Largo camino a la ruina #2: Reportes matutinos

Estaba en el baño, cagando antes de irme a clases, cuando mi mamá me llamó al celular; como lo estaba ocupando para pasar el tiempo en Facebook (sin ver realmente nada importante), no la hice esperar mucho.
            −Hola, mamá.
            −Hola, hijo. ¿Cómo estai’?
            −Bien, bien, acá, preparándome para irme a clases.
            −¿Y por qué se escucha un eco?
            −Porque estoy en el baño, liberando a Willy.
            −Ah, ya veo, ya veo –Hizo una pausa; sabía que no me iba a cortar: que estuviera en el baño jamás significó un pretexto para que me cortara sus llamadas−. ¿Ya estai’ en la casa de tu amigo?
            −Sí. Me vine ayer.
            −¿Y te costó mucho llevar las cosas hasta allá?
            −No, no; eran pocas en realidad.
            −Ah, menos mal.
            Mi mamá esperó por unos segundos, pensando en cuáles serían sus siguientes palabras. Podía escuchar los engranes de su mente trabajar del otro lado de la línea.
            −Oye, Felipe, ¿por qué te fuiste de la otra pensión?
            −Porque la dueña intentó abusar de mí.
            −¿Pero que no tenía sesenta años?
            −Sí, pero era caliente como una de catorce.
            −Ah.
            −¿Y tú, cómo estai’? –le pregunté, cambiando de tema inmediatamente. Del living de la casa provenían unos pocos gritos apagados de los curaos que se negaban a aceptar que la noche y la fiesta habían terminado; creo que un par de ellos se disputaban unas carreras de Mario Kart (el de Wii), o unas peleas de Super Smash Bros. (Brawl). El que perdía, al parecer, tendría que correr desnudo por la casa gritando: “¡mírenme, soy un marica, soy un marica!”.
            −Bien, bien, preparándome para irme a la pega.   
            −¿Y la abuela?
            Se demoró un par de segundos en responderme.
            −Eh, sí, más o menos.
            −Mmmm –Aquello no sonaba bien.
            −¿Oye? –me preguntó ella.
            −¿Qué?
            −¿Por qué se escuchan gritos afuera? –Si la hubiera tenido al frente mío, estoy seguro que habría dicho esto con su ceño fruncido.
            −Son los otros amigos que también tienen que ir a clases.
            −¿Viven todos ellos ahí?
            −A veces.
            En el living todos rompieron a gritar estruendosamente para aclamar al Mauro (ahora sabía que él estaba metido en todo ese embrollo) como el vencedor del duelo; comencé a prepararme mentalmente para ver a alguno de los demás desnudo y gritando: “¡mírenme, soy un marica, soy un marica!” por toda la casa. ¿Todas las mañanas eran así donde este culiao’ del Juan?
            −Parece como si quisieran usar luego el baño –me dijo mi mamá, con un tono preocupado.
            −Debe haberles caído mal la pizza de anoche.
Mentira: nos habíamos gastado la plata de las pizzas en dos botellones de vino y un montón de cervezas.
            −Me imagino –Mi mamá se escuchó algo incómoda−. Felipe, creo que te llamaré más tarde.
            −Está bien, mamá.
            −Si necesitai’ algo, plata, me avisai’ ¿ya?
            −Okey.
            −Trata de desocupar luego el baño: creo que tus amigos no aguantan más.
            Al parecer, quien tenía que pagar la penitencia ya se había desvestido por completo: los demás le aplaudían sin dejar de vociferar, azuzándolo para que comenzara a recitar lo que tenía que recitar.
            −Sí, mamá. Ya me levanto del trono.
            −Cuídate –me pidió, y luego hizo una pausa−. Te quiero –agregó.
            −Yo también.
            −Chao –me dijo, y cortó.

            Resoplé, sintiendo un raro malestar en mi pecho, y me limpié y tiré la cadena. Para cuando me lavé las manos y los dientes y salí de ahí, el Juan pasó al lado mío (corriendo pasillo arriba) gritando en pelota: “¡mírenme, soy un marica, soy un marica!”, sin dejar de reír en ningún momento.

Largo camino a la ruina #1: Un lugar donde vivir

−Así que te volvieron a echar de la pensión –me dijo el Juan, mirándome del otro lado de la reja; aún estaba en pijama y sus ojos tenían residuos de legañas secas.
            −Puta, sí –le respondí–; la dueña cachó las plantas que tenía en la pieza y quedó la cagá’; me quería echar hasta los pacos.
            Juan negó con la cabeza y se acercó a la cerradura para abrirla con la llave que tenía en su mano; olía como cuando mi abuelo tomaba cerveza todo el día, hasta que se quedaba tumbado sobre la mesa, raja curao’.
            −Pasa, güeón.
            −Vale, culiao’, te pasaste –Entré por el resquicio que había abierto en la reja (para evitar que su perro saliera a la calle) y me ayudó a llevar todas mis cosas hasta el living de su casa. Ahí dentro todo era un completo desastre: habían montones de latas de cerveza repartidas por el suelo, colillas de cigarro y pitos de marihuana rebosando un cenicero, un bong cargado con agua sobre la mesa (al lado de tres botellas de pisco Capel vacías) y las paredes llenas de manchas de vino. Un amigo suyo dormía roncando en el sillón principal; estaba en calzoncillos, luciendo una fea mancha café en el sector de su recto−. Se nota que vivís solo ahora.
