Cuento #81: Consecutivo



A pesar que Katy Perry y Chloë Grace Moretz le hablaban en su mismo idioma, Marco no conseguía entender mucho de lo que decían. ¡Pero a la mierda, a quién le importaba eso cuando estabas a punto de hacer un trío con ellas! ¡A nadie!
            El cuarto en el que se hallaban era el penthouse de un edificio alto, iluminado por la luz de las primeras horas de la tarde. Marco se sentía nervioso pero decidido: oportunidades así no se vivían dos veces en la vida. Por lo mismo mentalizó su buen desempeño recordando todo lo aprendido con el porno, preparado para lo que fuera.  
            Chloë Moretz, vestida de colegiala, buscaba unas esposas en uno de los cajones apartados del cuarto, diciendo que las había visto por ahí, en algún lugar. Katy Perry, por su lado, se acercaba a él como una gata buscando cariño, su mirada penetrante y sus pechos bamboleándose a cada movimiento que hacía. Su boca se movía, pero no salía ningún sonido de ella. Se posicionó frente su regazo, se quitó el sostén de encaje negro que llevaba puesto y metió el pene de Marco entre sus tetas, apretándolo con ayuda de sus manos.
            Marco ahogó un insulto y disfrutó de la placentera sensación de ser masturbado por una famosa que no le quitaba sus ojazos de encima, sonriéndole como si ella también lo estuviera disfrutando un montón. Fue en eso que Chloë Moretz llegó a su lado, le dio un beso en la boca a Katy Perry (lengua incluida) y se quitó la camisa escolar de encima para comenzar a pasar sus tiernos pechos por la cara del joven con el afán de que se los besara. ¡Aquello era el paraíso!
            Luego de unos cuantos minutos así, Katy Perry se detuvo para indicarle a Marco que se acostara en la cama detrás de él con los brazos extendidos, mientras Chloë Moretz abría las esposas que tanto había demorado en encontrar (con una sensual expresión de esfuerzo) para después cerrarlas sobre sus muñecas.
            La primera en montarlo fue esta última, desvistiéndose en el acto. Al principio la sensación de penetración fue algo molesta, mas al minuto después todo se había tornado oleadas de placer. Katy Perry, por su lado, le tocaba su escroto con unas manos enérgicas, como si con ello intentara aumentar la intensidad del coito; como se dio cuenta que no había mucha diferencia con su ayuda, en vez de hacerlo con las manos, empezó a hacerlo con su lengua, y ahí las cosas se pusieron mucho mejor.
            Un celular sonó y Marco le dio un manotazo para tomarlo y contestar con los ojos cerrados.
            −Aló, buenos días –dijo una operadora del otro lado−, lo estamos llamando de la central de la compañía de teléfonos.
            Marco se desperezó alelado, extrañando la agradable sensación de la piel tersa y bien cuidada de la actriz que tanto le gustaba; aún tenía en su retina sus mohines al borde del orgasmo.
            −Le llamaba para ofrecerle el nuevo…
            −No quiero nada, maldición –le espetó Marco, viendo la luz de la mañana reflejarse en el techo de su cuarto. Acto seguido cortó la llamada y se arrebujó entre sus frazadas, dejando el celular a un lado.
            Ahora era Katy Perry quien lo montaba, enseñándole sus parejos dientes y tocando sus grandes y blancos pechos, pasándose los índices por los pezones. Cambió de posición, acercando sus tetas hasta el rostro del joven, golpeándolo cariñosamente con ellas. Chloë no se veía por ningún lado…, hasta que apareció del baño con un látigo negro, de apariencia nuevo. Golpeó el aire un par de veces antes de comenzar a fustigar la espalda de su compañera. Marco esperaba que Katy pidiera clemencia o algo por el estilo: los latigazos resonaban por toda la habitación como un cruel quejido; pero en vez de eso, parecían avivar cada uno de sus movimientos. El joven vio cómo la cantante se pasaba la lengua por los labios cada vez que recibía un golpe en las nalgas o en la espalda.
            Tras unos cuantos minutos en la misma posición, la cantante le quitó las esposas y lo arrastró hasta la mitad de la cama; entonces llevó el pene de Marco hasta su boca y comenzó a succionar como si no hubiera mañana, mientras Chloë se levantaba la falda para caer sobre su rostro y comenzar a frotar su vagina contra sus labios; Marco sintió un sabor dulce, glorioso, ni comparado con el ruido de su celular que volvía a sonar ese mismo instante.
            −Buenos días, le llamamos para decirle que…
            No obstante el joven fue más rápido que la frase: con todas sus fuerzas arrojó su celular contra la pared frente a su cama, rompiendo, al parecer, la foto en que salía con su madre en su licenciatura de Cuarto Medio ocurrida ya hace un par de años. Apretó los ojos intentando quedarse dormido nuevamente, buscando en su boca residuos del sabor dulce y glorioso con su lengua, mas no tuvo éxito alguno. Odiando al máximo esas malditas llamadas matutinas de las empresas que no dejaban a ningún cliente tranquilo, se levantó con la mente todavía algo nublada para dirigirse al baño a vaciar su vejiga repleta. Tuvo cuidado de no pisar algún trozo de vidrio esparcido por el piso y se miró en el espejo del baño, notándose agotado y lleno de magulladuras en el rostro. En un principio pensó que eran las marcas de las sábanas de su cama como siempre sucedía, pero al acercarse y mirarse de más cerca, volvió a encontrarse en el mismo penthouse a eso de las cuatro de la tarde, en un país que sólo conocía por fotos y videos. Buscó a las mujeres con la mirada sin poder hallarlas. Sentía sus brazos entumidos y el cuerpo lleno de cardenales, como si le hubieran correspondido a él también unos cuantos dolorosos latigazos. Se percató que volvía a tener sus muñecas sujetas al gran respaldo de esa cama mullida y ajena con las mismas esposas de antes; entonces comprendió que esa era la razón por la que no sentía sus extremidades superiores.
            Primero apareció Chloë del baño, con aire misterioso, seguida de Katy, ambas vestidas con túnicas oscuras y máscaras de chacal sobre sus caras; Marco las reconoció por su tamaño.
            El joven no se dio cuenta que traían consigo unos brillantes y afilados cuchillos de carnicero hasta que las tuvo demasiado cerca; entonces pudo notar sus amplias sonrisas aún bajo esas máscaras horribles, así como sus verdaderas intenciones. Chloë tomó su pene fláccido de la punta, emitiendo un enfermizo gorjeo; Katy puso su cuchillo en la base de éste –Marco pudo sentir la frialdad y la eficiencia de su hoja− y empezó a cortarlo lentamente sin dejar de hacer el mismo ruido que su compañera, como si aquello fuera lo más divertido del mundo. Marco comenzó a chillar con desesperación, sintiendo blancos y aturdidores relámpagos de dolor, intentando mover sus brazos y sus piernas, mas las mujeres se habían sentado a horcajadas sobre ellas. No podía ser cierto, Dios, no: aquello era un sueño, tenía que ser un sueño, debía ser un sueño: él estaba en su casa, frente al espejo del baño, a punto de orinarse encima, en otro sueño más lejano. Sí, esto también debía ser un sueño, un sueño dentro de otro sueño; pero si era un sueño, nada de esto debería estar ocurriendo porque, Dios, lo que le hacían le producía tanto daño, se sentía tan real. 
Tan real.

