Historia #80: ¿Qué haces aquí?



Una vez conocí a una mina en un pub y ya, todo bien, todo bacán, nos curamos, nos comimos en el baño y como andábamos calientes, me la llevé pa’ la casa con el claro fin de copular con ella. Todo iba bien hasta que llegamos, entramos y encontramos a mi hermano mayor viendo una película solo en el living; como entré primero, me saludó buena onda y todo, pero cuando vio a la mina a la que había traído se levantó de un tirón y me dijo, fuerte: “¡¿qué hace esta maraca acá?!”; al principio no entendí muy bien: mi hermano nunca solía tener esos arranques de furia con gente desconocida, pero luego de ver la cara de la mina, caché que con toda seguridad se conocían desde mucho antes que yo. “Oye, lo siento, no sabía que era tu hermano”, le dijo la mina a mi hermano, temblorosa; parecía habérsele pasado la curadera al instante. Los miré a los dos y pregunté a lo Gary Medel: “¿qué sucede?”. Mi hermano me miró y me dijo: “esta maraca me pringó, me dejó el pico hecho mierda”. “¿En serio?”; no podía creer lo que estaba escuchando. “¡Sí, güeón!; ¿te acordai’ cuando se me inflamaron las güéas y me salieron esas ronchas en el pico y me tuvieron que llevar al hospital?”; asentí con la cabeza. “Ya pos, fue por culpa de esta maraca”. Miré a la mina en cuestión para corroborar la información: como sólo agachó la cabeza, supe de inmediato cuál sería su respuesta. “Mierda”, pensé, poniéndome nervioso, “en qué situación de mierda me he metido”; entonces empecé a juguetear con las cosas que tenía dentro de los bolsillos de mi chaqueta; fue en eso que toqué algo duro y rectangular hecho de cartón; como no sabía qué era, lo saqué para verlo a la luz de la pantalla que seguía prendida: era una caja de condones, nueva; como estuve un buen rato sosteniéndola con la mano extendida, sin hacer nada, me di cuenta que tanto mi hermano como la mina (cuyo nombre no recuerdo) la miraban sin decir nada.

            Fue entonces que hice el primer trío de mi vida.

Historia #79: Perdido/encontrado



Resulta que la mayoría de los colectivos que llevan a la villa donde vivo tienen radio para comunicarse con los demás; es por eso que se pueden escuchar con frecuencia conversaciones entre ellos o indicaciones sobre pasajeros esperando locomoción en ciertos puntos específicos por donde transitan. Fue por eso, también, que con mi hermana pudimos escuchar (mientras volvíamos a nuestra casa en colectivo, obvio) cómo otro chofer anunciaba que una señora estaba pidiendo de vuelta un paquete que había olvidado en el maletero del colectivo en el que había llegado a su casa; con mi hermana nos miramos y dijimos, entre cuchicheos: “debe ser una bomba”, y nos reímos por el chiste; teníamos la tendencia a hacer comentarios absurdos como ése todo el tiempo. Al cabo de un rato respondió a la llamada otro colectivero, diciendo que ya lo habían encontrado, el paquete, y que precisamente él lo tenía en el paradero de la Iglesia, que ahí iba a esperar a que la señora que lo necesitaba lo fuera a buscar. Sin embargo, al momento en que iba a decir “cambio y fuera” para cortar la comunicación con los demás, se escuchó una fuerte detonación que dejó la línea sumida en una densa estática; varios de sus colegas empezaron a hablar preguntando que qué había ocurrido, mezclándose las voces de unos con otros en una espesa y confusa marea de ruidos. Pero cuando vimos la columna de humo que se había alzado hacia el cielo justo en el paradero que habían mencionado por radio, con mi hermana supimos de inmediato que algo raro y mortal habíamos provocado.

Historia #78: La escena de carrete rancio



Nunca suelo hacerlo, pero un día me dio por acostarme con mi mamá para acompañarla hasta que se quedara dormida. Como no estaban dando nada entretenido en la grandiosa y extensa parrilla nacional nocturna, optamos por ver un capítulo de la serie de Zamudio del TVN. Como la trama nos pilló de inmediato, preparamos unos sándwiches durante los comerciales y al cabo de un rato se nos unió mi hermana, quedando los tres acostados en la cama. Todo iba bien hasta que en una escena de carrete (bien rancio, por cierto) apareció una pareja de adolescentes (heterosexuales, por cierto) métale agarrando, tocá de tetas y la güeá en la parte del fondo; entonces con mi mamá, mordidos por una especie de duda, empezamos a mirar mejor y nos dimos cuenta que la mina a la que le estaban haciendo todo el manoseo, ¡era mi hermana!
            Cuando la fuimos a mirar, como pidiendo una explicación, tosió y alegó que los porotos del almuerzo le habían hecho efecto. No salió del baño como por una hora.