            −Sí, güeón.
            Miré para todos lados, pensando más o menos en lo siguiente que tenía que decir.
            −Oye, Juan culiao’.
            −¿Qué güeá’?
            −Mmmm…, ¿puedo quedarme acá unos días?
            El Juan se sentó en el borde del sillón en el que dormía su amigo y se puso a revisar entre las cosas desordenadas de la mesa; segundos después, estaba echando algo de marihuana a su bong.
            −¿Tú qué creís? –me preguntó.
            −¿Que creo qué?
            −¿Qué creís que te voy a decir? –Prendió la marihuana de su bong y fumó.
            −Mmmm…, ¿que sí?
            −Sí po’, güeón, cómo te voy a decir que no –Echó el humo afuera y me pasó el bong y el encendedor−. Güeón pao’.
            −Vale, güeón… −Tosí y chocamos nuestros puños−. Vale; porque encontrar pensión AHORA es más difícil que el Templo del Agua del Zelda.
            Juan asintió mientras encendía un cigarro.
            No sé cómo no me di cuenta en ese momento que mi vida estaba a punto de irse a la mierda.

Cuento #96: Milagro de milagros

No sé por qué lo hice, pero ahí estábamos de nuevo el Mati y yo en mi departamento, tomando piscolas y hablando pura mierda, tal y como había jurado no volver a hacer nunca más en mi vida. Este güeón me contaba algo de una mina que había conocido por sus historias y que, desafortunadamente, se había hecho caca mientras se la tiraba; pero tanto copete y cansancio en mi organismo impedía que le prestarse toda la atención debida. Eran ya más de las tres de la mañana y yo tenía que estar a las ocho en punto en el centro para hacer unos trámites de mierda que eran de vida o muerte al día siguiente.
            −Oye, culiao –le dije bostezando−. Es tarde; mañana tengo que hacer unas mariconadas en la mañana. Si querís te quedai a dormir acá y güeá, y mañana seguimos güeando.
            −Vale, güeón –dijo el Mati−. Porque estoy pa’ la cagá, y así no puedo llegar a mi casa.
            −Pero obvio que vai a estar pa’ la cagá, si te estai tomando esa botella de pisco solo.
            −Puta, güeá mía.
            Hice un gesto con la cabeza y me fui a mear al baño. Tomé el cepillo de dientes para desinfectarme el hocico, pero me dio tanta paja, que lo dejé de lado y me fui sin más a la cama, pensando en que si no iba a dormir con una mina esa noche, no valía de nada tener buen aliento.
            −Chao, Mati culiao –me despedí del Mati, que seguía todavía en el living. Pero no me escuchó o no me hizo caso: estaba tan enfrascado cantando la versión bolero de Has sabido sufrir con un montón de desafinaciones, que no pude hacer otra cosa que encogerme de hombros e irme a mi pieza, cayendo como un verdadero saco de papas en la cama.
            Recuerdo que lo último que pensé antes de irme a negro, fue que por el volumen de la música y el canto de mierda del Mati, probablemente tendría un montón de problemas con mis vecinos al día siguiente. “Que se vayan a la chucha”, balbuceé (eso creo), y todo se fue a la mierda.
            Cuando me despertó la alarma a las horas después, tenía la sensación de haber dormido con cuea un segundo, y las ganas de cagar eran superiores a cualquier cosa sobre la Tierra; bueno, no tan superiores a cualquier cosa en realidad: la resaca, debo admitir, me estaba partiendo la cabeza, y yo sólo quería seguir durmiendo o morir para acabar de una vez por todas con tanto sufrimiento…
            Hasta que recordé que el Mati se había quedado güeando en el living, vaciando la otra botella de pisco que habíamos comprado mientras cantaba. Fue como si una alarma se hubiera disparado en mi cabeza; me levanté de un salto y salí de mi pieza para buscar a este güeón; pero este güeón no estaba por ningún lado: no estaba en el living durmiendo en el suelo como acostumbraba, ni en mi pieza de invitados, entre ese montón de mierda que no dejaba de acumularse como si padeciera el peor caso de Mal de Diógenes. No, este culiao no estaba por ningún lado.
            −Chesumadre –dije, pensando en que este güeón podría haber salido todo borracho del departamento sin saber ni de su culo. “En volá se lo culiaron en la calle”, pensé, y sin saber por qué, me reí al respecto…
            Y como si se tratara de algún tipo de karma instantáneo, por la puta madre, al dejar que mi cuerpo se relajara tras haber liberado un puñado de endorfinas por culpa de la risa, sentí que algo entre mis nalgas cedía y daba paso a una enorme avalancha cremosa y fétida bajando por mis piernas; para cuando intenté correr al baño y evitar tal atrocidad, supe que era demasiado tarde.
            Me bastó echar una rápida mirada a mis pantalones para darme cuenta que los había arruinado por completo y que tenía que hacer algo para quitarme toda esa inmundicia de encima. Caminé como pude hasta el baño, me quité la ropa para acumularla en un rincón sin importar que se mezclara lo sucio con lo (entre comillas) “limpio”, y me senté en el trono para terminar la tarea comenzada infortunadamente.
