Reflexión #11: El lenguaje es un virus

 

El autor estadounidense William S. Burroughs señalaba que el lenguaje humano es un virus alienígena caído del espacio exterior, capaz de nutrir y separar a la misma raza que la utiliza como instrumento, de su propia e intrínseca naturaleza. Hablaba también de un desapego de la esencia natural apenas el virus ingresaba en el cuerpo de una persona, dándole la capacidad para nombrar cosas a la vez que se olvidaba del verdadero objetivo de ellas. En palabras más simples, si un ser vivo tiene sed, instintivamente buscará alguna fuente de “agua” para poder beber y satisfacer su necesidad: el ser bebe “agua”, la sed se calma. Sin embargo, siguiendo la misma línea del ejemplo, el humano, al emplear el lenguaje (o este virus alienígena), no solo buscará una fuente de “agua” para sobrevivir, sino que buscará una fuente de “agua potable”, porque tiene consciencia de que hay líquidos que le hacen bien, así como hay líquidos que le hacen mal. Y bueno, llevando el caso más allá, el humano al referirse al “agua potable” para saciar su sed, puede estar pensando, quizá, en una botella de “agua mineralizada sin gas” (porque el “agua mineralizada con gas” le provoca problemas estomacales), o tal vez en una botella de “agua isotónica”, o simplemente en un vaso de “agua con hielo”, pero ya no piensa en la misma fuente de “agua” que el zorro sediento, el pájaro cansado o la abeja trabajólica. De cierta manera, y como el mismo Burroughs dice, el lenguaje nos quitó las raíces naturales de nuestra esencia para nombrar y dividirlo todo.

            Menciono todo esto porque ahora, a casi treinta años de la muerte de Burroughs, sus palabras me hacen un sentido enorme. Y cómo no, si hoy en día todo conlleva un rótulo incluso muchas veces innecesario, palabras que, en vez de unir, dividen y generan inestabilidad a donde quiera que veamos.

            Podríamos empezar con un ejercicio simple, viejo y a la vez actual: la política. Es de conocimiento histórico que la gente se ha dividido siempre en bandos diferentes según sus ideas, ideales, metas y objetivos (no todos altruistas, por supuesto), así como también es de conocimiento popular que los actores políticos más altos son quienes aprovecharon esto para generar una brecha que, desde la civilización griega hasta el día de hoy, sólo crece más y más a medida que avanza el tiempo. Así fue como, a grandes rasgos y en términos políticos, nació la “izquierda” y la “derecha” para representar a quienes: creían en algo en particular, y a sus opositores.

Obviamente tanto la “izquierda” como la “derecha”, ambas referencias a extremidades opuestas de un sinnúmero de especies pluricelulares con las que compartimos nuestro mundo, acuñan ideas y perspectivas del mundo distintas: mientras la gente de “izquierda” cree a grandes rasgos en el poder popular, los de “derecha” piensan que el totalitarismo es la vía correcta para el desarrollo de la humanidad. No obstante, a medida que avanzan los años, el verdadero fin de ambas palabras (en términos políticos) se ha ido perdiendo en un mar de significados erróneos hasta dar con nuevos rótulos que aún siguen separando más a la gente según sus creencias y pensamientos. Así tenemos ahora la “centro izquierda”, la “ultra derecha”, la “derecha cristiana”, la “izquierda comunista”, etcétera, etcétera, entre otras tantas, a partir de dos simples posiciones.

Muchos podrán decir que esto es importante, porque así cada persona gana una relevancia más ajustada a lo que piensa, vive y visiona. Y en cierta manera está bien, porque a cada día que pasa, más necesitamos ser reconocidos y considerados a partir de nuestras creencias y perspectivas, ser de una sola línea, como quien dice coloquialmente.

Sin embargo, y sin que nos hayamos dado cuenta, el virus del lenguaje ya ha hecho lo suyo: está completamente dentro de nuestro ADN, dividiéndonos lentamente los unos de los otros. Ya no pensamos a partir de nuestros instintos ni actuamos en base a lo que necesitamos, sino que todo lo contrario: pensamos y actuamos en base a rótulos y etiquetas no sólo para complacernos, sino que para complacer a los demás que también esperan algo de nuestro rótulo o etiqueta autoimpuesta.

Claro, muchos dirán que ser de “izquierda” inminentemente te hace creer en el comunismo, o que por ser de “derecha” de inmediato querrás que los pobres mueran bajo la bota militar del dictador de turno, pero no necesariamente es así. La etiqueta autoimpuesta (o puesta por los demás o por alguien en específico) será querida por algunos −que comparten o buscan la misma etiqueta−, o será odiada por quienes piensan de modo contrario a ella, pero siempre te llevará a otro grupo cuyos integrantes se parezcan a ti.

Por supuesto, una etiqueta o rótulo te llevará a un grupo específico de personas, y si te sientes inconforme con ese grupo, ya sea por diferentes razones o visiones de mundo, probablemente tendrás que buscar a otro grupo, quizá un tanto más reducido en número comparado con el anterior, que verdaderamente se ajuste a lo que piensas.

Pero a la larga, entre más divisiones tras divisiones que se hagan, en vez de fortalecer una idea, sólo se desintegra más y más hasta perder la fuerza esperada.

Pondré un caso todavía más cercano a la gente: los movimientos sociales.

Últimamente se ha visto alrededor de todo el mundo cómo la gente se levanta en conjunto para hacerle frente a un sistema que debiera eliminarse. Todos coinciden en lo mismo, y habría que ser un ciego para no percatarse de que una gran mayoría está cansada de los abusos de los tiempos modernos. Sin embargo, y a medida que los meses y años avanzan, los estallidos sociales ocurridos por la rabia, la ira, la pena y la desesperación, todos sentimientos primitivos en el ser humano, se han visto mermados por nada más y nada menos que rótulos o etiquetas.

Hoy en día ya no es una persona quien se manifiesta en contra del sistema en sí, sino que es una persona que se manifiesta por un problema en particular. Si antes todos los manifestantes querían un cambio estructural y profundo en la vida que vivimos como seres de un mismo mundo, ahora se puede hacer una clara diferenciación entre las personas que buscan empezar el sistema desde cero, de aquellos que sólo quieren subir sus sueldos, los que quieren una educación mejor y gratuita, los que desean derechos para los animales, los que desean mejores derechos para los niños, etcétera.

En la práctica, la división no me parece maligna ni demoniaca, porque muchas veces es necesario desmarcarse del todo para poder conocer lo singular; no obstante, al ponernos un rótulo, una etiqueta o llamarnos encarecidamente de una manera, no hacemos más que restarnos y separarnos de los demás. Quizá un carnívoro y un vegano piensen de la misma forma y acudan a las mismas manifestaciones organizadas; quizá piensen que la policía es una mierda o que los gobernantes son unos ineptos que merecen la muerte. Pero a la hora de presentarse con sus etiquetas frente a la sociedad, quizá ya no quieran verse metidos en el mismo grupo. ¿Un carnívoro marchando con un vegano? ¡No, ni hablar, eso va contra todas nuestras reglas personales! Y así, suma y sigue.

Los escritores de ficción no son muy amigos de los autores de obras dramáticas, los músicos de heavy metal no soportan a los que tocan jazz, y los hinchas del Colo Colo darían lo que fuera por ver humillados a los seguidores de la U. de Chile. Tal vez todos quieran ver arder el sistema capitalista que los retiene y los sume en la miseria, pero a la hora de ver manchados sus rótulos, sus etiquetas, la imagen que le dan al mundo, decidan desligarse de cualquier movimiento que los pueda ver hombro con hombro.

