Cuento #92: Paula tiene más suerte

−A veces me impresiona que la Paula consiga más hombres que nosotras –dijo Bernarda−. No sé cómo lo hace. Si es tan fea.
            Valeria comenzó a reír sin soltar del brazo a Ernesto, su pololo.
            −Debe tener una estrella de la suerte la güeona.
Ernesto se sintió un tanto avergonzado por el tipo de conversación que estaban llevando a cabo su novia y su amiga: le parecía aborrecible y desleal que estuvieran despotricando contra quien les acompaño durante toda la noche, Paula, la misma a la que acababan de despedir en el paradero junto a un tipo que conoció un par de horas atrás.
−¡Y siempre, pero siempre se pesca güeones ma’ o menos!
            Tras decir esto, Bernarda bebió de la botella de vodka que guardaba en la cartera y se la entregó a la pareja que le seguía, haciendo un ademán errático. Ernesto, que era por lejos el más sobrio de los tres, aceptó un poco de buen gusto.
            La madrugada se mostraba serena y parca, con un número escaso de transeúntes y automóviles circulando por las calles. Ernesto se percató que un vehículo, con toda seguridad perdido, viró a la izquierda en la siguiente esquina para retornar a la misma calle que lo había llevado ahí. Turistas, turistas, pensó el joven haciéndose la vaga idea de unos foráneos viajando por el culo del mundo.
            −Todavía me acuerdo cuando se pescó a ese par de gemelos má’ ricos que la chucha –La expresión del rostro de Bernarda demostraba una envidia enorme–. Se los debe haber hecho chupete.
            Valeria quiso decir algo, pero en último momento prefirió callarse.
            “Seguro tú también quisieras haber sido ella, ¿no?”, pensó su pololo, sintiendo una punzada de celos. Deseó que faltara poco ya para llegar a la casa de Bernarda.
            Un vehículo aceleró tras ellos, como reaccionando al probable toque verde del semáforo en la esquina, y avanzó rápido por la calle. Ernesto alcanzó a ver un auto burdeo pasar por su izquierda antes de reaccionar y darse cuenta que éste se estacionaba con violencia a unos metros de ellos, bloqueándoles el paso.
            De su interior se apearon dos hombres con máscaras de payaso; un tercero, el conductor también enmascarado, permaneció frente al volante contemplando la escena que comenzaba a desarrollarse.
            –¡Entréguennos la plata, conchetumare! –gritó uno tras su máscara pálida, agrietada y con un manchón rojo por boca. Tanto él como su amigo manipulaban dos barras de metal con una seguridad espantosa.
            Bernarda, quien encabezaba la fila, chilló antes de intentar refugiarse tras Ernesto. El brazo del otro payaso, no obstante, fue mucho más veloz que ella, impidiéndole cualquier posibilidad de escape.
            –¡Pásennos la plata, si no quieren que les saquemo’ la conchetumare!
            Bernarda no paraba de berrear como si la estuvieran matando; Valeria, por su lado, se apretó fuerte contra su novio, muerta de miedo. Entonces el payaso libre encaminó con firmeza en dirección a su cartera para intentar arrebatársela; Ernesto supo en aquél momento que no tenía otra alternativa más que enfrentarlo y defender a su polola aunque fuera lo último que hiciera.
            Ernesto cubrió primero a Valeria, interponiendo su cuerpo; acto seguido, desvió la mano de su atacante con un ligero manotazo, provocando que éste le diera de inmediato con su fierro en la espalda.
            Ernesto cayó al suelo sintiendo un fuerte relámpago de dolor recorrer su cuerpo. Hizo el intento de levantarse, pero otro golpe le sacudió por sorpresa; y luego otro, y otro, dejando al joven hecho polvo, con la sensación de haber sido atropellado y encontrarse en cualquier otro lugar menos en aquella calle con dos hombres con máscaras de payasos atacándoles.
            Bernarda no paraba de clamar por ayuda, mientras Valeria miraba hacia todos lados buscando a alguien quien pudiera socorrerlos. Por desgracia, la calle seguía tan vacía como antes.
            –¡Güeón, te lo pitiaste! –dijo el payaso que tenía apresada a Bernarda–. ¡Vámono’, güeón!
            El otro payaso quedó mirando a la pareja como si no supiera qué hacer; con esa máscara horrible encima, era prácticamente imposible dilucidar si sentía arrepentimiento u otra clase de emoción por lo que acababa de provocar. Después de lo que pareció un tiempo largo y angustiante, el payaso tomó la decisión de dar media vuelta y correr hacia el auto burdeo que les esperaba; el otro payaso le imitó al instante, empujando a Bernarda contra el suelo.
            El vehículo retrocedió hacia la pista con un latigazo preciso, casi estudiado, y se perdió calle arriba antes que cualquiera de las dos jóvenes alcanzara a fijarse en su matrícula.
            Valeria se agachó al lado de Ernesto para examinarlo con manos temblorosas. Comprobó con alegría que éste aún tenía pulso y que los moretones en su espalda y costados no parecían tan graves después de todo. Así, sin moverse del lado de su novio, extrajo el celular de su cartera y marcó el número de las urgencias. Bernarda, que acababa de incorporarse costosamente del suelo, miró hacia la pareja con el corazón desbocado y los ojos anegados por las lágrimas. Tenía deseos de gritar, de golpear, de echarse al piso y llorar desconsoladamente hasta que llegaran los Carabineros y pudieran volver a sentirse a salvo. Entonces, sin saber muy bien por qué, recordó que tenía una botella de vodka guardada en su cartera.
Sus ojos se desorbitaron al reconocer un pintoresco objeto en su interior, de color pálido y agrietado con manchas rojas a modo de crueles sonrisas. La tomó con la mano, palideciendo como ella, y la reconoció de inmediato: era una máscara de payaso, la misma que tenía el tipo que la había apresado minutos atrás. Intentó hallar una explicación lógica para lo que presenciaba; intentó hacérselo saber a Valeria, su amiga, pero al verla desde el ángulo en el que estaba, ella de pie y su amiga agachada junto a su novio, intentando llamar a los Carabineros por celular, se percató que en su cartera, entre la cajetilla de cigarros y un montón de papeles que parecían boletas de compras, descansaba un objeto muy parecido al que acababa de encontrar en la suya. Salvo que el de Valeria, naturalmente, tenía el mismo aspecto del payaso que había golpeado a Ernesto.
            –¿Qué pasa, Bernarda? –le preguntó Valeria sin quitarse el celular del oído–. ¿Por qué tienes esa cara?