            Mientras cagaba me sentí fatal, el güeón más imbécil del mundo; todavía me dominaba la resaca y tenía la sensación de que la cabeza me iba a explotar en cualquier momento, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. En ningún momento volví a pensar en el Mati y su probable destino funesto por no haber dormido en mi departamento en el estado en el que se encontraba; estaba tan ocupado en no perder la conciencia ahí sentado, echando las pestes más grandes sobre y alrededor de la taza, que mi mente parecía hallarse completamente en blanco; pero su imagen regresó inmediatamente a mí cuando luego de echarme una limpiada escueta e insuficiente por culpa de quedarme sin papel, metí mi cuerpo en la bañera sin que se me ocurriera revisarla antes. Al principio pensé que era barro, o agua estancada; pero por el color y los trozos mal digeridos y masticados de papas fritas con vienesas (que me hicieron recordar de inmediato todas las salchipapas que nos comimos con el Matías la noche anterior mientras nos bajábamos el primer pisco), supe que ese maldito bastardo hijo de la perra me las iba a pagar.
            Grité un insulto que de seguro despertó a los demás vecinos y eché a andar el agua para limpiar toda esa mierda bajo mis pies, sintiendo un asco horrible. Podía sentir los trozos de vienesas y papas fritas –insisto: muy mal masticados− flotando alrededor de mi pantorrilla, produciéndome escalofríos, potenciando las ganas mutantes que tenía de vomitar por culpa de la resaca y el haber dormido tan poco.
             Al principio no pude dar con la respuesta a un fenómeno tan sencillo, pero como llegó un punto en que en vez de sentir que el nivel del agua en la bañera decrecía, no me cupo duda que algo estaba interfiriendo el filtro de ésta.
            −Mati hijo de la perra –dije entre dientes, antes de agacharme y meter mis dedos entre esa mezcla avinagrada de vómito, comida y bilis. Era como embutirlos en una pecera sin limpiar por meses, con peces monstruosos nadando en su interior.
            Me costó lo que consideré una eternidad limpiar el maldito filtro, empujando los trozos acumulados de comida cañería abajo. “Ya lo arreglará alguien”, pensé, despejando el filtro cada vez que era necesario, aguantando las horribles arcadas que me daban a cada ocasión que contactaban los pedazos de flemas y papas fritas del Mati con mi mano.
No sé cuánto rato estuve en esa faena, pero cuando terminé, la espalda me dolía un montón, como si hubiera estado cosechando papas un día entero. Con cada punzada que me daba, repetía mentalmente “Mati culiao”, “Mati culiao” como un mantra. Estaba totalmente emputecido, dispuesto a sacarle los ojos apenas lo tuviera al frente; sin embargo, tras sentir el chorro de agua tibia en mi cabeza y cayendo por mi espalda, no pude evitar sonreír y sentirme un poco mejor.
De todas maneras no podía quedarme ahí por mucho rato. Así que apuré mi baño y salí de la bañera rodeándome el cuerpo con una toalla, pensando en que no sabía qué hora era y cuánto tiempo me quedaba todavía para ir al centro de la ciudad a por mis trámites importantes.
Estaba en eso de secarme los pies cuando supe que había sido parte de un poderoso milagro: mis pies, siempre mal cuidados, hediondos y llenos de hongos, se encontraban ahora en un estado completamente diferente, limpios, sin zonas en carne viva ni cicatrices producto de aventuras en el campo libre (y mi consiguiente torpeza) durante mi niñez; incluso mis uñas encarnadas y amarillentas se habían curado por completo. ¡Mis pies parecían como nuevos!
            −¡Conchetumare: el güitre del Mati me curó las patas!
            Necesitaba decírselo a alguien, compartir el milagro que con toda seguridad iba revolucionar la ciencia y el mundo de la medicina. Pero se hacía tarde y necesitaba llegar puntual a mi destino.
            −¡A la mierda! –dije después de meditarlo un rato. ¡A la mierda la reunión para conseguir una prórroga del banco, a la mierda perder el departamento y todas esas mierdas! Con mi nuevo descubrimiento, podía tener todo el dinero que quisiera: era cosa de conseguir más vómito del Mati, enfrascarlo y venderlo, ganar millones de millones, pasarme por la raja al Banco culiao y sus mariconadas−. ¡Banco culiao! –grité sin poder contenerme, estallando en una sonora carcajada. De seguro mis vecinos pensaron que por fin había perdido el juicio después de todo, pero ya verían ellos cuando me vieran paseándome por ahí con sendas mujeres del brazo, borracho de copete caro y luciendo ropa en mucho mejor estado que la que usaba a diario. ¡Ya verían esos culiaos!
            Como había limpiado todo el desastre de la bañera, se me ocurrió que para tener materia prima para comercializar debía encontrar primero al Mati, hacerle comer más salchipapas y llenarle el hígado de piscola para que terminara por volver a hacer de sus milagros. Así que me vestí ligero y salí de mi departamento en su búsqueda, esperando que no fuera demasiado tarde para hallarlo por ahí, borracho, apuñalado y/o violado.
