Cuento #94: El objeto perdido


Como la tienda de ropa americana le quedaba al paso entre el banco y su casa, Loreto no dudó en entrar para echar un vistazo luego de haber pagado todas sus cuentas del mes.
Haciendo un gesto con la cabeza, Loreto saludó a la joven que atendía el local y se sumergió entre los colgadores llenos de prendas de vestir con cierta ansiedad. Al principio encontró dos poleras de su talla que le gustaron un montón, pero juzgando a partir del clima invernal que comenzaba a asentarse en la región, optó por invertir su dinero en algo mucho más útil como un polerón o una chaqueta bien acolchada.
Transcurridos unos minutos, la joven llegó a tener dos polerones y tres chaquetas entre sus manos; estaba tentada de comprarlo todo, pero a raíz de un percance económico ocurrido unos cuantos meses atrás, Loreto aprendió a no gastar más dinero del presupuestado sin antes haber sacado cuentas en casa. Por lo mismo tomó ambos polerones seleccionados, dejando las tres chaquetas atrás, y los llevó hasta la joven que atendía. Luego de pagarlos, recibir la boleta y dar un paso fuera de la tienda, sintiendo la temperatura un poco más baja que cuando entró al local, pensó que lo mejor sería ponerse uno de los polerones por sobre el delgado chaleco que ya llevaba encima. Loreto se acomodó su prenda nueva, un polerón ancho y mullido con el nombre de una universidad gringa estampado en la espalda, y continuó avanzando por la calle en dirección a su casa.
Después de caminar unas cuantas cuadras y ver a un gato siamés acomodado en el jardín de una casa a su izquierda, a Loreto se le ocurrió que le era más conveniente pasar primero por el supermercado a comprar comida para su mascota, que ir directamente a su hogar: de esa manera no tendría que volver a salir del cálido ambiente de ésta hasta el día siguiente…, a menos, claro, que una emergencia la obligara a hacerlo. La joven iba con eso en mente, revolviendo sus manos dentro de los bolsillos de su polerón para abrigarlas, cuando una de éstas, la derecha, se encontró con algo duro que en un comienzo no logró identificar. Loreto pensó que el objeto estaba ahí, junto a su mano, pero una examinación más concienzuda le hizo caer en la cuenta que éste se hallaba en el interior de la prenda, entre los géneros que la conformaban; de seguro había llegado ahí por medio de un hoyo abierto en algún lugar del polerón. La joven estuvo a punto de ponerse a reír al respecto: le parecía gracioso que su antiguo dueño hubiera olvidado algo en su interior, un objeto común y corriente que eventualmente podría serle útil. Por lo mismo, y sin quitar la sonrisa de su rostro, Loreto empezó a jugar con el objeto de su bolsillo con el fin de concluir qué era este realmente antes de tenerlo frente a sus ojos.
No se trataba de una moneda, pues el objeto era mucho más grande y ancho que una de ellas; tampoco era un listón para el pelo por su consistencia, ni una batería pequeña o un juguete diminuto. De todas las cosas que pudieron ser y que pasaron por su cabeza, Loreto las fue descartando una tras otra al darse cuenta que la cosa en su bolsillo era irregularmente cilíndrica, de unos ocho o diez centímetros de alto y con una marcada protuberancia con forma lineal que le rodeaba casi por la mitad. Detenida frente a un semáforo que acababa de dar rojo, y con la curiosidad picándole cada vez más fuerte por dentro, la joven concluyó que lo que había en su polerón no era otra cosa más que un lápiz labial que su antigua dueña seguramente había dado por perdido.
Loreto creyó que quitarse el polerón para buscar el boquete por el cual había ingresado el objeto perdido y luego extraerlo por ahí mismo, en plena calle, sería un acto muy mal visto por los demás transeúntes; pero tampoco se creía capaz de aguantar las ansías de saber su verdadera identidad hasta llegar a casa, por lo que decidió darse un receso en esa esquina con el fin de saber de qué se trataba éste de una vez por todas.