             

Historia #230: ¿Se considera perteneciente a algún pueblo indígena u originario?

−¿Se considera perteneciente a algún pueblo indígena u originario?
            −Sí.
            −¿A cuál?
            −Al de los tchangos, o’bvio.
            (El censista, mordiéndose la lengua:)

            −Ah, okey. 

Historia #229: Reemplazo

No llegué a mi casa hasta el día siguiente: como en la noche anterior corrió la Ley Seca por el Censo de este año, con unos amigos no dudamos en aprovechar el feriado y comprar un montón de alcohol antes que cerraran todas las botillerías; así fue que se nos pasó la mano y nos vimos imposibilitados de volver a nuestros hogares por el estado paupérrimo en el que nos encontrábamos. Al final tiramos unos colchones en el suelo y dormimos sin saber del mundo hasta el otro día, cuando abrimos los ojos y recordamos que les dimos duro a nuestros organismos. Preparamos un desayuno frugal, como siempre, y volví a mi casa bajo un sol endemoniado, sintiéndome fatal.
            Me llevé una gran sorpresa al encontrarme con la pegatina del nuevo Censo estampada afuera de ésta, como si la familia adentro ya hubiera participado del proceso. “Imposible”, me dije, “vivo solo, no debería haber nadie adentro”.
            Pensé en que a veces los censistas no están tan comprometidos para con su trabajo, y en casos como éste, probablemente fuera más fácil para ellos falsificar mi información antes que carecer completamente de ella.
            Me quedé mirando la pegatina con aire estúpido, totalmente abatido por la resaca, y se me pasó por la cabeza arrancarlo de ahí para dejarles en claro a esos malditos del Censo que no estaba para sus trotes, menos cuando sus labores correspondían en ayuda al Gobierno y este maldito país de mierda.
            Iba a hacerlo, decidido, cuando vi aparecer a un censista por el otro de la calle, con su bolso azul y su caminar cansado. “Hey”, le dije, “¿tú eres el censista encargado de esta calle, cierto?”.
Su respuesta fue afirmativa. “Sí, ya pasé por esta calle”, me explicó. “Ahora voy a reunirme con mi grupo para ver si hay más casas por censar”.
“¿Sabes?, tengo un problema”, le dije. “¿Me podrías decir quién te respondió las preguntas del Censo en esta casa?”.
“¿Por qué lo dices?”, me preguntó el censista.
“Pues porque es mi casa y vivo solo”, le respondí. “Y si tiene este sello pegado, significa que alguien debió de contestarte las preguntas, ¿no?”.
            El censista me quedó mirando raro, como si creyera que estaba bromeando. Y bueno, con el hedor a alcohol que expelía desde mis entrañas, cualquiera pensaría que le estaba tomando el pelo. “Si mal no recuerdo”, dijo él, “me recibió una mujer de unos cincuenta años, pelo castaño rojizo y lentes. Tenía los ojos muy azules. ¿Era tu mamá, no?”.
“Sí, era mi mamá, lo siento”, le dije al tipo, haciendo un ademán con la cabeza. “Se me olvidó que hoy día estaría mi mamá en casa”.
            El censista me volvió a mirar extraño, con gesto casi preocupado, y se alejó después de despedirse escuetamente. Y yo quedé ahí afuera, sin saber si entrar o no a casa. Un miedo atroz recorría mi espalda, concentrándose primordialmente en mi nuca; la piel se me erizó y por un breve instante el mundo dio vueltas a mi alrededor. No podía ser: la mujer de unos cincuenta años, pelo castaño rojizo, lentes y ojos azules que atendía a todas esas cualidades era mi mamá, sin lugar a dudas; pero ella…, ella había muerto hacía un par de años por culpa de una enfermedad grave y devastadora.
Ella había muerto y ahora había vuelto.

Y estaba adentro de mi casa, esperándome. 