            A mi izquierda tenía un paradero a esa hora atestado de gente, y a mi derecha, a un par de calles más allá, una plaza donde todos se juntaban a fumar marihuana, pasta base, jalar y tomar sin que les importara nada. Mi instinto y mis estadísticas mentales me aseguraron que ahí se encontraría este güeón, así que sin perder más tiempo encaminé hasta allá mientras no paraba de llamarlo desde mi celular. Naturalmente su aparato se debía de hallar apagado, sin batería o en el poder de uno de los rateros que siempre pululaban por mi barrio, porque su tono se encontraba tan muerto como nuestro querido Mamo Contreras.
            Y bueno, apenas llegué a la plaza, me di cuenta que mi instinto no había fallado un ápice: porque ahí estaba este güeón, durmiendo y roncando boca abajo, como un saco de papas desparramado.
            Le tomé el pulso, temiendo lo peor.
Respiraba.
            “Mierda”, pensé. “¡Sigue vivo el culiao!”. Pero recordé de inmediato lo valioso que era para la humanidad; este güeón no podía morir de una forma tan humillante.
            Le di vuelta, le pegué unas cuantas cachetadas y un par de combos en la tula, pero no ocurrió nada. Entonces respiré hondo, resistí unas salvajes ganas de vomitar por culpa de respirar hondo en primer paso, volví a intentar respirar hondo, y me hice el ánimo de cargar con su humanidad de vuelta a mi departamento.
            Cosa que obviamente me dejó hecho pico, deseoso de morir de un paro cardiaco o alguna mierda que me aniquilara de una vez por todas y sin mucho dolor que cualquier otra cosa en el mundo. Por lo mismo lo deposité en el sillón de mi living como pude y me hice un pequeño espacio entre su cuerpo y el precipicio, rodeando su brazo ante mi pecho para protegerme.
            No sé cuánto tiempo pasó; sin embargo la luz del sol filtrándose por las cortinas hechas mierda me hizo saber que ya era casi mediodía. Moví la cabeza sin reconocer donde estaba (escuchando mi cuello crujir peligrosamente) y miré instintivamente hacia atrás, sintiendo como si faltara algo.
−Despertaste, culiao.
Levanté mi cara hacia el lugar del que provenía la voz para encontrarme con el Mati sentado a la mesa, tomando lo que parecía ser una piscola. Se notaba trémulo y borracho, pero consciente.
−Conchetumare, la media caña –dije a la vez que me incorporaba trabajosamente en el sillón.
−Esto te va a hacer bien.
El Mati me extendió su vaso de contenido oscuro y burbujeante y se lo recibí.
−Oh, güena, culiao.
Sí: lo que estaba tomando el Mati era efectivamente una piscola. Sentí cómo mi cuerpo volvía a energizarse.
−¿Por qué te fuiste de mi casa anoche, güeón? –le pregunté al Mati luego de darle un cuarto sorbo al vaso−. ¿Qué güeá te pasó?
−No sé, güeón –respondió, tomando un vaso de la mesa para preparar otra piscola−. Llegó un momento en que me fui a negro y no recuerdo ni una güeá hasta despertar hace poco…, abrazado contigo –agregó mirándome más raro que la chucha.
−Mira que te ponís maraco, Mati.
Acto seguido le conté que lo había encontrado durmiendo en la plaza cerca del departamento a eso de las ocho de la mañana, completamente inconsciente, y que lo tuve que traer con todas mis fuerzas hasta la cómoda seguridad de mi casa.
−¿Me estai güeando? –dijo él.
−No: todo esto es tan cierto como que esta piscola nos está quitando un puñado de días de vida de nuestra existencia.
−Erís el mejor, culiao.
Pero entonces le dije que él era en realidad el mejor culiao, no yo. Para corroborarlo, le conté todo acerca de lo de su milagro, comenzando por las putiadas que tiré en su nombre al comprobar que mi bañera estaba llena de su vómito, hasta que me percaté, fortuna de fortunas, en que éste había curado las totales inmundicias que eran mis pies.
−¿Me estai diciendo que mi vómito te curó tus patas de mierda?
−Así es.
El Mati me miró de una forma insondable por unos cuantos segundos; acto seguido, y como si hubiera despertado de una breve ensoñación, dio un respingo y se echó todo el contenido de su vaso recién servido a la boca, acabándolo en lo que me pareció un pestañeo.
−Ya, güeón –dijo el Mati, golpeando el vaso en la mesa para servirse otro−. Pa esta güeá hay que ponerle güeno.
Así fue que mientras el Mati se dedicaba a seguir emborrachándose, yo me dirigí a la cocina para cocer unas vienesas y pelar y cortar en tiras unas cuantas papas para luego freírlas. Tenía la idea de que para que volviera a ocurrir otro milagro como el de la bañera, debíamos seguir el mismo procedimiento de la noche anterior.
Para cuando el Mati acabó su quinta piscola (ya borrachísimo y todo), mis salchipapas estaban listas. Las rocié con un poco de sal y se las serví.
−¿No vai a querer, culiao? –me preguntó.
−Tú erís el próximo Nobel de medicina, no yo. Así que come nomá, güeón.
