Historia #30: No juegues en el auto rosado



Hoy día sentí una rabia inmensa: resulta que estaba en el supermercado, empacando como siempre a eso de las una de la tarde, cuando nunca hay mucha gente y el sol pega como si fuera verano; fue en eso que apareció un hombre de unos cincuenta años, acompañado de su hijo de unos veinticinco y su nieto de unos cuatro. Mientras el mayor de ellos se dedicaba a pasar y pagar los productos a comprar, su nieto corrió en dirección a un auto de juguete que por $100 te hace escuchar una extraña música japonesa que nadie entiende, sube y baja emulando baches y curvas gracias a un prehistórico sistema mecánico, y te muestra un escenario al estilo Mario Kart en una pantalla que tiene en su interior, sólo visible para quienes se sientan a él. Como todo infante que ansía manejar un automóvil por primera vez, el niño subió trabajosamente hasta su asiento, y una vez dentro, miró a su papá como pidiendo por favor una moneda para poder hacerlo funcionar; sin embargo, el tipo en cuestión, vestido a la manera de los hip-hoperos, le dijo fuertemente, como si quisiera que todos los que estaban por ahí cerca escucharan:
−¡Oye, no te subai’ a esa güeá! Es rosao’, y el rosao’ e’ pa’ la’ minas y maracos.
Me sorprendió mucho escucharlo; a pesar de tener un léxico coprolálico hasta los cocos, no pude creer que eso se lo estuviera diciendo a un niño de cuatro (o quizá menos) años, quien probablemente sólo piensa en la palabra “color” cuando tiene en frente algo rosado, o amarillo, celeste, o magenta, lo que sea; peor aún fue ver que el anciano al que atendía, abuelo del pequeño, también reía por el comentario. “Ah, ahí está la güeá”, pensé, “la estupidez viene de familia”. Y no pude hacer nada más que gruñir y quitarle el saludo al muy hijo de puta.
Al final de cuentas, el niño se quedó callado, mirándolos a todos como si sintiera una horrible culpa por haber caído tontamente bajo el hechizo de ese llamativo auto rosado, el que por sólo $100 te da casi un minuto de diversión llena de luces y música como sacada de la guerra de Vietnam. Y así, día a día, miles de casos como éste en todo el país, continente y mundo, llenando de odio e ideas totalmente primitivas e imbéciles a pequeños que ni siquiera tienen la noción de lo que se les dice e inculca.
Así día a día, en todas partes del mundo…

           


           

Historia #29: Esas estúpidas "creepypastas"




Hace algún tiempo, cambié todas mis cartas Mitos y Leyendas por una consola Nintendo 64 usada, con unos cuantos juegos bastante malos (de esos que nadie compraría aunque costaran mil pesos) y un par de Joysticks (así se llamaban sus famosos e incómodos controles) algo defectuosos. Me sentí contento, maravillado por poder volver a repetir las experiencias que me hacían tan feliz cuando era un inocente niño que no solía salir de su casa por nada, menos aún en vacaciones de invierno o verano.
Sin embargo, sucedió que uno de estos juegos con los que venía mi consola no tenía carátula como los demás; de hecho, estaba rayado con plumón rojo permanente, como si un niño de cinco años hubiera hecho su primera obra de arte en él. Entonces recordé una creepypasta relacionada con un cartucho maldito que se parecía bastante al mío (al menos en lo físico), lo que me asustó bastante. Pensé: “¿y si el cartucho está de veras maldito y de verdad me ocurre algo malo?”; unas cuantas veces estuve a punto de insertarlo en la ranura de la consola y darle play a ver qué ocurría, pero siempre lo sacaba antes de seguir con mi tonta y suicida idea; por eso nunca descubrí qué juego era…
Hasta que una noche, luego de haber bebido mucho vino tinto y otras porquerías con mis amigos, volví a casa golpeando las paredes por no poder sostenerme muy bien con mis piernas. Fue ahí que antes de dejarme caer como un verdadero saco de papas sobre la cama, con ropa y todo, reparé en que había dejado el famoso juego sin nombre sobre un montón de suciedad en mi mesita de noche; sentí un escalofrío al verlo, pero como estaba borracho, lo tomé y lo puse en la consola, diciendo en trabajosa voz alta: “ahhh, juego culiao’”. Con una mano temblorosa por culpa del alcohol y el temor, encendí el televisor y después la consola, llevándome una grata sorpresa al darme cuenta que el juego que llevaba evitando por meses, era en realidad Star Fox 64, uno de mis favoritos. ¡No podía creer lo idiota que había sido todo ese tiempo, temiéndole a un simple juego sin nombre por leer unas cuantas historias falsas sobre un caso parecido al mío por Internet! Me dieron ganas de reventarme las bolas por estúpido.
De todas maneras, fue desde ese entonces que me he vuelto más amigo del alcohol y su gran poder para hacer que hasta el más nena de los hombres gane la valentía necesaria para hacer todo lo que tenga en mente.
¿Si esta historia tiene una moraleja? ¡Por supuesto que sí: si tienen miedo, beban vino tinto, o lo que sea, y se les pasará al instante!; y si no se les acaba con eso, pues denle más duro a la botella hasta quedar inconscientes: seguro que ahí no sentirán nada, ni siquiera miedo, nada de nada.



Estado #5



−¿Vo’ soy güeón, o le creí’ a la Pilar Sordo?

(Un hombre enojado)