Casos en que la regla ha sido omitida existen muchos; es cosa de recordar que en Chile muchas hinchadas de equipos rivales marcharon juntas en las manifestaciones posteriores al 18 de octubre pasado, grupos de gente que no dudaban en violentarse los unos con los otros a la más mínima provocación ahora unidas para hacerle frente a la policía prepotente y represora. Pero desde eso, no he vuelto a presenciar una unión significativa hasta la fecha. (No menciono las campañas sociales de ayuda, puesto que la gente, en su gran mayoría, sólo colabora con éstas para ganar una etiqueta social especial muy distinta de la que suelen mostrarle a los demás en su día a día. Como bien dijo Kant: el hombre arribista, tacaño y de malos modales no ganará el rótulo de “bondadoso” o “caritativo” sólo por una acción en su vida, así como Hitler no podría tener el título de “buena persona” sólo por ser “vegetariano” pasando por alto todos sus crímenes).

Los romanos señalaban que dividir era conquistar, y hoy en día, con este virus del lenguaje en nuestro interior, el mismo que nos impide ver lo esencial, lo importante, nuestra naturaleza misma, parece estar más que nunca en lo correcto.

Quizá el lenguaje no sea un virus alienígena como sostenía William S. Burroughs; quizá sea un virus terrestre creado por unos pocos, unos visionarios que previeron que el pueblo jamás podría hacerles nada si éste perdía fuerza al separarse. Y a casi treinta años de estas palabras, creo más que nunca en que señalaban lo correcto.

Poema #44 La pena

Hay tanta pena en el mundo
¿Cómo no la pueden ver?
Se acumula en las calles
Cae como el sudor en la cara de un anciano
Se retiene en las manos nudosas de una mujer que no da más de cansancio
Se puede oler en la distancia de dos enamorados separados
Se siente en los colores del crepúsculo
En la sensación vacía después de hacer el amor con un desconocido
Es tan grande
que abarca días y noches
Calendarios marcados
Nos hace débiles
Abrumados y desolados
¿Cómo es que no la pueden ver?

Historia #257: Los capuchas


El otro día me pasó un hecho digno de ser narrado: resulta que a eso de las diez y media de la noche, un rato después de que la prepotencia y la violencia de los pacos parara, compré unas chelas en la botillería de la avenida y me fui a sentar cerca de unos capuchas en la cuneta, tomando vino en caja y escuchando trap a todo ritmo. Yo los había visto pelear toda la tarde, y tanto los hombres como las mujeres no debían superar los veinte años de edad (de hecho, ahora que lo pienso, parecían más escolares que universitarios).
            El asunto fue que un hombre de unos cincuenta años, asiduo a las protestas y conocido por sus aguardentosos comentarios sobre qué hacer con los pacos (“¡por qué nadie pesca a un paco y lo mata, si es tan re fácil!”, entre otros de la misma índole), se acercó a ellos trastrabillando por los efectos del copete. El hombre se paró frente a ellos y les gritó: “¡cambien esa güeá de música, es una mierda! La revolución se hace con Víctor Jara, Quilapayún, Sol y lluvia, no con esas güeás”, haciendo los imaginables gestos con las manos y la cara.
            Los capuchas ni siquiera se calentaron la cabeza con el viejo (es muy recurrente ver a este tipo de gente dando jugo en las protestas), por lo que siguieron tomando y echando la talla, mientras los autos tocaban la bocina y evadían la barricada a unos cuantos metros más allá.
Pero éste insistió tanto, que uno de los capuchas se levantó y le dio cara. Yo cacho que el viejo se meó ahí mismo, porque el capucha medía unos dos metros, se puso frente a él, todo choro, y le dijo de una: “viejo culiao, yo siempre lo veo hablando güeás, pero nunca lo veo pescar una piedra y tirársela a los pacos. Déjese de hablar güeás; esa música que le gusta ya pasó. Esta güeá es del pueblo: nosotros no tenemos partido ni esa’ güeás. No estamo’ ni ahí”.
            Varios escucharon la respuesta (en ese momento algunos prendían velas en una suerte de santuario que hicieron los manifestantes en honor a los muertos, torturados y desaparecidos por las fuerzas de la seguridad pública desde que empezó todo esto), y nadie dijo nada. Podría haber sido que los amigos capuchas del capucha se rieran o empezaran a insultar al viejo tan poco recurrente, pero ninguno de ellos dijo ni hizo nada; era como si con la mirada le dijeran: “es verdad lo que dice el amigo, viejo conchetumare, así que ándate mejor, culiao perkin, si no querí’ que te saquemo’ la chucha”, secundando la idea del que le respondió.
            El viejo, obviamente, quedó destrozado, y ante el hecho de verse disminuido y humillado por unos pendejos que debían ser más chicos que su hijo más chico (¡por Dios que pienso en la persona que haya tenido que tolerar a este sujeto por tanto tiempo a su lado!), y se fue para volver al día siguiente para seguir hablando güeás y hacer olímpicos gestos para evitar mojarse el potito a la hora de la verdad.
            El capucha volvió a la cuneta, mientras Bad Bunny hablaba sobre una casual rociada de semen sobre la cara de una chica con la que de seguro se había involucrado sexualmente, y siguió tomando vino de la caja con sus amigos. No recuerdo muy bien si lo felicitaron o algo así, pero la verdad es que para ellos la respuesta del capucha fue tan natural como para nosotros es vincular, de una u otra manera, la figura de ciertos personajes históricos a un ideal más libertario y decantado en la igualdad de clases que la de muchos otros, digamos, más fascistas, vinculando a ciertos hombres y mujeres con los ideales populares de este momento que vivimos a diario. Con esto no me refiero que se deba dejar de lado una lucha inconclusa, mantenida en silencio por ya casi treinta años, y olvidar a grandes artistas de un pensamiento digno de emular como ciudadanos de un nuevo y mejor país; sin embargo, en palabras más simples: lo nuevo es nuevo, y así como no tiene una cara visible (un enemigo real contra el cual actuar, según el presidente), este movimiento tampoco tiene un color ni un amigo en las altas esferas de la realidad política.
Las nuevas generaciones, a pesar de todo el pronóstico funesto que tenía de ellos antes que estallara el movimiento social, la tienen súper clara: no le creerán a nadie hasta que consigan lo que quieren: que suban los sueldos, que la plata se reparta mejor, borrar del mapa a todas las AFPs, que los políticos corruptos paguen todas las vidas que han quitado con el fin de beneficiar sus bolsillos, una nueva Constitución, etcétera. Son los mismos que han visto cometer errores a los más viejos y se sienten atormentados por una inevitable vida de mierda que se les viene encima sólo por ser parte de un sistema indigno; pero ellos en vez de quedarse de brazos cruzados y esperar a que alguien les de alguna migaja con la cual sentirse queridos y ajusticiados, tomaron las riendas del asunto y nos demostraron que, a la manera nueva y nuestra de ver la vida (sin hijos, sin responsabilidades arcaicas impuestas por unos vejestorios, por ejemplo), no tendría por qué haber miedo: en un mundo en que sabemos que lo vamos a perder todo no importando qué hagamos (trabajar en más de un trabajo para poder pagar las cuentas a final de mes, o competir incansablemente para poder tener el sustento), el arriesgarse un poco para por fin darle vuelta la mano a los hijos de puta que nos tienen viviendo horrible y miserablemente desde hace épocas, lo vale. No es tan difícil de entender, ¿no?
            Por eso digo que las nuevas generaciones la tienen más que clara: quieren algo y están seguros que lo conseguirán (el lema patrio reza “por la razón o la fuerza”, ¿no?), no importa el costo. Escuchan la música que les gusta, se manifiestan de la mejor manera que pueden (es lógico que la violencia sea el único camino después de haber visto a sus papás o hermanos mayores haciendo el ridículo en genkidamas por la educación o bailando Thriller para intentar salvar el planeta), y no están ni ahí con los héroes de los viejos: para ellos son todos lo mismo, tanto los malhechores como los cómplices (ya saben de qué partidos políticos hablo). Por eso nada de comunismo ni nada de fascismo. Al parecer su paleta de colores es más abierta que la nuestra: como los pájaros, ven mejor la realidad que, por ejemplo, los perros con su visión en escala de grises. Depende de nosotros elegir el animal correcto y su instintivo paradigma, por supuesto.