El Mati se alzó de hombros y comenzó a engullir los trozos de papas y vienesas como si estuviera muerto de hambre. Y a decir verdad yo también lo estaba, pero sentía que cualquier cosa sólida que entrara en mi organismo iba a provocar una lluvia de vómito de dimensiones dantescas. Por lo mismo opté por mirarlo y seguir tomando de mi vaso, resistiéndome las ganas de pellizcar unas cuantas papas de su plato.
−Estaban güenas las güeás –dijo el Mati, eructando−. Vale, culiao.
−De nada, güeón –le dije−. Y ahora es mejor que te pongai a güitrear, que un montón de enfermos espera por más milagros.
Así nos encontramos en el baño, con la pila de ropa cagada por mí esa mañana y el ambiente cargado de un olor nauseabundo.
−¿Oye? –dijo el Mati.
−¿Qué?
−¿Esa ropa de ahí, ese pantalón en el rincón…?
−Me cagué esta mañana –le respondí, escueto−. Un percance.
−Ah…
−¿Te falta mucho para vomitar? –quise saber.
−No sé, como que no siento tanto asco…
−Ya, güeón, cómo no vai a poder vomitar, si lo pasai haciendo.
−Ya, pero esa güeá me nace –dijo el Mati−. No me gusta provocarme el vómito.
−Güeón maraco. Mira, piensa en estos pantalones cagados. ¿Te da asco eso?
−No…, no tanto…
−Puta, a ver –Medité por un breve momento−. ¡Ya, lo tengo: imagínate a la Paty Maldonado haciéndote un Trombón…!
Pero creo que el solo hecho de haber pronunciado el nombre de la mujer de la tele fue suficiente: el Mati abrió su boca y dejó escapar una cascada de vómito sobre la bañera como si se tratara de un verdadero grifo. Podía ver cómo trozos de vienesas y papas fritas salían despedidos, estrellándose contra las paredes y la superficie de la bañera.
−Oh, güeón, eso estuvo brígido –me dijo el Mati con un hilo de voz, apoyándose en el borde de la bañera.
−Aún puede ser más.
−Me estai güeando, no sé si pueda hacerlo otra vez…
−¡La Paty Maldonado haciendo un trío con vo y tu viejo!
Entonces el Mati volvió a vomitar grotescamente sobre la bañera.
−Ya, muy bien –le dije−. Ahora sí.
−¿Suficiente?
−Sí, sí, todo bien, Mati culiao, todo bien.
El Mati resopló y se dejó caer a un lado; me di cuenta que apoyó su espalda en mis pantalones cagados, pero se veía tan cansado, que no quise hacer ningún comentario al respecto.
−Bien –empecé a decirle−, ahora lo que tenemos que hacer es buscar… −Mi celular empezó a vibrar en el bolsillo de mi pantalón−. Lo que tenemos que hacer ahora es buscar algo con qué probar tu vómito –Saqué el aparato con dificultad y contesté−. ¿Aló?
−Hola –dijo un hombre mayor del otro lado de la línea−. ¿Tú erís amigo del Mati, cierto?
−¿Matías Belano?
−Sí, ese mismo –me dijo la voz.
−Sí, sí, soy su amigo. ¿Por qué lo pregunta?
−¿Está ahí contigo?
−Sí, aquí está –Le hice un gesto con la cara al Mati; el pobre ni siquiera podía moverse−. ¿Quiere hablar con él?
−Ya, pásamelo.
−Parece que es tu viejo, Mati –le dije al aludido, extendiéndole mi celular.
−Por la puta –rezongó, pero aún así se incorporó un poco y contestó−. ¿Aló? Sí, sí, estoy bien. Acá, donde un amigo… No, no es gay. No, papá, no me culea… No, no… −Una pausa−. ¿Que qué estoy haciendo? Nada, vomitando un poco en una bañera… Sí, es que descubrimos que mi vómito cura heridas y esas güeás… Sí, justamente necesitamos a alguien con quien probarlo… Ya, sí –El Mati tapó el celular con una mano−. ¿Cuál es la dirección de este departamento? –me preguntó. Se la di y él se la dio a su padre−. Ya, sí, ven cuanto antes. Chao.
−¿Era tu papá, cierto?
−Sí, y viene en camino. Dijo que quería que probásemos el milagro con él.
Algo me dijo en ese momento que ninguna cosa buena podía salir de aquello, pero bueno, necesitábamos un conejillo de indias para nuestro experimento y si el viejo de este güeón se ofrecía, pues qué le íbamos a hacer.
Al cabo de veinte minutos, más o menos, sonó el timbre de mi departamento. Me levanté para abrir la puerta y me encontré de cara con el viejo culiao rancio del papá del Mati.
−Güena, güeón –me dijo, ingresando de inmediato al living−. ¿Dónde está ese vómito milagroso?; no me refiero al Mati, por si acaso.
−En el baño.
−Gracias –dijo el viejo antes de quitarse los pantalones y quedar con su aparato oscilando al frente mío−. ¿Dónde está el baño?
−Al fondo, a la derecha.
Cuando llegué ahí, el papá de este güeón estaba metiéndose en la bañera, observado por su hijo medio inconsciente.
−Vamos a ver qué tal tu vómito, ¿eh? –dijo antes de tomar un poco de vómito con el cuenco de su mano y esparcírselo por toda la superficie de su pene. Parecía contento, esperanzado mientras lo hacía; pero no pude evitar sentir una fuerte arcada ante la presencia de tan horrible espectáculo. Por lo mismo, terminé vomitando al interior del trono lleno de salpicaduras de la cagada que había echado ahí esa mañana.
