Historia #11: Mi abuela dijo



Como vio que sus padres no estaban en la casa de la cual había sido expulsado hacía ya varios meses, Martín decidió utilizar las llaves que aún poseía en su mochila para entrar a robar algunas provisiones y otras cosas útiles para su pensión. Apenas llegó al vestíbulo de ésta, sin embargo, se dio cuenta que la casa no estaba tan sola como esperaba.
−¡Hijo, hijo!
−¡Abuela!
El muchacho no pudo contener su sorpresa al ver a su abuela paterna sentada ahí, frente al televisor, viendo las sorprendentes noticias del Canal Mega.
−¿Cómo estás, hijo? ¿Tienes hambre? ¡Seguro tienes hambre! ¿Quieres pan con margarina y mermelada?
−No, gracias, sólo vengo de pasada…
−¿Vienes a ver a tu papá…?
−No, jamás…
−¿Vienes de la pega?
−Eh…, sí…
−Tus papás fueron al cine. Como hace media hora.
−Ah, ya veo…
−¡Estás todo desnutrido!
−Bueno, entonces quiero esos panes con margarina y mermelada.
−¿Con un té?
−Ya, gracias.
Martín siguió a su abuela hasta la cocina, hambriento, notando que la casa seguía igual de fría y desordenada que antes.
−Siéntese, siéntese.
−Gracias, abuela −dijo el chico, ubicándose frente a una taza lista para beber de ella. Su abuela le puso una atiborrada panera a su derecha, y el pote de la margarina y el tarro de la mermelada de durazno a la izquierda.
Martín se sentía extraño, casi etéreo: las luces tenues y gélidas de la cocina le daban un aspecto casi surrealista a la escena; de fondo, dos habitaciones más allá, se escuchaba Du Hast de Rammstein como parte de una nota periodística sobre el narcotráfico en el Canal Mega; y, después de todo, estaba la sensación de enorme arrepentimiento por haber vuelto a entrar a esa casa.
La mujer echó una bolsa de té en la taza de su nieto, la que luego rellenó con el agua recién hervida de la tetera. Acto seguido, se sentó cerca de él y encendió el televisor que tenían al frente con el control remoto, dejándola en el impactante mini-documental del canal que, al parecer, le chiflaba la cabeza (y con Du Hast sonando a dos velocidades distintas en toda la casa).
Martín se preparó un primer pan con mantequilla y mermelada, y se lo zampó en menos de un minuto; para cuando repetía apresuradamente la misma operación para con el segundo, notó que su abuela no dejaba de quitarle la mirada de encima. Sintiéndose un poco mal educado, no dudó en que estaba cometiendo un gran error al no ser completamente recíproco con la emoción de su abuela, por lo que optó por preguntarle:
−¿Cómo ha estado? ¿Se ha sentido bien? −con lo que inició una conversación (o un monólogo) de al menos unos diez minutos.
Para cuando ella hubo terminado, el asunto del narcotráfico había dado paso a otros pormenores nacionales menos importante en la tele.
−Deberían tratar a los mapuches con más respeto −comentó Martín al ver que salían unos cuantos políticos hablando sobre los supuestos atentados que habían cometido.
−¡Por qué, si son unos malditos terroristas! ¡Deberían meterlos presos para que se sequen en la cárcel!
−Abuela, todos saben que es el Gobierno el que hace estos desmanes para culpar a los pobres mapuches. Es la mejor forma para tener a todos en su contra.
−¡Cómo puedes decir eso, ‘mijo, si son ellos los que detonan todas esas bombas y provocan todos esos incendios…!
−Ve, abuela, usted es el mejor ejemplo de ello.
Y sin preverlo siquiera, la abuela de Martín rompió a llorar.
−¿Abuela, está bien?
Como no hubo una respuesta inmediata de su parte, el chico hizo el ademán de levantarse para ver de cerca qué era lo que le ocurría; no obstante, ella actuó primero, alzando su cara, luciendo una mirada llena de ira, decepción y profunda pena. Martín sintió un vuelco en el corazón.
