás hijos de puta con los que he pololeado.  
            −¿Tanto así?
            −Créeme: fueron unos hijos de puta conmigo –dijo la Loreto.
            −Bueno, pues qué lástima por ellos porque se han perdido a una mina muy, muy rica, atractiva, genial, inteligente y con un gusto musical celestial. Qué pena por ellos, en realidad.
            −Gracias –me dijo ella, incorporándose en un codo para besarme−. Creo que estoy lista para aprovecharme de los gritos de la mujer de la pieza de al lado –Y dicho esto, se sentó a horcajadas sobre mí.
            Así fue cómo agotamos lo que restaba de las tres horas que pagamos por aquella fría pieza mezclando nuestros ruidos con los de la pareja de al lado, como máquinas compitiendo contra máquinas. Para cuando nos llamaron por el citófono para decirnos que nuestro tiempo se había acabado, la gente de la pieza contigua también había terminado de tener sexo (y darse bofetadas e insultarse), por lo que nos vestimos bajo un silencio que consideramos pleno y refrescante. Nos sentíamos como si todas nuestras penas, miedos y malos pensamientos se hubieran esfumado, liberado de nuestro cuerpo a través del sudor que empapaba la cama que dejábamos atrás.
            Sin embargo cuando salimos de nuestro cuarto apagando todas las luces de su interior, la Loreto me apretó la mano y me hizo una mueca para que mirara a nuestra derecha segundos antes que la puerta de la habitación contigua se abriera y apareciera por ella una pareja de adultos de unos cincuenta y tantos años con aire agitado.
            Al principio nos hicimos los tontos, mordiéndonos los labios para no reírnos frente a ellos. Pero una vez alejados del motel, rompimos en carcajadas llegando a palmearnos las rodillas debido a su intensidad. La Loreto no podía parar de reír.
            −Si llegamos juntos a viejos –me dijo ésta, una vez se hubo calmado−, debemos ser como ellos y darles lecciones a los jóvenes de cómo hacerlo.

            −Belcebú te oiga, querida.

Poema #35: La cama

La historia que te voy a contar
se trata de una maléfica cama
de la cual nadie se puede
llegar a levantar.

Carece de filudos dientes
como los vampiros,
y de mortales garras
como los hombres lobo,
pero si pensaste que ésta era
una cama normal,
no, señor,
como esta cama
no hay una sola igual.

Por rostro tiene
blandas almohadas,
mientras que sus sábanas
son fuertes brazos…
¡Pero chico, te aviso de inmediato,
cualquier intento de escapar,
te darás cuenta pronto,
habrá sido todo en vano!

Nadie puede con ella,
ha acabado con poderosos magos
y con grandes reinas.
¿Será acaso entonces
la encarnación
de un temible demonio?
No se sabe,
pues de su verdad
no hay nadie que pueda
de él dar un real testimonio.

Cómoda, ancha, mullida,
esta cama puede ser como
siempre quisiste.
Pero debes saber que de acostarte
en ella,
te lo advierto,
quizá volver a caminar

nunca puedas.  

