Historia #213: Tu nombre

Me gusta pronunciar tu nombre en voz alta y llenar la estancia con él; me gusta acariciarlo, cantarlo, pronunciar sus consonantes y luego cambiarlas, modificar su silencio y el sortilegio que me paraliza entre estas hojas de té marchitas. Me gusta pronunciarlo, escribirlo, hacerlo mío como yo soy tuyo, acariciar sus vocales y mezclarlo con tu apellido. Por eso quiero que lo sepas, que tu nombre aleja otros nombres, y que en esta estancia no resuena otro más que el tuyo, aún detrás de mi taza y en el fondo más profundo de su contenido, cálido, ambarino y sereno, como siempre ha sido tu nombre. 

Historia #212: Drogas medicinales

En el supermercado donde trabajo como empaquetador, frecuenta un vejete de mierda que no hace otra cosa más que molestar a los que lo atienden. A un compañero le dice el Guatón de la Fruta (por el Guatón de la Fruta), a otro el pastero, a otro el curao’, y así etcétera, etcétera. Yo no tenía muy claro quién era hasta que un día mi hermano (que trabaja conmigo) lo apuntó mientras un compañero nuestro lo atendía. “Ese es el viejo culiao’ que nos molesta”, me dijo, y yo traté de recordar su cara para que no me pillara desprevenido cuando fuera mi turno para atenderlo.
            Pasaron las semanas hasta que un lunes o martes por la mañana, no me acuerdo bien, lo vi acercarse con unos cuantos productos a la caja registradora frente a mí. Me froté las manos y lo saludé educadamente como saludo a todos los clientes. Me examinó con su mirada de viejo de mierda y, pasando por alto las instrucciones que le daba la cajera para operar con su tarjeta de débito, me dijo: “ah, tú tenís cara de volao’. De seguro que te gastai’ toda la plata en drogas, ¿no, marihuanero estúpido?”. “Sí, eso mismo hago”, le respondí. “Me gasto toda la plata en drogas porque de lo contrario no podría controlarme y evitar así violar ancianos tan encantadores como usted”. Hice una pequeña pausa sólo para saborear la expresión desfigurada de su cara. “Y es que no puedo no hacerlo: si no fuera por las drogas, de seguro su pantalón ya estaría abajo y mi pene introduciéndose en su ano. Así que dé gracias que consumo drogas, porque de lo contrario… ya sabe”.
            El viejo no supo qué decir, estaba descolado. Dio un ligero respingo a los segundos después y pagó con su tarjeta lo más rápido que pudo. Tomó sus bolsas y salió de ahí despavorido. La cajera me miró risueña y el día siguió como si nada.
            Lo más raro de todo, sin embargo, fue que a la semana siguiente el mismo viejo se acercó a mí, y en vez de insultarme o decirme algo pesado, me extendió un trozo de papel sin decir nada y se fue. Casi me pongo a vomitar ahí mismo cuando me di cuenta que todos los dígitos anotados en él formaban su propio número de teléfono.

Historia #211: El último instante

Aún puedo recordar su olor, el fuerte tacto de sus brazos en mi cintura, su mirada siempre segura clavada en mis ojos; lo recuerdo todo, y sigo sin entender cómo detalles así pueden continuar aún en mi pecho, como un malestar que ha hecho ya su nido y que jamás podré arrancar de mí. 

A veces, por las noches, escuchó su voz llamándome hasta despertarme; entonces me doy cuenta que en realidad los años ya han hecho su irreversible trabajo: el tiempo oxida nuestros recuerdos, confunde nuestros pasados y presentes, y contra ello ya no podemos hacer realmente nada; somos humanos, después de todo, y es por eso que nos equivocamos, tomamos caminos errados y perdemos a quienes en realidad no deseamos perder. Somos estúpidos y fríos, y nadie nos lo dice hasta que es demasiado tarde, cuando solo podemos recordar un olor, el fuerte tacto de los brazos de alguien, o una segura mirada clavada en uno, tratando de llenar los viejos espacios vacíos que no nos dejarán tranquilos hasta el último instante de nuestras vidas.

Historia #210: Subterfugio y encuentro



Su cuerpo es el crudo invierno que trajeron consigo los europeos, el aroma de las flores peligrosas, el frío que sólo los arduos resisten. Su cuerpo, gran escalinata al cielo, furia y violencia, la pasión en la sangre, su cuerpo, maldición madre de todas las demás maldiciones.
            Infinidad eterna, rito y ritual, su cuerpo desolación y esperanza, crudo invierno que trajeron consigo los europeos, sol níveo que los sedientos sueñan, el frío que sólo los arduos resisten.
            Su cuerpo subterfugio y encuentro, peligroso invierno de peligrosas flores, maldición madre de todas las demás maldiciones, el crudo invierno que trajeron consigo los europeos.