Cuento #103: Mujer en problemas


Luego de tomarse la última cerveza antes del cierre del local, Fabián y Cristián encendieron un cigarro y caminaron rumbo al paradero de los colectivos que los llevarían a casa. Eran pasadas las tres de la mañana, y era una suerte que ambos fueran vecinos: a esa hora de la noche era sumamente difícil llenar un vehículo para que partiera lo más pronto posible, y obviamente que restaran dos para completarlo era mucho mejor que tres. No había que ser un gran maestro matemático para saberlo.
            Fabián apagó la colilla del cigarro contra el basurero antes de arrojarlo adentro y subirse al colectivo detrás de su amigo, quedando justamente en la parte del medio de éste. El asiento del copiloto estaba ocupado ya por un pasajero, y por fortuna el último no demoró en llegar y rellenar el espacio (todo borracho y balbuceante). Los pasajeros pagaron el pasaje y dieron sus direcciones mientras la conductora arrancaba el vehículo. Como Fabián y Cristian vivían cerca, dieron la del segundo para facilitar las cosas.
            ¿Habrá llega’o el René a la casa?
            Cristian tenía la duda si el tercer amigo con el que habían estado tomando cerveza y conversando en el local estaba lo suficientemente dentro de sus cabales como para haber llegado a su casa sin problemas. Una vez se habían despedido de él estando tan borracho, que tomó un colectivo equivocado y terminó por darse cuenta de su error cuando ya era demasiado tarde y se encontraba al otro extremo de la ciudad, kilómetros lejos de donde vivía.
En esa ocasión fue su papá el que lo salvó de los efectos de su propia humillación. Sin más plata para movilizarse y en un estado que dejaba bastante que desear, René había creído que lo mejor era tragarse la vergüenza y recurrir al último bastión de ayuda aunque le costara un agotador discurso moral al día siguiente para la hora del almuerzo.
−A lo mejor se fue donde su polola –le dijo Fabián−. Por lo que supe, se le descargó el celular.
Esperando que René tuviera mejor sentido de la orientación en esta oportunidad, los dos amigos cambiaron de tema para planificar la hora en que se juntarían para ir al cumpleaños de la Feña al día siguiente, mientras la conductora del colectivo (una mujer de aspecto mayor, ojos claros y una frondosa mata de pelo castaño ondulado) se estacionaba frente a una plaza para dejar al pasajero ubicado en el asiento del copiloto.
−¿Adónde va usted? –le preguntó la mujer al último de los jóvenes que se había subido al colectivo antes de volver a echar a andarlo.
−Voy a Bellavista.
Por una extraña razón, los amigos tuvieron la impresión de que la mujer había palidecido.
            −¿Y ustedes? –le preguntó esta vez a Cristian y Fabián. Si no se hubieran encontrado con tanta cerveza en sus organismos, se habrían dado cuenta de que la voz de la conductora estaba impregnada con lo que en primera instancia parecía ansiedad.
            Cristian dio su dirección. La conductora los miraba desde el espejo retrovisor con avidez.
            −¿Les puedo pedir un favor? –preguntó ella−. ¿Podría dejarlos al último, después de él? –Apuntó hacia el joven que se dirigía a Bellavista.
            Cristian y Fabián se observaron, y dijeron que sí encogiéndose de hombros.
            −Sí, por qué no –dijo el primero.
            Bellavista era un sector alejado, a unos cuantos minutos de donde vivían ambos amigos (estando en un vehículo), más allá del cementerio que muchos se enorgullecían en llamar parque del recuerdo. Como aún no eran muchos los pobladores de aquel lugar, el sector seguía gozando del ambiente campestre y natural que la villa había agotado hacía tiempo en pos del crecimiento de la población y su eventual evolución. Quizá la conductora temiera un ataque por parte de algún enajenado que, gracias a saberse lejos de la civilización (digamos, unos cinco pasos más allá del límite) y sus luces delatoras, se sintiera capaz de destrozarle el auto, asaltarla y hasta violarla.
Bueno, quién sabía. El asunto es que el colectivo pasó raudo frente a la casa de Fabián, avanzando por la avenida que atravesaba gran parte de la villa, hasta dar con la carretera rumbo al valle. La ausencia de postes de luz a los bordes de ésta permitía que las estrellas pudieran ser apreciadas sin mayores problemas; Cristian, que iba del costado izquierdo del auto, se quedó un buen rato observándolas (mientras su amigo hacía no sé qué en su celular y pasaban frente al parque del recuerdo) hasta que éste se detuvo y se apeó el joven restante de manera trabajosa. Dio las gracias con un modular pastoso, cerró la puerta con cuidado tras él y encaminó por el camino oscuro que llevaba a la zona poblada del sector, muchísimos metros más allá. Tanto Fabián como Cristian sintieron un inexplicable acceso de empatía por él; sabían de antemano lo miserable que era caminar hecho bolsa hasta tu casa.
Entonces la conductora dio media vuelta en la carretera y enfiló de regreso a la villa. Cristian pensó que ésta diría que no le gustaban los borrachos, ni menos le apetecía tener que dejar a uno en un lugar tan alejado de su zona segura. Pero lo que explicó luego fue algo totalmente contrario.
−Muchas gracias por acompañarme –dijo ella, notoriamente agradecida. La mirada que les dedicaba desde el espejo retrovisor estaba llena de una rara mezcla entre miedo y seguridad, como cuando despertabas por la noche y no sabías si seguías soñando, o si volvías a encontrarte en el mundo de la conciencia.
Los dos amigos le dedicaron un gesto en señal de indiferencia.
−Yo me dije que nunca más iba a traer gente aquí, pero ese niño estaba tan cura’o, que me dio pena no traerlo –La mujer hablaba con tono dañado. Parecía una mamá hablando con sus hijos en la oscuridad. Fabián se percató (por la luz frontal de los autos del lado contrario de la carretera) que sus ojos verdes destilaban miedo en la negrura. De pronto había pasado a ser otra madre tan aterrada como sus hijos−. Ustedes no me van a creer, pero aquí se me apareció un fantasma.
Los dos amigos no entendieron a qué se refería ella en un principio, pero al pasar justamente frente al cementerio (aunque muchos le adjudicaran el nombre de parque por la disposición de sus tumbas), comprendieron la dimensión de sus palabras.
