Historia #223: Ayudar a un gato

Con el afán de fastidiarnos, un amigo comenzó a preguntarnos, a mi hermano chico y a mí, que qué recuerdos teníamos juntos de nuestra niñez. Nos costó hacer memoria, puesto que de esos tiempos ya van muchos años, pero mi hermano se acordó justo de una vez que encontramos al gato de una vecina atrapado en uno de los árboles de la plaza donde vivimos. Juramos que nuestras intenciones eran buenas, pero nuestra vecina casi nos mató cuando se enteró que intentábamos hacer bajar a su mascota lanzándole piedras para que saltara hacia nosotros. Nos dijo: “¡qué tienen en la cabeza, niños de porquería! Ojalá fuera su mamá para poder retarlos y hacerles morder el polvo”. Luego se fue y nos estuvo evitando la palabra por alrededor de un año, hasta que, suponemos, se dio cuenta que no éramos más que unos niños que no sabían discernir bien entre lo que era bueno y lo malo, y que la situación, después de todo, no podía pasar de ser más que un mero malentendido entre vecinos. Sin embargo, por otro lado, debo admitir que mi hermano y yo nos sentimos horrible al respecto, puesto que nuestras intenciones eran totalmente inocentes, pero terminamos, como siempre, haciéndolo todo mal, dañando a un pobre animalito muerto de miedo que no quería hacer otra cosa más que volver a casa.
            Ahora pienso en lo selectiva que es nuestra mente, siempre cegando las ventanas de nuestra memoria para no volver a lo que no deseamos, a eso de lo cual no estamos orgullosos y no deja de hacernos sentir una vergüenza enorme. Como cuando intentamos bajar al gato de nuestra vecina con mi hermano y todo salió mal. Pero al carajo: uno no puede sentirse culpable por todo en la vida, esa no es la gracia. Lo esencial es recordarlo todo, recordar hasta el último detalle, usarlos como un ladrillo sobre otro ladrillo y así sucesivamente.

            De todas formas el recordar el episodio del gato trajo para mí una cantidad de buenos recuerdos que creía olvidados, perdidos entre tanta imagen borrosa dentro de mi cabeza. Nunca es malo recordar cuando uno fue tan chico e inocente.    

Historia #222: Tu sabor a tostadas con mermelada de durazno

Cuelgo de las hebras de tu cabello, de tu sabor a tostadas con mermelada de durazno y los tés por la mañana. Cuelgo y vivo en el ámbar de tu taza, en el dulzor vivo entre tus manos, en el cosmético corrido que despierta contigo. Vivo y muero en el vapor de tus quejidos, en el color de tus susurros, en el sabor de tus uñas, en el secreto de tus muslos. Muero cada vez que nos levantamos y fingimos que no nos conocemos en la calle, bajo la luz del sol, ante esa atenta mirada de quienes nos conocen y creen poder ver en el interior de nuestros cuerpos. Muero cada vez que pongo un pie fuera de esta cama.

Historia #221: Descuento a fin de mes

En mis cortos años de vida he trabajado ejerciendo distintos roles en muchos y diferentes lugares, unos menos malos que otros, naturalmente; y bueno, uno de los más llamativos de esos fue el de peajista, gracias a la variopinta gama de rostros televisivos que vi pasar delante de mi caseta. Ahí atendí al Rafa Araneda, a Arturo Longton, a Andrea Tessa, al ciclista de mierda ese que aparecía en La ley de la selva, Luis Andaur (que resultó ser todo un conchesumadre), a Monik de Operación triunfo (otra estúpida desabrida de mierda), entre tantos otros que no recuerdo justamente ahora. Sin embargo, el que más me llamó la atención y el que más me hizo reír, sin duda, fue el archiconocido maestro del güeveo nacional: el Negro Piñera, quien llegó a mi lado en su convertible último modelo una tarde de día domingo cualquiera, cuando el flujo de vehículos disminuye y uno puede permitirse ciertas licencias para con los clientes.
            Apenas me saludó me di cuenta que iba completamente borracho, con la Belén Hidalgo en el asiento del copiloto sonriendo como siempre lo hacía en la tele.
            El Negro me dijo:
            −¿Cómo está, perrito?
            −Bien, bien. Pasando las horas.
            −¿Y tú tan chico trabajando acá?
            −Así es la vida –le contesté.
            Me acuerdo que el Negro miró hacia atrás, comprobando que no había ningún Carabinero cerca u otro vehículo sumándose a su fila.
            −Oye –siguió el Negro−, ¿y es movido por acá? ¿Pasan hartos autos?
            −Má’ o menos. Igual depende del día y la fecha. Hoy día, por ejemplo, está má’ fome que pelea de globos.
            El Negro con la Belén se desternillaron de la risa por mi manoseado chiste.
            −¡Ay, que erí’ chistoso! –Luego de decir esto, el Negro volvió a mirar hacia atrás−. Oye, amigo.
            −¿Qué?
            −¿No me dejaríai’ pasar así nomá’? No tengo sencillo.
            −Me temo que no podría. Después me lo descuentan de mi paga.
            −¿Y si te doy un poco de whiskey?
            La Belén, siempre sonriente, le extendió una botella de Jack Daniel’s vaciada hasta más de la mitad escondida entre sus asientos, junto a la caja de cambios, para que me lo enseñara.
            −¿No te interesa? –dijo el Negro.
            Debo aceptar que su propuesta me tentó un montón porque, puta, no hay nada como un buen whiskey a eso de las seis de la tarde.
            −No, lo siento, no puedo –le respondí−. Si viene mi jefe y me siente un poco de olor, no tendría escapatoria.
            El Negro meditó un poco, dando las clásicas cabeceadas que todo borracho da cuando intenta pensar más de la cuenta.
            −Belén –le dijo éste de repente−. Pásame tus bombachas.
            Y así, sin poner en tela de juicio la orden de su (en aquel entonces) pareja, la Belén subió un poco su falda, levantó su cuerpo del asiento y se quitó la ropa interior con facilidad. Acto seguido se la extendió al Negro Piñera, quien a su vez me la enseñó colgándola frente a mi cara.
            −¿Y si te paso este colaless rico de la Belén, me dejariai’ pasar sin pagar?
            Al cabo de un rato me encontraba despidiéndome de la pareja desde mi caseta de peaje hasta que el convertible en el que iban desapareció carretera arriba, rumbo a Coquimbo. Esperé unos segundos, y como vi que no se acercaban más vehículos, me llevé la ropa interior de la Belén (un colaless oscuro con la fineza de un hilo dental) a mi rostro y sentí cómo olía la gloria. No dejaba de pensar que tenía entre mis manos ¡la prenda íntima de una modelo que aparecía en la tele!
            Le tuve tanto cariño a esta bombacha (como le decía el Negro Piñera), que la guardé en uno de mis cajones para recordar por siempre el prestigioso lugar donde había estado; obviamente nunca la lavé, pero debo decir que su aroma dulce no varió un poco en todo el tiempo que estuvo ahí encerrada. Por lo mismo llegué a pensar que la vida de la prenda podía ser eterna…, hasta que, bueno, una ex la descubrió mientras buscaba algo que ponerse entre mi ropa (después de quedar empapada bajo la lluvia) y no dudó en armar un escándalo y terminar por quemarla frente a mis anegados ojos . Ahí se iba mi querido colaless de la Belén Hidalgo, transformado en un pequeño montón de cenizas. Ahí se iba y yo no pude hacer nada.