Historia #228: El huevo entre las paltas

Mis tíos abuelos de La Calera siempre nos mandan cajas llenas de paltas cuando arriba la temporada: con un huerto repleto de paltos, sus frutos son tan numerosos, que ni comiéndolos todos los días o regalándoselos a conocidos consiguen deshacerse de ellos sin que terminen pudriéndose en cajas apiladas en un rincón de la casa.
Por lo mismo mi mamá llegó un día con montón de ellas a cuestas, haciendo un gesto para que le ayudásemos a entrarlas a la cocina. Con mi hermana tomamos la caja de cartón entre sus manos (que estaba pesadísima) y la depositamos sobre la mesa con mucho cuidado. Acto seguido, mi mamá le quitó la cinta de embalaje con un cuchillo y nos encontramos con una infinidad de paltas del otro lado. ¡Casi chillamos de felicidad!
Así que sin perder más tiempo, tomé un par de ellas para prepararlas y comenzar a comerlas al instante. Mi hermana preparó el té y puso la mesa mientras mi mamá se lavaba las manos y se ponía decente para comer con nosotros.
Resultó que las paltas estaban deliciosas y cremosas, como las prefiero siempre, y eso sumado a un pan amasado recién tostado, produjo en mí la sensación de estar viviendo en el Paraíso, completamente extasiado. Y no sólo eso: mi mamá y mi hermana terminaron pensando lo mismo, llegando a comer más de lo que incluso acostumbran a devorar a esa hora de las onces.
            Por la misma razón el número de las paltas fue decreciendo a una velocidad considerable (eso sumado a nuestro temor por su pronta pudrición) y no tardamos en encontrarnos con la verdadera sorpresa que había en esa caja. En el fondo de ella, como si intentara pasar desapercibido como una palta más, se hallaba un huevo el triple de grande de lo normal; de hecho, para ser francos, ese huevo no tenía nada de normal.
            Al principio pensamos que se trataba de un huevo de avestruz, regalo excéntrico por parte de nuestros tíos abuelos, pero mi hermana reparó en que éste tenía unas manchas oscuras con forma de luna creciente repartidas por toda su superficie, cosa que no habíamos visto en ningún documental hasta la fecha. Ninguno de nosotros sabía tampoco de qué clase de ovíparo podía ser esta cría (¿se llaman así los huevos que aún no eclosionan?), por lo que optamos por sacarlo de la caja y mantenerlo en un lugar fresco hasta que supiéramos un poco más sobre su procedencia y cómo prepararlo.
            Con mi hermana buscamos en diferentes foros de Internet cualquier cosa relacionada con alguna especie cuyos huevos tuvieran las mismas manchas que aparecían en nuestro ejemplar, pero todo intento fue en vano: los enlaces sólo nos enviaban a conversaciones fantásticas sobre ficción y libros e historias de las cuales poco se sabía en el mundo. Al final desistimos y esperamos hasta que a nuestra mamá se le ocurriera un plato en el que prepararlo. Yo imaginé lo rico que podía saber frito, recubriendo un montón de papas fritas relucientes de aceite, mientras que mi hermana se lo imaginaba duro, molido, hecho pasta, sobre sus sándwiches con tomate. Nos adentramos tanto en estas imágenes mentales, que no tardamos en enzarzarnos en una fútil disputa sobre quien tenía la razón al respecto.