−¿Abuela, está…?
−Cuando chico eras distinto −comenzó la mujer, dejando en claro que la cosa se venía otra vez para largo.− No venías con estas cosas: querías ser como tu padre, te interesaban los estudios, eras habilidoso, te sabías todas las banderas del Mundo, leías cuando nadie más leía, eras bonito, menos ojeroso… Ahora estás flaco, desnutrido, no como antes, bonito, con más comida adentro… ¡Esos deben ser tus amigos! ¡Sí, tus amigos esos, que seguro deben andar en malos pasos por ahí, metiéndote esas cosas raras en la cabeza, renegando de Dios, de Jesús, de su Bautizo, de su familia!
>>Conversa con tu papá, pídele perdón, hablen, arreglen sus cosas, y terminen con esto antes que te quedes sin estudiar y seas un vagabundo como esos de la calle, que hacen lo que sea por una moneda y por alcohol y drogas. No quiero que seas como ellos, no…
−Abuela, de verdad, me siento bien −dijo Martín, calmadamente.− De hecho, me siento mejor que nunca: vivo en una pensión con vista al mar, hago prácticamente todo lo que se me antoja, toco en bandas con mis amigos de vez en cuando y escribo cosas que se me ocurren para poder sacar un libro dentro de poco. Es…
−¡Sí, pero eso no te va a dar nada! ¡¿La música?! ¡Pfff! ¡Eso es un pasatiempo, algo para divertirse, no para vivir! ¡Mejor estudia, aprovecha, sé minero y gana harta plata! ¡Si ahora están ganando hasta casi dos millones!
−Pero yo no quiero vivir haciendo algo que no me gusta.
−¡Pero tienes que pensar en que vas a tener hijos, una familia…!
−Yo no pienso tener hijos −Aquello la dejó desorbitada.− Lo encuentro una total pérdida de tiempo y plata.
−¡Cómo que no vas a tener hijos, si así es la vida…!
−Yo quiero que mi vida sea distinta, no como la de la mayoría…
−¡Ves, hijo, ahora estás volviéndote loco! −La mujer soltó otro sollozo y siguió dando la pelea.− ¡Esos son tus amigos, esos malditos marihuaneros…!
−Abuela, ellos fueron los que me recibieron cuando no tenía ni un puto peso ni casa. ¿Cree usted entonces que son malas personas?
Silencio.
−Estás mal, Martín, tan flaco, pareces un esqueleto…
−¡Mire, cuando era gordo, todos me decían que por qué mejor no hacía ejercicio en vez de jugar cartas, que comiera menos, que me levantara por las mañanas para salir a correr por ahí, antes de empezar con la rutina; pero ahora que adelgazo gracias a tener que caminar una infinidad de kilómetros para poder ahorrar unos cuantos pesos, resulta que nadie me quiere así! ¿Qué tengo que hacer para gustarles? ¿Ser minero, un empresario que fustigue a todos con su látigo? ¿O tengo que ser como mis padres y repetir una y otra vez toda esta rueda de nunca acabar para seguir echando andar el sistema que tanto odio?
Silencio. Mucho más tenso que el primero.
−Esos son tus amigos, ellos te…
Pero Martín se levantó antes de que la conversación siguiera. No había nada que hacer ahí.
No hizo caso de los llamados de su abuela, ni del nudo en el corazón que le decía que volviera y pidiera perdón por el mal momento. Pensó en que no le costaba nada dar su brazo a torcer y aceptar, aunque fuera de la boca para fuera, que él estaba en lo incorrecto, que iba a hacer todo lo posible para tratar que las cosas que más la llenarían de orgullo se iban a ver cumplidas dentro de poco.
Sin embargo, no fue así.
Martín supo que había sido un error garrafal el haber pasado por afuera de su casa siquiera.
“Nunca más −se dijo, nunca más”.