−Papá –dijo el Mati; su voz se oía débil−. ¿Por qué te estai echando esa güeá en la pichula?
−Por culpa de tu ex, po, por culpa de esa mala mujer.
Por el rostro de su hijo pasó una expresión de duda.
−¿Por qué por culpa de mi ex? ¿Qué hiciste ahora, viejo?
−Puta, te fue a buscar a la casa y terminé afilándomela –dijo su papá, sin dejar de pasar más trozos de vienesas y papas fritas por su aparato−. Fue sin querer. Pero parece que la mina no se cuidaba mucho, y tú me dijiste una vez que tuvo gonorrea, así que esto me va a ayudar para prevenirlo.
−Viejo culiao… −musitó el Mati antes de dejarse caer sobre mi pantalón cagado.
Y bueno, todo siguió a ese mismo ritmo hasta que un grito nos hizo volver en sí. Sin darme cuenta, me había quedado dormido con la cabeza apoyada en la taza del baño; miré a un lado sólo para comprobar que el Mati seguía echado sobre mi ropa arruinada y que su papá no estaba por ningún lado.
Estaba en eso de levantarme cuando volví a escuchar el mismo grito que me despertó. Era el viejo culiao del papá del Mati, estaba seguro. Me tambaleé un poco, me aferré a la puerta y respiré hondo para tranquilizarme. Cuando llegué al living de mi departamento (apoyándome en las paredes del pasillo), me encontré con el papá del Mati pálido como la cera y sin pantalones de pie al medio de la sala; no dejaba de gritar y mirarse lo que colgaba de entre sus piernas.
−¿Qué le pasa? –quise saber. Pero había que ser ciego para no darse cuenta de una cosa así: su pene, su amado pene, estaba ahora verde y lleno de escamas; parecía la muda de una serpiente, o un reptil apachurrado y seco. Era un asco.
−¡Güeón, mira, mira mi pichula! –gritó el viejo−. ¡Güeón, qué mierda le pasó a mi pichula!
Ahogué una exclamación, sintiendo un asco horrible, y mastiqué la idea de explicarle todo lo sucedido; pero pensé que lo mejor sería darle mi propio ejemplo al respecto y hacerle notar que, al menos conmigo, no había ocurrido ningún efecto –por así decir– contraindicante.
Me saqué los zapatos mientras el hombre no paraba de gritar y comprobé, por la misma rechucha, que mis pies seguían igual de horribles que antes. “¡Pero si esta mañana estaban como nuevos!”, me dije sintiéndome muy idiota. Mas, ¿había sucedido así? ¿Los había visto como nuevos?
No, no lo sabía: pudo haber sido la resaca, un juego de luz a esa hora de la mañana, mi propia idea de que el vómito pudiera servir para algo, pero no pude dar nunca con una verdadera respuesta.
“A la mierda”, me dije, sin prestarle mucha atención a los gritos desesperados del papá del Mati, “los milagros suceden una vez en la vida”.
Ahora sólo quedaba esperar qué le deparaba el destino a la tula del viejo rancio éste que no dejaba de proferir insultos hacia su propio hijo y a mi persona. Sólo esperaba que se le cayera a pedazos –y muy dolorosamente– al muy maldito.



             

Cuento #95: Creencias españolas

−¡Oye, qué haces! ¡Por qué arrojaste ese papel al piso!
            Eduardo observó cómo el papel que acababa de botar al suelo era arrastrado por el viento sin inmutarse.
            −Estoy generando trabajos para los pobres –dijo éste, haciendo un gesto de indiferencia−. Si no fuera por la basura desperdigada por ahí, seguro no buscarían barrenderos para limpiarlo todo. Así que ya ves –añadió, con tono pomposo−: estoy generando oportunidades para este país en decadencia.
            Jorge, que lo miraba con el ceño fruncido, sintió que su odio hacia Eduardo crecía como la espuma. Y eso era mucho decir, porque hasta unos segundos antes, sentía que su animadversión hacia él no podía ser ya más grande. Pero ahora lo era.
            No obstante, en vez de decirle algo punzante, Jorge prefirió callarse y seguir avanzando junto a sus demás compañeros de carrera, con aquellos que le caían mejor que ese maldito estúpido de Eduardo. Sólo esperaba que éste no se acercara a ellos para hacer sus típicos y egocéntricos comentarios sobre lo genial y maravilloso que era. Estaba de más decir que no era el único que lo odiaba de entre los presentes.
            Los estudiantes entraron en el museo siguiendo a la profesora de la asignatura, quien se detuvo un rato para hablar con el guardia de la recepción y explicarle la razón de su visita. Una vez acabó, se dirigió a sus alumnos para hacerles un breve resumen de la historia del recinto en el que se encontraban.
Jorge podía escuchar el incesante y molesto murmullo de Eduardo hablándole a dos compañeros de carrera unos cuantos metros más atrás; no le costó imaginarse las expresiones de fastidio pintadas en sus rostros, manoseando firmemente la idea de hacer callar a aquel imbécil para poder escuchar toda la información que entregaba la profesora, la misma que con toda seguridad entraría en la prueba escrita de la próxima semana.