−Un poco después de donde dejé al joven de recién, me hizo parar una mujer –dijo la conductora sin quitar la vista del frente. De pronto el interior del auto pareció incluso más oscuro. A pesar de que sus cabezas zumbaban por culpa del alcohol consumido, Fabián y Cristian tenían volcada toda su atención en lo que hablaba ella−. Ese día vine a dejar aquí a mi último pasajero de la noche, ya saben, el último ante’ de tirar la toalla y acostarme y chao pesca’o, hasta mañana. Pero me dije “cómo voy a ser tan penca como pa’ dejarla tirá” po’, ustedes saben que hay que ayudar a las del género y nunca dejarla’ tirá’, así que paré, y mientras ella se acercaba a la puerta trasera del auto, donde van ustede’, me dije que si ella iba al centro, al menos podía dejarla en un punto donde le fuera más fácil dar con otro colectivo; no sé, no se me ocurría otra cosa, si igual eran las cinco de la mañana y estaba muerta de sueño.
La voz de la conductora se estaba quebrando. Cristian se percató que acababan de dejar atrás el cementerio.
−Se veía súper normal –continuó ella−. La veía como los veo ahora a ustede’, así de nítido. No sabría cómo decirlo, pero era muy…, no sé, real. Se parecía a esa actriz que sale en la teleserie de la tarde, la Javiera Díaz no sé qué, pero mucho menos rubia y alta. Recuerdo que llevaba un abrigo blanco, largo, uno de esos que se ocupan en invierno, cuando hace mucho frío; así resaltaba una enormidad en la noche. Le pregunté dónde iba, y me dijo que a Emilio Bello, justo cerca de mi casa. Así que no le cobré (porque las mujeres debemo’ ayudarnos) y partí sin más.
»No me acuerdo qué hablamos, pero sí mencionamos la poca empatía que tienen otros conductores al no llevar a una mujer como ella a casa (ya fuera por pura mala onda o porque al final de cuentas siempre terminaban violentándolas o violándolas). Recuerdo que hablaba bajito, como si estuviera muerta de miedo, pero hablaba al fin y al cabo. Digo esto porque cuando la miré por el retrovisor para ver si estaba llorando o algo…, ya no estaba.
Cristian y Fabián no sabían qué decir. Podría haber sido todo una broma (quizá uno de esos programas donde se registran las reacciones de los pasajeros con cámaras ocultas en el salpicadero), pero cuando la conductora rompió a llorar, supieron que hablaba en serio.
De pronto, incluso con las luces de los postes ubicados a la entrada de la población iluminando nuevamente el interior del vehículo, sintieron cómo un súbito terror les subía por el espinazo. Básicamente los amigos no creían en lo sobrenatural, pero el relato se sentía tan real, tan cercano, que no dudaron en su autenticidad. Era cosa de recordar un montón de otras historias en que conductores contaban que subían gente a sus vehículos en medio de la noche, sólo para terminar dándose cuenta que en realidad no iba nadie con ellos. Además estaba el hecho de que al momento de subirla al colectivo, se hallaban a menos de un kilómetro y medio del cementerio, lo que podía justificar la aparición de la mujer como un ente inexplicable.
Fabián intentó decirle algo para calmarla, pero no encontró las palabras para hacerlo. Era muy difícil hacerlo a esas horas de la noche.
−En un principio pensé que me había vuelto loca, que estaba viendo cosas que no existían como cuando se te cae un tornillo, pero no he sido la única –dijo la conductora, sorbiendo sus mocos con la manga de su chaleco−. A otros do’ colegas le’ ha pasado lo mismo, con la misma mujer y su mismo abrigo. 
−O sea que no sólo le ha pasado a usted –dijo Cristian.
−Claro. O sea que no estoy loca –dijo ella, antes de doblar en la siguiente calle−. Pero ya nunca más volveré a pasar por ahí sola, aunque no recoja a esa mujer y no tenga por qué estar ahí, como hoy. Por eso: gracias.
Cristian, que había sentido los efectos de la cerveza disiparse tras el relato de la mujer, le dijo que siempre era mejor prevenir que lamentar.
Así, ya un poco más calmada y relajada, la conductora se detuvo frente a la casa de éste último. Cuando los dos se hallaron de pie afuera del colectivo, ella les dijo:
−Muchas gracias por todo, y que Dios los bendiga.
Acto seguido, partió rumbo al centro de la ciudad en búsqueda de más rezagados nocturnos, los que, dicho sea de paso, jamás faltaban.
−Estuvo cuática la historia –dijo Fabián, sonriendo−. Por un rato creí que era real.
−¡Pero si era real! –respondió su amigo−. No creo que haya inventado toda esa historia del fantasma.
−Sólo quería que la acompañáramos porque el otro güeón estaba muy cura’o. Debe haber pensa’o que la iba a asaltar o algo así.
Cristian se quedó pensativo.
−Ya, puede ser.
−Mañana te llamo para ver lo del carrete de la Feña –le dijo Fabián.
−O me vení’ a buscar nomá’. No creo que salga en todo el día.
Y dicho esto, ambos amigos se despidieron. Cristian entró a su casa (cerrando todo con llaves) mientras que Fabián, por su lado, encaminó a la suya pensando si su amigo René habría llegado o no a su hogar. Sólo esperaba que la cerveza no le hubiera dañado lo suficiente la cabeza como para hacer que se equivocara otra vez de colectivo; porque de ser así, pensó al tiempo que abría la puerta de su casa y subía lentamente por las escaleras hasta su cuarto intentando no meter ruido, con toda seguridad no le dejarían ir con ellos al día siguiente a la fiesta de la Feña (ya fuera su papá o su polola quienes lo impidieran).
Fabián pensaba en dejarle un mensaje por Whatsapp para que respondiera apenas despertara al día siguiente, cuando una idea se presentó en su mente; parecía su propio instinto apremiándolo a descubrir un detalle que había pasado por alto durante el último fragmento de la noche.
El joven se acercó a su ventana para correr la cortina azul marino que lo protegía de los rayos del sol por la tarde. Sólo lo haría por si acaso, como siempre antes de acostarse y asegurarse que nadie buscaba la oportunidad para entrar a su casa por el patio.
Por un instante creyó que la calle estaría vacía, escenario asiduo a esas horas de la madrugada. Pero del otro lado del cristal se hallaba una mujer alta y delgada vestida con un abrigo blanco que le llegaba hasta las rodillas. Fabián, con el corazón paralizado, no podía verle la cara; sin embargo, cuando ella levantó la suya, pudo darse cuenta que no tenía ojos, sino lo que parecía un borrón oscuro, como tachaduras realizadas con plumón negro.
Fabián creyó que se trataba de una ilusión, la idea de un fantasma injerto por el relato de la colectivera minutos atrás. Pero cuando la mujer dio un paso en su dirección, y luego otro, y luego otro, supo que ella jamás había abandonado el vehículo que la había traído hasta ahí, y que ahora era su turno para prestarle ayuda.



