Cuento #20: Lo que mi tía dijo


Todos los días, después de almorzar, Leonardo salía al antejardín de su tía para mirar la calle desierta que se extendía del otro lado; lo hacía tan a menudo, que incluso ya creía estar dominando la técnica de dejar su mente en blanco. No era que literalmente muriera de aburrimiento, pero el estar separado de sus amigos por cientos de kilómetros durante casi más de dos semanas, le hacía dar cuenta que hasta mirar a la calle con ellos era más entretenido que cualquier cosa que hiciera ahí, donde la diversión significaba salir a caminar por los mismos lugares de siempre, o ver los programas dedicados a los estúpidos entretelones del Festival de Viña del Mar.
            Sin embargo, fue un grito sordo, proveniente de unas cuantas casas más allá, el que le hizo dar un fuerte respingo en su asiento. Al principio pensó que estaban matando a alguien, y que él era el único que estaba ahí para poder alarmar a los demás; pero tras levantarse con la intención de entrar a la casa, escuchó que una puerta lejana se abría de improviso para dejar salir a un muchacho flaco, de aspecto sucio, que no dejó de gritar:
            −¡QUIERO PASTAAAAAA! ¡QUIERO PASTAAAAAA! −en ningún momento; ni siquiera se detuvo cuando atravesó la destartalada reja de su antejardín, ni cuando se perdió unas cuantas calles más arriba, donde se decía estaba el barrio más peligroso del sector. Nadie salió de su hogar para decir ni comprobar nada; la tarde seguía igual de calurosa y aburrida que todas las demás. Leonardo pensó que tal vez los vecinos estaban acostumbrados a actos como ése, porque nadie hizo nada.
            Entonces le contó todo eso a su tía, quien, sin despegar la vista de su teleserie de la tarde, le respondió:
            −Ese chico está enfermo −Y luego de aclararse ligeramente la garganta, sentenció−: Es un drogadicto.
            −¿Drogadicto?           
            −Sí, un drogadicto. Son tipos que hacen cosas malas por fumar marihuana. La marihuana les seca el cerebro, les hace gritar porquerías en la calle y al final los deja enganchados.    
            −¿Cómo enganchados? −Leonardo ladeó inconscientemente su cabeza.
            −Adictos, adictos −le respondió su interlocutora con rapidez, sin quitar los ojos de la tele en ningún momento−. Hace que la gente termine vendiendo hasta el alma por marihuana.
            −Ah, ya −murmuró Leonardo, ocultando su profunda confusión interna. Quiso decirle a su tía que el muchacho jamás había pronunciado la palabra marihuana siquiera, que en realidad tenía pinta de querer cualquier otra cosa. Estaba pensando en eso cuando volvió a su puesto del antejardín y se sentó otra vez en su asiento predilecto, siendo consciente, una vez más, de lo aburridas que eran sus vacaciones y lo mucho que extrañaba a sus amigos del barrio.
            No obstante, no estuvo sentado ni diez minutos cuando volvió a aparecer el muchacho delgado y sucio por el mismo lugar que se había marchado; esta vez venía trotando a paso ligero, con una ancha sonrisa en su boca. Pasó directo a su casa y cerró la puerta (que había dejado abierta) con un fuerte portazo.                
            Probablemente así fuera un verdadero adicto, como esos vagabundos que piden monedas en la calle, hediondos a orines y excrementos, siempre gritando en su propio mundo, sin que nada les importara realmente.
Leonardo pensaba en lo genial que se escuchaba todo eso, cuando se oyó un nuevo grito proveniente del mismo lugar que el anterior; el chico, en vez de alarmarse, ésta vez sólo prestó atención.
            Para cuando la puerta del muchacho delgado y sucio volvió a abrirse, éste salía corriendo, gritando a todo pulmón:
            −¡FUEGOOO! ¡NO TENGO FUEGOOOO! ¡FUEGOOOO!





           

