Cuelgo de las hebras de tu
cabello, de tu sabor a tostadas con mermelada de durazno y los tés por la
mañana. Cuelgo y vivo en el ámbar de tu taza, en el dulzor vivo entre tus
manos, en el cosmético corrido que despierta contigo. Vivo y muero en el vapor de
tus quejidos, en el color de tus susurros, en el sabor de tus uñas, en el
secreto de tus muslos. Muero cada vez que nos levantamos y fingimos que no nos
conocemos en la calle, bajo la luz del sol, ante esa atenta mirada de quienes
nos conocen y creen poder ver en el interior de nuestros cuerpos. Muero cada
vez que pongo un pie fuera de esta cama.

Historia #221: Descuento a fin de mes
En mis cortos años de vida
he trabajado ejerciendo distintos roles en muchos y diferentes lugares, unos
menos malos que otros, naturalmente; y bueno, uno de los más llamativos de esos
fue el de peajista, gracias a la variopinta gama de rostros televisivos que vi
pasar delante de mi caseta. Ahí atendí al Rafa Araneda, a Arturo Longton, a
Andrea Tessa, al ciclista de mierda ese que aparecía en La ley de la selva, Luis Andaur (que resultó ser todo un
conchesumadre), a Monik de Operación
triunfo (otra estúpida desabrida de mierda), entre tantos otros que no
recuerdo justamente ahora. Sin embargo, el que más me llamó la atención y el
que más me hizo reír, sin duda, fue el archiconocido maestro del güeveo
nacional: el Negro Piñera, quien llegó a mi lado en su convertible último
modelo una tarde de día domingo cualquiera, cuando el flujo de vehículos disminuye
y uno puede permitirse ciertas licencias para con los clientes.
Apenas me saludó me di cuenta que iba completamente
borracho, con la Belén Hidalgo en el asiento del copiloto sonriendo como
siempre lo hacía en la tele.
El Negro me dijo:
−¿Cómo está, perrito?
−Bien, bien. Pasando las horas.
−¿Y tú tan chico trabajando acá?
−Así es la vida –le contesté.
Me acuerdo que el Negro miró hacia atrás, comprobando que
no había ningún Carabinero cerca u otro vehículo sumándose a su fila.
−Oye –siguió el Negro−, ¿y es movido por acá? ¿Pasan
hartos autos?
−Má’ o menos. Igual depende del día y la fecha. Hoy día,
por ejemplo, está má’ fome que pelea de globos.
El Negro con la Belén se desternillaron de la risa por mi
manoseado chiste.
−¡Ay, que erí’ chistoso! –Luego de decir esto, el Negro
volvió a mirar hacia atrás−. Oye, amigo.
−¿Qué?
−¿No me dejaríai’ pasar así nomá’? No tengo sencillo.
−Me temo que no podría. Después me lo descuentan de mi
paga.
−¿Y si te doy un poco de whiskey?
La Belén, siempre sonriente, le extendió una botella de
Jack Daniel’s vaciada hasta más de la mitad escondida entre sus asientos, junto
a la caja de cambios, para que me lo enseñara.
−¿No te interesa? –dijo el Negro.
Debo aceptar que su propuesta me tentó un montón porque,
puta, no hay nada como un buen whiskey a eso de las seis de la tarde.
−No, lo siento, no puedo –le respondí−. Si viene mi jefe
y me siente un poco de olor, no tendría escapatoria.
El Negro meditó un poco, dando las clásicas cabeceadas
que todo borracho da cuando intenta pensar más de la cuenta.
−Belén –le dijo éste de repente−. Pásame tus bombachas.
Y así, sin poner en tela de juicio la orden de su (en
aquel entonces) pareja, la Belén subió un poco su falda, levantó su cuerpo del
asiento y se quitó la ropa interior con facilidad. Acto seguido se la extendió
al Negro Piñera, quien a su vez me la enseñó colgándola frente a mi cara.
−¿Y si te paso este colaless
rico de la Belén, me dejariai’ pasar sin pagar?
Al cabo de un rato me encontraba despidiéndome de la
pareja desde mi caseta de peaje hasta que el convertible en el que iban
desapareció carretera arriba, rumbo a Coquimbo. Esperé unos segundos, y como vi
que no se acercaban más vehículos, me llevé la ropa interior de la Belén (un colaless oscuro con la fineza de un hilo
dental) a mi rostro y sentí cómo olía la gloria. No dejaba de pensar que tenía
entre mis manos ¡la prenda íntima de una modelo que aparecía en la tele!
Le tuve tanto cariño a esta bombacha (como le decía el
Negro Piñera), que la guardé en uno de mis cajones para recordar por siempre el
prestigioso lugar donde había estado; obviamente nunca la lavé, pero debo decir
que su aroma dulce no varió un poco en todo el tiempo que estuvo ahí encerrada.