Largo camino a la ruina #53: Estimulantes

Estaba en mi primer día de trabajo atendiendo uno de los bazares del terminal de buses de mi ciudad, cuando una señora se acercó a mi ventanilla y me preguntó: 
            –¿Cuánto salen los chupetes?
            Me apuntó a las golosinas como si yo no supiera qué son los chupetes a los que se refería.
            –Salen cien pesos cada uno.
            –¿Y cuánto sale éste? –repitió ella, indicando uno de los chupetes de cubierto naranjo; porque hay con cubiertos de tres colores diferentes: naranjo, morado y rojo.
            –Cien pesos –le dije, lento.
            –¿Y éste? –preguntó ella de nuevo, moviendo su índice del chupete naranjo al morado.
            –Cien pesos, señora. Todos los chupetes salen cien pesos.
            –¿Entonces –dijo ella, apuntando al chupete rojo– éste igual sale cien pesos?
            “¿Será güeona esta señora?”, pensé, reuniendo toda mi paciencia posible. Me da lata enjuiciar así a la gente, pero es que me parecía que algo no funcionaba bien dentro de la cabeza de quién tenía al frente.
            –A ver, señora –le dije–, todos los chupetes salen cien pesos (la moneda grande café y redonda de siempre o la chica con el mapuche al reverso). Los naranjos, los morados y los rojos: TODOS salen CIEN PESOS.
            La señora me quedó mirando como si comprendiera a medias. Al cabo de un par de segundos se decidió.
            –Ya, dame uno morado entonces.
            Pensé en decirle que era una rota culiá por no pedirme por favor, pero me dije que lo mejor era cerrar el trámite cuanto antes. Tomé uno de los chupetes morados del mostrador y se lo extiendo.
            –¡No, no! –me dijo, negando con la cabeza–. Quiero ÉSE –apuntó hacia uno que estaba de su lado.
            Me mordí la lengua para no insultarla y cambié el chupete morado por el elegido por ella.
            –¿Está bien AHORA, señora?
            –Sí, sí. Al tiro te pago –Metió una mano en su cartera y rebuscó en ella por unos cuantos segundos que se me hicieron eternos. Cuando ya pensaba que terminaría por convertirme en momia esperando, la mujer me mostró un billete de diez mil pesos con aire victorioso–. Supongo que tiene sencillo, ¿no?
             –¡VIEJA CONCHETUMARE, YA ME TIENE CHATO CON SUS GÜEÁS! ¡ACABO DE ABRIR EL LOCAL Y NO TENGO SENCILLO, POR LA CHUCHA, CÓMO ME VA A PAGAR UN CHUPETE DE CIEN PESOS CON DIEZ LUCAS, VIEJA RETAMBORIÁ! ¡TENGA UN POCO MÁS DE TINO, POR LA MIERDA, O SI NO VÁYASE A LA CHUCHA Y DEJE DE GÜEAR A LA GENTE! ¡NO LA CONOZCO NI MEDIA HORA Y YA LA ODIO, VIEJA CULIÁ!
            En ese momento sentí como si hubieran silenciado el terminal por completo: nadie decía ni hacía nada; ni siquiera la tele que colgaba del techo y que jamás callaba se encuentra muda.  
La señora me quedó mirando sin saber qué decir, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta; y bueno, en realidad yo tampoco sé qué dije, pero creo que perdí los estribos un poquito y cometí un pequeño error. Tomé su billete, me pagué el chupete y le di su vuelto.
            –Gracias por su compra; ojalá vuelva pronto –le dije con una sonrisa.
            Pero obviamente jamás volvió. Y yo, como era de esperar, tampoco volví a trabajar ahí.
            Resulta que la señora era la hermana de la dueña del bazar (o sea, de mi jefa), y había sido enviada con el fin de poner a prueba mi talento como vendedor tranquilo, paciente y bien hablado. Pero ahí estuve yo, arruinándolo todo como de costumbre.
            Creo que debería dejar de ir a trabajar bajo los efectos de estimulantes que me llevan en la densa.

Historia #256: Lágrimas


Macarena apoya su cabeza en el pecho sudado de Gustavo. Luego de una tarde de sexo ininterrumpido, las ganas de hablar no son demasiadas, y quizás si el último polvo no lo hubiesen mezclado con marihuana, a ella nunca se le hubiese pasado por la mente lanzarle una de esas tantas preguntas triviales que le nacían cuando estaba drogada:

–Oye, Gus, ¿qué haría’i tú si fuera’i mujer?

            Gustavo piensa un buen rato, mirando al techo en todo momento.

            –Si fuera mujer –repite, como masticando las palabras–. Si fuera mujer, me sentiría agradecido de serlo, totalmente. Me sentiría agradecido de poder rehacer las cosas más maravillosas de lo que son, poder arreglarlas, ver la existencia desde un punto de vista distinto, más lleno de colores, alegría, risas, con ganas de vivirla –Ya más en confianza, Gustavo agrega–: Lucharía por mis derechos, y los de las demás. Reivindicaría mi cuerpo y haría que todos se dieran cuenta de lo importante que soy en el mundo, lo importante que es cada parte mía, cada pensamiento mío; o mejor aún: explotaría mi cuerpo para que los demás se dieran cuenta que soy bella, a pesar de sus estereotipos, que valgo cada centímetro de piel, que en mí existen distintas aristas y misterios, todos importantes, ninguno más que otro. Descifraría mi mente, mis ideas más profundas, las más cercanas al corazón, para usarlas como armas y hacerle entender al mundo lo importante que somos. Daría vida al mundo con mi cuerpo capaz de crearlo, y enseñarle al ser salido de mis entrañas todo lo que sé para que se convierta en una herramienta de paz y justicia, alguien capaz de cambiar la existencia de todos nosotros, alguien capaz de erradicar toda la infamia que nos gobierna.

            Gustavo sorbe sus mocos y limpia las lágrimas que caen por su mejilla antes de continuar.

            –Uf, lo siento, perdona mi ataque de sensibilidad, pero la idea de ponerme en tu lugar me conmovió enormemente –Él se aclara la voz–. Y bueno, ¿qué haría’i tú si fuera’i hombre?
           
Macarena lo piensa por unos segundos, y responde:

– Puta, ¿si fuese yo fuese hombre? Me pajearía todo el día, culia’o, la pulenta.

Historia #255: El Marcos


El Marcos es mi vecino desde que tengo consciencia. Mayor que yo por cinco años, lo veía siempre jugar a la pelota con los vecinos jóvenes más grandes en la plaza frente a mi casa. Era bueno pa’ la pelota, un tipo alto y flaco que podía maniobrar con el balón sin ningún tipo de problemas. Desde chico vestía siempre poleras de bandas metal. Y es que su gusto por la música fue declarado a temprana edad; de hecho, hubo un par de años en que no se despegó de la guitarra de palo que le habían regalado para su cumpleaños. Con ella tocaba todo tipo de canciones: desde las archiconocidas de Iron Maiden que solían hacerle mover la cabeza como un demente, hasta esas baladas cursis que solían poner en la radio. Por lo mismo se la pasaba escuchando música fuerte cada fin de semana que quedaba solo en casa, cuando sus papás se iban a la parcela que tenían en el camino rumbo al valle. El volumen al que escuchaba sus canciones era altísimo, lo que nos permitía, por otro lado y como vecinos, saber más o menos cuál era el estado de ánimo de Marcos: si sonaba fuerte la música metal, era porque estaba feliz o sin ningún alto ni bajo en su vida; si escuchaba canciones melancólicas (por lo general las mismas tonadas mamonas que tocaba con su guitarra), era porque acababa de tener problemas amorosos y sentimentales (cosa cada vez más frecuente en su adolescencia, época en que se le veía comúnmente con una joven rubia compañera de curso suyo); si de vez en cuando oíamos música techno o las clásicas cumbias, sabíamos que estaba con más amigos bebiendo cerveza en el patio; pero cuando hubo un fin de semana en que no escuchamos nada, supimos que la muerte de Doña Clara, nuestra vecina y mamá del Condoro, su mejor amigo del barrio, le había afectado verdaderamente. Con esto pudimos saber varias cosas sobre el Marcos: no era un tipo tan descabellado después de todo, a pesar de usar poleras de lobotomías y explosiones nucleares; de hecho, nos pudimos percatar que frente a todo, no dejaba de ser un joven con ciertos grados de inocencia. Como el otro día, un sábado por la mañana en que escuchaba las canciones del Marcos desde mi cama, que fue pillado por la broma telefónica más viralizada durante este último tiempo. Parecía estar escuchando una canción que le habían enviado por el celular, una típica composición metal con una introducción de guitarra, cuando la música se cortó de la nada para dar paso a los grotescos y conocidos gemidos de mujer que han afectado a tantas personas en tantos y diferentes contextos. No pude evitar reírme por la mala suerte que había tenido: me imaginé su cara roja de vergüenza al percatarse que más de una manzana de vecinos había escuchado aquellos gritos obviamente surgidos de una película porno. También me imaginé la cara de los demás vecinos, los más adultos que de seguro nunca aprobaron la música del Marcos, menos que reprodujera una escena de una película para mayores aunque él nunca quisiera hacerlo. No sé qué haré cuando me vaya de este barrio, o él se vaya de este barrio. Seguramente lo echaré de menos cuando escuche las intolerables bachatas o el reggeatón a todo volumen de mis nuevos vecinos. Por eso he decidido invitarle a tomar una cerveza o algo por el estilo; no creo que se pase rollos y vea mi invitación con ojos extraños. La música es música, y él escucha de la mejor. Sólo espero no reírme en su cara cuando me acuerde que cayó en una broma viral y que un porcentaje del barrio fue testigo auditivo por culpa de su inocencia.


