Historia #146: conversación con Lento & tranquilo



−Cuando era chico, pensaba que las guaguas se tenían por el culo.
            −Yo cuando era chico, pensaba que en los 80’s todo era en blanco y negro.


−conversación con Lento & tranquilo−.

Historia #145: Melorto



Cansada y todo, sintiendo las mareantes luces en los ojos y el incesante ruido de las enloquecidas máquinas tragamonedas funcionando, Luisa continuó ofreciendo tragos y cerveza entre los jugadores que ni siquiera parecían pestañear frente las brillantes pantallas del casino de juegos. Algunos negaban con un gesto de la cabeza, unos decían que no, gracias, otros ni siquiera contestaban; los demás sólo abrían sus billeteras y sacaban sus tarjetas sin llegar a preocuparse un poco por el estado de sus cuentas. A Luisa le gustaban aquéllos por sobre los demás. Sin embargo, había un tipo de jugadores dentro de esta misma categoría que ya estando achispados o borrachos tenían la tendencia a volverse insolentes y acabar diciendo y haciendo cosas que dejaban bastante que desear para su previo comportamiento. Como ese tipo gordo de pelo largo y negro, con aspecto de no tener muy buena higiene y un tatuaje de él mismo sonriendo como idiota en su brazo, que al preguntarle si quería algo, un trago o una cerveza, había dicho que sí, que quería una cerveza, una Melorto.
            −Demoré tres días en enterarme de su chiste –le dijo Luisa a Roberto luego de tomar un sorbo de su mojito−. Bueno, en realidad fue mi hermano el que se percató de eso, cuando le conté mi historia.
            −¿No te diste cuenta que era el Bananero?
            −No, nunca vi sus videos hasta que mi hermano me explicó lo que había intentado decirme.
            −¡Son súper buenos, siempre me cago de la risa!
            Roberto alzó su mano para llamar al mesero ubicado a muchos metros de distancia. Le preguntó a Luisa:
            −¿Quieres otra cosa más para tomar?; yo te invito.
            −¿En serio?
            −Sí, en serio. Pide lo que quieras.
            −¡Quiero una cerveza!
            −¿Cuál?
            −Una cer-vézame el orto.
            Roberto estuvo a punto de ponerse a reír del chiste y la buena astucia de su compañera de carrera, pero tras mirarla a los ojos, se dio cuenta que ella hablaba muy, muy en serio.

Historia #144: Propinas



Tuve la mala suerte de justamente encontrar ocupado el baño del supermercado las poquísimas veces que la ausencia de clientes en las cajas me lo permitía. Y es que de tanto echar cosas dentro de las bolsas plásticas las ganas de mear no te vienen hasta que no es de golpe, cuando ya casi te olvidaste que alguna vez podrías volver a tener ganas de mear. Por eso me alegré un montón cuando fui hasta el baño y vi la puerta abierta y la luz de adentro apagada. Casi corrí para entrar y encerrarme a mear lo más pronto posible. Como dentro no había jabón ni nada para limpiarse y mis manos estaban llenas de los microbios de las monedas de mis propinas, me abrí el cierre del pantalón con cuidado, saqué mi pene tocándolo por sobre la tela de mis calzoncillos y, sosteniéndolo con el dorso de mis muñecas, meé como si pagaran por ello. El chorro salió impulsado con fuerza produciendo un estruendo de burbujas en el fondo de la taza, salpicando gotas por todos lados. Estuve así por casi un minuto entero, sintiendo cómo mis músculos tensos del bajo vientre se relajaban y un cosquilleo placentero recorría mi pene. De verdad que no hay mejor sensación que la de orinar teniendo unas ganas demenciales de mear; lo he llegado a comparar incluso con el eyacular, pero ese es otro tema muy distinto. El asunto es que sequé mi pene moviéndolo para todos lados con el dorso de mis muñecas (debo admitir que una tibia gota de orines llegó hasta mi mejilla, muy cerca de mis labios), me lavé las manos con agua (porque ahí no había jabón ni nada para lavarse) y salí para presenciar lo que parecía el término de un gran revuelo dentro del recinto. Me acerqué a mis compañeros y no me costó ni un segundo percatarme que algo de verdad muy bueno les acababa de ocurrir: se sonreían unos con los otros y tenían ese aspecto que tiene la gente cuando parece que van a estallar de felicidad; me di cuenta también que el revuelo se transportaba en ese momento hacia la salida del supermercado, un puñado de mujeres de edad avanzada gritando como si fueran gallinas clocando. Les pregunté a mis compañeros que qué onda, que qué había pasado, se miraron sin dejar esa sonrisa de lado y sacaron de sus bolsillos al menos unos tres billetes de $10.000 cada uno. No lo vai’ a creer, güeón, me dijo uno de ellos, pero cuando te fuiste a mear pasó Leonardo Farkas, el rubio millonario ése, y nos dejó la misma propina pa’ todos, güeón. ¡Mira!, dijo, abanicándose con los billetes, ¡billetes! En ese momento no supe si reír o llorar.