Por lo mismo llegué a pensar que la vida de la prenda podía ser eterna…, hasta
que, bueno, una ex la descubrió mientras buscaba algo que ponerse entre mi ropa
(después de quedar empapada bajo la lluvia) y no dudó en armar un escándalo y
terminar por quemarla frente a mis anegados ojos . Ahí se iba mi querido colaless de la Belén Hidalgo,
transformado en un pequeño montón de cenizas. Ahí se iba y yo no pude hacer
nada.
Ahora es lógico que no me crean: sin pruebas a mi favor,
todo este relato adquiere los tintes de otra historia más para entretenerlos;
pero es verdad, les juro que es verdad. Tan verdad como su textura en mis
manos, tan verdad como su persistente olor impregnado en su tela, tan verdad
como el descuento de los $2.500 que me hicieron ese mes en el trabajo por haber
dejado que el Negro Piñera ingresara a Coquimbo sin pagar la tarifa que le
correspondía.
Historia #220: Conversación en una micro (grabación #1)
Gracioso, pero cierto: escuché
la siguiente conversación transcrita en uno de los viajes que hice en micro
desde mi casa al centro de la ciudad; me pareció tan interesante, que no pude
no encender mi grabadora y hacerme dueño de la historia que contaba uno de
ellos. Aquí les va:
“Mi’ experiencia’ sexuale’,
cuando era menor, más joven, fueron cuática’ porque la loca con la que empecé a
tirar era pobre po’, muy pobre: vivía en una casa sin cerámico’, no habían
puerta’; tenían cortina’ en vez de puerta’, no habían muchos mueble’, la’
muralla’ no estaban pintada’… Y eso po’, estábamo’ súper caliente’ en la
cocina; la loquita me estaba haciendo unos huevos duros pa’ la once; y ella
tenía dos hermanos po’, güeón: uno de siete y otro de diez, que estaban viendo
lo’ mono’… Lo’ culiao’ estaban hipnotizado’ viendo Los Simpsons… Y empiezo a ponerme detrás de ella cuando calienta el
agua. Loco, le empecé a tocar la zorra, y despué’ a pasarle el pico por el culo…
La loca empezó a mover lo’ cachete y yo ya,
me volví loco . Así que no aguanté má’ y le empecé a dar, pá, pá, pá (ruido de
golpes de manos en cada sílaba)… Y la mina no gemía (risas); yo cacho que si
gemía, la pillan po’, porque la casa era súper chica po’… En eso gritan de la
otra pieza: ‘¡Evelyn’!, y yo, oh, güeón, quedé pal hoyo: justo había como, pá
(ruido de puños chocar), me había ido corta’o… y, loco, fue genial: la mina
quedó así: ‘ohh’, metida en la olla y la güeá, chorreando chele por la’ pierna’ y la güeá… Igual tuvimo’ que apurarno’ sí:
venían lo’ viejo’ po’, güeón: no’ habían golpeado re fuerte. ‘¿Qué pasó acá?’,
preguntó el papá, así, entrando a la cocina, y yo estaba así, como lavándome
la’ mano’, así como haciéndome el güeón… (risas). Lo má’ chistoso, es que no
había na’ pa’ lavarse la’ mano’: ni virutilla, ni Quix, na’… Eran súper pobre’
lo’ culiao’… La güeá es que la Evelyn alcanzó a subirse lo’ pantalone’ y a
echar lo’ huevo’ en agua helá’, porque si no, yo cacho que el papá me saca la
mierda… (risas). Lo que tenía que hacer uno pa’ culiar en eso’ tiempo’… En todo
caso, era re loco culiar con mi prima, güeón”.
Cuento #91: Mientras escribo este ensayo
Como no tenía nada que hacer
ese sábado por la tarde, Luis aprovechó de dedicar su tiempo al primer borrador
de un viejo ensayo que llevaba más de un año sin poder terminar: trataba sobre el
impacto de la música y su mensaje en la gente que la oía, tema que muchos de
sus amigos comentaron positivamente pero que, por desgracia, cada vez se le
hacía más y más carente de sentido. En un comienzo le pareció que su trabajo
sería de mucho interés para quienes concibieran aquel arte como lo hacía él
(algo indispensable y profundo), sobre todo con toda la difusión y
accesibilidad de la que disfrutaba hoy en día, pero a medida que pasaban las
semanas y luego los meses, las ideas se le fueron aflojando, sus argumentos
diluyendo y la motivación, por último, agotando. Entonces llegó la frustración
y la posterior parcelación de su entrega para con su ensayo.
Pero ese día quería echarle una repasada, aprovechar que
era feriado, que no había trabajado por la mañana y que tenía las energías suficientes
y la mente aireada y fresca como para hacerle frente.
Luis le dio las gracias a su mamá por el almuerzo que
había preparado y acto seguido se dedicó a lavar los platos con la ayuda de su
hermana, conversando sobre los últimos estrenos del cine y lo horrible que era
su cartelera últimamente. Luego, Luis se dirigió a su cuarto en la primera
planta de la casa y encendió su computador para comprobar hasta qué punto había
llegado en su ensayo.