Diario de vida #3: Sobre Amanda y Un ciclo es un ciclo


Cuando iba en la Media, con mis compañeros solíamos parapetarnos en la baranda del segundo piso del edificio (a la salida de nuestra sala) y mirar a todos los alumnos que transitaban debajo nuestro; así, naturalmente, y con esto no quiero que se ofendan, nos disponíamos a realizar lo que amigos de otros colegios −que también lo hacían en esos mismos años, por supuesto− llamaban “ponerle fecha al cheque”: todas las alumnas más chicas que nosotros que tuvieran rasgos significativos como buenos augurio a futuro, entraban en la categoría de “cheque a fecha”. Esto es algo muy común y conocido en las prácticas escolares, y por lo que sé, lo hacen tanto hombres como mujeres –muchas amigas así lo confirman.
            Digo todo esto porque siempre hubo alguien que me llamó mucho la atención aun contra toda regla mental, moral y legal; y es que desde esos días la belleza calma y poco sacada en provecho de esta −digamos− niña, me hacía pensar que cuando fuera grande, sería una mujer espectacular con todas sus letras y en mayúsculas: piel pálida lechosa, pelo negro azabache, una nariz puntiaguda, labios carnosos y aquel detalle que siempre me mata en las mujeres con la tez de su color: ojos oscuros y grandes, como los de un pequeño roedor. Con esto no me refiero a que en esos tiempos me haya atrevido siquiera a hablarle (menos aún insinuarme ni coquetearle), porque era ilógico: uno como alumno de la Media, más grande que los demás, por algo casi biológico, nunca tiende a hablarle, ni mucho menos pensar en compartir junto a los más pequeños (y bueno, ahora que puedo hacer el alcance, por algo biológico también algunas personas mayores tienden a juntarse y gustarle siempre personas más chicas). Pero al imaginármela grande, con sus dieciocho años cumplidos, me decía que nuestra diferencia de edad de solo dígitos no afectaría en nada nuestra relación.
            Y así me la llevé un buen rato hasta que entré a la universidad, tuve polola y todo el mundo del colegio en que prácticamente me crié y nací quedó relegado a mis archivos mentales del pasado; obviamente, esta joven en cuestión también fue a parar al mismo lugar que los demás, sin que volviera a recordarla en ningún momento de mi nueva y agitada vida.
            Hasta que un día cualquiera, mientras visitaba un local de videojuegos con unos amigos, me la topé de frente como en las películas. Estaba igual que siempre –eran sus mismos rasgos de cuando la veía deambular por el colegio−, pero más alta, mucho más bonita y, cómo no, fuera de la regencia de las leyes de la mayoría de edad. Nos quedamos mirando por un rato, y como si todo hubiera sucedido en un parpadeo, así sin más, pasamos el uno al lado del otro rumbo a nuestros puestos frente a los televisores que acabábamos de arrendar. Las dos horas siguientes las pasé con el corazón en el puño, mientras Captain Falcon, Mr. Game & Watch, Link y otros personajes archiconocidos de la franquicia Nintendo se hacían mierda a golpes delante de nuestros ojos. No podía dejar de mirarla a cada tanto, mientras los demás se decidían por cual personaje elegir para combatir: ahora vestía un pantalón negro apretado, unas Converse negras y una polera de Sonata Artica naturalmente negra; era como si quisiera resaltar el gran contraste de sus tonos (el color de su piel con el de su cabello y ojos) con prendas de vestir todavía más oscuras.
            Debo aceptar que nuestras miradas se cruzaron unas cuantas veces durante esas dos horas…, aunque también debo aceptar que mi duda está en que si lo hacía porque me reconoció al momento de estar frente a frente, o porque mi mirada intrusa provocó los clásicos piquetes invisibles que toda persona siente cuando está siendo observada. En fin, el asunto es que llegó el horrible momento en que tuvimos que cederle nuestro puesto a un grupo de adolescentes que habían pagado por él, y yo me fui de ahí sin haber entablado ninguna conversación con ella, así como tampoco haberle dedicado ningún gesto de reconocimiento ni una mueca por el estilo; también reparé en que no sabía su nombre para buscarla por Facebook y hacerlas de psicópata para ver en qué andaba su vida y su día a día.
            No le dije nada a ninguno de mis amigos ahí presentes por temor a que no entendieran mi fascinación para con ella; a veces (qué a veces: ¡muchas veces!) los hombres lo arruinan todo con su forma burda y simiesca de contemplar (¿contemplar?; mejor dicho atisbar) las cosas. Tampoco quise incurrir a amigos y a gente conocida del colegio que pudieran tener algún vínculo con ella o al menos saber su nombre para poder buscarla por Internet por la misma razón. Sin embargo, cuando llegué a mi casa ese viernes por la noche algo pasado de copas (¿algo pasado de copas?, jajajá), traté de dar con su perfil de Facebook inspeccionando el listado de amigos de mis contactos que pudieran tenerla a ella; pero dado que tenía tan poca información acerca de su persona, todo fue en vano. Recuerdo haberme preparado un té y haber visto la hora: eran cerca de las once de la noche de un día viernes, y yo estaba frente al computador con una taza de té en la mano. Entonces (y por lo mismo), como a modo de protesta por hallarme ahí y no frente a una barra apestosa, imaginé encontrándomela en un pub, ahí donde todos pueden llegar a ser amigos y conocidos una vez rotas las puertas de la introspección y la vergüenza gracias a la obra y gracia del alcohol; la imaginé grande, incluso mayor de lo que ofrecía su imagen esa misma tarde, y con un hábito cervecero que hubiera escandalizado fácilmente a los profesores del colegio católico en que fuimos educados.
            La escena en mi cabeza ocurría así: ella estaba sola sentada en la barra, tomando cerveza de un shop, mientras yo entraba sintiéndome totalmente aburrido de la misma y monótona compañía de siempre; por eso mismo había ido a otro pub en vez de asistir al cual soy más asiduo. Y bueno, el asunto es que ahí estaba ella. Y lógicamente, como yo soy un imbécil con mucha suerte, tocó la coincidencia que yo fuera al baño JUSTAMENTE cuando ella hacía lo mismo. Y como toda situación en que está metida la bendita coincidencia, nuestro encuentro ocurrió JUSTAMENTE cuando ambos abandonábamos los servicios higiénicos. Entonces nos reconocimos, nos saludamos y coincidimos –otra vez más– en que ambos nos encontrábamos solos esa noche: ella celebrando su cumpleaños, yo tomando porque sí.