             Alguien rechistó pidiendo un poco de silencio y respeto por la profesora, pero Eduardo, como era de esperar, no se calló hasta que ésta les señaló a sus estudiantes que la siguieran y prestaran atención a todos los comentarios que hacía respecto de las obras y antigüedades que iban a examinar a continuación.
            −Esto es pura basura –escuchó Jorge que le decía Eduardo a una de sus compañeras−. Esto no es nada más que basura.
            Pero la joven, en vez de responderle, lo miró con un dejo de asco y se largó de su lado, dejándolo solo.
            El grupo se detuvo un rato en la lóbrega sala contigua para analizar una gran exposición de óleos de naturaleza muerta que databa del período de la colonia. La profesora les explicó que aquello fue fundamental para la gente de aquellos tiempos, puesto que estas obras entregaban claros mensajes para quienes carecían de la capacidad para descifrar las palabras y los misterios que encerraba el conocimiento.
            −Ahora si me siguen –continuó la profesora, avanzando hacia la siguiente sala−, podremos ver un montón de objetos requisados de esta misma época. Objetos requisados por los españoles –agregó con un tono misterioso−. Objetos que se creían malditos y cargados de energía oscura.
            La habitación contigua estaba llena de muestrarios acristalados con un montón de objetos rudimentarios de la época en su interior: relojes de bolsillos, peines con unos cuantos dientes menos, un cáliz desteñido por el tiempo, relicarios, vasos de cristal, etcétera. Todos parecían haber sido arrancados de casas poco acomodadas, a juzgar por la poca dedicación que ofrecían sus detalles.
            −Por un par de años –prosiguió la profesora− los españoles creyeron que todos estos artículos les permitían a sus propietarios adquirir ciertos poderes fuera de lo normal. Sí, ríanse, pero eso es lo que pensaban los hombres de esa época –La mujer se aclaró la garganta−. Algunos diarios de vida de españoles de ese período declaran que las personas que tenían estos objetos en su poder eran capaces de volar y hasta arrojar fuego por sus manos –Un silencio expectante se apoderó de los estudiantes; aunque, naturalmente, se podía escuchar a Eduardo hacer sus clásicos comentarios que a nadie le importaban unas cuantas filas más atrás−. Es gracioso, porque si de verdad estos objetos podían brindar alguna clase de poder, quizá sus propietarios no se hubieran dejado sustraer tan fácil como lo indican los documentos españoles. Pero bueno, la gente de hoy les da importancia por este mismo hecho. Extraño, ¿no?
            Un murmullo aprobador recorrió la sala entera.
            −Bueno, pues –dijo la profesora−. Sigamos.
            Jorge se acercó a unas teteras metálicas que se encontraban a un costado de la sala. No tenían un cristal encima que las protegiera como los demás objetos, pero un simple cordón de seguridad y un mensaje de NO TOCAR indicaban que seguían siendo tan valiosos como todo ahí dentro, a pesar de su aspecto común y destartalado.
            −No sé qué le ven a estas cosas –dijo Eduardo, posicionándose a su lado−. Son tan feas, tan toscas, tan pobres. No sé cómo los españoles pudieron fijarse en cosas tan absurdas como éstas.
            −Lo mismo podríamos decir de tu madre con respecto a ti –le dijo Jorge, perdiendo la paciencia−. No sé qué mierda vio adentro tuyo como para no abortarte y dejarte vivir.
            −¿Perdón? –Eduardo puso cara de no haber escuchado bien−. ¿Qué acabas de decir?
            −Que eres una persona horrible, la más odiada de todas, y que no sé por qué mierda tu mamá te dejó vivir, si eres detestable.
            Eduardo lo miraba con la vista húmeda y temblorosa; Jorge sabía (o intuía) que muy pocos realmente le habían dicho todo lo que pensaban sobre su persona. Jorge no entendía por qué nadie se atrevía a decirles a personas como ésta lo que pensaban al respecto de ellas; a veces sucedía que el más odiado ni siquiera deseaba un cambio: simplemente era el odiado, todo un arquetipo de la sociedad.
            −Oh, hijo de puta –farfulló Eduardo, bullendo de rabia−. ¡Cómo te atreves…!
            Pero Jorge había previsto los movimientos del otro joven: al intentar Eduardo de darle un derechazo en su rostro, Jorge se hizo a un lado para esquivarlo sin muchas dificultades, dejando a su adversario con medio cuerpo balanceándose en el aire…, hasta que éste perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra una de las teteras a su espalda, arrastrando consigo el “efectivo” cordón de seguridad que prevenía situaciones como ésas.
            Entonces un estrépito metálico llenó la estancia y sus habitaciones contiguas.
            Jorge estaba a punto de decirle a Eduardo que eso era lo que tenía por ser todo un hijo de perra, sin embargo un creciente temblor bajo sus pies le quitó las palabras de la boca. Un destello tibio provenía de la tetera que acababa de estrellarse contra el suelo; algo parecía pugnar por escapar de su interior.
            −¡¿Qué mierda está pasando?! –exclamó Eduardo aún en el suelo, escapando a gatas de la brillante tetera.