En él se notaba un inicio vibrante, una exposición de ideas
que le dejó la sensación incluso de haberlas copiado, de no haber sido él quien
las plasmó en esas planas frías de Word que tanta incertidumbre resultaban cuando
estaban vacías. Sin embargo a medida que avanzaba, se iba haciendo cada vez más
patente una falta de empeño y dedicación con su trabajo, además de la obvia
falta de tiempo, con una reiteración de palabras claves, burdas maneras de
hacer diferentes referencias a un punto ya manoseado y un tedio reflejado en
oraciones y frases cortas entre puntos seguidos, muy a la usanza de alguien que
quiere llamar la atención del lector pero de forma muy mal aplicada.
Al principio se sintió horrorizado por lo mal que había
llevado su trabajo, lo deficiente que había sido para con él como con todos sus
demás proyectos anteriores de la misma índole, pero tras volver a echarle una
repasada al comienzo de éste y ver lo enérgico que sonaba todo, recuperó
confianza en sí mismo y se decidió por continuar desde el último punto que
había expuesto, consciente que después de todo aquel no era más que el primer
borrador de su trabajo.
Luis abrió el archivo donde tenía sus apuntes y empezó a
picar el teclado tratando de hilar sus ideas guardadas, al comienzo de manera
lenta, casi flemática, luego rápida, más segura que antes. A veces, cuando se
detenía entre punto y punto tratando de conectar las palabras dentro de su
cabeza y así expresarlas de la mejor forma posible, Luis se desperezaba en su
asiento y comenzaba a prestarle atención a las pisadas de su mamá y su hermana
en el segundo piso. Jamás lo hubiera imaginado, pero Luis descubrió que en un
estado de motivación como en el que se encontraba, ruidos indicadores de más
personas dentro de la casa como aquellos le favorecían enormemente más que
entorpecerle, haciéndole sentir que el tiempo continuaba avanzando igual que su
ensayo.
Para cuando el joven sintió que el apetito empezaba a
dominarle, se percató que su cuarto se había sumido en la penumbra y que ya era
necesario encender la luz del techo para no seguir dañando su vista con el
brillo de la pantalla del computador. Consultó la hora en este último y supo
que ya eran cerca de las ocho de la tarde; se preguntó si su mamá y su hermana
seguían probándose vestidos frente al espejo en el segundo piso y si ya tenían
algo de hambre como para ir él a comprar pan y preparar algo para las onces.
Estirando su cuerpo (escuchando cómo crujían un montón de
vértebras), Luis se incorporó, encendió la luz cuyo interruptor estaba a un
lado de la entrada y encaminó por el umbrío pasillo de la casa hasta las
escaleras al piso superior.
En un comienzo pensó que le jugaban una broma; porque a
veces a su hermana le gustaba jugarle bromas de ese tipo; pero al llegar al
rellano y ver que las habitaciones tanto de su madre como la de su hermana se
hallaban cerradas con llave (como siempre acostumbraban a dejarlas cuando
salían), comprobadas por él mismo, sintió que algo extraño se anidaba en su
estómago, una sensación muy parecida a la angustia.
Estaba seguro de haber escuchado pasos adentro de los
cuartos antes de subir por las escaleras; de hecho, hasta había pensado que su
mamá y su hermana continuaban probándose vestidos como cuando todavía había luz
solar ingresando en la casa. No obstante, al parecer, todo había sido producto
de su imaginación… O tal vez había estado tan enfrascado terminando su ensayo,
que ni siquiera se había percatado que su mamá y su hermana le anunciaban que
saldrían al centro en auto a comprar o a pasear por sus alrededores. Luis creyó
esto último muy plausible hasta que dio el primer paso hacia la escalera y
volvió a sentir pasos dentro del cuarto de su madre.
−¿Mamá? –llamó sin obtener respuesta. Luis pensó que
podía tratarse de la madera crujiendo por culpa de los cambios de temperatura,
mas los ruidos eran notoriamente pisadas (pasos, uno tras otro, avanzando
centímetros y centímetros). Con esa idea en mente, y sintiéndose más desolado
que nunca, bajó hasta la primera planta sin dejar de escuchar cómo alguien
dentro, que no era ni su mamá ni su hermana, avanzaba por la habitación de un
extremo a otro con toda la calma del mundo. Luis continuó creyendo que todo se
debía a un fenómeno natural relacionado con las variaciones de temperatura,
pero tras escuchar cómo la cerradura del cuarto se corría para dar paso a la
consiguiente apertura de la puerta con una calma abrumadora, supo que estaba
lejos de estar acertado.
Y así, sin poder hacer nada al respecto, paralizado,
aterrorizado, escuchó cómo la parte superior de la escalera comenzaba a crujir
como si alguien bajara por ella. Un paso, luego otro más seguro, y otro, y
otro…