            Así fue que, en parte como ejercicio –cuando estoy borracho me da por prepararme ejercicios mentales−, en parte como nuevo trabajo para el blog, y también en parte como una forma de desahogar los deseos que sentía para con ella –como ciertos monjes de conventos religiosos de antaño y sus escritos calentones para refrenar los impulsos pecaminosos−, me dediqué a generar una conversación en la que ambos se reconocían, daban a conocer lo que había pasado durante esos años en que no habían estado cerca (digamos, en el mismo establecimiento), se sinceraban respecto a las imágenes que tenían el uno del otro de esos años de colegio (gracias a la cerveza, por supuesto) y prometían reunirse al día siguiente para continuar con aquello que nunca pudieron iniciar cuando chicos. Traté de hacerla lo más creíble posible, respetando pausas, tragos de cerveza, instantes de dudas, etcétera, etcétera, imaginándome siempre yo mismo como protagonista para hacerlo todo más fácil.
            El resultado de todo esto fueron más de quince planas que después de mucha revisión y cortes acabó siendo menos de una decena. ¡Gúau, nunca había escrito tanto en una sola jornada!; de hecho, tiendo a aburrirme de lo que estoy haciendo apenas transcurre una hora, como mucho. Pero esto era como vivir la conquista en tiempo real de una joven muchacha que me gustó en otro tiempo; era como estar ahí y vivirlo, cosa que, básicamente, fue uno de mis primeros motivos para escribir cuando era niño (aventuras épicas y tal); sabía, por lo mismo, que si me detenía y dejaba la tarea de terminar el relato para el día siguiente, toda la magia, toda la escena, escenario, gestos y diálogos que tenía en la mente, se iban a ir a la mierda y hasta ahí llegaría mi cita ficticia con esta muchacha en cuestión.
            Como el texto era largo y yo carecía de material de reserva para las publicaciones del blog, al día siguiente me propuse revisarlo y depurarlo otro tanto antes de subirlo a mi página. El asunto fue que cuando estaba por terminar de leerlo por segunda vez, se me vino a la cabeza una idea que revoloteó durante mucho tiempo en mis primeros años de universidad: la historia de un joven que despierta resacoso a altas horas de la tarde, no ve a nadie en casa salvo a una niña que surge de la nada y le indica seguirla, se propone resolver el misterio de su aparición pensando que puede estar muerta, y termina descubriendo que en realidad él era el muerto y no ella. El relato como tal carecía de órganos, pero tenía un esqueleto con el cual erguirse y mantenerse de pie por al menos un momento; entonces pensé que tal vez las dos historias pudieran funcionar juntas, aprovechando hechos y situaciones del primer texto para enriquecer el segundo y viceversa. No sé cómo habrá terminado el resultado, mas al menos me divertí un montón preparándolo y ejecutándolo, cosa que, sin ir más lejos, es la base para poder continuar con lo que te gusta sin volverte loco ni pensar en optar por vías mucho más fáciles –como el suicidio, por ejemplo.
            Pero me he descarrilado un montón, y esto no es lo primordial de lo que quería contarles. Por mucho tiempo trabajé en un supermercado a minutos de mi casa; la mayoría éramos vecinos, amigos de la niñez y compañeros de la universidad. Trabajé ahí por unos tres años al menos, lo suficiente como para no querer pisar un supermercado por más de media hora nunca más en la vida. El ambiente era grato, los compañeros unos amores de personas, pero llega un momento en que hay que despedirse y partir lejos para no terminar con un tiro en la cabeza. Así fue que me cambié de casa, ciudad y me quedé sin trabajo.
            Desde mi despedida han transcurrido unos tres meses, y hace poco tuve que volver a mi ciudad natal para poder prestarle servicios a una amiga muy querida en un par de eventos musicales (tocando batería en su banda) y presentar Las manos… y Naturaleza muerta en un evento municipal bajo el nombre de Una jauría de perros.
Como las fechas de los eventos estaban distanciados por semanas, terminé quedándome en la ciudad por más de lo presupuestado y querido. Sin embargo, he aquí las mariconadas de la vida: cuando fui con unos amigos al supermercado donde trabajaba para comprar cervezas, vino, qué sé yo, me encontré con una persona muy llamativa detrás de una de las cajas recaudadoras. Mi corazón (como siempre) se desbocó, y yo sentí que el cuerpo se me ponía frío. La saludé tartamudeando mientras mis amigos hablaban sobre cualquier basura intrascendental y pasaban las cervezas por la cinta corrediza; hicimos la recaudación de las cuotas, y yo entregué el dinero sólo para mirarla a esos ojos oscuros y poder guardar la boleta donde (como sabía de antemano) estaría su nombre en una de sus esquinas posteriores.
Tampoco le dije nada a mis amigos en esta ocasión –por las mismas razones que anuncié previamente−, pero ahí estaba ella, la niña que resultó ser el premio mayor una vez crecida. Pude ver en sus ojos algún atisbo de reconocimiento, pero han pasado los años y tengo más arrugas en la cara, me falta pelo en ciertos sectores donde me lo arranco sin poder evitarlo, y tengo una barba descuidada que oculta una porción considerable de mis rasgos, elementos que me hacen pensar en que nadie me reconocería muy bien si me vieran por ahí luego de mucho tiempo sin coincidir en alguna parte.
Me fui pensando todo el camino de vuelta junto a mis amigos en que si continuara trabajando ahí, con toda seguridad podría haber compartido algunas situaciones juntos, las suficientes para descubrir de qué iba su vida, cuáles eran sus preferencias, qué planeaba a futuro, si tenía pololo (o polola) o no, etcétera, etcétera. Pensé en que la vida era muy irónica muchas veces, y que no queda de otra que ver las cosas que te entrega con cierto humor; porque estas situaciones siempre terminan por parecerles graciosas a alguien, ¿no?
Ahora tengo la boleta de la compra del supermercado a un lado del computador donde escribo esto. La reviso y encuentro, cómo no, su nombre en la parte posterior de ésta: J. S. La primera vez que lo admiré, me dije que cómo era tan tonto para no haberlo previsto: porque era un nombre como cualquier otro, mas no disonante, ni discordante ni vulgar. Era un nombre bonito y común, así como muchos nombres bonitos y musicales que pululan por ahí hoy en día. No obstante cuando inicié su búsqueda por Facebook (utilizando variables de su nombre y su apellido), no di con ella por ningún lado: o bien carecía de una cuenta de Facebook, o bien su perfil constaba de otro nombre; pero hallarla me fue imposible.
Y he acá donde pienso que quizá esto no sea más que una danza de dos personas que terminan por encontrarse cada cierto tiempo, con más cambios a cuestas que la última vez que se ven. Es gracioso y esperanzador pensar así –y bueno, tampoco me queda de otra−, porque de ser esto verdad, sé que algún día terminaremos en un pub los dos solos, ella celebrando algo, cualquier cosa, y yo bebiendo por cualquier razón inocua, y nos reconoceremos y terminaremos hablando sobre nuestras vidas. Lo demás, naturalmente, dependerá de lo que el alcohol abra en nosotros.