La joven hizo el ademán de quitarse el polerón para revisarlo cuando algo cayó a su lado, un objeto pequeño, cilíndrico y pálido. Loreto se sintió un tanto confundida, pues pensaba encontrarse con un lápiz labial o algún cosmético por el estilo; pero haciendo a un lado la suave sensación de hastío y extrañeza por no haber acertado a la identidad del objeto, la joven se agachó para recogerlo y se percató que éste estaba frío como la cera. Entonces cayó en la cuenta que el objeto estaba lejos de ser un cosmético o un juguete como había pensado en un comienzo: lo que tenía al frente, entre sus manos, frío, pálido e irregularmente cilíndrico, no era otra cosa más que un dedo finamente cortado con un anillo nupcial engarzado. De ahí que sintiera Loreto una protuberancia lineal rodeando todo el objeto. Era el dedo cortado de alguien, y era tan real como el asco, el miedo y la parálisis que la joven sentía correr por todo su cuerpo. Negó involuntariamente con la cabeza y sintió deseos de gritar mientras se incorporaba costosamente, pero su voz parecía no querer responderle, al igual que sus manos que no soltaban el dedo con su anillo engarzado por nada del mundo.
Fue el codazo involuntario de una persona que pasó a su lado el que la hizo reaccionar y percatarse que el semáforo para peatones volvía a estar en verde. Loreto miró a todos lados con aire paranoico y cruzó la calle con la cabeza gacha, como si temiera ser reconocida por alguien.
El trayecto restante a casa lo hizo casi trotando: sentía que el cuerpo se le había enfriado, en parte por culpa del miedo, así como por las terribles ganas de volver a sentirse segura en su hogar. De vez en cuando miraba por sobre su hombro para confirmar si alguien le seguía, pero sólo conseguía confirmar que no estaba haciendo otra cosa que perder los estribos. Al siguiente semáforo en rojo se detuvo y respiró hondo, tratando de bajar las aceleradas revoluciones de su cuerpo; no podía seguir dejándose llevar por el impulso del momento como una loca: ya tendría tiempo para serenarse y responder (o al menos tratar de responder) todas las interrogantes que significaba el hallazgo que acababa de hacer en su nueva prenda de vestir.
Sin embargo, apenas Loreto llegó a su casa, su gata carey le recordó con fuertes maullidos que había olvidado comprar comida para ella. Loreto se dio un fuerte golpe en la cara, frustrada, y procurando entrar en calma, se dirigió a la cocina ante los heridos gruñidos de Mary Elizabeth. Estaba decidida a no volver a salir a la calle a no ser que fuera realmente necesario, por lo que rebuscó en los estantes más bajos de la cocina algún paquete de comida con restos capaces de apaciguar el hambre de su mascota hasta el día siguiente, cuando no hiciera tanto frío y estuviera mucho más animosa.
Por fortuna, Loreto encontró una porción razonable de comida para su gata en el último paquete que le había comprado.
−De la que me he salvado –dijo antes de detenerse y percatarse que estaba demostrando un miedo irracional que esa tarde, antes de salir a pagar sus cuentas, no existía en su interior. Así recordó el dedo con el anillo engarzado y sintió un fuerte escalofrío recorrerle la espalda.
El bufido grave de Mary Elizabeth hizo que Loreto diera un respingo y comenzara a verter en su pocillo lo que quedaba de comida del paquete.
−Está bien, no te enojes. Mañana tendrás más.
Pero su gata intentó darle un violento zarpazo como por toda respuesta.
−¡Hey, no te pongas idiota, gata de mierda! –le espetó Loreto, sintiéndose algo ofendida por su actitud. Intentó acercarse para acariciarla, mas su gata estaba imposible.
Obviándola, y pensando que tenía mejores cosas que hacer, Loreto hirvió un poco de agua y se preparó un té con miel y un par de sándwiches tostados de queso con el pan que le había sobrado del desayuno. Así, con su frugal comida preparada, se dirigió a su cuarto para recostarse en su cama y seguir viendo películas y series por Internet como el día anterior.
