Historia #102: Un mejor padre



El otro día, la Pía vino y me mostró la maqueta de mi primer libro con todas las de la ley para corregirlo (el de cuentos de terror y la güeá) y sentí una especie de brillo dentro de mi corazón, un latido cuático, insondable; pensé que eso era lo más cercano a prepararse para el nacimiento de un niño, en este caso mi primogénito, ¡mi primer hijo, por la mierda! Pensé: bah, quién quiere niños, que mi hijo mejor sea un libro, total, un libro no me caga en las manos, no me vomita la espalda, no llora por las noches, no me dejará la cuenta bancaria en números rojos. Entonces sonreí y busqué libros de ayuda para papás, me inscribí en talleres de futuros padres, paso día y noche con un libro falso a mi lado procurando que nada malo le ocurra, me preparo para su llegada. Su cuarto ahora está adosado con papel kraft (para que al nacer se sienta como en casa), sus muebles llenos de materiales para encuadernarlo cuando lo necesite o se desarrolle, y el desván vacío en el caso de que su venta sea mala y necesite un lugar para poder olvidarlo.
Desde ese momento creo que soy mejor padre.

Historia #101: Un problema entre mis piernas



No fue hasta que un tipo me gritó en el baño público: “¡oye, culiao’, para e’ mear en Morse!”, que me di cuenta que con toda seguridad tenía un problema entre mis piernas.
Pensé en responderle cualquier mierda, pero preferí sacudirme la verga y largarme de ahí cuanto antes.
Ya en casa, descansado y todo, decidí buscar en mi celular la posible razón de mi síntoma, pero ni siquiera tenía claro por dónde empezar a hacerlo. Traté con cáncer a la próstata, al recto, retención urinaria y todo eso; busqué tanto, que las ganas de orinar volvieron como la marea y terminé por correr al baño para seguir lanzando chorros de orina en los mismos intervalos peculiares de siempre; entonces, pensé en lo idiota que había sido al no percatarme que mi pene parecía estar dándome un mensaje claro y a su propia manera sobre su estado de ánimo y salud. Desde ese mismo instante comencé a registrar en audio cada una de las veces en las que iba al baño, tratando de encontrar un patrón entre ellas, cosa de llevarlos al papel y examinarlos para comprenderlos luego. Después de unos días supuse que lo mejor sería intentar traducirlos al Morse –tal y como el hijo de puta del baño me había dicho en un principio−: busqué un par de tutoriales en Internet y tras unas cuantas lecciones de un venezolano con mucha información sobre el tema, conseguí obtener los conocimientos necesarios para llevar a mi idioma las palabras que intentaba pronunciar mi propio pene.
Entonces traduje sobre el papel las tres primeras señales cortas escritas, seguidas por una corta y una larga, una pausa, una y otra larga, y así sucesivamente, hasta que vi frente a mis propios ojos, plasmadas con mis propias manos, tres palabras que me dejaron la piel de gallina; tenía frente a mí un mensaje de mi propio pene; ¡no lo podía creer! El mensaje, sin dejar lugar a dudas, decía: “úsame, o moriré”.