            La tetera se alzó en el aire, hasta la altura de la cabeza de Jorge, y se iluminó por completo despidiendo una voluta de humo que no demoró en transformarse en un ser con fornidas características humanas. Parecía de verdad muy fastidiado.
            −¿Qué está pasando aquí? –dijo la voz de una mujer arrastrando las palabras. Jorge se giró para ver cómo la profesora y todos sus compañeros tras ella observaban la escena con la boca abierta.
            −Soy Rocimento –dijo el ser, flotando por la sala con cara de pocos amigos−. ¡Me han despertado mientras soñaba, y eso me ha puesto de muy mal humor! Pero condiciones son condiciones –resopló, como si odiara tener que pronunciar aquellas palabras−, y por haberme sacado de la tetera, le puedo conceder un deseo a uno de ustedes. Cualquiera.
            Jorge se percató que el ser, al referirse a uno de ellos, lo estaba haciendo por todos los que se hallaban ahí en la sala, incluso aquellos que no habían presenciado ninguno de los acontecimientos previos a la revelación que tenían frente a sus ojos.
            Varios farfullaron con aire incrédulo, totalmente confundidos. Nadie sabía realmente qué estaba sucediendo en aquella sala. Jorge, en un intento de entender la escena, se dio cuenta que el guardia observaba al ser ingrávido desde el umbral, pálido como una vela.
            −¡Yo! –se escuchó exclamar a alguien, y Jorge sintió como si le hubieran brindado un puñetazo en el estómago−. ¡Yo tengo un deseo! –repitió Eduardo, incorporándose con una triunfal sonrisa en el rostro−. ¡Quiero que mi pene llegue a tocar el suelo!
            La última frase reverberó por toda la estancia, y nadie pudo creer que Eduardo, ese idiota que por desgracia cursaba la misma asignatura de artes que ellos, lo había hecho de nuevo. Verdad o mentira lo del único deseo que ese hombre
(¿hombre?)
estaba ofreciendo, flotando
(¿flotando?)
frente a sus expectantes ojos, Eduardo volvía a demostrar que nunca pensaba en otra cosa que no fuera en él mismo, y eso era detestable.
El ser de la tetera lo quedó mirando con aire pensativo, hasta que por fin comenzó a mover sus manos en círculos, sacando imposibles chispas de sus palmas; mientras hacía eso, dijo:
−Muy bien, chico, tendrás lo que deseas –Entonces juntó sus manos con un sonoro chasquido y la estancia se saturó de una luz blanca que los cegó a todos por unos cuantos segundos.
Antes que cualquiera de ellos pudiera recobrar la visión, supieron de inmediato que algo malo había ocurrido; y no porque no pudieran ver nada, sino porque unos agudos gritos llenos de profundo dolor lo llenaban todo, como la alarma de una vertiginosa realidad que se avecinaba a pasos agigantados e implacables.
−Ah, pero si eres tú –dijo la profesora al corroborar la procedencia de los chillidos. Varios de los estudiantes balbucearon algo parecido.
Frente a ellos tenían a un Eduardo de un metro y diez centímetros de largo, sin piernas (cortadas limpiamente a la altura de la cadera) y con una gran posa de sangre bajo sus muñones. Lloraba y gritaba mirando al techo, evitando así que sus ojos tuvieran contacto directo con los desperdicios que ahora tenía por extremidades posteriores. Jorge se fijó en que una pequeña porción de lo que quedaba de su cuerpo se apoyaba en lo que bien podían ser sus testículos o su pene, un pequeño bulto bajo sus manchados pantalones al medio de sus amputaciones.
−¡Ayuda, por favor! –gritó Eduardo, desesperado−. ¡Me estoy muriendo!
Nadie lograba entender cómo habían llegado a ese punto, nadie lograba entender cómo Eduardo había perdido ambas piernas de aquella forma tan fina e inclemente. Los presentes recordaban haber escuchado que algo se caía, una tetera contra el suelo, y luego Eduardo estaba lloriqueando sobre el piso, sin piernas y un montón de sangre bajo él.
La profesora dio un respingo, siendo consciente de que si no procedía con urgencia, uno de sus estudiantes iba a morir de una manera particular e inexplicable. Buscó con la mirada al guardia sólo para verlo vomitar apoyado de la pared del otro extremo. Sacó su celular del bolso con manos temblorosas y marcó el número de las emergencias. Demoraron un montón en responder del otro lado.
−¡Sí, sí, tenemos una urgencia acá en el museo! –dijo la mujer atropelladamente−. ¡Sí, aquí en la calle…!
Jorge dejó de escuchar la conversación de la profesora y volvió su cabeza hacia Eduardo; notó que éste estaba quedándose rápidamente sin energías y que su rostro palidecía a una velocidad peligrosa. Tuvo las ganas de acercarse a él y decirle al oído que le parecía bueno que volviera a colaborar con este país en decadencia, brindado nuevos elementos para que las personas pobres pudieran trabajar en algo, como por ejemplo en limpiar su sangre del suelo del recinto, dado el caso.

En vez de eso, se acercó a sus compañeros de carrera para salir juntos de aquella sala, aguantando las crecientes ganas de vomitar, y comenzar a hacer conjeturas sobre lo que realmente había sucedido ahí dentro.