Me gusta pronunciar tu
nombre en voz alta y llenar la estancia con él; me gusta acariciarlo, cantarlo,
pronunciar sus consonantes y luego cambiarlas, modificar su silencio y el
sortilegio que me paraliza entre estas hojas de té marchitas. Me gusta pronunciarlo,
escribirlo, hacerlo mío como yo soy tuyo, acariciar sus vocales y mezclarlo con
tu apellido. Por eso quiero que lo sepas, que tu nombre aleja otros nombres, y
que en esta estancia no resuena otro más que el tuyo, aún detrás de mi taza y en
el fondo más profundo de su contenido, cálido, ambarino y sereno, como siempre
ha sido tu nombre.

Historia #212: Drogas medicinales
En el supermercado donde
trabajo como empaquetador, frecuenta un vejete de mierda que no hace otra cosa
más que molestar a los que lo atienden. A un compañero le dice el Guatón de la
Fruta (por el Guatón de la Fruta), a otro el pastero, a otro el curao’, y así
etcétera, etcétera. Yo no tenía muy claro quién era hasta que un día mi hermano
(que trabaja conmigo) lo apuntó mientras un compañero nuestro lo atendía. “Ese
es el viejo culiao’ que nos molesta”, me dijo, y yo traté de recordar su cara
para que no me pillara desprevenido cuando fuera mi turno para atenderlo.
Pasaron las semanas hasta que un lunes o martes por la
mañana, no me acuerdo bien, lo vi acercarse con unos cuantos productos a la
caja registradora frente a mí. Me froté las manos y lo saludé educadamente como
saludo a todos los clientes. Me examinó con su mirada de viejo de mierda y,
pasando por alto las instrucciones que le daba la cajera para operar con su
tarjeta de débito, me dijo: “ah, tú tenís cara de volao’. De seguro que te
gastai’ toda la plata en drogas, ¿no, marihuanero estúpido?”. “Sí, eso mismo
hago”, le respondí. “Me gasto toda la plata en drogas porque de lo contrario no
podría controlarme y evitar así violar ancianos tan encantadores como usted”.
Hice una pequeña pausa sólo para saborear la expresión desfigurada de su cara.
“Y es que no puedo no hacerlo: si no fuera por las drogas, de seguro su
pantalón ya estaría abajo y mi pene introduciéndose en su ano. Así que dé
gracias que consumo drogas, porque de lo contrario… ya sabe”.
El viejo no supo qué decir, estaba descolado. Dio un
ligero respingo a los segundos después y pagó con su tarjeta lo más rápido que
pudo. Tomó sus bolsas y salió de ahí despavorido. La cajera me miró risueña y
el día siguió como si nada.
Lo más raro de todo, sin embargo, fue que a la semana
siguiente el mismo viejo se acercó a mí, y en vez de insultarme o decirme algo
pesado, me extendió un trozo de papel sin decir nada y se fue. Casi me pongo a
vomitar ahí mismo cuando me di cuenta que todos los dígitos anotados en él formaban
su propio número de teléfono.
Historia #211: El último instante
Aún puedo recordar su olor, el fuerte tacto de sus brazos en mi
cintura, su mirada siempre segura clavada en mis ojos; lo recuerdo todo, y sigo
sin entender cómo detalles así pueden continuar aún en mi pecho, como un
malestar que ha hecho ya su nido y que jamás podré arrancar de mí.
A veces, por las noches, escuchó su voz llamándome
hasta despertarme; entonces me doy cuenta que en realidad los años ya han hecho
su irreversible trabajo: el tiempo oxida nuestros recuerdos, confunde nuestros
pasados y presentes, y contra ello ya no podemos hacer realmente nada; somos
humanos, después de todo, y es por eso que nos equivocamos, tomamos caminos
errados y perdemos a quienes en realidad no deseamos perder. Somos estúpidos y
fríos, y nadie nos lo dice hasta que es demasiado tarde, cuando solo podemos
recordar un olor, el fuerte tacto de los brazos de alguien, o una segura mirada
clavada en uno, tratando de llenar los viejos espacios vacíos que no nos
dejarán tranquilos hasta el último instante de nuestras vidas.
Historia #210: Subterfugio y encuentro
Su cuerpo es el crudo
invierno que trajeron consigo los europeos, el aroma de las flores peligrosas,
el frío que sólo los arduos resisten. Su cuerpo, gran escalinata al cielo,
furia y violencia, la pasión en la sangre, su cuerpo, maldición madre de todas las
demás maldiciones.
Infinidad eterna, rito y ritual, su cuerpo desolación y
esperanza, crudo invierno que trajeron consigo los europeos, sol níveo que los
sedientos sueñan, el frío que sólo los arduos resisten.
Su cuerpo subterfugio y encuentro, peligroso invierno de
peligrosas flores, maldición madre de todas las demás maldiciones, el crudo
invierno que trajeron consigo los europeos.