Estaba desvistiéndose luego de haber guardado el otro polerón que había comprado en la tienda, cuando Loreto volvió a reconocer el objeto en su bolsillo, palideciendo al instante. “¡Pero si estoy segura de haberlo botado!”, pensó mientras sentía formarse un nudo en su estómago; dio un paso atrás, alejándose de la silla donde dejó el polerón que llevaba puesto, y trató de recordar qué había hecho con el dedo al momento de haberlo descubierto. Sabía que lo había tomado con sus manos, confirmando la macabra sospecha que éste era tan real como sus propias extremidades, pero luego alguien le había golpeado casualmente, pidiéndole perdón, y después había continuado con los pasos hasta su casa. Mas, ¿habían sucedido así las cosas exactamente? ¡No lo recordaba, no podía recordarlo!
La joven se quedó mirando el polerón por un buen rato sin saber qué hacer. Afuera la tarde declinaba y la ausencia de luz sumía la habitación en un suave ambiente crepuscular. Caviló sobre llamar o no a alguna autoridad para que revelara el origen de aquel dedo: tal vez pudiera ser la pista para llegar a la solución de algún crimen sin resolver. No obstante, luego de darle un par de vueltas más al asunto, supo que lo mejor sería arrojar el polerón junto al dedo y su anillo a la basura, sin remordimientos, y dejar que el tiempo hiciera lo suyo para que se le olvidara aquella situación de una vez por todas. Si otra persona encontraba el dedo y decidía averiguar de dónde provenía, era ya asunto suyo, no de ella.
Loreto tomó el polerón con la punta de sus dedos y lo arrojó dentro del basurero del baño. Acto seguido, cerró la bolsa haciéndole un fuerte nudo en la punta y la llevó hasta el antejardín, donde su gata la siguió para continuar fastidiándole, esta vez tratando de romper la basura con sus filudas garras.
−Por favor, no molestes más, Elizabeth.
La joven se sintió de repente cansada y abrumada: tenía la sensación de estar escondiendo un cadáver, de estar haciendo algo completamente fuera de sus límites. Su corazón no dejó de latir angustiado hasta que dejó la bolsa en el tacho de basura grande del antejardín y volvió a entrar en casa. Iba a cerrar la puerta de entrada cuando se percató que su gata seguía gruñéndole al basurero donde acababa de echar la bolsa. Loreto sintió un fuerte acceso de duda al respecto, pero luego de pensar que ya había tenido bastante por un solo día, decidió tomar a su gata (que intentó rasguñarla apenas la tocó) y guarecerse en su cuarto para descansar un poco, quizá dormir hasta el otro día.
Su té ahora estaba más frío, y sus sándwiches tostados volvieron a estar tan duros como lo estuvieron antes que decidiera comerlos. Por lo mismo los dejó a un lado, sin mucho ánimo, y se puso el piyama para acostarse a ver tele por un rato. No bastó mucho zapping o devaneo de sesos para concluir que estaba muerta de sueño y que prefería dormir (aunque ni siquiera fueran las ocho de la noche) frente a cualquiera otra cosa.
Loreto ni siquiera se percató cuando ya estaba sumida en un sueño profundo y denso. Fue como si no hubiera existido un corte, un punto aparte, y ella volviera a encontrarse de pie frente al espejo del baño, con un traje de novia blanco encima, bien maquillada y peinada para una ocasión importante. Tenía la sensación de estar a punto de concretar algo transcendental, de dar un paso importante en su vida. Se miró más de cerca en el cristal y notó que sus ojos habían cambiado de color: ahora eran claros, no castaños como los suyos. Su pelo también tenía otro tono, y estaba mucho más corto que antes. Sus pómulos anchos se habían esculpido un poco, dándole un aire más avejentado pero refinado. Se echó atrás para volver a verse de cuerpo completo y comprobó, horrorizada, que ese cuerpo no le pertenecía: debía haber envejecido unos diez años en menos de un minuto.
Alguien golpeó la puerta del baño con aire presuroso.
−Hey, Amalia, debes salir –dijo un hombre del otro lado−. Ya es hora.
Loreto sintió el pánico anidar en su pecho. Observó a todos lados, buscando una salida (porque tenía que encontrarla, y pronto), pero sólo dio con la estrecha ventana colindando con la ducha, por la cual, naturalmente, no cabía.
El hombre del otro lado volvió a golpear la puerta, esta vez de manera mucho más impaciente.
−¿Amalia, estás ahí? Por favor, sale, Roberto se está poniendo un poco molesto.