Historia #129: Cigarros en la cajetilla



Desde el supermercado donde trabajo como empaque hasta mi casa hay unos doce minutos de distancia, todo en camino recto por la avenida principal que atraviesa la población hasta el Valle del Elqui. Es por eso que a mi regreso siempre me encuentro de cara con camioneros y toda clase de choferes, como en el caso de hoy en que vi a un repartidor de gas esperando a que su colega hiciera la entrega en uno de los hogares que me quedaban al paso. Claro, estoy acostumbrado a ver a hombres así, esperando a que su colega haga todo el trabajo sucio de la descarga; pero éste…, éste se encontraba fumando con la cabeza afuera de la ventanilla, con un letrero grande y rojo que rezaba: ¡PELIGRO, GAS INFLAMABLE! ubicado en el contenedor del cargamento de gas, atrás suyo. No pude evitar reírme al respecto y encontrarlo lo más gracioso del mundo. Miré mejor el letrero y anoté el número de la compañía en mi celular.
            Cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue tomar el teléfono inalámbrico y marcar el número en cuestión; esperé un poco hasta que contestó una mujer de voz joven; me dijo: ¿qué desea? Quiero darles un mensaje, le dije. ¿Cuál? Quiero decirle que su compañía de gas tiene los mejores choferes del mundo, señorita, los mejores, así que dígales a su jefe y al gerente lo que le estoy diciendo.
            La mujer permaneció un rato callada, como procesando todo lo que le dije. Al cabo de un rato me dijo que ya, que lo haría apenas pudiera.
            −Señorita, no la he escuchado tomar nota ni escribir nada; ningún rasgueo de lapicera sobre un post it o algo por el estilo. Así que espero lo haga ya.
            La mujer del otro lado pensó, quizá, que le iba a cortar, pero empecé a respirar más fuerte, para que se diera cuenta que aún seguía ahí.
            −¿Lo hizo?
            Escuché como si algo golpeara contra la mesa, una punta pequeña y fina, y supe que ella estaba escribiendo cualquier mierda menos lo que deseaba.
            −Sí, ya lo hice. ¿Algo más?
            −No, nada más.
            −Bueno, hasta luego.
            Puse el teléfono inalámbrico en su lugar y calenté mi almuerzo en una olla. Pensé en cuantos cigarros le debían quedar al chofer del camión del gas para acabar su cajetilla antes del fin de su jornada y pude comer muy, muy tranquilo.