Y bueno, estábamos en eso cuando sucedió lo más raro de todo. Primero oímos el ruido de algo resquebrajarse; luego un extraño y agudo chillido proveniente de la cocina, ahí donde justamente se encontraba el huevo. Con mi hermana nos miramos y corrimos en su dirección, encontrándonos con éste todo trizado y vibrante, como si algo dentro pugnara por salir de su interior. No lo podíamos creer: ¡íbamos a presenciar por fin el milagro de la vida! Pero nuestras expresiones cambiaron drásticamente al ver que tras abrir un boquete en un punto de la cáscara, lo que salía de su interior no eran las incipientes alas de un pájaro, ni menos las rugosas extremidades de un reptil, sino que las peludas y viscosas patas de un…
−¿Gato?
No lo podíamos creer: del huevo estaba naciendo… ¿un gato?
            −¿Pero que no los gatos nacen directamente de otro… gato?
            −Tampoco lo entiendo –acotó mi hermana.
            Luego de un par de minutos, la cosa peluda en su interior logró salir toda pringosa para comenzar a maullar como una posesa sobre la mesa. Mi hermana corrió a buscar un plato hondo y pequeño en el cual verter un poco de leche para que bebiera y se alimentara. El gato, ciego todavía, olisqueó el aire hasta que dio con su posición y comenzó a beber como si estuviera muerto de hambre.
            Así nos mantuvimos entretenidos hasta que llegó nuestra mamá y supo de lo sucedido. Alarmada, no tardó en llamar a mis tíos abuelos para preguntarles sobre la procedencia de tan fantástico huevo.
            Al cabo de un rato, al momento de cortar la llamada telefónica, nos quedó mirando como si no pudiera asimilarlo.
            −Me dijeron que ellos no mandaron ningún huevo entre las paltas. Nunca han sabido de ningún huevo con los mismos detalles que éste.
            −Pero entonces…, ¿cómo…?
            −No sé…, quizá algún error de envío…
            Pero aquello era imposible: afuera de la caja de paltas en cuestión, venía escrita nuestra dirección y los datos personales de mi mamá del mismo puño y letra de nuestra tía abuela; una equivocación de esa índole no era plausible.
            −¿Qué hacemos con el gato?

            La respuesta fue llegando con el mismo paso de los días: el gato, al final de cuentas, resultó ser una gata, su pelaje se fue aclarando en ciertos puntos hasta quedar en tres marcados colores (negro, blanco y marrón, como si fuera el intento de una gata carey) y acabó por no dar muestras de mucha diferencia con respecto de sus congéneres nacidos por las vías naturales que todos conocemos. Por lo mismo no dudamos en adoptarla, darle un nombre y prometerle los cuidados correspondientes para con un animal como ella. Y es que después de todo, ésta no deja de ser una criatura como cualquier otra que necesita de cariño, amor y responsabilidad, independiente de la manera en que haya llegado a este mundo, sea ésta correcta o completamente antinatural. Y bueno, no es que esta sea una gata completamente fuera de lo normal: hasta ahora no ha dejado de seguir los mismos patrones de hábito que cualquiera de los de su especie: juega, duerme un montón, busca cariño en todos los que tiene cerca y llora cuando no hay nadie a su lado… Y aunque mi hermana asegura haberla sorprendido comiendo carne cruda desde el refrigerador mismo y destripando a un montón de pájaros como si gozara al hacerlo, estoy seguro que es una gata normal y corriente como todas las demás. Estoy muy, muy seguro de ello.