A Loreto el nombre de Roberto le parecía familiar, y no porque fuera uno común y corriente dentro de su entorno, sino porque tenía plena consciencia de conocer al Roberto que acababan de mencionarle, y porque sintió una fuerte punzada de miedo al oírlo.
De repente quiso despertar y salir de ahí, huir del cuerpo en el que se encontraba atrapada y volver al suyo, en su cuarto, a un par de metros del baño donde se hallaba.
Pero su cuerpo cedió sin poder dominarlo y se encontró del otro lado de la puerta con un hombre vestido de gala y con un pasillo totalmente diferente del de su casa. El hombre le sonrió con frialdad y le tomó del brazo, conduciéndola entre personas elegantes que le hacían un leve gesto con la cabeza a modo de saludo. Loreto no reconoció ninguno de los rostros ahí presentes, haciéndole sentir muy incómoda. No había nadie familiar, ninguna cara conocida, y eso le producía un terror cada vez más incontrolable.
El hombre la llevó por un amplio vestíbulo con lámparas de araña colgando del techo, hizo que atravesara un último pasillo hacia la izquierda y que entrara a una sala espaciosa lleno de gente bien vestida que parecía estarle esperando, formando un pasaje hasta el fondo donde le esperaba (sabía que le esperaba a ella) un tipo de pelo corto bien peinado, oscuras cejas prominentes y un rictus que le heló la sangre.
La cabeza le daba vueltas mientras escuchaba a alguien vestido de túnica oscura pronunciar unas cuantas oraciones sin sentido. El hombre a su lado, que debía rondar los cincuenta años, no dejaba de mirarla con sus ojos estremecedoramente oscuros, como si quisiera tener lo mejor de ella en ese momento, engullirla, destriparla
El cuerpo le temblaba, pero seguía sin responderle. De pronto todos prorrumpieron en aplausos y sintió que alguien le tomaba la mano izquierda entre la bruma que se había transformado su vista. Miró al frente y vio borrosamente cómo el hombre a su lado le engarzaba un anillo nupcial en el dedo sin dejar de sonreír triunfal. El corazón se le paralizó y supo con pánico que ya no había vuelta atrás: el rito estaba sellado.
A su alrededor todo era luces, risas y gritos achispados. Su cabeza continuaba dándole vueltas aceleradamente, y Loreto no quería otra cosa más que salir de ahí. De repente todo se había vuelto muy real, demasiado real, y ella quería escapar de todo. Intentó correr, mas sus pies tropezaron y terminó por caer de bruces.
La despertó el incesante golpeteo de su gata desde el otro lado de su habitación, como si estuviera muerta de hambre. Su habitación se encontraba sumida ahora en la fina oscuridad previa al amanecer. Loreto alcanzó a reconocer su propio territorio antes de asomarse a un lado de la cama y vomitar sobre su alfombra.
Los oídos le retumbaban, su corazón intentaba volver a latir con normalidad. El sueño había sido tan real, que Loreto despertó completamente angustiada y desorientada. Sin importarle la desgracia que había hecho con su alfombra comprada hacía tan poco, Loreto se recostó e hizo caso omiso de los llamados desesperados de Mary Elizabeth; en vez de eso esperó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y repasó los últimos detalles de su sueño.
Pasado un rato, y tras recordar el suceso del día anterior, concluyó que todo se debía, primordialmente, al efecto que había producido el hallazgo dentro de su polerón.
Respiró hondo, tratando de mantener la calma, y encendió la luz de su mesita de noche con el fin de ver el estrago que había provocado al vomitar el piso. Sin embargo, un inquietante brillo en su mano le robó la atención, inundándola de miedo. Al comienzo tuvo que tocarlo, sentirlo frío rodeando su dedo para comprobar que realmente se encontraba ahí, engarzado a ella.
Loreto tuvo deseos de echarlo todo afuera de nuevo, de ponerse a gritar ahí mismo. Quizá continuara soñando, un sueño dentro de otro sueño, pero era inevitable: lo real estaba ahí, en su cuarto, con ella, y era como una maldición que no deja de transmitirse de una persona a otra, no importaba si necesitara de algo tan simple como un polerón usado para extender su poder.