Largo camino a la ruina #38: Sentir arrepentimiento

Cuando desperté de nuevo esa misma tarde, ya más descansado, repuesto y sin tanto alcohol en la sangre, me sentía enormemente arrepentido por la discusión que había tenido con mi compañera a la hora del almuerzo: no era mi intención haber sido un grosero para con ella, de seguro; además, sabía que todo eso no había sido más que un desquite de mi parte por haber dormido, sentirme y tener un desempeño en la prueba como la mierda. En otras palabras, todo había sido muy injusto para ella. Por lo mismo encendí mi computador apenas recuperé mi consciencia y le envié un mensaje pidiéndole perdón, preguntándole que si algún día tenía tiempo disponible, podía invitarla a tomar algo por ahí para arreglar todo el asunto.
            Debe haber sido porque nunca se despega de su celular ni para ir al baño que me respondió casi en el acto –digamos, un minuto como mucho–, diciéndome que no tenía problema, que en realidad ella también se había excedido con su comentario. Me explicó que había pensado luego en los niñitos pobres y le había entrado una angustia enorme, y que de haber tenido yo un celular al cual llamarme, ella me habría pedido perdón primero. Su mensaje concluía con un: “gracias por no ser un estúpido orgulloso –emoticón de carita feliz”.
            Aquello era todo un paso: no estaba enojada conmigo. Cuando ya comenzaba a respirar más tranquilo (escuchando cómo en el living el Juan, el Mauro y alguien más se debatían en un duelo de Smash Bros.), Loreto, mi compañera, me envió otro mensaje preguntándome que si no tenía nada qué hacer esa noche, podía ir a su casa y tomar alguna copa de algo, que estaba sola y todos sus amigos la habían dejado plantada. Pensé en lo extraño que sería compartir una copa con ella –es más, nunca lo habíamos hecho desde la fiesta de bienvenida de nuestra carrera, donde conversamos un poco y nada más–, a pesar que si bien le había ofrecido una, la invitación había sido planteada como una cordialidad más que una invitación en sí,  porque sabía que no la aceptaría nunca. Pero la cosa se había trocado distinta. Bueno, pensé, qué puede salir mal de todo esto. Así que le dije: ya, iré a tu casa. Entonces me dio su dirección, su número de celular –que había perdido con todos mis contactos– y se despidió de mí arguyendo que tenía una ducha pendiente que tomar.
            En media hora ya había comido algo, tomado una ducha y bebido una cerveza viendo cómo mis amigos jugaban una partida de 100 vidas del Smash Bros. Llevaban así un par de horas y aún estaban lejos de llegar al último tercio de éstas. Estaban concentradísimos. Así que limpié las cosas que ocupé, saqué unos cuantos billetes de mis ahorros y me despedí de ellos.
            –¿No vai’ a ir con nosotros a cambiar el vale otro de ayer? –me preguntó el Mauro sin quitar la vista de la tele.
            –No puedo. Cosas qué hacer.
            El Mauro me hizo un gesto con sus cejas y me despedí de ellos.
            Luego de cuarenta minutos me encontraba afuera de la casa de la Loreto, una inmensa estructura ubicada en el barrio alto de la ciudad. No se apreciaba más vida adentro que una luz filtrándose por una de las ventanas del segundo piso y lo que supuse era el vestíbulo de la primera planta. Toqué el timbre un par de veces y esperé, sintiéndome un poco tonto al respecto. Al cabo de unos cuantos segundos se abrió el cerrojo electrónico de la reja y pasé hasta el antejardín donde fui recibido por la Loreto. Me percaté que aún tenía el pelo mojado.
            –Oh, qué plancha que me pillís así –me dijo sonriéndome.
            –Bah, no te preocupí’. Estamos en tu casa. Eri’ dueña de estar como querai’.
            Me hallé en un vestíbulo amplio y cálidamente iluminado, adornado con muchos cuadros y fotos familiares y estatuillas de gatos de todos los tamaños posibles dentro de éste.
            –No hagas caso: mi mamá está loca por los gatos –comentó cuando pasamos junto a ellos. Nos dirigíamos hacia la escalera ubicada al fondo.
            –Se nota –le dije, sin tratar de mostrarme muy impresionado.
            En el segundo piso ingresamos en la segunda puerta a la derecha y la Loreto me invitó a sentarme donde juzgara más cómodo; su habitación era una colorida mezcla de las dos etapas que mi compañera parecía estar viviendo en ese preciso instante de su vida: el fin de la adolescencia y el comienzo de una superficial y poco temprana madurez: abundaban las muñecas, las fotos de sus actores favoritos y una gran pizarra llena de anotaciones de la materia que veíamos en clases y las fechas de las pruebas y trabajos que restaban del semestre. Y pensar que yo anotaba esas mismas cosas en el dorso de mi mano…
            Le di las gracias y me senté en la silla frente a su escritorio. Ella encendió su radio y me preguntó que qué quería escuchar. Le dije que cualquiera cosa. Me preguntó si Simply Red estaba bien. Simply Red está excelente, le dije, y ella puso el disco de sus grandes éxitos.
            –¿Todos esos son tuyos? –le pregunté, apuntando un gran estante lleno de discos.
            –Pues claro.
            –¿Puedo verlos?