Cuento #80: El regreso de nuestro tío de Alemania



Mi mamá nos había pedido que limpiásemos el cuarto de invitados de toda la porquería que se había acumulado ahí por años, pues no quería que estuviera impresentable cuando llegara nuestro tío de Alemania. ¡Qué horror!, dijo mirándonos desde su asiento, cómo podía ser posible que ese cuarto no se hubiera limpiado desde que su hermano Alberto había ido a parar a otro continente por culpa de esos milicos de mierda que casi los habían matado a todos. Entonces reflexioné: claro, me dije, recordando lo que mi mamá siempre nos decía al respecto de esa habitación: que no se movería ninguna cosa de ahí hasta que su hermano volviera; pero en vez de cambiar algo en su interior o quitárselo como tanto temía, todos en la casa (incluida ella) habíamos adquirido la mala costumbre de agregárselas, dejando ahí los objetos que ya no nos eran útiles: enciclopedias, libros, montones de ropa, chaquetas, jaulas de mascotas perdidas y muertas, adornos obsoletos, maletas roñosas, etcétera, etcétera. Por lo mismo entonces nos vimos con Alejandra, mi hermana pequeña, ataviados y listos para dejarlo todo como cuando nuestro tío había partido lejos: comenzamos con el polvo, barriéndolo y sacudiéndolo de todas las superficies a nuestro alcance; luego sacamos la ropa, clasificándola según su utilidad, arrojando un montón que no servía a una esquina; frotamos con paños las jaulas antes de sacarlas al patio junto a un montón de otros trastos muy pasados de moda, apilándolos para cuando pasara la basura, o para cuando se aproximara el cumpleaños de algún ser cercano a la familia; pero fue cuando íbamos a echar los libros y las enciclopedias −viejos tomos deteriorados por el desuso y el tiempo− dentro de una de esas bolsas plásticas negras inmensas, que mi hermana dijo: mira, soy un fantasma negro, y todo cambió drásticamente. Mi hermana abrió la bolsa hasta su máxima capacidad, para luego sonreírme y meterse dentro de ella, como si lo hiciera bajo una sábana blanca; me dio risa y todo, mi hermana y sus tonterías como siempre, pero la sonrisa se me enfrió en el rostro al notar que no se movía y que pasaba mucho rato ahí sin hacer nada. Alejandra, te puedes ahogar, le dije, mas no me hizo caso. Tuve que acercarme a ella −conocedor de lo peligroso que era estar dentro de ése plástico− para quitarle su improvisado disfraz de encima; mas grité de miedo al ver que del otro lado no había nada, absolutamente nada, solo aire y nada más que aire. ¡Alejandra!, grité, llenando el cuarto con su nombre; llegó nuestra mamá asustada, pensando que nos había picado una araña o algo así, pero luego de contarle la versión de los hechos, se rió y dijo que si queríamos almorzar, mejor termináramos luego. Pero Alejandra no estaba por ningún lado. No puede ser, me dije lívido. No puede ser, no puede ser. Alejandra no estaba por ningún lado.
            Cuando me senté a almorzar y mi mamá aun creyendo que la desaparición de mi hermana no era más que otra de sus bromas, pensé que el destino por fin nos había cobrado la deuda familiar que teníamos sin saldar desde hacía tiempo, arrebatándonos a mi hermana a cambio de nuestro tío que había escapado por poco de las garras de esos malditos milicos de mierda y que ahora, después de mucho tiempo, volvería a pisar nuestras tierras, su casa que había abandonado hacía tantos años.