Cuento #19: Llamada equivocada


Germán contestó su celular.
            −¿Aló?
            −¿Aló? −preguntaron del otro lado.
            −Diga.
            −Eh…, hola, soy Manuel…
            −¿Qué Manuel? −cortó Germán, frunciendo el ceño sin darse cuenta.
            −Manuel Contreras…
            −No conozco ningún Manuel Contreras, número e…
            −¡Espera, espera, porfa!
            −¿Qué onda?
−Mira, sé que no me conocís −farfulló el tipo del otro lado de la línea−, pero quería saber si me podiai’ escuchar algo.
            −…
            −¿Aló?
            −¿Escuchar qué? −dijo Germán.
            −Escuchar.
            −¿Qué cosa?
            −Mira, necesito desahogarme con alguien −declaró Manuel. Se tomó una ligera pausa−. ¿Puedes?
−Eh… Germán dudó si dejarse llevar o no por la curiosidad. Estuvo así unos cuantos segundos, hasta que respondió−: Bueno. Está bien. Pero que sea rápido.
            El tipo del teléfono respiró hondo y exhaló con fuerza.  
            −Estuve pololiando con una niña por un año y tanto. Estuvimos juntos desde el año pasado, en Tercero Medio, hasta este año, hace unos días atrás.
            −¿Ya? ¿Y? ¿Qué pasó?
−Me pidió un tiempo, la semana pasá’, y yo se lo di −En la voz del tipo (un niño que debía ir en Cuarto Medio) se sintió un dejo de amargura−. Pude haberme pescado un montón de amigas, todas ricas y maracas, pero no lo hice. No lo hice por respeto a esa conchetumare.
            Germán se sintió un poco alarmado al notar la creciente furia de su interlocutor.
            −¿Qué te hizo?
            −Durante esa semana no nos vimos ni nos llamamos −continuó Manuel−. Por mi parte, me quedé en la casa y no hice nada. Ni siquiera salí a carretear con mis amigos.
            −…
            −Hasta que me llamó ayer.
            “Acá viene lo interesante”, pensó Germán, más atento.
            −¿Y qué te dijo? −quiso saber.
            −Me preguntó cómo estaba, que cómo me había ido en el colegio, y esas cosas. Estuvimos así como por unos quince minutos, hasta que me preguntó si me había pasado algo durante la semana, la que no estuvimos juntos. Le dije que nada, que no salí, ni nada, que la echaba de menos y… bueno, eso.  
            −¿Y qué fue lo que te dijo ella?
            −Me dijo que lo había pensado mejor durante la semana de receso; había pensado lo de nuestro pololeo −El muchacho hizo una pausa en la que pareció dudar si seguir echándolo todo afuera o no−. Me dijo que no quería volver conmigo porque la tenía chica…, la tula.
            −¿Cómo? ¿No quiso volver contigo porque tenís la tula chica? −Germán no lo podía creer. Quería soltar una risa, pero temió arruinar el momento.
            −…Sí, algo así.
            −Vaya, qué zorra la muy puta.
            −Sí, zorra mal parida. Me dijo que no quería volver conmigo porque tengo la tula chica.
            −Pero qué onda. ¿La tenís chica de verdad?
            −¡No sé, güeón, tú escucha! ¿Me vai’ a seguir escuchando?
            −Sí, oh, sí…
            Me dijo que no quería volver conmigo por la güeá esa, la que te dije. Así que le pregunté que cómo sabía que la mía era... chica en comparación con la de los demás.
            −¿Qué te dijo?
            −La muy maraca me contó que se había metido con otros hombres en la semana de receso.
            −¿En serio?
            −Sí −Manuel tragó saliva−. No podía creerlo. Se metió con otros hombres mientras nos dábamos el receso, la muy hija de puta.
            −¿Y en una semana?
            −No. Se metió con todos ellos en una sola noche. Todos al mismo tiempo.
            Germán quedó de una sola pieza.
            −Es difícil creer, pero es cierto. La muy perra me cagó con todo lo que tenía.
            −…Pucha, lo siento, hermano, yo…
            −Ya, si no importa… Sólo necesitaba contárselo a alguien antes de volverme loco.
            −Me imagino.
            −¿Te has sentido loco alguna vez, Germán?
            La voz del chico (que iba en Cuarto Medio) había vuelto a sonar como la de un tipo más grande.        
            −Podría ser que…
            (¡Espera!)
            −…¿Cómo sabes mi número telefónico? −advirtió Germán, frunciendo otra vez el ceño, más que antes−. ¿Quién te lo dio?
            −…
            −¿Quién te dijo cómo me llamaba? 
            Las manos de Germán comenzaron a tiritar.
            −¿Quizá quieras saber cómo termina esta historia, no? −preguntó el tipo del otro lado.
            −…No entiendo.
            −Quizá no hay nada qué entender, Germán. O quizá todo sea esto: una llamada equivocada, alguien desconocido del otro lado de la línea, una persona cualquiera con una historia enormemente triste.
Del otro lado se sintió como si alguien expulsara pacientemente humo de su cigarro.
−O tal vez puede que sea un mensaje previniéndote de un posible futuro nefasto.
            Germán pensó de inmediato en su novia. Le había dicho que iría a estudiar a la casa de unas amigas, para una prueba al día siguiente.
−Uno nunca sabe, Germán. Uno nunca sabe.
Y así, sin más, el tipo cortó la comunicación.
Para cuando Germán lo llamó de vuelta, su celular se hallaba apagado.