            –Verlos y tocarlos.
            Así, sin sospecharlo siquiera, me enteré que la Loreto tenía unos gustos musicales muy parecidos a los míos.
            –¡Jamás pensé que te gustara The Cure! –exclamé como una niñita que acaba de ver a su ídolo de cerca–. ¡Ni mucho menos Tears for Fears ni Depeche Mode!
            –Pues se lo debo a mi papá. Él me heredó gran parte de esta colección.
            –Qué buen gusto tienes.
            –Gracias.
            Así nos mantuvimos un buen rato, hablando de nuestras bandas y canciones favoritas, hasta que ella me preguntó si quería tomar whiskey. ¡Claro!, le dije.
            –¿Solo con hielo?
            –¡Solo con hielo!
            –Me lo imaginaba –me dijo, guiñándome un ojo.
            La Loreto salió de la pieza para volver al minuto después con la botella de whiskey, dos vasos y un recipiente lleno de gruesos hielos.
            –Oye, Loreto.
            –¿Qué?
            –Te quería perdón por lo de la mañana –le dije mientras ella servía los tragos–. En realidad todavía estaba borracho, me fue como las güéas en la prueba y no sé, me dio rabia que dijerai’ todo eso.
            Mi compañera me miró con sus ojos azules y me dijo, con su voz ronca característica:
            –Ya, filo, no importa. Si igual estuvo mal lo que dije –y el hecho que me dijera esto, sin quitarme la vista de encima, me hizo saber que lo decía en serio. Y eso, sinceramente, me hizo sentir muy bien–. No sé si te lo conté en el mensaje, pero después, cuando llegué acá, me dio pena y no pude evitar ponerme a llorar pensando en todas esas personas que se mueren de hambre. Es una basura, ¿no? –Asentí–. Así que gracias a ti por tener la decencia de decírmelo a la cara.
            Y dicho esto, me pasó mi vaso y entrechocó el suyo con el mío. Esto es mucho mejor de lo que había imaginado, pensé antes de continuar con nuestra conversación.
            La música nos llevó al cine, el cine a los libros y los libros, mezclados a nuestra ingesta acelerada de alcohol, nos llevó a estar sentados los dos en el suelo, como los indios.
            Por un lado no me sorprendía que la Loreto fuera tan culta y supiera tanto de arte y esas cosas, puesto que a la gente con dinero siempre les ha sido fácil tener acceso a ello, sin embargo sí lo hacía el hecho que teniendo tantas cosas en común, nunca hubiéramos hablado antes al respecto, siendo que compartíamos numerosos días y tardes en el mismo recinto, yendo a las mismas clases y todo eso. Más tarde pensé que los prejuicios son tan malos para nosotros los pobres como para ellos los adinerados.
            No supe en qué momento se acercó tanto a mí que pude notar todas las perfecciones de su rostro: ningún punto negro, ninguna espinilla, ninguna arruga; ni hablar del delicioso aroma que desprendía su pelo e irradiaban sus poros. No entendía por qué nunca me había fijado en ella, siendo que era realmente hermosa. Recuerdo que un compañero me había dicho hacía algún tiempo atrás que nadie se fijaba mucho en ella porque tenerla al lado era una lata horrible –“imagínate tener que escucharla hablar todo el rato como si tuviera una papa en la boca”; pero estaba claro que ahora todo aquello no tenía ningún sentido: conversar con ella no era ninguna lata, para nada.
            Tampoco supe en qué momento me dio un beso y yo, casi riéndome de los nervios, se lo respondí animosamente, percatándome que sus labios eran exquisitos; gruesos y exquisitos para ser más exacto, como los cojinetes de un pequeño y delicado gato. Se los mordía con cuidado y a ella parecía gustarle un montón. Tomó mi vaso casi vacío y lo dejó a un lado junto al suyo y se abalanzó sobre mí, desparramándonos los dos sobre su suelo alfombrado.
            Estuvimos así unos cuantos minutos, corriéndonos mano, hasta que ella me ofreció más whiskey –acomodándose el pelo tras su oreja– y seguimos hablando sobre libros.
            Cuando alcanzó un nivel de embriaguez más alto (el whiskey ya iba por un poco menos de la mitad), la Loreto empezó a contarme todos su problemas familiares sin que ninguno de los dos supiera cómo habíamos llegado a ese tema. Resultaba que su papá había muerto cuando era chica, en un terrible accidente de tránsito, dejándole una fortuna enorme a su mamá, a ella y a un hermanastro que vivía en Estados Unidos, sacando un magister en no sé qué cosa.
            –Qué terrible –le dije.
            –Y eso no es todo –aclaró, explicando que ese no era más que el comienzo de sus problemas: luego que su mamá recibió su parte del dinero (la más grande de todas), apareció casi de inmediato con un hombre al que llevó a vivir a su casa. Un hombre totalmente desagradable–. Un conchesumadre –especificó la Loreto, escuchándola por primera vez decir un improperio–, un conchesumadre de tomo y lomo –que no había hecho otra cosa que adueñarse de lo que no era suyo. Así había comenzado su período de vida más triste hasta la fecha: ninguneada por un tipo que ni siquiera era su padre, pero que intentaba parecerlo, siempre bajo la sombra de su estúpida madre loca de amor. No obstante, era una suerte que dedicaran la mayoría de su tiempo a los negocios y a perderse en costosos balnearios del país y el extranjero–. Son unos hijos de puta –Y sin que pudiera darme cuenta de lo que ocurriría, la Loreto comenzó a llorar desconsoladamente agachando su cabeza.