Cuento #8: Ha llegado la hora




Miro por la ventana de mi habitación para cerciorarme que no hay nadie en la calle abajo apeándose de algún auto o una camioneta de aspecto misterioso. 
Por fortuna, aún está vacía.
            Me seco la traspiración del rostro con mi mano libre, mientras que con la otra ciño con más fuerza la pistola a mi cuerpo, preparado para actuar en cualquier momento.
Respiro hondo, y suelto una bocanada de aire como si fuera la última vez que disfrutara de aquella sensación tan tranquilizante. 
Sinceramente, nunca pensé que tras investigar aquella importante red internacional de narcotráfico, todas las pistas me llevarían ante el escritorio de aquel importante Secretario de Gobierno, el que sonreía siempre ante las cámaras con la mejor de sus caras, como si nada malo fuera a ocurrir jamás. Juro que nunca, nunca, se me había llegado a pasar una idea de tal calibre por la cabeza. ¿Cómo podía ser posible que el mismo tipo que salía en la tele, hablando sobre el bienestar social y nacional, castigando a jóvenes revolucionarios a punta de juicios magnánimos, fuera el mismo que se encargaba de ingresar destacamentos de cocaína y pasta base al país? Suponía que esas cosas sólo sucedían en Europa, o en Estados Unidos, pero jamás en Chile. ¿Cómo podía ser todo esto verdad?
Supe que algo iba mal con la investigación cuando las cosas comenzaron a ponerse complicadas, con problemas que provenían de nuestro alto mando y no de los mismos delincuentes que buscábamos: nos pusieron trabas, nos advirtieron que dejáramos las cosas tal como estaban, que era mejor no entrometerse en cosas tan delicadas.
Pero seguimos adelante.
Con Cáceres no dejamos detalle afuera, unimos cabos sueltos y le pagamos a uno de esos hackers amigos nuestros para dar con conversaciones guardadas en los computadores requisados de viejos narcotraficantes capturados. En un principio no pudimos creer que los enlaces nos llevaran a equipos utilizados dentro del mismo edificio donde se supone la nación se ordena para el bien común, el mismo que alguna vez fue destruido para levantar de nuevo a un pueblo sumido en las tinieblas del populismo barato y sucio; pero fue así.
Hablamos con nuestro jefe dejando sobre su mesa absolutamente todo lo que sabíamos, con todas aquellas pruebas capaces de derrumbar todos los cimientos de la gran farsa instalada por los mismos que decían combatirla con fuego y pasión desde sus asientos. Él nos miró y nos prometió ayudarnos. Su sonrisa fue franca, casi como la de un padre orgulloso de los actos de su hijo. Pero debimos sospechar que algo malo ocurría en todo eso.
Lo comprobé cuando Cáceres dejó de contestar mis llamadas.
Para cuando me dirigía a su casa para saber qué diantres sucedía con él, supe con lo que me iba a encontrar mucho antes de atravesar su puerta siquiera.
La entrada estaba entornada adrede, las cosas adentro revueltas, y Cáceres sentado a la mesa con un gran disparo en la sien izquierda, con su pistola de servicio encerrada en su mano del mismo lado…, como si él hubiera sido zurdo toda su vida. Supe entonces que aquello era un mensaje: era imposible que alguien efectuara un disparo tan devastador con su mano menos experimentada, menos para darse a sí mismo cuando las cosas parecían marchar (casi) a la perfección: no habían problemas psicológicos de por medio, ni familiares, ni de ninguna clase más profunda que yo supiera. 
No fui lo bastante obtuso para comprenderlo todo y saber que yo era el próximo en la lista: nos habían vendido como la basura condenada que éramos.