            Ahora es lógico que no me crean: sin pruebas a mi favor, todo este relato adquiere los tintes de otra historia más para entretenerlos; pero es verdad, les juro que es verdad. Tan verdad como su textura en mis manos, tan verdad como su persistente olor impregnado en su tela, tan verdad como el descuento de los $2.500 que me hicieron ese mes en el trabajo por haber dejado que el Negro Piñera ingresara a Coquimbo sin pagar la tarifa que le correspondía. 

Historia #220: Conversación en una micro (grabación #1)

Gracioso, pero cierto: escuché la siguiente conversación transcrita en uno de los viajes que hice en micro desde mi casa al centro de la ciudad; me pareció tan interesante, que no pude no encender mi grabadora y hacerme dueño de la historia que contaba uno de ellos. Aquí les va:


“Mi’ experiencia’ sexuale’, cuando era menor, más joven, fueron cuática’ porque la loca con la que empecé a tirar era pobre po’, muy pobre: vivía en una casa sin cerámico’, no habían puerta’; tenían cortina’ en vez de puerta’, no habían muchos mueble’, la’ muralla’ no estaban pintada’… Y eso po’, estábamo’ súper caliente’ en la cocina; la loquita me estaba haciendo unos huevos duros pa’ la once; y ella tenía dos hermanos po’, güeón: uno de siete y otro de diez, que estaban viendo lo’ mono’… Lo’ culiao’ estaban hipnotizado’ viendo Los Simpsons… Y empiezo a ponerme detrás de ella cuando calienta el agua. Loco, le empecé a tocar la zorra, y despué’ a pasarle el pico por el culo… La loca empezó a mover lo’ cachete  y yo ya, me volví loco . Así que no aguanté má’ y le empecé a dar, pá, pá, pá (ruido de golpes de manos en cada sílaba)… Y la mina no gemía (risas); yo cacho que si gemía, la pillan po’, porque la casa era súper chica po’… En eso gritan de la otra pieza: ‘¡Evelyn’!, y yo, oh, güeón, quedé pal hoyo: justo había como, pá (ruido de puños chocar), me había ido corta’o… y, loco, fue genial: la mina quedó así: ‘ohh’, metida en la olla y la güeá, chorreando chele por la’ pierna’ y la güeá… Igual tuvimo’ que apurarno’ sí: venían lo’ viejo’ po’, güeón: no’ habían golpeado re fuerte. ‘¿Qué pasó acá?’, preguntó el papá, así, entrando a la cocina, y yo estaba así, como lavándome la’ mano’, así como haciéndome el güeón… (risas). Lo má’ chistoso, es que no había na’ pa’ lavarse la’ mano’: ni virutilla, ni Quix, na’… Eran súper pobre’ lo’ culiao’… La güeá es que la Evelyn alcanzó a subirse lo’ pantalone’ y a echar lo’ huevo’ en agua helá’, porque si no, yo cacho que el papá me saca la mierda… (risas). Lo que tenía que hacer uno pa’ culiar en eso’ tiempo’… En todo caso, era re loco culiar con mi prima, güeón”.