Su gata carey seguía gruñendo y maullando del otro lado del cuarto como si quisiera auxiliarla, salvarle, advertirle que había cargado con un mal, un odio, una rabia inmensa que llevaba años acumulándose en un solo núcleo, en un punto indescriptible de la realidad. Pero era ya demasiado tarde: Loreto comprendió por qué la mujer del sueño entonces había amputado su propio dedo para luego perderlo y olvidarse del anillo que portaba. Había querido erradicar un daño, tenía que hacerlo, pero existían males que perduraban por años y no había forma de exterminarlos.
            Pero tal vez pudiera ganar algo más de tiempo, poder salvar su propia existencia y quizá también la de otro, de terminar con la maldición de una vez por todas. Entonces pensó en el filudo y eficaz cuchillo que colgaba de la pared de su cocina. Sí, con toda seguridad eso ayudaría. Al menos de momento.      

Microcuento #38: Pasteros #1

−¿Hay cachao’ que lo pasteros siempre hablan solos?



            −¿Hay cachao’ que ese güeón parado allá siempre habla solo?
            −Sí. Y siempre dice la misma güeá.
            −Pobre pastero.

            −Sí, pobre pastero.

Microcuento #37: Magia es

Magia es: lo que hacen las gotitas para los ojos antes de llegar a la casa de mis padres.

Cuento #93: Sofía, no te vayas

Por un momento se sintió capaz de hacerlo, de dar el primer paso dentro de la casa –su propia casa– y comenzar todo de nuevo; mas la soledad y el gélido silencio con el que fue recibido le hicieron nublar los ojos, formar un áspero nudo en la garganta, y retroceder hasta la pared a su espalda. Todo a su alrededor subrayaba la ausencia de alguien perdido, recientemente extrañado: las fotos, las decoraciones de diferentes gustos, los cuadros, los colores, la posición nueva que ahora tenían sus cosas.
            Carlos intentó mantenerse fuerte, evitar correr tras sus familiares y sus promesas de ayuda y apoyo. Desechó la idea con un ligero manotazo al aire y siguió avanzando, arrojando sus llaves sobre la superficie del mueble más cercano.
            La luz del crepúsculo próximo se filtraba por las ventanas superiores y Carlos no supo qué hacer; se sentó a la mesa y se quedó ahí, meditabundo, con la sensación que un abismo se abría frente suyo, entre ese silencio voraz que lo rodeaba todo.
            A lo lejos se escuchó un auto doblando una esquina, y Carlos supo que con toda seguridad se trataba de sus familiares, su papá, su mamá, su hermano, su tía, los más cercanos; pensó en todo lo que debían estar hablando sobre él en ese mismo instante, en toda la conmiseración y lástima que debían sentir por su culpa, y se aborreció por todo lo que estaba provocando en ellos.
            Se llevó una mano a la cara, buscando fuerzas para sostenerla y no dejarla derrumbarse en el fondo de sus tribulaciones, en ese torbellino iracundo que no dejaba de gritarle que estaba solo, que ya no había nadie a su lado.
            Una prima se había acercado a Carlos durante el velorio, y achispada de vino como estaba, con tono que a él le pareció enigmático –al menos en un comienzo–, le dijo que mejor pensara en buscarse otra, que en realidad era una persona joven y que su vida podía rehacerse con una rapidez que, ejem, ejem, incluso le daba mucha envidia. Carlos pensó por un momento en tomarla del cuello, decirle que se fuera a la mierda, gritarle que se fuera a la mierda, gritarle groserías hasta que rompiera en llantos, pero sedado por los acontecimientos como estaba, sólo asintió y gorjeó alguna basura como por toda respuesta.
            Y fue como si la rabia contenida de aquel momento, el arrebato de ese corto lapso en que su inconsciente quiso clamar lo que su consciente no podía, estallara por fin de manera inevitable, libre de las ataduras impuestas por el impacto de los sucesos, por la desconexión que sufrían aquellos que sentían en el fondo del corazón las pérdidas irrevocables de los que necesitaban a diario.