No tuve tiempo para preparar nada, sólo dirigirme a mi departamento y guarecerme hasta que las cosas se mostraran tal como eran. Podría haber dejado una carta firmada con mi nombre, detallando todo lo que sabía y así arrastrar conmigo al mayor número de culpables posibles al profundo abismo al que me encaminaban, pero supe de inmediato que no serviría de nada: ya tenía visualizados todos los tópicos de la noticia que iban a aparecer en cada una de las pantallas de televisión y diarios sensacionalistas del país: suicidio, problemas de salud mental, inestabilidad emocional, etcétera. Ha pasado antes y sucederá conmigo también. Así es como funciona. Debí haberlo previsto.
Pienso en Angélica, mi sobrina, de sólo tres años, y lo divertidas que se ven sus pecas dispersas por sus tiernas mejillas; en Andrea, mi hermana, que estaba a punto de recibirse por fin como enfermera; en Roberto, su esposo, quien se convirtió, sin querer, en el hermano que nunca tuve; en mi madre, postrada en cama, llena de costras, llorando por la noticia que le darán las autoridades apenas se efectúe mi deceso…
Pienso en el sistema podrido y su gran mandíbula capaz de engullirlo todo.
Pienso en cómo sería darle un tiro al jodido hijo de puta allá, en su flamante escritorio guarecido por quienes creen estar protegiendo la ley y la ética de la nación. Pienso en una bala arrancándole todos los sesos, manchando las lujosas paredes de su oficina…
Pienso en…, pero me detengo: oigo un auto detenerse afuera: lo puedo ver a la perfección desde la altura en la que me encuentro: se bajan tres tipos; uno se queda al volante, con el motor encendido. Se escucha el abrir de una puerta abajo, el ascensor cumpliendo su bendita misión unos cuantos metros más allá, el eco de silenciosas pisadas del otro lado, una puerta chirriar lo más sigilosa posible…
Ha llegado la hora y está decidido: al Infierno no me iré solo.

Cuento #7: Un mensaje de Dios



La mujer estaba sobre el estrado, pronunciando su estudiado discurso con media hora de retraso, cosa que, al parecer, a nadie le importaba. El público la miraba embelesada, casi como si no pudieran creer que tenían frente a sus ojos a alguien tan importante como ella. Sus manos se movían con gracia, sus gestos irradiaban una alegría inexistente. A veces la gente aplaudía, a veces mantenían el silencio por no conseguir comprender lo que querían decirles. La mujer los llenó de esperanza, y la gente le creyó como si nada.
Hasta que apareció un hombre de aspecto enfermizo de entre el público. El discurso se detuvo y la mujer lo miró con su ensayada mirada maternal. Le pidió que se acercara. El hombre así lo hizo.
Pero en vez de pronunciar cualquier palabra, el tipo levantó su cabeza con rabia, dejando a la vista una pálida cara de ojos negros y una boca con dos corridas de afilados dientes parecidos a oxidados clavos. Nadie supo qué hacer. Algunos espectadores llegaron a soltar un estúpido: ohhhh, pero nada más. La mujer se quedó quieta, consciente de lo que sucedería a continuación. Los guardaespaldas, como siempre, no reaccionaron a tiempo para hacer nada.
            El hombre tomó a la mujer por los hombros, como si quisiera abrazarla, y acercó su rostro a su oreja.
Este es un mensaje de Dios –le dijo, y entonces hincó sus dientes como clavos en su cuello, arrancando arterías, venas, tejidos, carne y piel. La mujer chilló de un dolor enfermo y electrizante. Nadie dijo ni hizo nada. Todos veían la escena sin poder creerlo. Tanto el público como los televidentes en sus casas se hallaban paralizados, como un conejo que ve su muerte frente a los focos de un auto. 
            El tipo dejó caer el cuerpo moribundo de la mujer, se alzó y gritó.
            –¡ESTE ES UN MENSAJE DE DIOS!
Fue entonces que uno de los guardaespaldas salió de su trance y disparó rápidamente contra el tipo.
            Se necesitaron de nueve disparos para derrumbarlo y dejarlo sin vida.
Cuando se acercaron a él para verlo mejor, pudieron darse cuenta que su boca formaba una ancha sonrisa.