Microcuento #47: Los zorrones


Paradoja: ver zorrones tirando basura por la ventana del jeep mientras van al Valle del Elqui a renovar energías y disfrutar de la naturaleza.
Los zorrones son unos loquillos.

Diario de vida #2: Hábitos familiares


Hoy me ocurrió lo siguiente:
            Me subí a un colectivo esperando no llegar tarde al centro para juntarme con mis amigos a beber y esas cosas. El chofer, por fortuna, aunque luego de los acontecimientos debo decir por desgracia, era uno de mis vecinos que me conoce prácticamente desde que era un niño recién aprendido a caminar. Nos saludamos muy buena onda, como siempre, nos preguntamos qué ha sido de nuestras vidas y todo lo demás. Como me senté en el asiento del copiloto, fue fácil –y prácticamente inevitable– que prosiguiéramos con la conversación. Luego de acabar con todas las formalidades de quienes no se han visto por mucho tiempo, en tono bromista y dándome un codazo confidencial en el brazo, me dijo:
            –Oye, el otro día te vi en una bicicleta de mujer por la calle –Su rostro sostenía una amplia sonrisa–. ¿Qué, te volviste maricón ahora?
            –Es la bicicleta de mi hermana.
            Por un momento pensé que todo se trataba de una broma. No supe cómo tomármelo. Por lo general me tomo las cosas con mucha tranquilidad y buen sentido del humor.
            –Tenía canastito –siguió mi vecino–. Esas son bicicletas de maricón, po’.
            Era cierto: la bicicleta de mi hermana es una de esas con canasto, timbre y un asiento trasero para acarrear cosas o llevar a un acompañante con uno. Usaba la suya porque la mía tuvo un desperfecto y soy lo suficientemente pajero como para no llevarla a un taller para que la reparen. Sin embargo, lo que decía era mierda pura.
            –¿Tú decís que la bicicleta, por tener canasto, es inmediatamente de mujer? –le pregunté.
            –Sí po’, las de mujer tienen canasto. Además era rosá’.
            La bicicleta de mi hermana no es rosada, sino verde lima, pero él, por tratar de agradarle aún más a un tipo sentado atrás nuestro –podía ver su sonrisa por el espejo retrovisor al igual que lo hacía el chofer–, lo dijo como si nada.
            –No es rosada. Es verde.
            –¿No me diga’i que ahora te volviste colipato? –dijo él.
            –No.
            –¿Entonce’ qué onda?
            –Nada, po’. Sólo usaba la bicicleta de mi hermana pa’ no caminar. Que un güeón imbécil como tú piense que soy maricón por usarla, no es mi problema, ¿no?
            El haberlo insultado con, digamos, buenas palabras y de forma no tan directa, derribó un tanto la mueca triunfadora que tenía en su rostro. No se esperaba mi respuesta, supongo.
            –Además –seguí– no tiene ningún problema que la bicicleta sea rosada, amarilla, o roja, o azul, o lo que sea. Son sólo colores. Que a ti te hayan criado como las güéas es asunto tuyo, no mío.
            Eso pareció matarlo entero. El tipo que se reía en el asiento trasero también quedó en silencio. A veces tengo plena conciencia que hablo de más cuando debería mantenerme callado y simplemente decirle que sí a todo. “Sí, tienes razón, soy maricón por usar una bicicleta con canasto”; hubiera sido muy fácil con eso. Pero tuve que perder un tanto los estribos y decirle lo primero que se me vino a la mente sin reflexionar ni recordar que su papá se había suicidado cuando él tenía muy pocos años de vida. Bueno, de todas maneras él se lo buscó.
            –¿Y qué tiene que ver esa cuestión con la crianza? –me espetó él, perdiendo la seguridad de creer la batalla ganada–. Una cosa no tiene na’ que ver con la…
            –Sí tiene que ver –le refuté–. Si te criaron haciéndote creer que el rosado es un color para mujeres, y no un simple color como cualquier otro (que es lo que en realidad debería ser), eso estuvo mal. Piensa: una pistola pintada rosada es tan capaz de reventarte a balazos como una pistola de color negro. Una cosa no tiene na’ que ver con la otra. Una bicicleta rosada y con canasto es lo mismo que cualquier otra bicicleta, salvo que no puede subir cerros y recorrer lugares extremos…, aunque puedes llevar chelas en su canasto y sacarlas cuando se te dé la gana.  
            Mi vecino se quedó callado, masticando su propia rabia. Yo, por mi lado, no dejé de pensar en un caso muy parecido ocurrido una vez. Fue cuando era empaque en el supermercado cerca de mi casa, en los tiempos en que había un auto rosado de esos que funcionan con una moneda para moverse y vibrar ubicado justo frente a las cajas registradoras.
            Una mañana de la semana, sin que hubiera mucha gente comprando en el supermercado, dos hombres se acercaron a pagar con un niño de unos tres años corriendo entre sus piernas. A todas luces eran las tres generaciones vivas de una arquetípica familia chilena: el mayor tendría unos sesenta años, mientras que su hijo –algo indudable por los rasgos similares que presentaban ambos– debía bordear los treinta, vestido a la usanza rapera y desprolija. Todo iba bien en aquella escena hasta que el niño, movilizado por la atención prestada al auto rosada frente a la caja registradora, quiso subirse en él y que su papá le echara una moneda en su ranura para que éste funcionara.
            Todavía recuerdo perfectamente lo que el tipo de treinta años le dijo a su hijo:
            –O’e, no te suba’i ahí. Ese auto e’ rosado, e’ pa’ niña’.
            Su papá, el mayor de los tres, en vez de reprenderlo por tamaña imbecilidad, lo secundó con una risa. El niño, por su lado, totalmente mermado y sin entender por qué se reían de él, pareció comprender que elegir cosas de color rosado era una elección que sólo engendraba vergüenza en los mayores, las personas que comprendían el mundo mejor que él. La mente de un niño, Dios nos ampare, funciona como una esponja, absorbiendo y guardando cuanta cosa llegue hasta él, sea agua, mugre o mierda pura.
            Imaginé sucediendo en el mundo un montón de casos similares, incluso peores, más violentos, deshumanizados y enfermizos. El problema era que las generaciones continuaban dejando mella en las próximas que les seguían, propagando males que deberían haberse erradicado hace mucho tiempo. Por lo mismo, cavilé, jamás podría existir una revolución mental para mejorarlo todo: porque para eso habría que acabar con todas las personas que pensaran como los hombres de esa familia –y quién sabía cuántos más miembros.
            No sé por qué, pero me puse a pensar en ese momento, mientras el chofer y vecino mío conducía mudo, hecho una furia por todo lo que acababa de decirle como contra argumentación, en que hay gente que simplemente es estúpida, y que no hay solución para ellas más que echarlas a una cámara de gas o hacerlas parte de un sacrificio indígena para apaciguar al menos un poco a la Madre Tierra.
            Se me vino a la mente entonces que cuando tenía unos cuatro años, me gustaba ponerme la ropa de mi mamá, pintarme la cara con sus cosméticos y pasearme por la casa vestida como ella. Está claro que me quedaban grandes la mayoría de las prendas, pero ahí andaba yo con sus zapatos puestos, caminando patizambo, y con sus blusas colgándome como togas.
Mi familia jamás dijo nada al respecto: es más, lo celebraban y se reían de ello no de la manera burlona en que lo habrían hecho estas personas, sino que con la energía de quien lo encuentra totalmente gracioso. Y a pesar de que nunca dejaron de haber ciertos destellos de machismo en ciertas costumbres nuestras, el asunto de los géneros sexuales y los colores que la gente cree predeterminados para con ellos jamás fue un tema de conversación para nosotros. Por lo demás, siento que haberme vestido de mujer –siendo totalmente inconsciente de si tenía un valor negativo o positivo en mi existencia– no aplicó ninguna especie de cambio y configuración para conmigo. En otras palabras, el haberlo hecho no me hizo gay, ni me hizo crecer tetas, ni hizo que mi pene se transformara en una vagina. De hecho, simplemente no hizo nada, porque la ropa es ropa y (volviendo al tema) las bicicletas son bicicletas y los colores, colores.
Tuve ganas de explicarle todo esto al chofer, mi vecino que me vio crecer y al que yo mismo vi crecer, decirle que estaba equivocado y que debía enmendar el error antes que fuera demasiado tarde; hacía poco tiempo mi vecino había sido papá, por lo que con toda seguridad necesitaba de algo que le hiciera cambiar de opinión y darse cuenta que ya no vivimos en la era de las cavernas y que es necesario cambiar y pensar distinto. Pero pensé en todos los argumentos (ya medios obsoletos) de por qué él estaba en lo correcto y no yo, maricón que ocupa la bicicleta con canasto de su hermana, y el dolor de cabeza que me iba a dar al darse por iniciada una discusión en la que nadie saldría ganando.
Por lo mismo le dije que me dejara a unas tres cuadras antes de llegar a mi destino y le di las gracias antes de apearme del vehículo –a ver si entendía que los modales tampoco se quitaban aunque uno estuviera muy enojado–. Él sólo gruñó y se fue con rapidez, seguramente despotricándome con el tipo sentado en el asiento trasero.
Si supiera que a veces beso hombres por el puro capricho de besar…