            No dudé un segundo en traerla conmigo y hacer que apoyase su rostro en mi hombro, palmeándole la espalda con ternura. Así dimos inicio a la siguiente tanda de besos que nos llevó a su cama, a desvestirnos y a revolcarnos por ella con movimientos alcoholizados.
            No recuerdo muy bien todo lo que hicimos (además, dicen por ahí, un caballero no tiene memoria), pero sí tengo claro que mi compañera tenía un coqueto aro en el ombligo (que no dudé repasar una y otra vez con mi lengua), los pezones claros como marshmellows y un cuerpo tonificado a niveles jamás habido entre mis manos.
            En determinado momento nos quedamos dormidos bajo la tenue luz de las lámparas alógenas y con la radio repitiendo el Songs from The Big Chair una y otra vez. No me percaté de esto hasta que la luz del sol atravesó las cortinas e hirió mis irritados ojos.
Miré a un lado y me encontré con la espalda desnuda de la Loreto: me di cuenta que tenía tres lunares alojados en su escápula derecha con la forma de Las Tres Marías, una diminuta cicatriz que rodeaba su cintura y unas nalgas que me dieron ganas de apretar ahí mismo, importándome una mierda despertarla. Pero en vez de eso salí del cuarto y busqué el baño más cercano para liberarme de todo lo que me dañaba por dentro.
Una vez de vuelta me la encontré desperezándose de la misma manera adorable que lo hacen los gatos, abriendo mucho la boca y extendiendo sus brazos.
–¿Cómo estás, dormilona? –le pregunté.
–Excelente –me respondió, haciendo un mohín coqueto–. Mejor que nunca.
Nos pusimos nuestras poleras y bajamos hasta la cocina para prepararnos el desayuno que acabamos por devorar en su cuarto. Mientras comíamos me dijo que le caía simpático, que jamás había imaginado que mi compañía le sentaría tan bien estando sola en casa. Luego lo hicimos otra vez –revolcándonos por todo el suelo– y nos quedamos conversando sobre más música y libros. Armé un pito de marihuana y fumamos antes de ponernos a escuchar las caras B de sus discos de lujo de The Cure –los mismos que había tenido que vender semanas atrás–, lo cual era una verdadera delicia.
Para la hora del almuerzo pidió un par de pizzas a domicilio –terminando por hacerlo otra vez en su living mientras esperábamos– que comimos en su patio mientras nos partíamos de la risa. El día era agradable, fresco, y yo no podía dejar de pensar en que la noche antepasada había dormido en la calle como un miserable vagabundo, y que las tapas de vale otro parecían haberme dejado con un residuo de buena suerte que perduraba a pesar que las horas avanzaban.
La tarde fue lo mismo que la noche: más alcohol, más música y más sexo.
La Loreto, tras evitar contestar unas cuantas llamadas de sus amigos que la habían dejado plantada, decidió apagar su aparato y dedicarse por completo a pasarlo conmigo.
Entonces me di cuenta que mi compañera, fuese como fuese superficialmente, tenía un interior dulce y delicado que me hizo sentir cierta fascinación hacia ella: era como cuando lograbas dar con el núcleo de una persona que siempre se mostró reacia a exponerlo. Me imaginaba lo que dirían nuestros compañeros de carrera si llegasen a saber lo que hacíamos en ese momento.
–Nunca pensé que fuerai’ así –me dijo la Loreto en determinado punto, echados sobre el mullido sofá ubicado entre dos estatuas de gatos–. Pensaba que erai’ un idiota que no sabía otra cosa más que curarse.
Me reí al respecto.
–Yo igual pensaba que sólo erai’ la típica niñita adinerada y mimada –le dije–. Pero me arrepiento: erí’ totalmente diferente de lo que pensaba.
–Sabía que pensabai’ una cosa así de mí. Me di cuenta por la manera en que me increpaste en el casino.
–Pues lo siento, Loreto, no fue mi intención.
–No, no, está bien. De verdad. No tengo problema con eso –Y acercándose a mí, agregó–: Piensa que fue eso lo que te tiene aquí ahora –antes de darme un beso, cerrar su mano en mi pene y revivirlo como Jesús lo hizo con Lázaro.
Para cuando ya llegaba la noche, la Loreto me dijo que sus papás ya estaban por llegar, que por desgracia no podríamos continuar con eso hasta que los muy malditos se fueran de viaje de nuevo.
No hay problema, le dije, y comenzamos a vestirnos. Aún seguíamos borrachos, y para cuando ya estaba preparado para irme, encendí otro pito de marihuana a modo de despedida. Nos besamos y me fue a dejar hasta la entrada de su casa. Me dijo que habláramos por Internet para ver si podíamos ir a algún lugar al día siguiente, o el día lunes, después de clases. Le dije que no había problema, que para mí sería un placer. Nos besamos por última vez y caminé hasta el centro de la ciudad para tomar la micro que me llevaría hasta la casa del Juan.
–¿Cómo te fue, güeón? –me preguntó éste cuando entré, sentado a la mesa leyendo mientras comía un sándwich.

Lo quedé mirando, y sin poder aguantar las ganas, sonreí y comencé a contarle todo lo ocurrido con la Loreto sin faltar a ningún lujo ni detalle.