            Los primeros en estrellarse contra el suelo fueron los floreros de la estantería a la derecha de Carlos, una verdadera cascada de vidrios que llenó el suelo de esquirlas y agua; luego siguieron las copas y vasos del pequeño bar de la pared aledaña, continuados por varias botellas de vino y whiskey a medio vaciar. Acto seguido, Carlos se echó al suelo y comenzó a llorar como no había podido hacerlo hasta ese momento, en solitario, sin nadie que lo estuviera mirando; lo hacía porque después de todo le había interceptado el golpe de la realidad en pleno vuelo entre sueño y sueño, dándole a entender de forma violenta que ya no existía nada que pudiera hacer para devolver a Sofía a este mundo, entre sus brazos, entre esas paredes que lo rodeaban y ahora parecían cernirse sobre su cuerpo cada vez más y más pequeño.
            No había una segunda oportunidad, naturalmente, las cosas habían terminado sin ningún aviso previo, y cuando las cosas acababan así, particularmente, siguiendo su orden demarcado en la línea del tiempo que lo regía todo, alguien siempre resultaba dañado de gravedad. Pues nadie se espera que la diversión concluya de manera inesperada, es lógico, nadie cree que las nubes ocultarán el sol en pleno día de verano. Pero sucede, y eso Carlos ahora lo sabía a la perfección.
            El joven tanteó el suelo encontrándose con un montón de trozos de vidrios y charcos de alcohol, mas no pudo corroborar a qué objeto pertenecía cada pedazo que tocaba, puesto que las lágrimas anegaban sus ojos como si se tratara de un horrible caso de cataratas. Carlos manoseó la idea de tomar cualquier cosa y darse cortes en los brazos a lo loco, rebanar lo que fuera con tal de quitar el funesto dolor que llevaba encima. Pero le fue imposible; con asco, reconoció que era incluso más débil de lo que pensaba, y eso le hizo sentir mucho peor.
            Adónde se iba todo, adónde se iba todo cuando la historia finalizaba y ya no quedaban más actos por interpretar. A la mierda, intentó decir Carlos, pero la voz no logró salir de sus entrañas.
            –¡A la mierda! –dijo una vez más, con fuerza, y entonces el propio sonido de su voz le trajo de vuelta con cierto regocijo, como si hubiera escuchado aquellas palabras con la cadencia de otra persona, como si después de todo no estuviera solo ahí en casa.
            Pero lo estaba. Los muertos no revivían como en los libros y la Biblia: no, los muertos se quedaban bajo tierra, enterrados hasta convertirse en el mismo polvo del que nacían y bla, bla, blá, amén.
            Carlos restregó sus ojos y se incorporó costosamente, temiendo producirse ahora un corte en alguna de sus manos con los desperdicios del suelo. Sintió un terrible vuelco en el estómago al ser consciente del estrago innecesario que había producido con sus pertenencias, las pertenencias en otrora de Sofía, su querida Sofía.
            ¿Qué iba a hacer ahora sin ella? Carlos pensó que dejar pasar los días era la mejor opción, permitir que la existencia transcurriera lenta, lánguidamente, y los días se fueran calmadamente del calendario, con los restos de su querida Sofía a cuestas hasta sacarla por fin de su cabeza. Pero luego de tantas experiencias juntos en tan poco tiempo, supo que aquello podría ser imposible; probablemente llegara a viejo y padeciera de una enfermedad mental degenerativa antes de olvidarse por completo de su persona. Y es que alguien como ella era muy difícil de ignorar, con su carácter extrovertido y analítico, siempre teniendo una palabra y una respuesta para todo, con sus canciones por la mañana y sus lecturas por la noche. Carlos pensaba que como ella no podría haber otra igual, y eso le dio aún más pena, lo hizo sentir más solo que nunca.
            Así, pensando en que ordenaría todo el desastre provocado al día siguiente, Carlos se dirigió a su cuarto –porque ahora lo correcto era decir que era su cuarto– hallándolo ordenado, tal y como lo había dejado Sofía antes de marcharse a su trabajo y…, bueno, morir atropellada por aquél hijo de puta. Carlos no había estado ahí desde el accidente: sus padres creyeron que sería una mala idea que su retoño durmiera en la misma cama de su fallecida esposa, más por creencia que por algo sentimental, por lo que no dudaron en acomodarlo en su antigua habitación de soltero hasta que todo el asunto del entierro hubiera pasado; sin embargo, aquello no había ayudado en lo más mínimo: ahora se encontraba de cara con una escena del pasado, una imagen estática que parecía seguir una línea histórica en que Sofía no había muerto, una en que Sofía había ido a trabajar, almorzado junto a sus colegas traductoras, y en la que ahora se encontraba camino de regreso a casa para tomar onces junto a él, ver una película echados en el mullido sofá del living, hacer el amor cuando perdieran el interés por ella, y leer, leer, leer hasta que ya fuera pasada la medianoche y se despidieran hasta el día siguiente, haciendo el amor otra vez antes de apagar las luces del cuarto y sumirse en la oscuridad y las imágenes difuminadas de sus sueños.
            Pero Sofía no regresaría jamás: había visto su cuerpo magullado y pálido descansando sobre la camilla de una fría habitación llena de otros cadáveres esperando ser reconocidos, había visto su hermoso rostro del otro lado del cristal del ataúd que la llevó  bajo tierra, de ahí de donde nunca más podría volver.
            Carlos, ante todo, no pudo reprimir sus ganas de llorar nuevamente y querer desvanecerse, desaparecer de ahí, del planeta, y así olvidarlo todo. El joven se sentó en un borde de la cama y se llevó las manos a la cara para ahogar sus sollozos. Al principio pensó que alguien lloraba con él, en otra habitación de la casa, pero se percató que sólo era él y su deseo, su necesidad de sentir alguien a su lado, o al menos en el mismo entorno en el que ahora se hallaba totalmente desolado.
            Se restregó los ojos con el dorso de su mano, abriendo el borroso campo visual que tenía al frente, y miró a su derecha: ahí, sobre la cama y doblada en cuatro partes, se encontraba el chaleco que Sofía siempre vestía cuando andaba en casa, uno rosado y deshilachado en muchos puntos que le había pertenecido a su madre. Carlos lo quedó observando por un buen rato sin saber qué hacer; en un comienzo sintió un leve acceso de temor, como si al tocarlo pudiera desencadenar una serie de eventos paranormales que jamás lo abandonaría por el resto de sus días, pero tras pensar lógicamente, toda sensación desagradable fue destituida por un mar de melancolía que a Carlos le pareció una verdadera puñalada en su pecho. Era consciente a cada segundo que transcurría que Sofía no regresaría jamás, que se había transformado en eso: en algo que ya no podía ver, ni oír, ni tocar, ni besar nunca más.
            Carlos tomó el chaleco rosado y se lo llevó a la cara, sintiendo la dulce fragancia que emanaba de él. Nunca más podré volver a sentir este olor, pensó con amargura, nunca más podré sentirlo. Sabía que no había tecnología capaz de revivir un detalle como aquél; y si bien podía llevarse a la nariz el mismo perfume que ocupaba Sofía cuantas veces quisiera, jamás podría dar con esa mezcla del olor entre su sudor seco por las mañanas y su esencia limpia de las noches. Por lo mismo pensó que debía racionar el olor que aún permanecía en su ropa, olerlo de vez en vez para recordarla y dejar sus cosas, sus pertenencias tal cual, hasta que por desgracia todo rastro suyo se borrara de ese lugar y la realidad volviera a caer sobre sus hombros.

            Aún había luz de día afuera; la hora del crepúsculo se acercaba dispuesta a manchar todo con sus delicados y oscuros tonos anaranjados. Pero Carlos tenía sueño, sentía que el sopor y el cansancio por fin le vencían. Se quitó los zapatos, los pantalones, la camisa y la ropa interior con lentitud, como si no pudiera hacerlo a otra velocidad que esa, y se metió dentro de la cama, arrebujando su rostro en el chaleco rosado de su esposa. Aún olía como ella por las mañanas al despertar ambos sin ánimos de trabajar ni seguir con la rutina; aún olía como ella cuando se levantaba por las noches para ir al baño entre sueño y sueño; aún olía como ella y Carlos pudo por fin sentirse tranquilo. No dejó de pensar en que Sofía regresaría esa misma noche, o tal vez mañana, hasta que se quedó dormido a la hora en que el sol comenzaba a sumergirse lentamente en el horizonte, allá lejos.